Energía, clima y geopolítica desde Argentina
Europa vuelve a mirar al gas con preocupación. En pleno verano, cuando tradicionalmente los países europeos aprovechan para llenar sus instalaciones de almacenamiento de cara a los meses fríos, las temperaturas extremas y el aumento de la demanda energética están complicando una operación que resulta decisiva para garantizar el suministro durante el próximo invierno.
El escenario no significa necesariamente que la Unión Europea se haya quedado literalmente sin gas almacenado. La cuestión es más compleja: las reservas deben alcanzar determinados niveles antes de comenzar el invierno y, cuanto más difícil resulte reponerlas durante el verano, mayor será la vulnerabilidad del sistema energético europeo.
La ola de calor introduce además un elemento que hasta hace pocos años apenas se contemplaba en los cálculos energéticos europeos: el verano también puede convertirse en un periodo de fuerte consumo de gas.
El calor dispara la demanda energética ya que las temperaturas extremas provocan un aumento considerable del consumo eléctrico. Millones de hogares recurren a sistemas de aire acondicionado y refrigeración, mientras que comercios, industrias, hospitales y centros de datos incrementan también sus necesidades de electricidad.
Cuando la generación renovable no consigue cubrir toda esa demanda, entran en funcionamiento otras tecnologías. En determinados momentos, las centrales de gas tienen que aumentar su producción eléctrica. Esto significa que parte del gas que normalmente podría destinarse a llenar los almacenamientos termina utilizándose inmediatamente para mantener funcionando el sistema eléctrico.
El problema aparece cuando este fenómeno se prolonga durante semanas.
Europa necesita simultáneamente consumir menos gas del almacenamiento y comprar suficiente gas en los mercados internacionales para reponer las reservas.Y ahí aparece una segunda dificultad, el precio.
Reponer las reservas no es tan sencillo ya qué el sistema energético europeo depende actualmente de una combinación de fuentes: producción interna, gasoductos procedentes de países suministradores y, especialmente, gas natural licuado —GNL— transportado por barco.La reducción de la dependencia europea del gas ruso ha transformado profundamente el mercado.
Antes de la invasión rusa de Ucrania, una parte considerable del suministro europeo llegaba mediante gasoductos. Posteriormente, Europa tuvo que sustituir una parte importante de esos volúmenes mediante nuevos proveedores y, sobre todo, mediante GNL.
Esto ha incrementado la competencia internacional por las cargas disponibles ya que Europa no compra gas en un mercado aislado. Compite con Asia, especialmente con China, Japón, Corea del Sur y otros grandes consumidores. Si las temperaturas aumentan simultáneamente en Europa y Asia, la demanda mundial de GNL puede crecer con rapidez y presionar al alza los precios.

El problema de los barcos de GNL dónde el gas natural licuado se transporta a aproximadamente -162 °C para poder reducir enormemente su volumen y trasladarlo en buques metaneros, que una vez que llega a Europa, debe ser regasificado e incorporado a las redes de distribución. Europa ha realizado durante los últimos años importantes inversiones en terminales de GNL, pero disponer de capacidad de regasificación no garantiza disponer del gas necesario.
Hace falta que existan cargamentos disponibles, que los productores tengan capacidad para venderlos y que los precios permitan atraerlos hacia Europa.Por eso, una de las dificultades fundamentales no está solamente en los depósitos europeos, sino en la capacidad de Europa para competir por el gas disponible en el mercado mundial.
Algo patente es qué la dependencia energética genero una crisis provocada por la guerra de Ucrania , que llevó a Europa a reducir drásticamente su dependencia del gas ruso. La decisión permitió disminuir una vulnerabilidad geopolítica, pero creó otras dónde Europa pasó a depender en mayor medida de proveedores internacionales de GNL y de países productores como Estados Unidos, Noruega, Qatar y otros suministradores.
Estados Unidos se ha convertido en uno de los principales proveedores de GNL del mercado europeo. Esto significa que la seguridad energética europea depende ahora no solamente de Rusia y de los gasoductos, sino también de factores como la producción estadounidense, la disponibilidad de buques metaneros, los precios internacionales, la situación de los mercados asiáticos y la estabilidad de las rutas marítimas.
El clima se convierte en un factor energético, donde la paradoja europea es evidente y el continente está intentando acelerar la transición hacia las energías renovables para reducir su dependencia de los combustibles fósiles. Sin embargo, durante episodios extremos de calor, el sistema eléctrico puede experimentar una presión extraordinaria.
La producción solar puede aumentar considerablemente durante las horas centrales del día, pero el problema aparece cuando la demanda permanece elevada durante la tarde y la noche, cuando la generación fotovoltaica disminuye. La energía eólica, además, depende de las condiciones meteorológicas. Por ello, cuando las renovables no consiguen cubrir toda la demanda, las centrales de gas continúan desempeñando un papel importante como tecnología de respaldo.
Esta situación demuestra que la transición energética no consiste simplemente en instalar más paneles solares y aerogeneradores. También requiere almacenamiento eléctrico, redes de transporte modernas, interconexiones entre países, gestión inteligente de la demanda y capacidad firme de respaldo.
El verdadero examen llegará cuando comiencen a descender las temperaturas. Europa necesita entrar en la temporada fría con niveles elevados de almacenamiento. Cuanto mayor sea la cantidad de gas almacenada al comienzo del invierno, menor será la presión para comprar gas durante los periodos de mayor demanda.
Pero si los depósitos llegan al otoño con niveles inferiores a los deseados, el mercado puede reaccionar con un incremento de los precios.Y aquí aparece uno de los principales riesgos económicos. El gas caro afecta directamente a las familias, pero también a la industria.
Sectores como la química, la siderurgia, la fabricación de fertilizantes, el vidrio, la cerámica y otras industrias intensivas en energía pueden perder competitividad si el precio europeo permanece muy por encima del registrado en otras regiones del mundo.
Europa ya sufrió esta situación durante la crisis energética de 2022.La cuestión es evitar que aquella crisis vuelva a repetirse bajo una forma diferente. Los depósitos europeos no son una solución absoluta. Existe además una confusión frecuente en el debate energético.
Los almacenamientos de gas funcionan como una reserva estratégica y como mecanismo para equilibrar la oferta y la demanda, pero no son una fuente infinita de suministro. Durante el invierno se extrae gas de los depósitos. Durante los meses cálidos se intenta volver a llenarlos, pero la capacidad de extracción tampoco es constante. A medida que determinados almacenamientos se vacían, la cantidad de gas que puede extraerse diariamente puede disminuir.
Por eso Europa no solamente necesita disponer de suficiente volumen almacenado: necesita garantizar también una capacidad adecuada de extracción y transporte.
El Mediterráneo y las rutas marítimas adquieren mayor importanciaLa nueva configuración energética europea también ha aumentado la importancia estratégica de los puertos y las rutas marítimas. El GNL llega fundamentalmente por vía marítima. Cualquier problema grave en las rutas comerciales internacionales puede repercutir sobre el suministro y los precios.
Las tensiones geopolíticas en Oriente Medio, las dificultades en determinadas rutas marítimas y las posibles interrupciones de cadenas logísticas constituyen factores adicionales de riesgo.Europa, por tanto, ha reducido algunas dependencias mientras ha aumentado otras.La dependencia de un único gran proveedor se ha transformado en una dependencia de un mercado energético mundial altamente competitivo y vulnerable a las crisis internacionales.
La contradicción de fondoLa situación plantea una contradicción que Europa todavía no ha resuelto completamente. Por un lado, la Unión Europea quiere reducir rápidamente el consumo de combustibles fósiles y alcanzar una economía climáticamente neutra.Por otro, todavía necesita gas para garantizar la estabilidad de su sistema eléctrico y para mantener funcionando una parte importante de su industria.
El problema no consiste únicamente en eliminar el gas, la pregunta fundamental es qué tecnología ocupará su lugar cuando el viento no sople, el sol no brille y la demanda eléctrica sea máxima. Si la respuesta es simplemente importar más gas, Europa continuará expuesta a los mercados internacionales. Si la respuesta son las renovables, será necesario acelerar también las inversiones en almacenamiento eléctrico, redes y capacidad de interconexión.
La ola de calor como advertencia, ante un episodio de temperaturas extremas puede ser interpretado, por tanto, como una advertencia. El cambio climático no solamente modifica las temperaturas medias, también aumenta la frecuencia y la intensidad de determinados fenómenos extremos, capaces de alterar los patrones tradicionales de consumo energético.
Europa diseñó durante décadas su sistema energético pensando fundamentalmente en los inviernos. Ahora tiene que prepararlo también para los veranos extremadamente cálidos.
La demanda energética ya no sigue necesariamente el patrón tradicional de «mucho consumo en invierno y poco en verano». La climatización puede convertir el verano en un nuevo periodo crítico.
Todo esto nos llevaria a una conclusión evidente, Europa necesita dejar de improvisar su seguridad energética.
La crisis actual debería servir para algo más que para discutir cuánto gas queda almacenado y si Europa necesita asumir que la seguridad energética y la lucha contra el cambio climático forman parte del mismo problema. No resulta suficiente abandonar progresivamente el gas ruso para sustituirlo por gas estadounidense, catarí o procedente de cualquier otro proveedor.
Eso puede resolver una emergencia geopolítica, pero no elimina la dependencia de los combustibles fósiles. Tampoco parece realista pensar que Europa puede prescindir rápidamente del gas sin haber construido antes un sistema alternativo capaz de garantizar electricidad estable, asequible y suficiente. La solución pasa por acelerar las energías renovables, pero también por invertir mucho más en almacenamiento, redes eléctricas, interconexiones y eficiencia energética.
Y hay una cuestión política que tampoco debería ignorarse: la energía barata es una condición fundamental para mantener una industria europea competitiva, si Europa consigue reducir sus emisiones pero al mismo tiempo desplaza su industria hacia países donde la energía es más barata y las emisiones pueden ser incluso mayores, habrá conseguido poco.La ola de calor debería ser, por tanto, una señal de alarma.
No porque Europa se haya quedado literalmente sin gas, sino porque demuestra que el equilibrio energético europeo puede ser mucho más frágil de lo que aparenta. El próximo invierno será una prueba. Pero el verdadero desafío no será conseguir suficiente gas para superar unos meses de frío.Será construir un modelo energético en el que Europa no tenga que elegir permanentemente entre seguridad energética, precios asequibles y protección del clima. Ese es el verdadero reto europeo.