Por Adriana F. Gomez.
«La llamada «Iberosfera», articulada alrededor de Vox, la Fundación Disenso y la Carta de Madrid, ha construido una red internacional de fuerzas conservadoras y de derecha radical. Mientras tanto, el Partido Popular endurece parte de su discurso para disputar a Vox el espacio político de la derecha. En Ceuta, sin embargo, no existen evidencias que permitan afirmar que Donald Trump organizara los disturbios o la crisis migratoria: el fenómeno responde a una combinación mucho más compleja de factores fronterizos, diplomáticos, sociales y políticos».
La política española y latinoamericana llevan años estrechando sus vínculos alrededor de una batalla ideológica que trasciende las fronteras nacionales. Uno de los principales actores de esa estrategia es Vox, que ha desarrollado una red internacional bautizada como «Iberosfera», concebida como un espacio político y cultural destinado a conectar a fuerzas conservadoras y de derecha radical de España y América Latina.
En el centro de esa estrategia se encuentran la Fundación Disenso y la Carta de Madrid, impulsada desde el entorno de Vox. El proyecto ha permitido establecer relaciones con dirigentes y movimientos de distintos países latinoamericanos, entre ellos Javier Milei en Argentina, Eduardo Bolsonaro en Brasil o José Antonio Kast en Chile, además de otros referentes de la derecha regional.
La estrategia no se limita a organizar encuentros políticos. Existe una disputa por definir qué valores, discursos y modelos económicos deben dominar el espacio político iberoamericano.
La Carta de Madrid como instrumento de conexión internacional
La Carta de Madrid se presenta como una declaración de principios destinada a combatir lo que sus impulsores denominan el avance del «comunismo» y de determinados proyectos de izquierda en Iberoamérica.
Su importancia política reside menos en su contenido formal que en la red de dirigentes, intelectuales, organizaciones y fundaciones que se ha construido alrededor de ella.
Vox ha encontrado en este entramado una forma de proyectar su influencia fuera de España. La Fundación Disenso actúa como uno de los principales instrumentos de producción y difusión de esa estrategia política, mientras que diferentes encuentros internacionales han servido para reunir a representantes de partidos conservadores y de derecha radical.
El fenómeno resulta especialmente relevante porque coincide con un cambio profundo de la política latinoamericana. Durante los últimos años han aparecido gobiernos y movimientos que cuestionan el consenso político tradicional y reivindican posiciones mucho más duras en materia de inmigración, seguridad, identidad nacional, mercado y relación con la izquierda.
El caso de Milei constituye uno de los ejemplos más visibles.
Del «modelo español» a una red internacional
La influencia de Vox no debe entenderse únicamente desde sus resultados electorales en España. Su estrategia internacional pretende convertir al partido en uno de los nodos europeos de una derecha transnacional.
La operación tiene además una dimensión de «guerra cultural»: inmigración, seguridad, familia, identidad nacional, rechazo al multiculturalismo, crítica a las políticas progresistas y cuestionamiento de determinadas instituciones internacionales forman parte de un lenguaje político compartido.
Ese lenguaje permite que asuntos nacionales aparentemente diferentes sean presentados como parte de una misma confrontación ideológica.
Y aquí aparece una cuestión fundamental: la competencia entre Vox y el Partido Popular.
El PP endurece su discurso ante el avance de Vox
El crecimiento de Vox ha obligado al Partido Popular a gestionar una contradicción estratégica.
Por un lado, necesita conservar su posición como principal fuerza de la derecha española. Por otro, una parte del electorado que anteriormente podía concentrarse en el PP se ha desplazado hacia posiciones más radicales.
El resultado ha sido un progresivo endurecimiento del discurso en determinados sectores del partido, especialmente alrededor del ala madrileña vinculada a Isabel Díaz Ayuso.
Inmigración, seguridad, impuestos, identidad nacional y confrontación con la izquierda se han convertido en terrenos de competición directa.
La cuestión latinoamericana también forma parte de esta disputa.
Mientras Vox intenta construir una red política internacional propia, el PP busca mantener sus relaciones institucionales y políticas tradicionales con gobiernos y partidos conservadores latinoamericanos, incluyendo a las nuevas fuerzas de derecha radical que están adquiriendo protagonismo.
El riesgo para el PP es evidente: si Vox consigue convertirse en el referente internacional de la derecha radical de habla española, puede aumentar su capacidad para condicionar el debate político dentro de España.
Por eso, parte de la batalla se libra también fuera de las fronteras españolas.
Ceuta: una crisis compleja que no puede explicarse desde Washington
En este contexto aparece Ceuta, uno de los territorios más sensibles de la frontera europea.
Pero resulta necesario separar la utilización política de los acontecimientos de las evidencias disponibles.
No existe evidencia científica, periodística o documental que demuestre que Donald Trump orquestara los disturbios o la crisis migratoria en Ceuta.
Presentar los acontecimientos como una operación organizada desde Washington supondría confundir la utilización política posterior de una crisis con su organización.
Los factores que explican la situación son mucho más complejos.
Marruecos, frontera y relaciones diplomáticas
La posición geográfica de Ceuta convierte a la ciudad en un punto especialmente vulnerable a las fluctuaciones de la política migratoria marroquí.
El control de las fronteras por parte de Marruecos, sus relaciones diplomáticas con España y las tensiones políticas entre ambos países pueden modificar rápidamente los flujos migratorios.
La frontera ceutí, por tanto, no puede analizarse únicamente desde una perspectiva policial.
Es también un asunto diplomático y geopolítico.
España necesita mantener una relación estable con Marruecos, pero al mismo tiempo debe garantizar el control de sus fronteras, el cumplimiento de la legislación española y europea y la protección de los derechos fundamentales de las personas migrantes.

El componente judicial
A esta dimensión internacional se suma otra de carácter jurídico.
Las decisiones de los tribunales españoles han ido delimitando las condiciones bajo las cuales pueden realizarse determinadas actuaciones en frontera.
Esto obliga a las fuerzas de seguridad y a las administraciones públicas a actuar dentro de un marco legal concreto, mientras los partidos políticos utilizan las decisiones judiciales como parte del debate sobre inmigración y control fronterizo.
La discusión, por tanto, no es simplemente «fronteras abiertas frente a fronteras cerradas».
Existe una cuestión mucho más compleja: cómo garantizar el control fronterizo respetando simultáneamente el derecho nacional, europeo e internacional.
Los disturbios y la tensión social
La dimensión migratoria tampoco explica por sí sola todos los acontecimientos sociales registrados en Ceuta.
Las tensiones internas, la percepción de inseguridad, las dificultades de convivencia, la situación de los asentamientos y la polarización política pueden generar episodios de conflictividad social.
En ese contexto se produjeron protestas y episodios de violencia que incluyeron ataques y quema de asentamientos en zonas como la playa de Benítez.
La explicación exige, por tanto, analizar simultáneamente migración, frontera, política marroquí, condiciones sociales y polarización interna.
Reducirlo todo a una conspiración internacional no ayuda a comprender el problema.
Trump: utilización política, no organización de la crisis
El papel de Donald Trump debe analizarse desde otro ángulo.
La utilización política de imágenes de crisis migratorias europeas encaja perfectamente con la estrategia discursiva que el expresidente y presidente estadounidense ha empleado durante años para defender políticas fronterizas más restrictivas.
Ceuta puede convertirse así en un ejemplo dentro de un discurso político mucho más amplio.
La imagen de una frontera sometida a presión permite construir un argumento sencillo: si Europa experimenta dificultades para controlar sus fronteras, Estados Unidos debería endurecer todavía más las suyas.
Esto es instrumentalización política.
Pero instrumentalizar una crisis no significa haberla organizado.
La diferencia es fundamental.
Vox y la oportunidad política de la inmigración
Vox ha entendido mejor que muchos de sus adversarios la capacidad electoral del debate migratorio.
Su discurso presenta las entradas irregulares como un problema de seguridad, soberanía y control territorial.
La formación ha utilizado expresiones como «asalto» o «invasión» para describir determinadas situaciones fronterizas, y ha responsabilizado reiteradamente al Gobierno de Pedro Sánchez de una supuesta política migratoria permisiva.
El mensaje conecta con sectores sociales preocupados por la seguridad, la presión sobre determinados servicios públicos y la percepción de pérdida de control fronterizo.
Pero también produce una fuerte polarización.
Para la izquierda y determinados movimientos sociales, este discurso convierte a las personas migrantes en chivos expiatorios de problemas económicos y sociales mucho más amplios.
Para Vox, en cambio, la cuestión es fundamentalmente de soberanía, seguridad y defensa de las fronteras nacionales.
El problema de fondo: quién controla el relato
La verdadera batalla política no se desarrolla solamente en la frontera.
Se desarrolla también en las redes sociales, en los medios de comunicación, en las fundaciones políticas y en las organizaciones internacionales.
Ahí es donde la estrategia de la «Iberosfera» adquiere especial relevancia.
Vox intenta construir una comunidad política internacional capaz de compartir discursos, marcos ideológicos y estrategias electorales.
El PP observa este fenómeno y trata de evitar que esa red internacional se convierta en patrimonio exclusivo de Vox.
Y las fuerzas progresistas afrontan el desafío de construir una respuesta que no consista únicamente en reaccionar ante cada crisis migratoria.
Porque cuando la política se reduce a quién consigue imponer la palabra «invasión», «asalto» o «frontera», la discusión sobre las causas estructurales desaparece.
La economía detrás de la guerra cultural
Existe además una contradicción que merece ser examinada.
Las derechas radicales suelen presentarse como defensoras de las clases trabajadoras nacionales frente a las élites globales. Sin embargo, sus propuestas económicas pueden coincidir en determinados aspectos con intereses empresariales vinculados a la reducción de impuestos, la desregulación o la disminución del peso del Estado.
Vox rechaza esa interpretación y sostiene que su proyecto pretende defender a los trabajadores españoles, la soberanía nacional y la protección de los ciudadanos.
La discusión, por tanto, no debería resolverse mediante etiquetas.
Debe analizarse quién financia las organizaciones, qué intereses económicos representan, qué políticas defienden y quién se beneficia finalmente de ellas.
Una nueva derecha transnacional
La aparición de la «Iberosfera» demuestra que la derecha radical ya no actúa exclusivamente dentro de las fronteras nacionales.
Existe una creciente circulación internacional de ideas, dirigentes, organizaciones y estrategias políticas.
Milei en Argentina, Bolsonaro y su entorno en Brasil, Kast en Chile y Vox en España representan, con sus diferencias, distintas expresiones de un fenómeno más amplio.
La conexión entre estas fuerzas no significa que exista un mando único ni que todas respondan a una misma estructura.
Pero sí existe una convergencia política y cultural cada vez más visible.
La Fundación Disenso y la Carta de Madrid constituyen uno de los instrumentos mediante los cuales Vox intenta participar en esa construcción.
Y el Partido Popular, consciente de la importancia del fenómeno, busca evitar quedar desplazado.
Conclusión: Ceuta es mucho más que una frontera
Ceuta se ha convertido en un escenario donde confluyen problemas migratorios, intereses geopolíticos, relaciones entre España y Marruecos, decisiones judiciales, tensiones sociales y estrategias electorales.
Pero no hay pruebas que permitan afirmar que Donald Trump organizara los disturbios o provocara la crisis.
Lo que sí puede analizarse es cómo una crisis fronteriza real puede convertirse en materia prima para diferentes proyectos políticos.
Trump puede utilizar las imágenes para reforzar su discurso migratorio en Estados Unidos.
Vox puede utilizarlas para defender el endurecimiento de las fronteras españolas.
El PP puede endurecer su posición para impedir que Vox monopolice ese espacio político.
Y Marruecos mantiene un papel decisivo por su capacidad de controlar buena parte de los flujos hacia la frontera española.
La cuestión central, por tanto, no es quién inventó la crisis.
La pregunta política verdaderamente relevante es quién consigue convertirla en una herramienta de poder.
Y ahí se encuentra la importancia de la llamada «Iberosfera»: en un escenario internacional cada vez más polarizado, la batalla por el relato sobre inmigración, soberanía, identidad y seguridad ya no se libra únicamente en Madrid, Buenos Aires, Brasilia o Santiago.
Se libra simultáneamente en todos esos lugares.
La nueva ultraderecha internacional no necesita un centro de mando único para actuar coordinadamente. Le basta con compartir discursos, intereses, redes y estrategias.