Por Walter C. Medina
El pasado jueves, a través del Boletín Oficial, el gobierno de Javier Milei anunció la modificación del Decreto 681/2026 de la vigente Ley de Migraciones, a la que incorpora nuevas causas para denegar el ingreso al territorio argentino, cancelar residencias ya otorgadas, y expulsar a todo aquel foráneo que insulte a nuestro país o a uno de “nosotros/as”.
El presidente argentino sostuvo que este nuevo Decreto de Necesidad y Urgencia tiene como finalidad “acabar con los mensajes de odio o actos de hostilidad contra los ciudadanos argentinos”. Y lo dijo a pocas horas de haber llamado “ladrón”, “presidiario”, “basura socialista”, “delincuente”, al presidente de Brasil, Lula da Silva, y en su propio país.Obsesionado en posicionarse primero en la lista de líderes mundiales más obedientes a los requerimientos de su jefe, Donald Trump, la noticia de que el gobierno podrá sancionar o deportar a quienes osen insultar a nuestra Patria trascendió durante la misma semana en la que el oficialismo se prepara para dar batalla en el Senado en pos de derogar la ley que protege el territorio nacional, y -de esta manera- vender a la Argentina al mejor postor.
La misma semana en la que la directora del Fondo Monetario Internacional, Kistalina Georgieva –en un hecho inédito en la historia del país- brindaba una conferencia de prensa como Jefa de Gabinete de Economía, y nos preguntaba a los argentinos si estábamos dispuestos a ser perseverantes; es decir, a seguir soportando lo insoportable, a aceptar el ajuste criminal que hambrea a millones, en beneficio del bienestar de los acreedores amigos -y cómplices en esta gran estafa- del presidente y sus ministros.
¿Acaso hay algo más insultante que lo antedicho? La ley no aplica en estos casos en los que se insulta a la Argentina saqueándola primero y entregándola después, expoliándola, regalándola a manos de amigos del presiente.La llamada “Campaña anti-Argentina”, que ocupó las portadas de los principales medios del mundo al finalizar la Copa Mundial de Fútbol, ha sido el argumento más cínico que ha encontrado Milei para enarbolar las banderas de un patriotismo barato y nazificado, bien del espíritu de La Libertad Avanza.
La única y verdadera campaña anti-Argentina comenzó el mismo día en el que Javier Milei dejó de ser un clown televisivo para convertirse en presidente. Un tipo que admira a Margaret Tatcher y que tiene en su despacho un portarretratos con su foto, es -precisamente- todo lo que Argentina no es ni quiere ser. ¿Existe acaso algo más anti-argentino que un presidente para el que la Causa Malvinas es “patriotismo berreta”? ¿hay algo más anti-argentino que eso? ¿Existe algo más anti-argentino que un presidente cuya máxima aspiración es la entrega de la soberanía económica y territorial a manos foráneas? ¿Existe acaso algo más anti-Argentina que esto? ¿Qué hay de “argentino” en un presidente que se excita como un niño frente a Trump, que se enorgullece de ser su amigo y de asistir a sus mítines para actuar de mascota, de bufón; que avala el genocidio palestino, que apoya abiertamente a Netanyahu? ¿existe acaso algo más vergonzosamente anti-argentino que eso?.
Un presidente que dice que el “peso argentino es excremento”, que insulta al primer Papa argentino de la historia llamándolo “representante del maligno en la Tierra”, que se burla de los artistas populares, que denigra a los niños argentinos con autismo, que se enoja con los jugadores de la selección porque desplegaron en la cancha un trapo con el lema “Las Malvinas son argentinas”, que los llama “termo mononeurales”.
¿Existe acaso algo más humillante e insultante para Argentina que tener un presidente tan anti-argentino como Javier Milei? No hace falta más que repasar la lista de agravios que este señor (que de romper piñatas en programas de entretenimiento se convirtió en Presidente) dedicó a la Argentina, a los argentinos, a sus trabajadores, a sus dirigentes políticos, a sus líderes sociales (“¡zurdos de mierda!” “¡van a correr!”), a sus docentes, a sus estudiantes universitarios, a sus jubilados (“viejos meados”), a sus discapacitados.
Nadie escapó de los ataques verbales del presidente y su séquito de aplaudidores; de su desprecio, de su difamación, de su ninguneo. No hace falta más que repasar la lista de agravios; es un interesante material de archivo en épocas en las que falla, falta o se niega la memoria.
Su comportamiento infantil, cobarde e intolerable, deja al descubierto lo que hay detrás de su investidura. Javier Milei es la cara opuesta de lo que significa “ser argentino”. No es extraño que por estos días algunas “voces autorizadas” hayan calificado a la Argentina como “racista”.

Si a juzgar de quien nos han juzgado es Milei nuestro más cabal reflejo, pues es obvio que exista quien incluso podría considerar también que “los argentinos son todos unos desequilibrados emocionales”, como pudo haber escrito algún hater de red. Lejos está el presidente Milei de ser representativo de lo que verdaderamente significa el “Ser argentino”.
Es más; está en las antípodas. Es precisamente todo lo contrario a lo que los argentinos somos. Sin embargo, ahí está, “representándonos”; viajando por el mundo con dinero público, y siempre para acompañar las más atroces causas y arrodillarse ante los más abyectos líderes mundiales que, del mismo modo que él, propagan odio y ejercen la crueldad con discursos cargados de resentimiento y asco que recuerdan a los de otros nefastos sujetos de la historia que, desde el poder, exaltaron los sentimientos más bajos y oscuros de la condición humana.
Viaja a España a oficiar de rockstar chupaculos de Santiago Abascal en un acto de VOX en Madrid, e insulta al propio Presidente de Gobierno Español, Pedro Sánchez, y a su esposa. “Pichón de tirano”, “cobarde”, “incompetente”, “mentiroso”, son algunos de los calificativos con los que, en suelo español, insultó en mayo de 2024 al primer mandatario de ese país y a su esposa, a la que adjetivó de “mujer corrupta”. Un tipo que sin ningún tapujo acusó al expresidente de Colombia, Gustavo Petro, de “comunista asesino”, “plaga letal”; un tipo que en vivo y en directo -por la cadena internacional CNN- llamó abiertamente “ignorante” al ex presidente mexicano, Javier Lòpez Obrador.
¿Es acaso esto “ser argentino”? ¿Este tipejo prepotente y desfachatado nos representa, nos define, da una idea de quiénes somos? A mí no me representa, definitivamente, ni a otros tantos millones de argentinos que no lo hubiéramos votado ni bajo amenaza. Quienes sí representan a la verdadera Argentina están invisibilizados. Fue este mismo gobierno de entrega quien los barrió debajo de la alfombra como parte de su siniestro proyecto neoliberal que está provocando un silencioso genocidio. Quienes sí nos representan son los trabajadores que quedan en la calle, los miles de jubilados y jubiladas a quienes les ha quitado el derecho a la existencia y a los que cada miércoles reprime con palos y gases; colectivos a los que Milei deshumaniza, criminaliza y estigmatiza, como lo ha hecho con los discapacitados, los enfermos oncológicos, los docentes.
Nos representan los miles de nuevos pobres que van engrosando la estadística de la vergüenza, la de los que se quedan sin la mínima esperanza, gente que a Kristalina Georgieva y al Fondo Monetario Internacional les importa un pito. “El que quiera morirse se hambre tiene la libertad de morirse de hambre”, llegó a decir este pseudo-patriota que ahora va a expulsar a los extranjeros que insulten a un argentino o a la Argentina, y que ha anunciado que a partir de ahora los inmigrantes que se atiendan en nuestros hospitales públicos deberán pagar por cada consulta.
¿Es acaso eso ser “patriota”? No, eso es ser cobarde; aunque siempre habrá un boludo libertario “nacionalista” que crea que sí, aunque sepa que -mientras tanto- se le están regalando cientos de miles de hectáreas de territorio argentino a israelíes y estadounidenses que ya se lo están repartiendo tajada a tajada.
La “epopeya libertaria” se nos está llevando puesto el sentido mismo de lo que somos y de lo que no deseamos ni queremos ser. Ver a este mamarracho ocupando el sillón de Rivadavia produce cierto retuerce de tripas para quienes vemos la realidad que nos toca como una auténtica distopía.
Apelando al gesto de Lula da Silva -que prefirió no responder a los insultos del presidente argentino- lo más sano es el silencio, porque para hablar está el propio Milei, cuya diarrea verbal no hace más que revelar el nulo desarrollo de su capacidad intelectual. Potencialmente dañino como un simio con motosierra, Milei continúa escupiendo soberbia, prepotencia y estupidez; exportándola como sello distintivo. Y más temprano que tarde, tamaño insulto a la sensatez tiene un costo.
No se puede ir por la vida alardeando tanta miserabilidad sin ninguna consecuencia. Argentina sobrevivirá a Milei -como ha sobrevivido a otras calamidades-, con la lucha y el esfuerzo de los argentinos que -a pesar de este presente de crueldad programada, de miseria planificada, de capitalismo exacerbado, de desprecio hacia el otro- no pierden la esperanza de una Patria verdadera, que se parezca al pueblo.
No será gracias a Milei, que de patria entiende lo que vio en las películas de Hollywood, que cree que patriotismo es exclamar “viva la libertad carajo” agitando una motosierra, o repetir la frase “hacer a la Argentina grande otra vez”, emulando el patriotismo bravucón de su ídolo, Donal Trump, a quien no dudaría en entregarle –si el magnate se lo requiriese- a su propia hermana Karina, la dama del 3 por ciento.
Con esta ley de expulsión de extranjeros que insulten al país el gobierno de Milei cree haberse puesto la bandera nacional sobre la espalda, como una capa. Como si todos y todas las argentinas fuésemos tan ingenuos como para considerar que esa payasada tiene algo de “patriotismo”; como si no supiésemos que se trata de otra maniobra libertaria para continuar camuflando el desastre social y económico, para que se corra el foco de lo que verdaderamente importa, que es el saqueo de los recursos y la entrega de la soberanía; amén de los escándalos de corrupción por los que Milei y los suyos, más temprano que tarde, deberán rendir cuentas.