Irán lanzó un ataque con misiles contra un portaaviones y un destructor de EEUU y se teme una escalada sin control.

Juan Carlos Ali Torres, Redacción internacional.

«El ataque iraní contra un portaaviones y un destructor estadounidenses abre una nueva fase de la confrontación en Oriente Medio. Washington asegura que sus buques interceptaron los misiles y no sufrieron daños importantes. Teherán, por su parte, amenaza con responder con mayor intensidad».

El Estrecho de Ormuz se convierte así en el escenario de una batalla por el control militar, energético y estratégico de Oriente Medio y hoy la confrontación entre Estados Unidos e Irán ha cruzado una línea especialmente peligrosa.

La Guardia Revolucionaria iraní ha lanzado misiles contra unidades navales estadounidenses en las proximidades del Estrecho de Ormuz, después de que fuerzas de Washington atacaran tres petroleros iraníes. Según la versión estadounidense, los proyectiles fueron neutralizados por los sistemas defensivos de los buques y no provocaron víctimas ni daños materiales significativos.

Pero, más allá del resultado concreto del ataque, el mensaje político y militar de Teherán es mucho más importante: Irán está dispuesto a enfrentarse directamente a la presencia militar estadounidense en una de las zonas estratégicas más sensibles del planeta. Y esa decisión puede tener consecuencias que van mucho más allá del enfrentamiento entre Washington y Teherán.

UNA ESCALADA QUE PUEDE CAMBIAR LAS REGLAS DEL JUEGO.

La secuencia de acontecimientos muestra una dinámica clásica de escalada, Estados Unidos destruye un petrolero e inutiliza otros dos, mientras Irán responde atacando unidades navales estadounidenses y varios buques comerciales. Washington se encuentra entonces ante la disyuntiva de aceptar el golpe como un episodio limitado o responder militarmente para recuperar la capacidad de disuasión.

El problema es que cualquier respuesta estadounidense puede generar una nueva represalia iraní, comenzando así una espiral difícil de detener.

Teherán ha utilizado durante décadas una estrategia basada en elevar el coste de cualquier operación militar contra Irán sin necesariamente entrar en una guerra convencional abierta. El Estrecho de Ormuz es, en ese sentido, una de sus principales cartas estratégicas, ya que no necesita necesariamente cerrar completamente el estrecho para generar una crisis internacional.Le basta con demostrar que puede hacerlo inseguro.

ORMUZ: EL ARMA ESTRATÉGICA DE TEHERÁN.

El Estrecho de Ormuz constituye uno de los principales corredores energéticos del mundo. Por sus aguas transita una parte esencial del petróleo y del gas procedente del Golfo Pérsico. Por eso, cualquier amenaza contra la navegación tiene una repercusión inmediata sobre los mercados.

El cálculo iraní es evidente: atacar un buque militar estadounidense puede tener un efecto militar limitado si los sistemas defensivos norteamericanos funcionan correctamente, pero amenazar las rutas marítimas puede generar una presión económica de dimensiones globales.

Si continua esta crisis prolongadamente podría provocar de forma más contundente: aumento del precio internacional del petróleo; incremento de los costes del transporte marítimo;- aumento de las primas de seguros; desviación de rutas comerciales; presión inflacionaria; mayores costes industriales y energéticos; incertidumbre en las bolsas internacionales. El verdadero campo de batalla podría terminar siendo, por tanto, la economía mundial.

EL PORTAAVIONES COMO SÍMBOLO DEL PODER ESTADOUNIDENSE.

El ataque contra un portaaviones tiene además una dimensión política. Los portaaviones estadounidenses no son simplemente plataformas militares, que representan la capacidad de Washington para proyectar fuerza a miles de kilómetros de su territorio.

Que Irán haya lanzado misiles contra una de estas unidades constituye un desafío directo a esa capacidad de disuasión. Para la Administración estadounidense, permitir que este tipo de ataques se conviertan en algo habitual tendría un coste estratégico, pero responder con una operación de gran magnitud también puede ser extremadamente peligroso.

Washington está atrapado entre dos riesgos: parecer débil o provocar una guerra que nadie sabe cómo terminar.

¿QUÉ PUEDE HACER TRUMP?

La respuesta estadounidense probablemente dependerá de tres factores: la gravedad real de los daños, la existencia o no de víctimas estadounidenses y la evaluación de Washington sobre la capacidad iraní para continuar atacando.

La primera opción sería una respuesta militar limitada, dirigida contra las instalaciones responsables de los ataques. La segunda consistiría en aumentar todavía más la presencia naval estadounidense en la región y establecer una operación destinada a proteger el tráfico marítimo. Una tercera opción sería combinar ataques selectivos con nuevas sanciones económicas y financieras destinadas a debilitar la capacidad de Irán para financiar sus operaciones militares.

Pero existe un cuarto escenario mucho más peligroso: una campaña militar prolongada contra Irán. Ese escenario podría comenzar con ataques contra radares y sistemas de misiles y terminar ampliándose hacia instalaciones militares, infraestructuras estratégicas y centros de mando, y ahí aparecería el verdadero problema.

IRÁN NO TIENE QUE GANAR UNA GUERRA PARA HACER DAÑO A ESTADOS UNIDOS.

La superioridad militar estadounidense es enorme. Pero la cuestión no es quién dispone de más aviones, barcos o tecnología. La pregunta es cuánto puede costarle a Estados Unidos mantener una guerra prolongada.

Irán puede recurrir a una estrategia asimétrica: misiles, drones, ataques marítimos, operaciones indirectas y presión sobre diferentes puntos de Oriente Medio.Una confrontación prolongada obligaría a Estados Unidos a proteger simultáneamente sus bases, buques, instalaciones diplomáticas y rutas comerciales.

Además, Washington tendría que garantizar la seguridad de sus aliados regionales. Una guerra contra Irán podría convertirse rápidamente en una guerra contra una red de escenarios simultáneos.

ISRAEL, EL FACTOR QUE PUEDE COMPLICARLO TODO.

Israel sería uno de los principales actores indirectos de cualquier escalada ya que Irán considera a Israel uno de sus principales adversarios regionales, mientras que Israel considera el programa militar iraní una amenaza estratégica.

Una guerra abierta entre Washington y Teherán podría alterar completamente el equilibrio regional. Cualquier ataque iraní contra intereses israelíes podría provocar una respuesta israelí. Y una intervención israelí podría desencadenar nuevas acciones iraníes. El riesgo sería pasar de un enfrentamiento entre dos países a una conflagración regional con múltiples frentes.

CHINA TIENE MUCHO QUE PERDER.

China también observa el conflicto con enorme atención.Pekín necesita estabilidad en Oriente Medio para garantizar sus suministros energéticos y proteger sus rutas comerciales.

Una crisis prolongada en Ormuz podría elevar los precios del petróleo y afectar directamente a la economía china, pero existe además una dimensión geopolítica. Mientras Estados Unidos concentra recursos militares en Oriente Medio, China puede aprovechar el desgaste estratégico estadounidense para reforzar su posición en otras áreas del mundo.

La crisis de Ormuz, por tanto, no solo es una disputa entre Washington y Teherán, forma parte de una competición global por el control de las rutas energéticas, comerciales y estratégicas.

Y RUSIA TAMBIÉN PUEDE BENEFICIARSE DE LA CRISIS.

Moscú tampoco permanece al margen.Un aumento sostenido del precio del petróleo puede proporcionar ingresos adicionales a Rusia y dificultar los esfuerzos occidentales para reducir su influencia energética.

Además, una nueva guerra en Oriente Medio obligaría a Estados Unidos y Europa a repartir recursos y atención entre diferentes crisis internacionales. Para Rusia, una Washington atrapada en una confrontación con Irán puede significar un margen de maniobra adicional en otros escenarios.La crisis energética y la crisis militar terminarían así alimentándose mutuamente.

EUROPA: ENTRE LA DIPLOMACIA Y LA DEPENDENCIA.

Europa se encontraría ante una situación especialmente incómoda, los gobiernos europeos tendrían que respaldar la seguridad de las rutas marítimas internacionales, pero al mismo tiempo intentarían evitar una guerra de grandes dimensiones.

Una nueva subida del petróleo afectaría directamente a las economías europeas y podría incrementar nuevamente la presión sobre los precios. La Unión Europea tendría que decidir si respalda plenamente una eventual operación estadounidense o si intenta impulsar una salida diplomática, pero su capacidad de influencia dependería, en gran medida, de la voluntad de Washington y Teherán de escuchar a terceros.

LA GUERRA QUE NADIE QUIERE, PERO QUE TODOS PUEDEN TERMINAR PROVOCANDO

La paradoja de esta crisis es que probablemente ninguno de los actores principales desea una guerra total. Estados Unidos no necesita necesariamente ocupar Irán ni iniciar una invasión terrestre. Irán tampoco puede permitirse una guerra convencional prolongada contra una potencia militar como Estados Unidos.Israel tampoco tiene interés en afrontar indefinidamente una guerra regional.

Sin embargo, las guerras no siempre comienzan porque alguien las quiera, sino también pueden comenzar porque una cadena de represalias elimina progresivamente las posibilidades de retroceder.Un ataque produce otro.

El segundo obliga a responder.La respuesta provoca una nueva represalia.Y, finalmente, una operación diseñada para ser limitada termina convirtiéndose en una guerra.

EL PRÓXIMO ATAQUE PUEDE SER DECISIVO.

El elemento más peligroso de la situación actual es precisamente la posibilidad de que se produzca una nueva acción militar.Si Irán vuelve a atacar un buque estadounidense y provoca víctimas, la presión sobre la Casa Blanca para responder aumentará considerablemente.

Si Washington lanza una operación contra instalaciones iraníes y provoca numerosas víctimas, Teherán podría sentirse obligado a responder nuevamente. El riesgo de error de cálculo es enorme, y mientras tanto, los mercados internacionales comienzan a incorporar el riesgo de una interrupción del tráfico marítimo en Ormuz.

ORMUZ YA NO ES SOLO UN ESTRECHO: ES EL CENTRO DE UNA DISPUTA POR EL ORDEN MUNDIAL.

Lo que está ocurriendo en Ormuz debe analizarse más allá de la sucesión inmediata de ataques. Estados Unidos intenta mantener su posición como principal potencia militar mundial y garantizar la libertad de navegación.I

rán pretende demostrar que puede elevar el coste de la presencia estadounidense en Oriente Medio.Israel busca mantener su superioridad estratégica regional.

China observa cómo proteger sus intereses energéticos y comerciales.Rusia contempla cómo una nueva crisis puede debilitar la capacidad de maniobra occidental.Y Europa vuelve a enfrentarse a las consecuencias económicas de una crisis que se desarrolla a miles de kilómetros de sus fronteras.

Por eso, el Estrecho de Ormuz se ha convertido en mucho más que un escenario de enfrentamiento entre Irán y Estados Unidos: es un punto de fricción entre diferentes proyectos de poder mundial.

La gran incógnita ya no es solamente quién disparó primero. La pregunta decisiva es quién será capaz de detener la escalada antes de que el próximo misil alcance su objetivo. Porque si un portaaviones estadounidense resulta gravemente dañado, si mueren militares norteamericanos o si el tráfico petrolero queda seriamente interrumpido, la crisis podría entrar en una fase completamente diferente.Y entonces, el precio de la guerra no se pagaría únicamente en Oriente Medio. Se pagaría también en las gasolineras, en las fábricas, en los mercados y en las economías de millones de personas en todo el mundo.

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