Gadi Eisenkot, el exgeneral sefardí que desafía a Netanyahu: ¿puede cambiar el rumbo de Israel o solo cambiar al hombre que lo dirige?

El exjefe del Estado Mayor israelí aspira a convertirse en una alternativa al actual liderazgo de Benjamin Netanyahu. Su trayectoria militar, sus raíces familiares marroquíes y sus críticas a la gestión de la guerra lo sitúan en una posición relevante dentro de la oposición. Pero una pregunta resulta inevitable: ¿puede su llegada al poder transformar el sionismo israelí o estamos ante una renovación de sus dirigentes sin cambios estructurales?

Por: Juan Carlos Alí Torres/ opinión política

Un general entra en la disputa por el poder

La política israelí atraviesa una etapa de profundas tensiones internas, marcada por las consecuencias de los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023, la devastadora guerra de Gaza, la cuestión de los rehenes, el enfrentamiento con Irán y la creciente controversia sobre la responsabilidad política del Gobierno de Benjamin Netanyahu.

En este escenario aparece Gadi Eisenkot, antiguo jefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel entre 2015 y 2019, convertido en una de las figuras que pueden contribuir a construir una alternativa electoral al primer ministro.

Su perfil resulta especialmente interesante porque no procede de la izquierda pacifista ni de los movimientos que cuestionan el sionismo desde sus fundamentos. Eisenkot es un militar de carrera, defensor de la seguridad nacional israelí y dirigente situado en el espacio del centro sionista. Su discrepancia con Netanyahu se refiere, en buena medida, a la manera de dirigir el país, a la gestión de la guerra y a la falta de una estrategia política suficientemente definida para el futuro.

La cuestión, por tanto, no consiste únicamente en determinar si Eisenkot puede derrotar electoralmente a Netanyahu. El verdadero interrogante es si un cambio de liderazgo podría modificar la orientación política, territorial y militar de Israel.

La trayectoria Gadi Eisenkot, que nació el 19 de mayo de 1960 en Tiberíades, en el norte de Israel, en una familia judía de origen marroquí. Su procedencia lo vincula con la comunidad mizrají, integrada por judíos originarios de países de Oriente Próximo y del norte de África, entre ellos Marruecos.

Esta dimensión biográfica tiene relevancia en una sociedad donde las diferencias entre las comunidades judías de origen europeo y las de origen oriental han formado parte de la historia política y social.

Durante décadas, amplios sectores mizrajíes encontraron en el Likud una representación política frente a las élites vinculadas históricamente al laborismo israelí. Por eso, la ascendencia marroquí de Eisenkot puede facilitar su conexión con determinados sectores del electorado, aunque no garantiza que estos abandonen sus lealtades políticas tradicionales.

Su carrera se desarrolló en las Fuerzas de Defensa de Israel. Sirvió en la Brigada Golani y ocupó puestos de responsabilidad operativa y estratégica antes de alcanzar la jefatura del Estado Mayor en 2015.

Durante su mandato, las prioridades militares incluyeron la amenaza de Hezbolá en Líbano, la presencia iraní en Siria y las operaciones contra organizaciones armadas palestinas.

Esta trayectoria obliga a situar correctamente su perfil político: Eisenkot no es un dirigente ajeno a la doctrina militar israelí. Conoce sus estructuras, ha participado en su aplicación y ha defendido la capacidad de Israel para responder militarmente a las amenazas que considera existenciales.

Sin embargo, la experiencia militar también puede convertirse en un argumento electoral cuando una parte de la población considera que el Gobierno ha fracasado en sus responsabilidades de seguridad.

La guerra de Gaza provocó la ruptura con Netanyahu, tras los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023 marcaron un punto de inflexión en la historia reciente de Israel. La matanza de civiles, el secuestro de rehenes y el fracaso de los mecanismos de seguridad provocaron una profunda crisis política.

La posterior ofensiva israelí en Gaza generó una devastación humana y material de enormes dimensiones, además de una grave crisis humanitaria y una creciente presión internacional.

Eisenkot se incorporó al Gobierno de emergencia constituido durante la guerra y participó como observador en el gabinete de guerra. Su hijo Gal murió en Gaza en diciembre de 2023.

En junio de 2024, Eisenkot y Benny Gantz abandonaron el Gobierno de emergencia. Entre sus discrepancias con Netanyahu figuraban la ausencia de un plan estratégico suficientemente claro para Gaza, la situación de los rehenes y la necesidad de definir qué debía suceder una vez concluidas las operaciones militares.

Su salida debilitó políticamente al primer ministro, pero no significó una ruptura con el sionismo ni una conversión al pacifismo.

Eisenkot cuestiona la dirección política de la guerra desde una perspectiva de seguridad nacional. Considera que una campaña militar necesita objetivos alcanzables y una estrategia que permita convertir los resultados operativos en una situación política sostenible.

Aquí aparece una contradicción central del Gobierno de Netanyahu: la superioridad militar no garantiza por sí sola una solución política. Una organización armada puede sufrir importantes pérdidas y, sin embargo, el conflicto continuar si no existe un horizonte político capaz de modificar las condiciones que lo alimentan.

La crítica de Eisenkot abre la posibilidad de otra gestión del conflicto, pero no permite asegurar que esa gestión vaya a traducirse en el reconocimiento de un Estado palestino o en el final de la ocupación.

¿Puede Eisenkot convertirse en primer ministro? Israel cuenta con un sistema parlamentario. La ciudadanía elige a los 120 miembros de la Knéset y el presidente del Estado encarga la formación de Gobierno al candidato que considere con mayores posibilidades de reunir una mayoría parlamentaria.

Por tanto, Eisenkot no necesita ganar una elección presidencial directa: necesita encabezar una alternativa política capaz de obtener suficientes apoyos en el Parlamento para formar Gobierno.

Su posibilidad de llegar a primer ministro depende de varios factores. El primero es la fragmentación de la oposición. Las diferencias entre los dirigentes centristas, los partidos de izquierda, las fuerzas árabes y otros sectores contrarios a Netanyahu pueden impedir la construcción de una mayoría alternativa, incluso cuando exista un amplio descontento con el Gobierno.

El segundo es la seguridad. Eisenkot puede utilizar su experiencia militar para defender que Israel necesita un liderazgo más eficaz, capaz de prevenir nuevos ataques y de establecer objetivos realistas. Sin embargo, Netanyahu también ha construido buena parte de su identidad política sobre la seguridad, de modo que Eisenkot tendrá que demostrar que su experiencia ofrece resultados distintos.

El tercero es la capacidad de atraer a votantes del Likud y de otros partidos de la derecha. Su perfil nacionalista y militar puede resultar más aceptable para esos electores que el de dirigentes identificados con la izquierda tradicional.

El cuarto es la formación de una coalición parlamentaria. Ganar votos no basta: las alianzas posteriores a las elecciones pueden resultar decisivas. Los partidos religiosos, los sectores nacionalistas y las fuerzas centristas mantienen diferencias profundas sobre el servicio militar, la religión, los territorios ocupados y la relación con los palestinos.

Eisenkot podría convertirse en una figura de consenso para sectores que desean sustituir a Netanyahu sin abandonar sus convicciones nacionales. Pero su victoria no puede darse por asegurada sin datos electorales actualizados y verificables, ni puede deducirse únicamente de su trayectoria militar.

La dimensión familiar de Eisenkot añade un elemento significativo a la competencia política, de origen sefardí hoy es parte de la disputa por el electorado israelí

Su origen marroquí puede ayudarlo a comunicarse con sectores mizrajíes que han constituido una base electoral importante del Likud. Sin embargo, sería un error interpretar su ascendencia como una garantía de transferencia de votos.

Las preferencias políticas en Israel responden a múltiples factores: la seguridad, la religión, la identidad nacional, la economía, las relaciones con Estados Unidos y la posición respecto a los palestinos.

El desafío de Eisenkot consiste en convencer a ciudadanos que pueden estar descontentos con Netanyahu de que sustituirlo no supone poner en peligro la seguridad nacional.

Su discurso puede resultar especialmente atractivo para quienes consideran que el primer ministro ha subordinado las necesidades del país a su supervivencia política, a sus alianzas parlamentarias o a sus intereses personales.

Pero el origen familiar, por sí mismo, no transforma una orientación política. La verdadera medida de su proyecto estará en las decisiones que adopte y en las alianzas que esté dispuesto a construir.

La pregunta decisiva: ¿puede cambiar el sionismo israelí?, para responder es necesario distinguir entre tres conceptos que con frecuencia se confunden: el sionismo, el Gobierno de Netanyahu y las políticas concretas del Estado de Israel.

El líder de la oposición israelí y exjefe militar Gadi Eisenkot habla durante el lanzamiento de la campaña electoral de Yashar, su nuevo partido político, en un acto celebrado cerca de Hod Hasharon, Israel, el 30 de junio de 2026. REUTERS – Amir Cohen.

El sionismo comprende corrientes históricas y políticas diversas que defienden la autodeterminación nacional judía en Israel. Dentro de ese movimiento existen posiciones enfrentadas sobre los territorios palestinos, los asentamientos, la religión, la democracia, las fronteras y la posibilidad de compartir el territorio entre dos Estados.

Netanyahu representa una corriente nacionalista de derechas que ha gobernado mediante alianzas con partidos religiosos y sectores de la derecha nacionalista. Eisenkot, por su parte, pertenece al campo sionista y mantiene una visión firme de la seguridad israelí, pero discrepa de la dirección política del actual Gobierno.

Por eso, su llegada al poder no significaría automáticamente el abandono del sionismo. Sería, en principio, una sustitución de liderazgo dentro del propio campo sionista.

Ahora bien, eso no significa que el cambio sea irrelevante. Un Gobierno diferente podría modificar la relación entre las autoridades civiles y militares, la estrategia en Gaza, las negociaciones sobre los rehenes, la cooperación con Estados Unidos y la disposición a reabrir una vía diplomática con los palestinos.

La profundidad de esa transformación dependería de su programa, de la composición de su coalición y de las fuerzas políticas que condicionaran sus decisiones.

Si Eisenkot mantuviera intactas las políticas de ocupación, tolerara la expansión de los asentamientos y rechazara una salida política que garantizara derechos nacionales a los palestinos, el cambio sería fundamentalmente de liderazgo y gestión.

Si, por el contrario, promoviera medidas concretas para detener la expansión territorial, proteger a la población civil, facilitar la reconstrucción de Gaza, abrir negociaciones creíbles y reconocer el derecho palestino a la autodeterminación, su Gobierno podría representar una modificación sustancial del rumbo israelí.

La diferencia no estaría en su origen sefardí ni en su condición de general, sino en sus decisiones políticas.

Palestina, es el límite para cualquier alternativa centrista en Israel

Desde una perspectiva favorable a los derechos humanos y al derecho internacional, el examen de cualquier alternativa a Netanyahu debe comenzar por una cuestión fundamental: ¿qué ocurrirá con la población palestina?

La guerra de Gaza ha evidenciado los límites de una estrategia basada exclusivamente en la fuerza militar. La destrucción de infraestructuras, el desplazamiento de la población, las muertes de civiles y la emergencia humanitaria han situado la protección de los derechos fundamentales en el centro del debate internacional.

Sin embargo, no debe confundirse la crítica de Eisenkot a la conducción de la guerra con una oposición general a las operaciones militares israelíes.

Su historial es el de un alto mando que ha defendido una política de seguridad contundente. Por ello, no existen razones suficientes para presentarlo como un dirigente pacifista o como alguien que necesariamente vaya a aceptar las principales reivindicaciones nacionales palestinas.

Militares israelíes durante la demolición de un edificio palestino en Cisjordania, el 14 de julio de 2026. (Reuters/Mussa Qawasma).

La cuestión decisiva es si estaría dispuesto a convertir las críticas estratégicas en compromisos políticos verificables.

Una alternativa verdaderamente transformadora debería abordar, entre otras cuestiones, la protección efectiva de la población civil, el acceso a la ayuda humanitaria, la reconstrucción de Gaza, el futuro de los territorios ocupados, los asentamientos y una solución política que garantice la seguridad de israelíes y palestinos.

El reconocimiento de los derechos nacionales palestinos no puede depender únicamente de que un dirigente israelí considere conveniente modificar la estrategia militar. Requiere compromisos políticos, garantías jurídicas y un proceso que permita a ambas poblaciones vivir con derechos y seguridad.

Una eventual llegada de Eisenkot al Gobierno también tendría consecuencias internacionales, en un contexto sobre Estados Unidos, Irán y el futuro de Oriente Próximo.

Su experiencia militar hace probable que mantuviera una estrecha cooperación de seguridad con Estados Unidos. No obstante, podría buscar una relación diferente con Washington en cuestiones como la planificación de las operaciones militares, la coordinación diplomática y el futuro de Gaza.

Respecto a Irán y Hezbolá, su trayectoria apunta a una posición firme. No hay motivos para suponer que renunciaría a los objetivos de defensa de Israel o que abandonaría la rivalidad estratégica con Teherán.

La posible diferencia estaría en la relación entre los objetivos militares y los resultados políticos. Eisenkot podría intentar demostrar que una estrategia de seguridad eficaz no debe limitarse a responder a las amenazas inmediatas, sino que necesita evitar que los conflictos se reproduzcan indefinidamente.

Pero ese resultado no está garantizado. Un Gobierno centrista también podría intensificar determinadas operaciones militares si considerara que las amenazas lo exigen.

Por tanto, la llegada de Eisenkot no supondría automáticamente un giro pacifista ni una reconciliación regional. Sería una oportunidad para comprobar si un dirigente procedente del Ejército puede convertir su experiencia en una estrategia política más sostenible.

La vida en Gaza está destruida y Cisjordania está bajo un ataque cada vez mayor del sionismo israelí.

Conclusión: cambiar al gobernante no basta para cambiar el rumbo de Israel

Gadi Eisenkot puede representar una alternativa importante a Benjamin Netanyahu porque combina experiencia militar, conocimiento institucional y una identidad política capaz de conectar con sectores del centro y de la derecha israelí.

Su candidatura potencial plantea una posibilidad real: que el desgaste del actual Gobierno permita construir una mayoría parlamentaria con un liderazgo distinto.

Sin embargo, sería un error presentar su ascenso como una derrota del sionismo o como una garantía de transformación de la política israelí hacia Palestina.

Eisenkot no llega desde fuera del sistema militar y nacional israelí. Forma parte de él. Su diferencia con Netanyahu reside, hasta donde permite establecer su trayectoria pública, en el liderazgo, la gestión de la guerra y la necesidad de una estrategia política más coherente.

La gran prueba será determinar si puede pasar de la crítica a Netanyahu a la transformación de las políticas que han alimentado el conflicto.

Si se limita a ofrecer una versión más eficaz y moderada de la misma estrategia, Israel habrá cambiado de dirigente, pero no necesariamente de rumbo.

Si utiliza su experiencia para abrir una vía diplomática, frenar la expansión territorial, proteger a la población palestina y construir una solución política basada en derechos y garantías de seguridad para ambos pueblos, podría contribuir a un cambio más profundo.

La historia demuestra que las sociedades no transforman sus conflictos únicamente sustituyendo a sus dirigentes. Los transforman cuando modifican las políticas, las instituciones y las relaciones de poder que los mantienen.

Eisenkot puede ser parte de esa posibilidad. Pero todavía debe demostrar que está dispuesto y tiene capacidad para llevarla hasta sus últimas consecuencias.

Porque la verdadera pregunta no es solamente si un exgeneral sefardí puede derrotar a Netanyahu. Es si el próximo Gobierno israelí estará dispuesto a reconocer que la seguridad de un pueblo no puede construirse indefinidamente sobre la inseguridad, la falta de derechos y la ausencia de un horizonte político para otro. Ese será el criterio decisivo para juzgar cualquier cambio en el liderazgo de Israel.

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