Suecia gira a la izquierda: la ultraderecha retrocede y Magdalena Andersson acaricia el Gobierno

Redacción Internacionales.

«Con el 95% de los distritos escrutados, los cuatro partidos de la oposición de centroizquierda se encaminan a sumar una mayoría parlamentaria. Los socialdemócratas vuelven a situarse como primera fuerza y los Demócratas de Suecia pierden la segunda posición. El resultado abre una negociación compleja, pero también deja una señal política relevante para Europa: el avance de la extrema derecha no parece irreversible».

Suecia puede estar ante un cambio de ciclo político. Con el 95% de los distritos escrutados, las proyecciones de la autoridad electoral sitúan al bloque opositor de centroizquierda en condiciones de alcanzar 176 escaños, tres por encima de la mayoría absoluta.

La primera fuerza vuelve a ser el Partido Socialdemócrata, que obtiene alrededor del 28,1% de los votos, aunque pierde cerca de tres puntos respecto de la anterior elección. El resultado confirma, sin embargo, que los socialdemócratas mantienen una posición central en la política sueca.

La gran novedad está en el retroceso de los Demócratas de Suecia (SD). La formación ultranacionalista cae hasta aproximadamente el 17,6% y pierde la segunda posición frente al Partido Moderado, que alcanza el 19,9%.

El dato tiene una dimensión política que va más allá de los números: los Demócratas de Suecia habían construido durante años una trayectoria ascendente desde su entrada en el Parlamento en 2010. Esta vez, por primera vez, sufren un retroceso significativo y dejan de ser la segunda fuerza.

Mientras tanto, el Partido de la Izquierda protagoniza una de las mayores subidas y los Verdes también avanzan. Los Liberales, con alrededor del 5,4%, consiguen superar el umbral parlamentario del 4% y evitan desaparecer del Parlamento.

Magdalena Andersson, la vencedora de la noche

La figura que emerge como principal ganadora política es Magdalena Andersson, líder del Partido Socialdemócrata y primera mujer que ocupó el cargo de primera ministra de Suecia.

Economista de formación, Andersson nació en Uppsala en 1967. Fue ministra de Finanzas durante varios años antes de convertirse en líder socialdemócrata y primera ministra en noviembre de 2021.

Su trayectoria representa una tradición socialdemócrata sueca que combina Estado del bienestar, servicios públicos, negociación laboral, protección social y una economía de mercado regulada.

Su proyecto político no significa, sin embargo, un regreso exacto a la socialdemocracia clásica. Suecia ha endurecido durante los últimos años algunas de sus políticas migratorias y de integración, y los socialdemócratas también han asumido parte de ese debate.

Andersson ha defendido una línea que pretende combinar seguridad y control migratorio con inversión pública, empleo, reducción de desigualdades y fortalecimiento del Estado del bienestar.

Una coalición con un denominador común: frenar a la extrema derecha

La aritmética parlamentaria abre ahora una negociación complicada.

Para construir una mayoría, los socialdemócratas necesitarían apoyarse en Verdes, Partido de la Izquierda y Centro liberal. Son fuerzas con diferencias importantes en cuestiones como fiscalidad, energía, mercado laboral y modelo económico.

El Partido de la Izquierda, de tradición marxista y raíces comunistas, reclamará probablemente mayor peso político y medidas sociales más ambiciosas. Los Verdes presionarán para acelerar la transición energética y climática. El Centro, de perfil más liberal y centrista, tendrá posiciones diferentes en materia económica.

No será una alianza sencilla.

Pero existe un elemento que puede convertirse en cemento político: el rechazo a entregar el Gobierno a la derecha radical.

Durante años, los Demócratas de Suecia consiguieron desplazar el debate político hacia inmigración, seguridad, identidad nacional y endurecimiento de las fronteras. Su influencia llegó incluso a provocar que partidos tradicionales adoptaran algunas de sus propuestas.

La paradoja es evidente: la extrema derecha consiguió que buena parte del sistema político hablara de inmigración en sus términos, pero eso no necesariamente se tradujo en una victoria electoral propia.

¿Qué defienden los partidos que pueden formar Gobierno?

El eje socialdemócrata apuesta por mantener un Estado del bienestar fuerte, políticas de empleo, servicios públicos y una fiscalidad capaz de financiar sanidad, educación y protección social.

Los Verdes sitúan en primer plano la lucha contra el cambio climático, la transición energética y las inversiones verdes.

El Partido de la Izquierda reclama una redistribución económica más intensa, fortalecimiento de los servicios públicos, derechos laborales y políticas destinadas a reducir las desigualdades.

El Centro, en cambio, representa una sensibilidad más liberal en materia económica y empresarial.

La futura mayoría tendrá, por tanto, que responder a una pregunta fundamental: ¿pueden cuatro partidos con intereses diferentes construir un programa común que vaya más allá de impedir el regreso de la derecha?

Esa será la verdadera prueba para Andersson.

El desplome de la ultraderecha

El retroceso de los Demócratas de Suecia constituye uno de los elementos más significativos de la elección.

No significa que la extrema derecha haya desaparecido. Con alrededor del 17,6%, continúa siendo una fuerza política de enorme importancia. Pero sí rompe una tendencia que parecía consolidada: la idea de que las formaciones nacional-populistas solo podían crecer elección tras elección.

¿Por qué retroceden?

Una explicación está en la normalización de parte de su agenda. Cuando los partidos tradicionales endurecen sus posiciones sobre inmigración, integración y seguridad, la extrema derecha pierde parte de su capacidad para presentarse como la única alternativa al consenso establecido.

También existe una segunda explicación: el electorado puede castigar a quienes convierten la inmigración en el centro absoluto de la política cuando las preocupaciones económicas y sociales siguen siendo determinantes.

Coste de vida, vivienda, empleo, servicios públicos, sanidad, educación y seguridad económica continúan formando parte de las preocupaciones cotidianas de millones de ciudadanos.

Y existe una tercera cuestión: gobernar o influir sobre el Gobierno tiene un coste político. La extrema derecha puede crecer con mayor facilidad cuando se encuentra en la oposición y puede concentrar su discurso en denunciar al sistema. Cuando pasa a convertirse en una fuerza imprescindible para sostener gobiernos, debe responder por sus resultados.

Una señal para Europa

El resultado sueco merece atención en un continente donde la ultraderecha ha conseguido avances importantes.

Durante los últimos años, Europa ha vivido una expansión de partidos nacionalistas y populistas. Alemania, Francia, Italia, Países Bajos, Austria, España y otros países han experimentado un crecimiento de fuerzas situadas en la derecha radical.

Suecia introduce ahora una advertencia importante: el crecimiento de la extrema derecha no es necesariamente lineal ni irreversible.

Pero tampoco sería correcto interpretar estos resultados como el final del fenómeno.

La ultraderecha sueca conserva un porcentaje electoral considerable. Su retroceso no significa que hayan desaparecido las preocupaciones que alimentaron su crecimiento: inmigración, integración, seguridad, desigualdad territorial y desconfianza hacia las instituciones.

La lección quizá sea otra.

Cuando la izquierda abandona los problemas cotidianos de la mayoría y deja que la derecha radical monopolice el discurso sobre seguridad, identidad o inmigración, pierde terreno. Pero cuando consigue volver a colocar en el centro el empleo, los salarios, la vivienda, los servicios públicos, la igualdad y la seguridad económica, puede recuperar una parte importante de ese electorado.

Reflexión final: la extrema derecha puede ganar el debate y perder las elecciones

El caso sueco contiene una paradoja política especialmente interesante.

Los Demócratas de Suecia consiguieron durante años algo extraordinario: obligar a los partidos tradicionales a desplazarse hacia algunas de sus posiciones sobre inmigración. Sin embargo, cuando ese discurso dejó de ser exclusivo de la extrema derecha, su capacidad para presentarse como la única alternativa disminuyó.

La política no se gana solamente haciendo que los adversarios hablen de tus temas. También hay que convencer a los ciudadanos de que tienes soluciones para sus problemas.

Y ahí puede encontrarse una de las claves del resultado sueco.

La extrema derecha puede conseguir que toda la sociedad discuta sobre inmigración y, aun así, perder cuando los ciudadanos vuelven a preguntarse quién puede garantizarles una vivienda, un salario digno, una sanidad pública eficaz, educación y seguridad económica.

Magdalena Andersson tiene ahora una oportunidad, pero también una enorme responsabilidad. Ganar las elecciones es una cosa; construir una mayoría progresista estable entre cuatro partidos con intereses diferentes es otra muy distinta.

Si consigue hacerlo, Suecia podría convertirse en una referencia europea de que el avance de la ultraderecha no está escrito de antemano.

La pregunta que deja esta elección no es solamente quién gobernará Suecia.

Es si Europa está entrando en una etapa en la que la izquierda puede recuperar terreno sin renunciar a la seguridad, pero evitando que el miedo sea el único lenguaje de la política.

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