Por Lois Pérez Leira; Coordinador Regional del SOVINTERN
?El análisis de las migraciones como un producto directo de las contradicciones del modelo capitalista plantea un debate fundamental sobre cómo las fuerzas políticas de izquierda deben construir una postura rigurosa, distanciándose tanto del cosmopolitismo neoliberal impulsado por el gran capital como de la reacción nativista o xenófoba de la derecha.
Desde una perspectiva de clase, se sostiene que la movilidad humana forzada por la ausencia de empleo, vivienda digna o soberanía alimentaria no representa un triunfo de la libertad individual, sino una forma sutil y destructiva de coerción económica.
Este flujo constante del sur global hacia el norte, o del este hacia el oeste, desgaja el tejido comunitario de los países de origen, vaciando regiones enteras de su juventud y de sus capacidades productivas, mientras desarticula los lazos familiares e históricos que otorgan identidad a los pueblos.?
Esta lectura se entronca directamente con el análisis histórico del marxismo. Ya en 1913, en su artículo El capitalismo y la inmigración de los trabajadores, Vladimir Lenin definía las migraciones masivas no como un acto voluntario, sino como el resultado inevitable de la expansión de las fuerzas productivas del capital, que devora las economías tradicionales y empuja a millones de personas a abandonar sus hogares por necesidad.
Para Lenin, el capitalismo atrae a las masas trabajadoras de los países más atrasados para explotarlas como mano de obra barata y enfrentarlas a los obreros locales, buscando así abaratar los salarios y fracturar la unidad de la clase trabajadora.?
La escala actual de este fenómeno confirma la magnitud de esta dinámica a nivel global. Las cifras documentadas por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y las Naciones Unidas revelan que más de 304 millones de personas viven fuera de sus países de origen —lo que representa aproximadamente el 3,7% de la población mundial—, de las cuales más de 167 millones son trabajadores que alimentan la fuerza laboral asalariada internacional.
Al mismo tiempo, más de 82 millones de personas sufren el desplazamiento forzado interno y las remesas anuales que retornan al Sur Global superan los 600.000 millones de dólares, evidenciando que familias e historias enteras quedan fragmentadas por la necesidad de sustento.?
Al mismo tiempo, la inserción de millones de personas en los países receptores sin la debida regulación genera una masa de mano de obra vulnerable que el capital utiliza para presionar las condiciones laborales a la baja. Frente al modelo globalizador que busca disolver las fronteras únicamente para permitir la libre circulación de mercancías y capitales —promoviendo una uniformidad cultural homogénea al servicio del consumo masivo—, se reivindica el valor inestimable de la singularidad cultural.
Las lenguas, las tradiciones, la historia y la vinculación con la propia tierra representan miles de años de desarrollo humano que corren el riesgo de verse erradicados por la lógica del mercado global.?Ante este panorama, una política seria orientada al bienestar de la mayoría debe distinguir claramente entre la migración promovida como herramienta de explotación salarial y aquella que garantiza plenamente la dignidad y los derechos de las personas migrantes sin menoscabar la capacidad de planificación social y económica de las sociedades receptoras.
Esto implica abordar de manera urgente la integración plena, laboral, educativa y sanitaria de quienes ya se encuentran en situación de desprotección e informalidad, evitando la creación de bolsas de marginación.
No obstante, la solución profunda y duradera a la crisis migratoria pasa por erradicar las causas estructurales que obligan a las personas a abandonar sus hogares, un objetivo que, desde la teoría crítica social, solo resulta alcanzable mediante la reorganización socialista de la economía y la construcción de un orden internacional verdaderamente justo y solidario.
