¿Puede la AfD gobernar Alemania? Rearme, inmigración y el avance de la ultraderecha

Alemania atraviesa una transformación política que hace apenas unos años habría parecido difícil de imaginar. La Alternativa para Alemania (AfD) ha dejado de ser una fuerza marginal para convertirse en uno de los principales actores de la política nacional. Su crecimiento se apoya, entre otros factores, en el malestar económico, la preocupación por la inmigración, la inseguridad percibida y el rechazo de una parte de la sociedad al rumbo de las élites tradicionales.

Pero existe una cuestión que va mucho más allá de los resultados electorales: ¿puede la AfD llegar a gobernar Alemania en un contexto marcado simultáneamente por el rearme europeo y un discurso cada vez más duro contra la inmigración?

El rearme cambia el escenario político, la guerra de Ucrania y el deterioro de la relación entre Rusia y los países occidentales han provocado un cambio histórico en la política de defensa alemana. Berlín ha aumentado considerablemente su atención hacia las Fuerzas Armadas, el gasto militar y la industria de defensa.

Este proceso no es patrimonio exclusivo de la derecha. Los partidos tradicionales también defienden una Alemania con mayor capacidad militar dentro de la OTAN y de la defensa europea. Sin embargo, el rearme introduce un elemento especialmente relevante para la AfD: la recuperación de un discurso nacional centrado en soberanía, fronteras, seguridad y poder estatal.

La AfD intenta aprovechar esa preocupación, aunque su posición respecto a Rusia y a la guerra de Ucrania la diferencia notablemente de la CDU/CSU y de otras fuerzas del establishment alemán. Precisamente ahí aparece una de sus principales contradicciones: pretende presentarse como defensora de los intereses nacionales alemanes, pero mantiene posiciones sobre política exterior que generan fuertes reservas entre sus adversarios.

La inmigración como principal motor electoral, constituye probablemente el terreno donde la AfD ha encontrado su mayor capacidad de movilización.

Su discurso reclama un endurecimiento radical de las políticas de asilo, mayores controles fronterizos y una reducción de la inmigración. Para una parte de los votantes, estas propuestas representan una respuesta al temor de perder seguridad económica, vivienda o acceso a determinados servicios públicos.

Pero reducir el fenómeno migratorio a una cuestión de seguridad resulta insuficiente. Alemania necesita trabajadores debido a su envejecimiento demográfico y a la falta de mano de obra en numerosos sectores.

La paradoja es evidente: el país necesita inmigración para sostener parte de su economía, mientras una parte creciente del electorado exige limitarla.

La AfD convierte esa contradicción en una herramienta política. Su mensaje es sencillo: primero los alemanes, después los demás. El problema es que las soluciones sencillas rara vez resuelven problemas estructurales.

El gran obstáculo, es que la AfD tenga una elevada representación parlamentaria no significa automáticamente que pueda gobernar, so no tiene una mayoria parlamentaria. El sistema político alemán está condicionado por la necesidad de construir mayorías parlamentarias.

Hasta ahora, los principales partidos han mantenido el denominado cordón sanitario frente a la AfD y han rechazado formar coaliciones nacionales con ella.

Por eso, su principal desafío no consiste únicamente en aumentar sus votos. Necesita conseguir que otros partidos estén dispuestos a pactar con ella o alcanzar por sí misma una mayoría suficiente.

Y aquí aparece una cuestión decisiva: cuanto más radical sea su discurso, más difícil puede resultar para la AfD convertirse en un socio aceptable para otras fuerzas políticas.

No obstante, la historia europea demuestra que los cordones sanitarios no son eternos. Si una fuerza política mantiene durante años un crecimiento sostenido y sus adversarios pierden capacidad para responder a las preocupaciones sociales, las fronteras políticas pueden comenzar a desplazarse.

¿Qué significaría un Gobierno de la AfD? Un Ejecutivo dirigido por la AfD supondría un cambio profundo en la política alemana y tendría consecuencias para toda Europa.

En inmigración, probablemente intentaría endurecer las condiciones de entrada, acelerar las deportaciones y reforzar los controles fronterizos.

En política europea, podría plantear mayores tensiones con Bruselas y defender una recuperación de competencias nacionales frente a la integración comunitaria.

En política exterior, sus posiciones sobre Rusia, Ucrania, Estados Unidos y la OTAN podrían generar debates especialmente sensibles y en materia económica aparecería otra incógnita: Alemania necesita estabilidad, inversión y mano de obra para mantener su potente estructura industrial.

Una política de confrontación permanente con las instituciones europeas podría tener consecuencias importantes para empresas y mercados.

Por tanto, la llegada de la AfD al Gobierno no sería simplemente un cambio de partido. Podría significar una redefinición de la relación de Alemania con Europa, con la inmigración y con su propia política de seguridad.

La cuestión social detrás del fenómeno es importante, sin embargo, atribuir el crecimiento de la AfD exclusivamente al racismo o a la xenofobia sería un error político. Existe una parte del electorado que vota a esta formación como protesta contra los partidos tradicionales.

El aumento del coste de la vida, la crisis de la vivienda, la transformación de la industria alemana, la transición energética, la incertidumbre provocada por la guerra y la percepción de pérdida de control sobre las fronteras alimentan un descontento real.

La respuesta democrática no puede limitarse a decirle a ese votante que está equivocado. Hay que responder a las causas que explican su frustración. Porque cuando los partidos tradicionales no ofrecen respuestas convincentes, los movimientos populistas ocupan ese espacio.

Este escenario nos hace pensar en una reflexión final ya que la verdadera batalla por el futuro de Alemania no se decidirá únicamente en torno a la inmigración o al gasto militar. Se decidirá sobre una pregunta mucho más profunda: qué modelo de país quiere ser Alemania en las próximas décadas.

Una Alemania que incremente su capacidad militar y cierre progresivamente sus fronteras puede satisfacer a una parte de su electorado, pero difícilmente resolverá por sí sola los problemas derivados del envejecimiento, la falta de trabajadores, la desigualdad, la vivienda o la transformación industrial.

El crecimiento de la AfD debe ser tomado en serio, no mediante el miedo ni mediante la demonización automática de sus votantes, sino mediante políticas capaces de recuperar la confianza de quienes sienten que el sistema político ya no responde a sus problemas.

La experiencia europea demuestra que la extrema derecha crece cuando consigue convencer a la ciudadanía de que las instituciones tradicionales han perdido el control. La respuesta democrática no debería consistir en imitar su discurso, sino en demostrar que democracia, seguridad, prosperidad y control de las fronteras pueden coexistir sin convertir al inmigrante en el enemigo ni transformar el rearme en una nueva cultura de confrontación.

Alemania vuelve a encontrarse ante una encrucijada histórica. Y lo que ocurra allí no afectará solamente a los alemanes: por su peso económico, político y militar, la dirección que tome Berlín tendrá consecuencias para toda Europa.

Sitio protegido por Google reCAPTCHA. Ver políticas de privacidad y términos de servicio.

Desarrollo Web Efemosse