Por: Martha Pérez desde la República Dominicana
La democracia y su debido cuidado es un tema crucial para las sociedades contemporáneas, si partimos de que la democracia es más que ir a votar en los procesos electorales, pues implica garantías de libertades civiles y derechos humanos, estar informados y conocer todo lo que pasa en nuestros países, las responsabilidades directas e indirectas de los actores clave que en ella inciden.
En este sentido, la democracia abarca la interacción de lo social, político, cultural, económico, que a su vez toca la libertad, igualdad, los derechos, la justicia, los consensos, el diálogo, el respeto mutuo, en fin, una serie de factores que deben conjugarse para garantizar que la democracia siga siendo un pilar de la justicia y la igualdad. Fortalecer la democracia es clave para el desarrollo humano, porque también significa cuidar a quienes la defienden.
El mundo occidental se ha mostrado firmemente a favor de los sistemas democráticos auténticos de gobierno, respetando otros sistemas fruto de la autodeterminación de sus pueblos, muchos de ellos, aunque no esencialmente democráticos, socialistas. por ejemplo, son garantes de los derechos humanos de su población, sin el injerencismo foráneo de suerte que impera.
En los países de nuestra región con procesos democráticos consolidados y/o en marcha, la gobernanza y la administración electoral son temas esenciales en el desarrollo de la transparencia en elecciones limpias competitivas y participativas, apegadas a las leyes constitucionales, como garantías del buen funcionamiento del sistema de partidos políticos. Y, a su vez, los órganos electorales, como árbitros de los procesos de elecciones son esenciales en ese contexto en los sistemas democráticos.
Afortunadamente, varios países de Latinoamérica y el Caribe cuentan con órganos electorales calificados, garantes de procesos limpios, transparentes y participativos, pero, desgraciadamente desde los propios partidos políticos y su liderazgo, en muchos casos, se fomenta una mala práctica que se desdice del verdadero significado de la democracia. Se fomenta la división a toda costa, el populismo, el transfuguismo, el descrédito gratuito entre sí, el canje de simbología, la compraventa clientelar de militantes y dirigentes, las postulaciones sin filtros a puestos electivos, entre otras malas prácticas.
De esas malas prácticas deriva el desprestigio de la clase política tradicional y los partidos políticos, generando desinterés y desconfianza de la ciudadanía llevando a que la democracia se perciba también debilitada y hasta inexistente, de modo que tengan una percepción negativa del sistema de partidos y la democracia en sí.
En este contexto, el pueblo es una parte esencial de la democracia, porque a éste corresponde, como tal, desde los partidos políticos debe considerarse y dirigir sus plataforma partidaria y proyectos de nación centrados en el soberano y su desarrollo integral, que, debe estar sustentado en el propio desarrollo de la nación. De este modo, el pueblo se constituye en el verdadero defensor y cuidador de la democracia. Los partidos y líderes políticos que pierden de vista esta realidad están condenados a desaparecer.

Todos los ciudadanos de una nación deben estar comprometidos con el cuidado a su democracia, a su sistema político. La educación permanente sobre la historia, a todos los niveles del quehacer político-social de toda nación, debe ser una constante para poder comprender cuáles son los orígenes, etapas y factores que propician los procesos democráticos y los riesgos que atentan contra estos, para poder estar en condiciones de defenderla, porque, además, la democracia está íntimamente vinculada a la soberanía.
El curso del mundo de hoy atenta contra las democracias; el libertinaje alegre con que se experimenta la libertad de expresión dañando honras, las amenazas militaristas regionales y globales entre potencias y contra la autodeterminación de países en desarrollo, el manejo inhumano de los migrantes, la manipulación desde afuera y desde dentro de procesos electorales, la falta de garantías a los derechos humanos, el incumplimiento de acuerdos bilaterales y multilaterales entre naciones, el uso de la fuerza como herramienta de miedo contra el diálogo franco en igualdad, los falsos positivos contra líderes políticos. Todo esto, entre otros males nacidos en las coyunturas de un mundo cambiante, está haciendo de la democracia parezca ser una excepción en países que incluso luchan por sostenerla, y de la que gozan pocos países por su visible fragilidad.
Lo más peligroso es que, la mayoría del liderazgo de naciones en democracia, no se preocupa por llamar a cuidarla en su propio territorio, más bien, cede ante recetas imperiales cuestionando los procesos de otras naciones, frente a lo cual, no vemos a una clase política preocuparse por el deterioro del sistema democrático, y, cuando lo hacen, sus llamados se vuelven contradictorios.
No será posible cuidar la democracia si se avalan esos riesgos y males y se siguen practicando.
Los últimos acontecimientos en países de la región, como Honduras, Argentina, y el pasado domingo 31 de mayo en Colombia, en los aspectos electorales, además de situaciones en torno a partidos políticos y su liderazgo, así como los hechos lesivos a la soberanía nacional, en el caso de República Dominicana, nos hacen un llamado, de manera general, a cuidar la democracia.