Por Juan Carlos Ali Torres, Internacionales
«La crisis energética vuelve a ocupar el centro de la agenda internacional. Las tensiones geopolíticas, los problemas de suministro y refinación y la vulnerabilidad de las redes de transporte están obligando a distintos gobiernos a adoptar medidas de ahorro y contingencia. Pakistán aparece como uno de los casos que más atención despiertan, mientras Estados Unidos enfrenta una creciente presión sobre los combustibles y Argentina y Europa observan con preocupación el impacto sobre transporte, industria y precios».
Durante los últimos años, la expresión “confinamiento energético” parecía pertenecer al terreno de las hipótesis. Hoy comienza a utilizarse para describir un conjunto de medidas que, sin reproducir necesariamente los confinamientos sanitarios de 2020, pueden limitar la movilidad y el consumo de la población cuando la energía disponible deja de ser suficiente para sostener los niveles habituales de actividad.
La diferencia es importante. No estamos necesariamente ante un confinamiento sanitario ni ante una orden general de permanecer en casa. Se trata de otra lógica: cuando falta combustible o electricidad, los gobiernos pueden verse obligados a decidir quién consume, cuánto consume y qué actividades deben tener prioridad.
«Pakistán: el laboratorio de las restricciones energéticas«
Pakistán se encuentra entre los países particularmente vulnerables a las perturbaciones internacionales del mercado energético debido a su dependencia de combustibles importados.
Las medidas que se han venido anunciando o estudiando en distintos momentos de tensión energética incluyen reducción de horarios comerciales, restricciones al consumo, ahorro de electricidad, limitaciones al uso de determinados combustibles y medidas destinadas a reducir desplazamientos.
Sin embargo, es fundamental diferenciar estas medidas de un confinamiento como el establecido durante la pandemia de COVID-19.
El verdadero interrogante es hasta dónde pueden llegar esas restricciones si la crisis internacional se prolonga.
Si el combustible disponible no alcanza para abastecer simultáneamente transporte, industria, agricultura, generación eléctrica y consumo privado, el Estado debe establecer prioridades.
Y esa situación puede traducirse en una forma de “confinamiento económico”: no necesariamente se prohíbe salir de casa, pero viajar, trabajar, producir o transportar mercancías se vuelve progresivamente más caro o directamente limitado.
Estados Unidos: el problema no es solamente el petróleo
La situación estadounidense requiere una distinción fundamental.
Estados Unidos dispone de una enorme capacidad energética y mantiene reservas estratégicas de petróleo. Por ello, afirmar que “Estados Unidos se está quedando sin petróleo” sería una simplificación.
El problema potencialmente más delicado se encuentra en los productos refinados, especialmente el diésel.
Una interrupción prolongada de los suministros internacionales puede provocar tensiones entre el petróleo disponible y la capacidad de transformarlo en gasolina, diésel y otros productos.
Y el diésel constituye el verdadero combustible de la economía física, los camiones lo necesitan para transportar alimentos y mercancías. La agricultura lo necesita para tractores y maquinaria. La construcción depende de él. La pesca y buena parte de la actividad industrial también.
Por eso, una crisis del diésel no termina en las estaciones de servicio, termina afectando el precio de prácticamente todo lo que necesita transporte.

El peligro de Ormuz
El Estrecho de Ormuz representa uno de los principales puntos de vulnerabilidad.
Por esa vía circula una parte sustancial del petróleo y del gas comercializado internacionalmente. Cualquier interrupción prolongada puede provocar una reacción en cadena:
menos suministro ? mayor precio del petróleo ? mayor coste del transporte ? aumento del diésel ? encarecimiento de alimentos e industria ? inflación.
A ello se suma la incertidumbre sobre la producción y las exportaciones de grandes productores.
La guerra entre Estados Unidos e Irán y la continuidad de la guerra entre Rusia y Ucrania han convertido nuevamente la energía en un instrumento central de la geopolítica mundial.
Argentina: una vulnerabilidad que no comienza con esta crisis
Argentina presenta una situación particularmente compleja.
El país posee importantes recursos de gas y petróleo y cuenta con el potencial de Vaca Muerta para convertirse en un gran productor energético. Sin embargo, disponer de recursos bajo tierra no significa automáticamente disponer de energía suficiente, barata y disponible en todo el territorio.
La vulnerabilidad aparece en la combinación de infraestructura, transporte energético, capacidad de generación, redes eléctricas, almacenamiento, importaciones estacionales y decisiones de inversión.

Durante los períodos de mayor demanda, Argentina ha tenido que recurrir a combustibles líquidos para determinadas centrales térmicas cuando la disponibilidad de gas resulta insuficiente o cuando la demanda supera la capacidad disponible.
La utilización de gasoil y otros combustibles líquidos para generación eléctrica tiene un problema evidente: es considerablemente más sensible a las oscilaciones internacionales del precio del petróleo que una generación basada en recursos domésticos de menor coste marginal.
Y existe otra contradicción.
Argentina necesita ampliar su generación y garantizar la estabilidad del sistema, pero simultáneamente enfrenta la necesidad de reducir la dependencia de combustibles fósiles importados y modernizar una infraestructura eléctrica que requiere inversiones de largo plazo.
La discusión, por tanto, no debería limitarse a quién gobierna en un determinado momento.
La pregunta estructural es otra:
¿Tiene Argentina una política energética suficientemente previsora para enfrentar una interrupción internacional prolongada?
La paradoja de Argentina es evidente.
Argentina posee enormes reservas de gas y petróleo, pero puede encontrarse obligada en determinados períodos a importar combustibles o utilizar gasoil para garantizar el suministro energético.
Eso revela una diferencia fundamental entre tener recursos energéticos y tener soberanía energética efectiva.
La segunda exige producción, transporte, almacenamiento, refinerías, redes eléctricas, infraestructura de distribución y planificación.
Sin esas condiciones, incluso un país productor puede sufrir las consecuencias de una crisis internacional.
«El impacto sobre los alimentos«
El gasoil constituye uno de los elementos invisibles del precio de los alimentos ya que antes de que un producto llegue al supermercado puede haber utilizado combustible en:
- maquinaria agrícola;
- transporte de fertilizantes;
- cosecha;
- camiones;
- almacenamiento;
- procesamiento;
- distribución.
Por eso una subida prolongada del diésel puede generar una segunda crisis: la inflación alimentaria.
No hace falta que desaparezca el combustible para producir una crisis. Basta con que su precio aumente suficientemente para que el costo de producir y transportar alimentos se traslade al consumidor.

«Europa tampoco está fuera del problema»
España y el resto de Europa tampoco pueden considerarse inmunes. La Unión Europea ha reducido considerablemente su dependencia energética de Rusia respecto de los niveles anteriores a 2022, pero continúa dependiendo del mercado internacional de petróleo y gas.
Una crisis prolongada en Oriente Medio afectaría directamente a los precios internacionales. España dispone además de una característica favorable: una importante capacidad de regasificación y una infraestructura energética diversificada.
Pero eso no elimina el problema del precio. Europa puede conseguir energía y, al mismo tiempo, pagarla mucho más cara y para las familias esa diferencia es decisiva.
«¿Confinamiento energético o nueva cultura del ahorro?«
La expresión “confinamiento energético” resulta impactante, pero conviene utilizarla con precisión.
Lo que se está configurando en determinados escenarios es algo diferente: una economía obligada a consumir menos energía porque la energía disponible resulta más cara, más escasa o más vulnerable.
Puede expresarse mediante:
- reducción de horarios;
- teletrabajo;
- límites al consumo;
- restricciones de combustible;
- reducción del alumbrado;
- menor actividad industrial;
- priorización de determinados consumidores;
- sustitución de combustibles;
- incentivos al transporte público.
El resultado puede sentirse en la vida cotidiana aunque jurídicamente no exista un confinamiento.
«La verdadera batalla será por la planificación»
La crisis energética plantea una cuestión que trasciende a gobiernos concretos, ya que los países que dispongan de producción propia, reservas, infraestructura, redes modernas y capacidad de diversificación tendrán más herramientas para absorber una interrupción internacional.
Los países que dependan excesivamente de las importaciones estarán más expuestos y aquellos que tengan recursos propios pero carezcan de infraestructura suficiente pueden encontrarse en una situación paradójica: tener energía bajo tierra y, al mismo tiempo, sufrir problemas de abastecimiento.
Argentina representa precisamente uno de los casos donde esta contradicción merece especial atención.
Vaca Muerta puede proporcionar una ventaja estratégica extraordinaria, pero solamente si la producción está acompañada por gasoductos, redes, almacenamiento, capacidad de generación y una planificación energética sostenida en el tiempo.
«El mundo ante una nueva era energética«
La crisis actual también muestra que la energía vuelve a ser uno de los principales instrumentos del poder internacional.
Petróleo, gas, rutas marítimas, refinerías, electricidad y cadenas logísticas forman parte de una misma ecuación.La guerra ya no se libra únicamente en los campos de batalla, también se libra sobre los mercados energéticos.
Por eso el verdadero riesgo no consiste únicamente en que el precio de la gasolina suba. El peligro mayor aparece cuando la energía deja de estar disponible de manera suficiente, estable y económicamente accesible para sostener la actividad cotidiana de una sociedad.
Pakistán puede convertirse en uno de los primeros ejemplos visibles de esta nueva realidad. Estados Unidos enfrenta el desafío de mantener abastecidos sus mercados de combustibles. Europa intenta blindarse frente a nuevas perturbaciones externas.
Y Argentina deberá demostrar si sus enormes recursos energéticos pueden transformarse realmente en seguridad energética para su población.
Porque en una crisis internacional de suministro, tener petróleo y gas no basta: hay que poder producirlos, transportarlos, refinarlos, almacenarlos y convertirlos en energía disponible cuando la sociedad más la necesita.