Por: Carolina Valencia Bernal; Periodista Colombiana

A una semana del terremoto de 7.4 de magnitud con epicentro en San José del Palmar (Chocó), el panorama en el suroccidente colombiano es desolador. Las cifras oficiales ya se consolidan en una fría contabilidad de la tragedia: 294 fallecidos, más de 4.000 heridos y 190 desaparecidos, 355, familias damnificadas 120.000, viviendas afectadas 127.608, viviendas destruidas 26.392, edificios colapsados 197; sobre los cuales la esperanza de vida se extingue minuto a minuto.
En cuanto a la infraestructura pública; según la UNGRD (Unidad de Nacional de Gestión de Riesgos y Desastres), quedaron afectados más de 300 centros de salud, que ya de por sí, eran insuficientes, débiles y sin casi recursos físicos y humanos; más de 3.200 centros educativos, 4.000 centros comunitarios; también unas 410 vías, 95 acueductos, 48 puentes vehiculares, 13 puentes peatonales y 5 aeropuertos.El sismo sacudió la tierra en el Valle de Cauca, Chocó, Risaralda, Quindío y Caldas; desenterró, una vez más, las costuras de un Estado fallido, indolente y desconectado.
La única paradoja rescatable de esta catástrofe ocurrió en Armenia. En 1999, la capital del Quindío quedó devastada y lloró a casi mil muertos; hoy, gracias al rigor de los códigos de sismorresistencia aplicados en su reconstrucción, la ciudad resistió sin registrar víctimas fatales. Una prueba fehaciente de que la planeación salva vidas. Sin embargo, fuera de las capitales blindadas, la realidad de la Colombia profunda es otra muy distinta.
LOS OLVIDADOS.
Este sismo desnudó un siglo de olvido institucional. En las veredas y poblados rurales del litoral pacífico —hogar de comunidades indígenas, afrodescendientes y campesinas— la devastación es casi absoluta. Hoy se encuentran incomunicadas por los derrumbes en las carreteras o atrapadas en su aislamiento fluvial histórico. algunas porque el acceso es únicamente por lancha, es el caso de municipios ubicados en la zona rural costera sobre el litoral pacífico de los departamentos de Chocó y Valle del Cauca.
Sin telefonía ni internet, la ayuda estatal no solo llegó tarde; llegó ciega. Más allá de los censos de la UNGRD, a quienes hemos recorrido esos territorios remotos nos quedan grabados los rostros de esa Colombia ancestral que sobrevive a punta de dignidad, saberes propios y turismo comunitario, mientras el Estado, que debería garantizar su bienestar, los condena perpetuamente al margen.
“LA PATRIA SIMULACRO”
La catástrofe sorprendió al país apenas tres días después de la posesión del nuevo presidente, el outsider Abelardo de la Espriella. En una semana, su administración ha hecho gala de una alarmante inexperiencia, una profunda deshumanización y un sesgo ideológico inaceptable en tiempos de emergencia.
En un despliegue de soberbia diplomática, limitó y rechazó ayuda internacional que desde un principio ofrecieron países como México y China, oídos sordos y postura sesgada a estas ofertas. Desde el Palacio de San Carlos, sede de la Cancillería, emitió un comunicado por medio del director de la UNGRD, que únicamente recibirá la ayuda de países que cumplan los protocolos (Israel, El Salvador, Ecuador, Estados Unidos), politizando e ideologizando la cooperanción; alegando además, que el Colombia cuenta con rescatistas suficientes, certificados y cualificados por el protocolo INSARAG, de Naciones Unidas.
Días después desmintió y desdijo el rechazo de esta ayuda para atender la emergencia.El viernes 14 de agosto llegaron a Cali 82 especialistas, ingenieros, tecnólogos y rescatistas de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) y del Comando de Defensa Civil, comandados por Roni Kaplan, asesor del Ministerio de Relaciones Exteriores de Israel.
Kaplan ostenta una denuncia como responsable del genocidio del pueblo Palestino y delitos de guerra y de lesa humanidad.
La verdad que reportan los testigos en el territorio dista mucho de la propaganda oficial. Los especialistas extranjeros no han movido una sola piedra para buscar desaparecidos; al contrario, han instrumentalizado maquinaria pesada en zonas donde aún había esperanza de vida, desplazando con hostilidad y tintes racistas a los rescatistas voluntarios del propio pueblo.
Esa fue la ayuda selectiva que el Ejecutivo prefirió aplaudir.¡Pero esa es la ayuda que De La Espriella quizo recibir!La desconexión gubernamental raya en la ofensa. Este domingo, De la Espriella visitó Buenaventura, uno de los puertos más importantes pero históricamente empobrecidos del país. Mientras los hospitales y los colegios colapsan, los niños tienen hambre, el presidente «Milagro» se dedicó a repartir balones de fútbol marcados con el lema “Defensores de la Patria”.
Protegido en una burbuja de camionetas blindadas y militares fuertemente armados, el mandatario ni siquiera se dignó a tocar el suelo; limitándose a lanzar besos y saludos desde la ventanilla antes de huir a su zona de confort. La indignación de los habitantes no se ha hecho esperar y en las redes sociales estallaron en improperios contra ADLE.
Sus ministros no se quedaron atrás en la pasarela de la improvisación. Rodrigo Lara, ministro del Interior, despachó la tragedia sugiriendo a los damnificados que, si se les daban los materiales, ellos mismos debían reconstruir sus casas «en dos minutos», ignorando olímpicamente las normas de planeación y la responsabilidad del Estado.
Por su parte, el ministro de Vivienda, Jaime Andrés Beltrán —ya cercado por investigaciones de corrupción por el «robo de la chatarra» y destituido de la alcaldía de Bucaramanga— prefirió pasar el puente festivo descansando en las playas de Santa Marta junto a su esposa.
Dice el ministro Lara ante las víctimas que «politizar el desastre no tiene perdón de Dios». Tiene razón. Pero cuando la inasistencia y la inacción del Gobierno nacional obligan a que sea el mismo pueblo el que se rescate a sí mismo con las uñas, la denuncia deja de ser una mera crítica social para convertirse en una obligación política. Colombia no necesita un presidente milagrero que reparta balones sobre las ruinas; necesita un jefe de Estado que entienda que la reconstrucción del país no es un simulacro publicitario.
SIN ESPERANZA.
Este es el panorama a una semana del desastre natural ocurrido en Colombia que ha dejado muerte, desolación e improvisación y pocas muestras de humanidad por parte del nuevo gobierno; que no se debía politizar el desastre antes de empezar a ver el manejo que el ejecutivo le diera, sí; y que el mismo Rodrigo Lara afirmara ante los damnificados que politizarlo no tiene perdón de Dios, también.
Pero a estas alturas, cuando la ayuda a venido del mismo pueblo ante la inacción e inasistencia de gobierno nacional; no solo es una preocupación social, sino política.
Quedan en la mente de quienes hemos recorrido partes de este país, sobretodo, (lugares remotos, como las costas del pacífico, los pueblos entre pueblos y los territorios indígenas), los rostros de esa Colombia ancestral y sí, profunda.