La derecha atroz de la pantalla.

Por Jorge Elbaum; Argentina

Desde 2023 hasta mediados de 2026 se llevaron a cabo 14 comicios presidenciales en América Latina y el Caribe. De esas elecciones, 11 fueron ganadas por alguna de las dos formas que asume la derecha reaccionaria regional desde la segunda década del presente siglo.

Únicamente en tres países fueron electos mandatarios de izquierda: Claudia Sheinbaum en México, Bernardo Arévalo en Guatemala y Yamandú Orsi en Uruguay. Pero solo en dos casos se observaron continuidades políticas: Ecuador y México. En el resto, los electorados castigaron a los candidatos de los partidos gobernantes.

El “voto castigo” se impuso, en la última década, como una costumbre en los procesos electorales latinoamericanos y caribeños.Una tipología de las dos derechas que tributan a los aires trumpistas incluye a los securitistas, cuyo máximo exponente es el salvadoreño Nayib Bukele —matriz que también identifica a la costarricense Laura Fernández y al chileno José Antonio Kast—, y a la derecha liberticida, expresada por Javier Milei y por Abelardo de la Espriella.

JORGE NORBERTO ELBAUM (Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 1 de marzo de 1961) sociólogo, periodista, investigador y profesor universitario.

El primero define a su enemigo como el criminal y utiliza el aparato estatal para concentrar poder a cambio de garantizar seguridad física. En el caso del mandatario argentino, el enemigo declarado es el Estado y la casta política que lo representa.

El resto de los presidentes de derecha fluctúa en el rango existente entre estos dos modelos, según la conveniencia del momento y las órdenes recibidas del Departamento de Estado.Las causas estructurales de la elección de candidatos securitistas y liberticidas no se vinculan con una supuesta derechización cultural de la sociedad.

Se ligan, más bien, a un castigo electoral conectado con la incapacidad de transformar las estructuras productivas de sus respectivas economías, que terminaron siendo vulnerables a las caídas de los precios internacionales de las materias primas y a la presión de los mercados financieros internacionales. Las crisis inflacionarias también favorecieron ese desenlace.

Los gobiernos progresistas no lograron diversificar la matriz productiva, no quebraron la inercia especulativa, no desafiaron a organismos multilaterales como el FMI ni se animaron a acumular poder mediante la movilización de los trabajadores en las calles. Otro de los factores estructurales que contribuyeron al debilitamiento fue, sin duda, el malestar causado por la pandemia, que derivó en una culpabilización genérica de los actores políticos de la etapa, mayoritariamente articulados en lo que se llamó la segunda ola progresista.

Otra de las razones estructurales del avance reaccionario puede atribuirse a la crisis interna de los partidos del arco emancipatorio, que dilapidaron credibilidad por falta de unidad interna y por asumir perfiles identificables con gerentes educados de las crisis: defensores del consenso y el diálogo y, al mismo tiempo, garantes de la inmutabilidad del sistema.

El abandono del perfil desobediente y su sustitución por una docilidad burocrática dejaron sin aliento transformador a quienes son los únicos tractores del cambio: los trabajadores movilizados, el único actor que los sectores dominantes temen y respetan. La inseguridad, el crimen organizado ligado a las pandillas y el narcotráfico aparecen como otras causas estructurales.

La destrucción del Estado de Bienestar, la informalidad creciente producto de la desindustrialización, el abandono de los sectores más vulnerables y la legitimación de la violencia como solución a los conflictos contribuyen a esta realidad brutal.

La pérdida de la cultura del trabajo, la connivencia de los organismos de seguridad con grupos delincuenciales y el negocio del narcotráfico, que abulta las cuentas de las guaridas fiscales, hacen el resto. Los discursos reaccionarios se llenan la boca de balas. Y en ese territorio son comunicativamente exitosos porque quienes más sufren la violencia son, justamente, los trabajadores.

Si las izquierdas continúan evadiendo esta dimensión táctica y otorgan a las derechas el monopolio de la defensa de la vida, será difícil responder a las demandas cotidianas de quienes viven, diariamente, con miedo en los barrios populares.

En Chile, el neofascista José Antonio Kast construyó su campaña en torno a la seguridad y dejó de lado el debate económico. En Perú, Keiko Fujimori (foto), y en Costa Rica, Laura Fernández, aprovecharon electoralmente el pánico con el que se vive en las ciudades. El modelo Bukele, que incluyó la persecución de pandillas y la construcción de megacárceles, logró reducir una tasa de 104 homicidios cada 100 mil habitantes en 2024 a la actual de 1,3, convirtiendo a El Salvador en el país más seguro de Latinoamérica.

El hecho de que esa reducción se haya basado en una represión generalizada y en la suspensión de garantías constitucionales no impide advertir la enorme relevancia que tiene el tema para la región.

Otra dimensión transversal es la generacional, ligada a una ancestral necesidad de las juventudes de asociarse a tesituras antisistema. La falta de transmisión intergeneracional y la ausencia de una conciencia crítica anticolonial expandida convirtieron a una importante franja de jóvenes en “rebeldes de derecha”.

Ese colectivo no fue atravesado por las dictaduras genocidas del siglo pasado: fue atravesado por la frustración pandémica y el estancamiento económico posterior a la crisis de 2008. Esa ubicación etaria, además, fue coetánea de la expansión de las redes sociales, la microsegmentación mediante algoritmos y la manipulación electoral —Cambridge Analytica ayer, el Gemelo Digital hoy—, que quiebran el discurso programático y ofrecen mensajes emocionales y viralizables, con noticias falsas y apelaciones a los miedos latentes de la sociedad.

Esa disponibilidad generacional fue utilizada por los centros mediáticos del poder global para articular sus think tanks con el ecosistema de redes y la inteligencia artificial. Instagram, TikTok, X/Twitter y YouTube se convirtieron en la infraestructura de viralización de los mensajes “iconoclastas” de derecha, frente a un esquema político circunspecto.

Además, esos vectores comunicacionales se retroalimentaron con los soportes mediáticos locales, controlados por las usinas de la cultura imperial. Fiel a esa estructuración, una parte del electorado se dejó seducir por estos “caballos de Troya”. El brutal injerencismo trumpista, el crecimiento de la teología de la prosperidad —sustentada por Dante Gebel— y el nuevo (des)orden global se suman como causalidades de esta pesadilla.

Sin embargo, no puede obviarse la descomposición política que caracterizó a la segunda ola progresista: las luchas fratricidas al interior del MAS en Bolivia; las internas entre el presidente y la vicepresidenta en Argentina, entre 2019 y 2023; y la traición de Lenin Moreno en Ecuador contribuyeron de forma decisiva a dilapidar capital político.

El voto a las derechas no fue un voto ideológico, como lo expone el último estudio regional del Latinobarómetro. Fue una expresión de castigo y frustración. Es justamente por eso que se puede revertir.

Por Jorge Elbaum para Página 12 ; enlace

https://www.pagina12.com.ar/2026/06/27/la-derecha-atroz-de-la-pantalla/

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