Por Francisco López.
La economía estadounidense llega a los meses previos a las elecciones de mitad de mandato con una señal que difícilmente puede ignorarse: la confianza de los consumidores se deteriora mientras aumenta la preocupación por el coste de la vida.
Según el dato de septiembre de la Encuesta de Consumidores de la Universidad de Michigan, que sirve de punto de partida para este análisis, el índice de confianza cayó hasta 48,1 puntos, frente a los 51,7 de agosto. Es, además, el nivel más bajo de los últimos cuatro meses y supone una pérdida cercana al 15% desde enero.
No se trata únicamente de una percepción abstracta. El deterioro afecta también a la valoración que los hogares hacen de su situación financiera actual y de sus expectativas para los próximos doce meses, ambas debilitadas alrededor de un 10% según el mismo indicador.
El problema no es solamente la inflación: es el coste de vivir
Una de las claves para entender el malestar económico estadounidense es que una reducción de la inflación no significa necesariamente que los precios hayan regresado a los niveles anteriores.
Los hogares siguen afrontando alquileres elevados, alimentos caros, seguros médicos y de automóvil costosos, energía, transporte y servicios que pesan sobre unos ingresos familiares que no siempre aumentan al mismo ritmo.
Es la diferencia entre inflación y nivel de precios, aunque la tasa de inflación pueda moderarse, una familia que ya ha sufrido varios años de aumentos acumulados continúa pagando mucho más por numerosos bienes y servicios que antes del ciclo inflacionario.
Por eso la percepción económica puede empeorar incluso cuando algunos indicadores macroeconómicos mejoran.

Combustibles: la energía vuelve a ser una amenaza
A esta situación se añade el comportamiento de los combustibles y de los mercados energéticos internacionales, dónde el petróleo tiene una característica particularmente sensible para Estados Unidos: cualquier tensión geopolítica importante puede trasladarse rápidamente a la gasolina, el transporte y los costes de producción.
El encarecimiento energético termina afectando a prácticamente toda la economía: desde el transporte de mercancías hasta los alimentos, pasando por la calefacción, la electricidad y los costes industriales.
En este contexto, la escalada de las tensiones militares en Oriente Medio constituye un factor adicional de incertidumbre para los consumidores.
Una economía que depende de energía relativamente barata siente rápidamente cualquier perturbación prolongada del precio del petróleo.
Un déficit federal que continúa siendo gigantesco
El otro gran problema es fiscal, Estados Unidos arrastra un déficit presupuestario federal de una magnitud extraordinaria. El desequilibrio de las cuentas públicas se mide en billones de dólares y la deuda federal supera ampliamente el tamaño anual de la economía estadounidense.
Esto no significa que el déficit sea automáticamente la causa de la inflación ni que exista una relación sencilla entre deuda pública y coste de vida. Pero sí limita progresivamente el margen de maniobra presupuestario.
Una parte cada vez mayor de los recursos federales debe destinarse al pago de intereses de la deuda. El dilema es evidente: mantener el gasto implica asumir mayores necesidades de financiación; reducirlo puede significar recortar programas públicos o inversiones que afectan directamente a la población.
Sanidad: el gran contraste estadounidense
Hay además una diferencia fundamental respecto de los sistemas sanitarios universales europeos, Estados Unidos no dispone de un sistema nacional de sanidad pública universal y gratuita en el punto de utilización comparable al de muchos países europeos.
Medicare, Medicaid, seguros privados y otros programas cubren a distintos sectores de la población, pero millones de estadounidenses continúan teniendo que asumir primas, copagos, franquicias y gastos médicos.
El problema adquiere una dimensión económica cuando una enfermedad puede convertirse también en un problema financiero para una familia, ya qué el gasto sanitario estadounidense se encuentra entre los más elevados del mundo desarrollado y, pese a ello, el acceso efectivo a la atención médica continúa dependiendo en buena medida de los ingresos, del seguro y de la situación laboral.
Obra pública y ayudas sociales: el debate sobre dónde poner el dinero
El deterioro fiscal también abre otro debate: qué prioridades debe tener el presupuesto federal. Infraestructuras, carreteras, transporte público, vivienda, educación, protección social y programas de asistencia compiten por recursos dentro de un presupuesto sometido a fuertes presiones.
Los recortes o restricciones en determinados programas de ayuda pueden tener una repercusión mucho mayor sobre los hogares con menores ingresos que sobre las familias de renta elevada, y aquí aparece una de las contradicciones de la economía estadounidense: el país continúa siendo una de las mayores economías del planeta, pero una parte importante de su población puede experimentar una sensación de inseguridad económica cuando aumentan simultáneamente vivienda, alimentos, energía, seguros y asistencia sanitaria.
El empleo no cuenta toda la historia
La tasa de desempleo es uno de los indicadores fundamentales para medir la salud económica, pero tampoco explica por sí sola el bienestar de las familias.
Una persona puede estar trabajando y, sin embargo, tener dificultades para pagar el alquiler, el seguro médico, la alimentación o el transporte, por eso el debate económico estadounidense se está desplazando progresivamente desde la pregunta “¿hay empleo?” hacia otra mucho más concreta: “¿El salario permite vivir?” la diferencia es sustancial.

Elecciones de mitad de mandato: la economía entra en campaña
Todo este escenario adquiere especial importancia porque Estados Unidos se encuentra a menos de dos meses de las elecciones de mitad de mandato.
La confianza del consumidor no permite por sí misma anticipar un resultado electoral. Tampoco puede utilizarse un único indicador económico para determinar cómo votarán los ciudadanos, pero sí constituye una señal sobre el estado de ánimo económico de los hogares.
Cuando una familia percibe que pierde capacidad adquisitiva, que la vivienda cuesta demasiado, que la gasolina vuelve a encarecerse, que la asistencia sanitaria es inaccesible o que los servicios públicos no responden a sus necesidades, las grandes cifras macroeconómicas dejan de ser suficientes para describir su realidad.
Estados Unidos ante una contradicción
La economía estadounidense continúa teniendo enormes fortalezas: capacidad tecnológica, productividad, recursos financieros, universidades, empresas globales y una posición central en el sistema económico internacional.
Pero esas fortalezas no eliminan automáticamente las dificultades cotidianas de millones de personas, el dato de Michigan refleja precisamente esa contradicción.
Una potencia económica puede tener crecimiento, empresas extraordinariamente rentables y mercados financieros fuertes y, al mismo tiempo, hogares preocupados por llegar a fin de mes.
Y ese es probablemente uno de los principales debates que estarán presentes en los próximos meses con las elecciones de mitad de mandato que no deberían reducirse únicamente a una disputa entre partidos.
También serán un momento para observar qué ocurre cuando una potencia mundial enfrenta simultáneamente déficit público, deuda, inflación acumulada, presión energética, vivienda cara, costes sanitarios elevados y demandas crecientes de protección social.
El dato de 48,1 puntos de confianza del consumidor no determina el futuro político de Estados Unidos, pero sí muestra que existe una preocupación económica significativa entre los ciudadanos encuestados.
La cuestión de fondo es sencilla: ¿Puede una economía ser considerada fuerte si una parte importante de sus ciudadanos siente que cada mes puede comprar menos, pagar más por su vivienda y su salud y tiene menos seguridad económica?
Esa será una de las grandes contradicciones de Estados Unidos en la antesala de las elecciones de mitad de mandato: una superpotencia económica que puede dominar los mercados internacionales y, al mismo tiempo, tener dificultades para garantizar que esa fortaleza se traduzca en seguridad económica para todos sus ciudadanos.