Por Jorge Elbaum periodista y analista político, Argentina.
El jefe del Departamento de Estado, Marco Rubio, realizó la “Reunión Ministerial sobre el Resurgimiento del Terrorismo Político” en la que se intentó articular el regreso del macartismo doméstico con la política exterior de los Estados Unidos. En el mismo cónclave se demonizó a los candidatos ligados al alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, a los inmigrantes, a las organizaciones de derechos civiles antirracistas, a los colectivos antifascistas, al peligro cubano y a toda forma de expresión religiosa ligada al Islam.
El cónclave rememora al macartismo y a una nueva forma de Guerra Fría donde los enemigos actuales no conforman —como hace 80 años— un bloque más o menos homogéneo sino una miríada de sujetos sin conexión alguna, ligados a fenómenos dispares: protestas contra cacerías humanas llevadas a cabo por ICE, movilizaciones electorales antitrumpistas, posicionamientos antifascistas y/o atentados ejecutados por lobos solitarios. Todas situaciones inconexas que Rubio agrupó arbitrariamente, en su cita de Washington, para instituir esta nueva peligrosidad fantasmagórica.
Este Eje del Mal, a diferencia de los anteriores, no requiere partido, organización, programa, ni conducción alguna. Alcanza con ser nombrado desde Washington para adquirir existencia diabólica.
El contraterrorismo fue diseñado para enfrentar estructuras violentas, con financiamiento, logística y acciones concretas, pero el trumpismo pretende reorientarlo hacia identidades políticas para legitimar su persecución, censura y vigilancia. Ese desplazamiento exige la omisión de los verdaderos peligros domésticos que se han constatado en Estados Unidos, ligados a los aceleracionistas, las milicias racistas y las redes violentas de ultraderecha.
Para el FBI, los grupos de supremacistas blancos representan la mayor amenaza de terrorismo interno en Estados Unidos. La agencia clasifica estas acciones como terrorismo de extremismo violento por motivos raciales. Para invisibilizar esa realidad y empoderar al núcleo duro trumpista, la inmigración se caracteriza como asociada al terrorismo, al socialismo democrático de Mamdani y a la condición de posibilidad de la lucha antifascista, asociada al islamismo radical, al comunismo chino y a toda asociación que reivindique lo solidario por sobre el darwinismo social del individualismo egoísta que justifica la guerra de todos contra todos.

Rubio inventa el peligro y de esa manera autoriza al brutalismo trumpista a liderar una cruzada contra un enemigo múltiple y esquivo. En ese marco, ya no se discuten hechos, responsabilidades ni pruebas: se invoca una esencia dispersa e inasible que deja de ser un sujeto político y pasa a ser patología.
Cuando la política adopta el lenguaje de la purificación, suelen aparecer listas, proscripciones, sanciones y caza de brujas. El hecho de que Rubio sobreactúe su diferenciación respecto a los inmigrantes –siendo hijo de cubanos– tiene como motivación el garantizarse una credencial apta para disputar una candidatura republicana en 2028.
La reunión también buscó convertir el repertorio de la derecha norteamericana en doctrina hemisférica. Lo que se anuncia como cooperación contra el terrorismo derivará, sin dudas, en una red transnacional de vigilancia ideológica que permita limitar las soberanías para orientar los alineamientos políticos y poner al servicio de los intereses de Washington los recursos naturales (minerales críticos, tierras raras, energía) y la apertura para el control de la infraestructura digital.
La disputa estratégica de Estados Unidos contra los BRICS, y especialmente contra China, no solo se juega en disposiciones militares. También atraviesa el litio, los semiconductores, los cables submarinos y los centros de datos. La geopolítica contemporánea desplegada por la Casa Blanca combina portaaviones, algoritmos, satélites y redes sociales. Y necesita consolidar peligros, desconfianzas y odios para agrupar fuerzas en una confrontación que por primera vez en el último siglo viene perdiendo en términos geoeconómicos.
La llamada Pax Silica, que liga al trumpismo con Peter Thiel, es uno de los complementos de la reunión antiterrorista. Bajo el lenguaje de la cooperación tecnológica securitaria, Estados Unidos procura ordenar cadenas de suministro, el control global de la Inteligencia Artificial, imprescindibles para su pretendida reindustrialización. Por eso el antiterrorismo de Rubio no es sólo un discurso policial. Funciona como soporte simbólico de una batería neoimperial: demonización ideológica, injerencia electoral, vigilancia digital, hostigamiento a Venezuela, bloqueo genocida contra Cuba, aranceles contra Brasil, sanciones financieras, endeudamiento condicionado y control de tecnologías estratégicas.
La etiqueta es la seguridad. El contenido es la dominación.
Cuba ocupa, como siempre, un lugar central en esa narrativa apócrifa. Cada vez que Washington queda aislado por el rechazo mundial al bloqueo —como sucedió la última semana— apela a nuevas acusaciones delirantes: en lugar de responder por la asfixia económica y financiera que impone, reactiva la narrativa de la amenaza. La acusación reemplaza al argumento; el cerco se presenta como defensa. Los eventuales escenarios militares contra Cuba no pueden separarse de esa retórica.
Las intervenciones estadounidenses nunca empiezan con bombardeos. Comienzan con caracterizaciones y justificaciones. Brasil aparece en ese mismo tablero. Los aranceles impuestos en la última semana contra Brasilia, en un año electoral, contribuyen a vincular la línea injerencista aplicada en Ecuador, Honduras, Costa Rica, Argentina, Bolivia, Chile y Colombia con la demonización “terrorista”.
El despliegue imperial también se observa en la amenaza de Rubio contra la Corte Penal Internacional, acusando a sus autoridades de “declararle la guerra a Estados Unidos” por su decisión de investigar las responsabilidades de sus funcionarios en los bombardeos del Caribe, el crimen de niñas en Irán, el genocidio en Gaza o el secuestro de Nicolás Maduro. Para Washington, las normas sirven solo si persiguen a sus enemigos. Si rozan a Washington o a sus aliados, se vuelven intolerables.
El último jueves el Secretario de Estado aseguró, en relación con la izquierda radical, que hay que derrotar a “los débiles y cobardes” que luchan ”contra los fuertes y buenos”. Las reminiscencias con los discursos de un frustrado pintor nacido en Braunau am Inn, en 1889, son demasiado evidentes: “el más fuerte vence, el débil debe perecer”.
Rubio no lo cita en forma literal. Recurre a su cosmovisión por afinidad epocal: la sensación de estar en una civilización sitiada por el resentimiento “de los inferiores”; el derecho de los fuertes a defenderse y la necesaria purificación del cuerpo social. No necesita nombrar a Hitler para convocar a sus fantasmas. Le basta con una política donde la diferencia se vuelve degeneración; la protesta, terrorismo. Y dominación el destino manifiesto de una nación superior.
Por Jorge Elbaum para Pagina12; Fuente y transcripción de: https://www.pagina12.com.ar/2026/07/18/marco-rubio-recurre-al-pintor-austriaco/