EEUU. Cuarenta años de “GUERRA CONTRA LAS DROGAS”: ¿Y si el fracaso está en ser parte del problema?.

Columna de opinion desde Argentina por Lucas Gonzalez

Durante más de cuatro décadas, Estados Unidos ha querido presentarse ante el mundo como el principal líder de la lucha internacional contra el narcotráfico. Ha financiado operaciones, desplegado recursos militares y policiales, fortalecido a la DEA, impulsado programas de erradicación y destinado miles de millones de dólares a combatir la producción y el tráfico de drogas en América Latina.

Colombia y Perú han sido dos de los principales escenarios de esta política. Pero hay una pregunta que resulta cada vez más difícil de esquivar: si después de cuarenta años de esta estrategia el narcotráfico continúa siendo un negocio multimillonario, ¿podemos seguir hablando de éxito?.

No se trata de negar las operaciones exitosas, las toneladas de droga incautadas o las organizaciones criminales desmanteladas. Todo eso existe y tiene importancia. El problema es que, desde una perspectiva estratégica, el fenómeno no ha desaparecido, simplemente se ha transformado.

La guerra que nunca termina; La historia de la llamada guerra contra las drogas está llena de victorias parciales. Cae un cartel y aparece otro, se destruye una ruta y surge una nueva, se erradican cultivos en una región y la producción se desplaza hacia otra, se detiene a un dirigente criminal y rápidamente aparece un sustituto dispuesto a ocupar su lugar.

Es lo que ha sucedido una y otra vez en Colombia, Perú, Bolivia, México y otros países de América Latina, dónde el narcotráfico ha demostrado una capacidad extraordinaria para adaptarse.Y esa capacidad tiene una explicación sencilla: hay muchísimo dinero detrás del negocio.

Mientras exista una demanda enorme en los países consumidores, especialmente en Estados Unidos y Europa, habrá incentivos económicos para producir y transportar las sustancias prohibidas.

Colombia seria un ejemplo donde despues de invertir Estados Unidos miles de millones, el problema continúa, hoy Colombia constituye probablemente el ejemplo más evidente dónde Washington convirtió la cooperación antidrogas con Bogotá en una prioridad estratégica. El Plan Colombia permitió una enorme inversión estadounidense en seguridad, inteligencia, equipamiento y operaciones contra los grupos armados y las organizaciones dedicadas al narcotráfico.

Hubo resultados, pero la desaparición de los grandes carteles no significó la desaparición del negocio. Las estructuras criminales se fragmentaron y surgieron nuevas organizaciones y redes más pequeñas, flexibles y difíciles de combatir, el mercado internacional continuó funcionando.

Y aquí aparece una de las grandes contradicciones de la estrategia, Estados Unidos consiguió golpear a los grandes actores del narcotráfico, pero no consiguió eliminar las condiciones económicas que permiten que esos actores sean sustituidos, conclusion la guerra contra los narcotraficantes no acabó con el narcotráfico.

Perú y el eterno desplazamiento, donde se repitió buena parte de la historia con la erradicación y la persecución de los cultivos de coca que han sido durante años elementos centrales de la política antidrogas.

Pero existe un fenómeno conocido como “efecto globo”: cuando la presión aumenta en un territorio, la producción puede trasladarse a otro. Es decir, el problema cambia de lugar, no desaparece.

Esto demuestra una realidad incómoda: no se puede destruir un mercado internacional únicamente persiguiendo su punto de producción. La cocaína que sale de los Andes no termina necesariamente en los países vecinos, si no que viaja hacia mercados internacionales donde alcanza precios mucho más elevados.

La verdadera cadena del negocio es mucho más extensa, y la contradicción estadounidense, aquí aparece y esa cuestión rara vez ocupa el centro del debate político. Estados Unidos combate la producción de drogas en América Latina, pero es también uno de los mayores mercados consumidores del planeta.

Esto no significa responsabilizar exclusivamente a la sociedad estadounidense del narcotráfico, significa reconocer que la oferta existe porque existe una demanda rentable.Y si se quiere acabar con un negocio económico, no basta con atacar a quienes están en el primer eslabón de la cadena, hay que intervenir sobre toda la cadena, incluido el dinero. Porque las grandes organizaciones criminales no sobreviven únicamente gracias a los agricultores que cultivan coca, si no que sobreviven gracias a redes internacionales de transporte, corrupción, empresas pantalla, sistemas financieros, intermediarios y mecanismos de lavado de dinero.

Sin embargo, durante décadas la imagen predominante de la guerra antidrogas ha sido otra: helicópteros, militares, policías, cultivos destruidos y cargamentos incautados.Es una imagen espectacular. Pero el dinero sigue circulando. ¿Por qué nunca se acaba?Porque el narcotráfico no es solamente un problema policial, es también un problema económico, social y político.

En muchas zonas rurales de América Latina, los cultivos ilícitos han aparecido donde el Estado ha sido históricamente débil, donde existen pocas alternativas económicas y donde las comunidades campesinas carecen de mercados legales suficientemente rentables. Pretender resolver esa realidad únicamente mediante la erradicación es insuficiente.

Un campesino puede perder su cultivo, pero si no tiene otra fuente de ingresos, volverá a cultivar, y si no lo hace él, probablemente lo hará otra persona ya que la pobreza no desaparece con un helicóptero, la militarización tampoco ha solucionado el problema.

Durante décadas se ha utilizado la militarización como una de las principales herramientas de la lucha antidrogas.Pero cuando el narcotráfico se mezcla con pobreza, corrupción, ausencia estatal y mercados internacionales, enviar más soldados no necesariamente resuelve las causas del problema.

Estas acciones pueden producir resultados inmediatos, destruir laboratorios, detener personas, recuperar territorios, pero difícilmente puede eliminar una estructura económica que mueve miles de millones de dólares. La pregunta, por tanto, no debería ser cuántos helicópteros hacen falta , debería ser por qué seguimos utilizando fundamentalmente las mismas herramientas después de décadas de resultados incompletos.

La guerra contra las drogas también ha generado consecuencias que tampoco debería ignorarse. La lucha antidrogas ha tenido un enorme coste humano, donde miles de policías y militares han muerto, comunidades rurales han quedado atrapadas entre organizaciones criminales y fuerzas de seguridad.

La corrupción ha penetrado instituciones y las organizaciones criminales se han disputado territorios y rutas. En determinados lugares, la guerra contra las drogas ha contribuido incluso a aumentar la violencia que pretendía combatir. Esto no significa que haya que abandonar la persecución del crimen organizado, significa que una política pública debe evaluarse también por sus consecuencias no deseadas.

¿Quién gana con una guerra permanente?. Esta es quizá la pregunta más incómoda, si la guerra contra las drogas lleva cuarenta años y el negocio continúa creciendo o adaptándose, cabe preguntarse si estamos ante una guerra diseñada para ser ganada o ante una guerra que se ha convertido en permanente.

Una política de seguridad puede convertirse en una estructura con intereses propios: presupuestos, organismos, contratos, cooperación militar, programas internacionales y enormes recursos económicos. Mientras tanto, el mercado ilegal permanece, no hace falta afirmar que exista una conspiración para reconocer una paradoja: una guerra que nunca termina puede terminar convirtiéndose en una política permanente.

Y una política permanente no necesariamente es una política eficaz. La responsabilidad no es solamente de Washington, esto sería demasiado sencillo atribuir todo el fracaso a Estados Unidos. Los gobiernos latinoamericanos también tienen responsabilidades. La corrupción institucional, la desigualdad, la falta de oportunidades, la debilidad de las instituciones y la ausencia del Estado en determinadas regiones han permitido que las organizaciones criminales crezcan.

Pero también sería hipócrita exigir a los países productores que resuelvan por sí solos un problema que tiene una dimensión internacional. Colombia, Perú y otros países latinoamericanos soportan buena parte de los costes sociales y humanos de una economía criminal cuya rentabilidad depende, en gran medida, de los consumidores de los países ricos. La droga se produce en un lugar, se transporta por varios países, se financia desde distintos territorios, se lava el dinero en otros y finalmente se consume en mercados internacionales. Por eso la respuesta también debería ser internacional.

La verdadera batalla está en el dinero, si realmente se quiere debilitar al narcotráfico, quizá haya que cambiar el centro de gravedad de la estrategia con menos obsesión exclusivamente por los cultivos y más investigación financiera. Menos fotografías de cargamentos incautados y más persecución del lavado de dinero. Menos atención únicamente al pequeño productor y más presión sobre las redes internacionales que financian y organizan el negocio.

Porque mientras los grandes beneficios permanezcan intactos, las organizaciones criminales tendrán capacidad para reconstruirse. Puedes destruir un laboratorio, pero si no destruyes la financiación, aparecerá otro. Puedes detener a un jefe, pero si no destruyes la estructura económica, aparecerá otro.

Reflexión final: el fracaso que nadie quiere reconocer desde esta es una columna de opinión, no una crónica informativa y precisamente por eso conviene formular una pregunta incómoda.

¿Después de cuarenta años de guerra contra las drogas, Estados Unidos debería explicar por qué una estrategia que ha movilizado recursos militares, policiales, tecnológicos y económicos extraordinarios no ha conseguido acabar con el negocio que pretendía destruir?. No basta con presentar cada incautación como una victoria. No basta con anunciar cada captura. No basta con mostrar hectáreas de coca destruidas.

La verdadera pregunta es ¿el narcotráfico ha perdido poder estructural?. Y la respuesta parece mucho menos triunfalista ya que el narcotráfico sigue existiendo porque existe demanda, dinero y desigualdad. Mientras esas tres condiciones permanezcan, ninguna potencia podrá ganar definitivamente una guerra basada exclusivamente en la persecución del último eslabón de la cadena.

Por eso resulta legítimo cuestionar que Estados Unidos se presente como el gran vencedor de esta batalla, cuando después de cuatro décadas, quizá haya que reconocer algo mucho más incómodo: la guerra contra las drogas no ha terminado porque el narcotráfico no haya encontrado la manera de sobrevivir. Ha sobrevivido precisamente porque la estrategia utilizada para combatirlo no ha conseguido modificar las condiciones económicas que lo hacen posible.

Y si después de cuarenta años seguimos hablando de guerra, quizá haya llegado el momento de dejar de preguntar cuánto dinero necesitamos para continuarla y empezar a preguntarnos qué debemos cambiar para que algún día pueda terminar.

La verdad es una sola para el imperio, el narcotráfico fue una excusa para intervenir, condicionar y someter a los pueblos. Por eso no tiene autoridad moral para juzgar a quienes defendemos nuestra soberanía, nuestra dignidad y nuestro derecho a decidir nuestro propio destino.

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