Por Adriana F. Gomez
De Berlín a Bruselas, de París a Madrid, una misma pregunta recorre a las izquierdas alternativas: ¿cómo transformar un electorado fiel en una mayoría social?
La izquierda europea atraviesa una paradoja. En buena parte del continente mantiene un discurso reconocible sobre vivienda, empleo, salarios, pensiones, educación, sanidad y defensa de los servicios públicos. Sin embargo, defender las mismas reivindicaciones no garantiza obtener los mismos resultados electorales.
La diferencia puede estar en otro lugar: el liderazgo, la renovación generacional y la capacidad de conectar con quienes todavía no votan.
Los recientes acontecimientos electorales en Berlín y la evolución del Partido de los Trabajadores de Bélgica (PTB/PVDA), junto con las experiencias de Jean-Luc Mélenchon en Francia e Irene Montero y Podemos en España, permiten observar cuatro situaciones diferentes de un mismo problema: cómo una izquierda puede conservar su identidad sin quedar atrapada en un electorado exclusivamente fiel.
Berlín: Die Linke y la fuerza de una nueva generación
Las elecciones regionales de Berlín del 20 de septiembre de 2026 han colocado a Die Linke ante un escenario histórico.
Según los resultados señalados, la formación obtuvo el 25,7 % de los votos y se convirtió en la fuerza más votada, en un resultado especialmente significativo para un partido que durante décadas había tenido una presencia particularmente fuerte en los territorios de la antigua Alemania Oriental.
La campaña estuvo encabezada por Elif Eralp, jurista de raíces turcas y representante de una nueva generación política.
Más allá de la aritmética electoral, el caso berlinés plantea una cuestión de fondo: un partido con una larga historia puede conservar sus posiciones programáticas y, al mismo tiempo, cambiar radicalmente la manera en que se presenta ante la sociedad.
Vivienda, alquileres, servicios públicos, empleo, desigualdad y condiciones de vida han ocupado un lugar central en el discurso de Die Linke.
Pero el rostro que representa esas reivindicaciones también importa.
Una dirigente joven, con una biografía diferente a la de las generaciones anteriores de la izquierda alemana, puede facilitar una identificación distinta con jóvenes, trabajadores y sectores urbanos que no necesariamente se sienten representados por las viejas estructuras políticas.
El fenómeno resulta especialmente interesante porque no implica necesariamente abandonar el programa tradicional de la izquierda.
Puede significar algo distinto: actualizar el sujeto político que lo representa.

Bélgica: del viejo Partido Comunista al PTB/PVDA
Bélgica ofrece otro recorrido histórico, dónde el antiguo Partido Comunista de Bélgica (PCB/KPB) desapareció formalmente en 1989. Pero la tradición marxista y comunista encontró posteriormente una nueva expresión política en el Partido de los Trabajadores de Bélgica (PTB/PVDA).
La formación ha experimentado una importante expansión electoral y se ha convertido en uno de los principales referentes de la izquierda radical belga.
Su principal dirigente, Raoul Hedebouw, presidente del partido y diputado federal, se ha convertido en una de sus figuras más reconocibles.
Su dominio tanto del francés como del neerlandés tiene además una importancia particular en un país atravesado por una compleja realidad lingüística y territorial.
Hedebouw utiliza un lenguaje directo y centra buena parte de su discurso en cuestiones materiales: salarios, poder adquisitivo, vivienda, sanidad y coste de la vida.
El caso belga muestra otra vía de crecimiento.
Aquí no se trata solamente de que aparezca un dirigente completamente nuevo, sino de que una formación históricamente situada en la izquierda radical consiga construir una presencia política capaz de superar los márgenes tradicionales.
El resultado es una cuestión fundamental para la izquierda europea: las reivindicaciones históricas pueden sobrevivir a los partidos y a sus dirigentes, pero necesitan nuevas formas de comunicación para llegar a nuevas generaciones.
Mélenchon: la construcción de una izquierda alternativa en Francia
Francia representa un caso diferente dónde Jean-Luc Mélenchon pertenece a una generación política anterior, pero su trayectoria explica buena parte de la transformación de la izquierda francesa contemporánea.
Militante del Partido Socialista, senador, ministro durante el Gobierno de Lionel Jospin y posteriormente fundador del Parti de Gauche, Mélenchon terminó convirtiéndose en el principal dirigente de una izquierda situada fuera del socialismo tradicional.
Con La France Insoumise, consiguió construir una estructura política con identidad propia y movilizar a millones de electores.
Las elecciones presidenciales de 2017 y 2022 consolidaron su posición como uno de los principales referentes de la izquierda francesa.
Mélenchon consiguió algo que durante años parecía difícil: que una parte importante del electorado situado a la izquierda del Partido Socialista encontrara una alternativa política claramente identificable, pero precisamente ahí aparece el desafío de la siguiente etapa.
Un liderazgo fuerte puede convertirse simultáneamente en un instrumento de movilización y en un límite para la renovación.
La pregunta para La France Insoumise no es únicamente cuánto conserva del electorado construido alrededor de Mélenchon.
La cuestión estratégica es cómo puede transferir esa capacidad de movilización a una nueva generación de dirigentes.
Porque el electorado francés que llegó a la política durante la última década no es exactamente el mismo que participó en los grandes ciclos políticos del siglo XX.

España: Podemos y el desafío de Irene Montero
España presenta una situación especialmente interesante ya qué Irene Montero forma parte de la generación que protagonizó la irrupción de Podemos en el sistema político español.
Su trayectoria estuvo vinculada inicialmente al movimiento estudiantil y posteriormente a la actividad parlamentaria. Llegó al Congreso en 2015 y posteriormente ocupó la Secretaría de Estado de Igualdad y el Ministerio de Igualdad.
Su generación política nació al calor de la crisis económica, el movimiento 15-M y la crisis de representación del bipartidismo. Podemos consiguió entonces incorporar al debate institucional demandas que ya estaban presentes en la sociedad: vivienda, precariedad laboral, salarios, igualdad, servicios públicos y protección social.
Sin embargo, una década después, el escenario es diferente, los dirigentes que fueron identificados con la renovación política de 2014 y 2015 forman ahora parte de la historia institucional reciente y para la opinión pública son parte de la CASTA POLÍTICA a la que en algún momento denunciaron, que incluso no dudaron (en su propio partido) en cambiar los estatutos que limitaban el tiempo en política, para perpetuarse cómo eterna candidata a diputada y ahora a presidenta de gobierno.
Y aquí aparece una paradoja, lo que inicialmente representaba renovación puede terminar siendo percibido como parte de la propia historia política del sistema.
No necesariamente porque las ideas hayan cambiado, tampoco porque las reivindicaciones hayan perdido vigencia.
Sino porque los mismos rostros durante varios ciclos electorales pueden dificultar la incorporación de sectores que no se sienten identificados con ellos.
El problema del electorado fiel
Este fenómeno merece una consideración especial, una izquierda puede disponer de un núcleo de votantes extraordinariamente fiel y, sin embargo, encontrar dificultades para crecer.
Ese electorado puede acudir siempre a las urnas, defender el programa y participar activamente en campañas, pero el crecimiento electoral depende de algo adicional e importante, como conseguir que vote también quien normalmente se abstiene o quien considera que debe utilizar su voto estratégicamente.
En España aparece además el denominado voto útil, dónde una persona puede identificarse con las propuestas de la izquierda alternativa y, sin embargo, votar al PSOE para evitar una determinada mayoría parlamentaria de ultraderecha
Esto crea un problema para Podemos y para otras fuerzas situadas a su izquierda, dónde un partido puede conservar un electorado ideológicamente definido, pero encontrarse con dificultades para convertir esa fidelidad en crecimiento.
Y cuando ese fenómeno se repite elección tras elección, aparece el llamado techo electoral y es el momento de plantearse si se aporta a la politica española o por el contrario se cumplió un ciclo electoral.

No siempre cambia el programa: cambia el vínculo con el votante
Aquí está probablemente una de las principales enseñanzas de los casos europeos, la renovación de la izquierda no significa necesariamente abandonar sus reivindicaciones tradicionales.
La vivienda sigue siendo vivienda, el empleo sigue siendo empleo, las pensiones siguen siendo pensiones, la sanidad pública sigue siendo sanidad pública, la educación continúa siendo uno de los grandes pilares del Estado social.
Lo que puede cambiar es la manera de presentar esas propuestas y, sobre todo, quién las representa.
El problema aparece cuando una formación política habla permanentemente a quienes ya están convencidos.
Una izquierda alternativa puede tener excelentes argumentos para convencer a su electorado fiel y, al mismo tiempo, carecer de un lenguaje capaz de llegar al abstencionista, al joven que nunca ha votado o al trabajador que decide apoyar a otra fuerza por razones estratégicas.
Juventud, esperanza y política
Por eso el elemento generacional adquiere una importancia creciente, Elif Eralp en Alemania representa, en el caso berlinés señalado, una imagen diferente de la izquierda.
En Bélgica, el crecimiento del PTB/PVDA demuestra cómo una formación de tradición marxista puede construir una identidad contemporánea alrededor de problemas materiales concretos.
En Francia, La France Insoumise enfrenta el desafío de construir una sucesión política capaz de mantener la movilización asociada a Mélenchon.
Y en España, Podemos afronta la cuestión de cómo mantener su identidad histórica y, al mismo tiempo, generar una nueva expectativa política alrededor de dirigentes y referentes capaces de hablar a generaciones que no vivieron la irrupción original de PODEMOS.
La política necesita memoria, pero también necesita futuro, un elector joven difícilmente se moviliza únicamente por la historia de un partido. Necesita encontrar una razón para creer que su voto puede modificar su propia vida.
De la protesta a la posibilidad de gobernar
Este es probablemente el mayor desafío de la izquierda alternativa europea, ya que durante décadas, muchas fuerzas situadas a la izquierda de la socialdemocracia han tenido una función fundamental: poner determinados problemas en la agenda pública.
Han denunciado la precariedad, han cuestionado el precio de la vivienda, defendido la sanidad y la educación públicas, reclamado mejores pensiones y salarios, criticar la concentración de la riqueza, pero existe una segunda fase mucho más difícil: convencer a una mayoría de que esas fuerzas no solamente pueden protestar, sino también gobernar.
Para alcanzar esa posición, la izquierda alternativa necesita conservar su identidad y, al mismo tiempo, ampliar su espacio social, necesita militancia, pero también abstencionistas y votantes convencidos, pero también electores independientes. Necesita dirigentes experimentados, pero también nuevas generaciones y programas reconocibles, pero expresados de una forma capaz de generar esperanza.
La batalla contra el techo electoral
La experiencia europea parece demostrar que el problema de una izquierda alternativa no siempre está en la ausencia de propuestas, muchas veces está en su capacidad de ampliar el sujeto electoral que las recibe.
Mélenchon consiguió construir un espacio político propio en Francia, pero su siguiente desafío es la sucesión generacional.
Podemos protagonizó una renovación histórica del sistema político español, pero ahora necesita responder a una pregunta diferente: cómo recuperar capacidad de crecimiento sin quedar identificado exclusivamente con los ciclos políticos que protagonizó durante su primera etapa.
Die Linke muestra en Berlín la importancia que puede adquirir una nueva generación de dirigentes cuando una formación histórica consigue presentar sus reivindicaciones bajo nuevos rostros.
Y el PTB/PVDA belga representa el proceso mediante el cual una tradición política de larga duración puede encontrar una expresión electoral contemporánea.
Son caminos diferentes y no existe una fórmula única, pero hay un elemento común: ninguna izquierda puede aspirar a convertirse en mayoría social si solamente consigue movilizar a quienes ya votan por ella.

Una nueva izquierda para una nueva sociedad
El futuro de la izquierda alternativa europea dependerá, en buena medida, de su capacidad para responder a una sociedad que ha cambiado.
El trabajador de 2026 no vive necesariamente como el trabajador de 1990, el joven que busca vivienda enfrenta un mercado completamente diferente, la precariedad adopta nuevas formas, las pensiones afrontan nuevos desafíos demográficos, la sanidad pública soporta nuevas presiones y millones de ciudadanos han perdido la confianza en las instituciones políticas tradicionales.
En ese contexto, una izquierda alternativa puede encontrar un espacio importante, pero ocupar ese espacio requiere algo más que conservar el discurso histórico.
Requiere renovación, nuevos liderazgos, nuevas generaciones y capacidad para convertir las demandas sociales en una expectativa real de transformación.
La experiencia de Berlín abre una pregunta que también interpela a Madrid y París: ¿puede la izquierda conservar sus principios mientras cambia profundamente la forma de representarlos?
La respuesta no está únicamente en los programas electorales, también está en los rostros que aparecen ante la sociedad, porque para superar el techo electoral no basta con hablarle a quienes ya están convencidos, hay que conseguir que vuelva a votar quien dejó de hacerlo.
Hay que convencer a quien vota estratégicamente e incorporar a quienes todavía no encuentran representación y sobre todo, hay que construir una generación política capaz de transmitir una idea sencilla pero decisiva: que la izquierda alternativa no tiene por qué ser solamente una fuerza de oposición o de protesta; también puede aspirar a convertirse en una opción de Gobierno respaldada por una mayoría social.