La afirmación de que la hegemonía naval de Estados Unidos ha muerto es una realidad, ya que su dominio absoluto está bajo la mayor crisis y desafío desde la Segunda Guerra Mundial.
Si bien la Armada estadounidense enfrenta severos problemas estructurales, sigue siendo la fuerza de proyección global más poderosa del planeta aunque el escenario actual no es el mismo , sino de una transición forzada hacia un tablero naval bipolar y disputado, principalmente por el ascenso de China.
Tenemos factores que sustentan la tesis de su declive con una capacidad industrial de astilleros de EE. UU. donde se sufre un cuello de botella crítico, mientras que China tiene una capacidad de construcción naval que supera por mucho a la estadounidense, lo que le ha permitido estructurar la flota más numerosa del mundo en cantidad de buques comerciales y de guerra.
La crisis de mantenimiento y falta de personal, genera que la flota de EE. UU. tenga graves retrasos en reparaciones, falta de presupuesto y problemas crónicos de reclutamiento. Esto ha obligado a suspender misiones menores para priorizar teatros críticos como el Indo-Pacífico y el Medio Oriente. La vulnerabilidad ante nuevas tecnologías enfrentandose al uso masivo de misiles antibuque de bajo costo y drones marítimos por parte de actores estatales y no estatales en puntos estratégicos (como el Mar Rojo u Ormuz) ha demostrado que proyectar poder mediante grandes portaaviones es hoy mucho más arriesgado y costoso.
Al día de hoy, la Armada de EEUU continúa siendo, sobre el papel, la fuerza naval más poderosa del planeta y en la que basa su dominio global. Con cerca de 300 buques de combate, 11 portaviones de propulsión nuclear, 9 buques de asalto anfibio, alrededor de 70 submarinos, más de 90 destructores y cruceros y una aviación embarcada que supera los 2.500 aparatos, ninguna otra marina posee una capacidad comparable para proyectar poder a escala global.
Durante décadas, su principal ventaja ha residido en la posibilidad de desplegar simultáneamente varios grupos de ataque de portaviones en distintos teatros de operaciones, una capacidad que ninguna otra potencia ha logrado igualar.
Sin embargo, la reciente confrontación con Irán (así como el conflicto entre Ucrania y Rusia) ha puesto de manifiesto algunas de las limitaciones de este modelo. Aunque oficialmente Washington no perdió ningún buque de guerra y las pérdidas de aeronaves embarcadas fueron muy reducidas, la amenaza constante de misiles balísticos, de crucero, drones de ataque y lanchas no tripuladas obligó a la flota estadounidense a operar a mayor distancia de la costa iraní para reducir su exposición a los ataques.
Esa decisión tuvo consecuencias operativas, a pesar del despliegue de varios grupos de combate, EEUU no logró establecer un control efectivo sobre el estrecho de Ormuz, un paso marítimo de apenas unos 40 kilómetros de ancho por el que transita aproximadamente una quinta parte del petróleo comercializado por vía marítima en el mundo.
La posibilidad de bloquear completamente el tráfico o eliminar de forma permanente la amenaza de minas navales, drones y misiles quedó seriamente condicionada por el riesgo que suponían las capacidades iraníes de negación de acceso.En el próximo post hablaremos de los retos que esto representa para la flota de EEUU en un potencial conflicto con China.

El reto de China como fin de la proyección de fuerza naval.
El ascenso naval de China no implica el fin de la proyección de fuerza en el mundo, sino el fin del monopolio absoluto que Estados Unidos ejerció sobre ella desde 1945. La Armada del Ejército Popular de Liberación (PLAN) pasó de ser una fuerza de defensa costera a una marina de «aguas azules» con capacidad global. Su estrategia combina la parálisis del rival en su propio vecindario con la expansión de su propia influencia internacional.
El primer objetivo de China no es navegar hasta el río Potomac, sino impedir que Estados Unidos opere libremente cerca de sus costas. Esto lo logra mediante la estrategia de Negación de Acceso y Denegación de Área (A2/AD). El despliegue de misiles balísticos antibuque DF-21D y DF-26 ( misiles asesinos) obliga a los portaaviones de EE. UU. a operar a miles de kilómetros de distancia de Taiwán para evitar ser hundidos.
Otra cuestión a destacar son las fortalezas insulares y la militarización de islas artificiales en el Mar de China Meridional, que funciona como una red de «portaaviones insumergibles» armados con radares y misiles, esto provoca una guerra asimétrica, donde el uso de miles de lanchas misileras, submarinos silenciosos convencionales y drones satura las defensas de cualquier flota enemiga tradicional.
Esta es la proyección de fuerza al estilo chino, (a diferencia de EE. UU., que proyecta fuerza mediante la intervención militar directa), que utiliza su poder naval para asegurar rutas comerciales y expandir su influencia geopolítica, podriamos poner cómo ejemplo la Ruta de la Seda Marítima, donde China asegura el control de puntos estratégicos construyendo o financiando puertos comerciales que pueden militarizarse (el «Collar de Perlas») en Pakistán, Sri Lanka, Yibuti y el Océano Índico.
La diplomacia de astillero dónde al tener la mayor capacidad de construcción naval del planeta, China produce buques de guerra a un ritmo que occidente no puede replicar, permitiéndose exportar tecnología naval y ganar aliados. Su prioridad es blindar el estrecho de Malaca y las rutas que traen petróleo desde Medio Oriente y materias primas desde África y América Latina.
El nuevo tablero de la disuasión, es la proyección de fuerza que ya no se mide en quién puede bombardear a un país soberano de forma unilateral. El nuevo reto chino impone una disuasión simétrica, dónde la guerra de desgaste industrial ante un conflicto prolongado, le da la capacidad de China para reponer barcos dañados o hundidos, algo supera por completo a la de EE. UU.
La Ciberguerra esra hoy integrada en la proyección naval china con armas antisatélite y capacidades de hackeo que pueden cegar los sistemas de navegación occidentales antes de que se dispare el primer cañón. El reto de China no elimina la proyección de fuerza; la transforma, pero para el Pentágono, el episodio de Irán representa mucho más que un desafío regional.
Desde hace años, la prioridad estratégica estadounidense se ha desplazado hacia el Indo-Pacífico, donde China constituye el principal competidor militar. Pekín dispone ya de la mayor marina del mundo por número de buques, con más de 370 unidades, y continúa ampliando su capacidad de construcción naval a un ritmo que EEUU difícilmente puede igualar. Esta realidad plantea interrogantes sobre la viabilidad de algunas de las estrategias estadounidenses para un eventual conflicto en Asia.
Uno de los pilares de la planificación militar contempla la posibilidad de controlar o bloquear los estrechos de Malaca y Singapur, por donde circula una parte sustancial del comercio marítimo chino.Sin embargo, si mantener el control de Ormuz resultó complejo frente a un adversario regional como Irán, la cuestión sería hasta qué punto sería factible imponer un bloqueo sostenido en el Sudeste Asiático frente a una potencia naval e industrial como China.

Al mismo tiempo, la guerra moderna está transformando profundamente el combate naval. Los conflictos recientes han demostrado que drones aéreos, navales y submarinos de bajo coste pueden amenazar plataformas cuyo valor asciende a miles de millones de dólares. Esta evolución está obligando a todas las marinas del mundo, incluida la estadounidense, a acelerar la integración de sistemas no tripulados, inteligencia artificial y nuevas doctrinas de guerra distribuida.
El eterno enfrentamiento entre potencias continentales y navales parece estar llegando a su fin con la victoria de países como Irán dónde su Armada pareciera insignificante comparándolo con la de Estados Unidos y sin embargo esta superioridad no se refleja en este nuevo escenario de Guerra moderna, donde la superioridad naval ya no dependerá únicamente del número de portaviones o destructores, sino también de la capacidad para adaptarse a un entorno en el que los drones, la guerra electrónica y las armas de precisión desempeñarán un papel cada vez más decisivo.
Y por eso EEUU está convirtiendo a Taiwán y Japón en sus nuevos ‘portaviones inundibles’ mientras el mundo transita de una era de «policía naval global» (EE. UU.) a una era de zonas de influencia exclusivas y alta fricción tecnológica, donde navegar por aguas internacionales requerirá, cada vez más, la autorización implícita de Pekín.
Fuentes Wikipedia y informes agencias internacionales.