Las tropas estadounidenses abandonan Irak: el fin de una era y el desafío del Estado iraquí

Por Juan Carlos Ali Torres, Internacionales

El próximo 30 de septiembre está previsto un nuevo punto de inflexión en la historia reciente de Irak: Estados Unidos culminará la retirada de los últimos cientos de militares que permanecen desplegados en el país, principalmente en el norte, en la región del Kurdistán iraquí.

La salida supone el cierre progresivo de una presencia militar estadounidense que, con distintas modalidades y objetivos, se prolonga desde la invasión de 2003. Pero también abre una pregunta decisiva para Bagdad: ¿puede el Estado iraquí garantizar por sí mismo la seguridad y ejercer el monopolio de la fuerza?

De la invasión de 2003 a la guerra contra el Estado Islámico

La presencia estadounidense en Irak comenzó con la invasión de marzo de 2003, dirigida por la Administración de George W. Bush, que derrocó al Gobierno de Sadam Husein. La operación fue justificada por Washington principalmente por la supuesta existencia de armas de destrucción masiva, que posteriormente no fueron encontradas.

Estados Unidos mantuvo durante años una importante ocupación militar. La guerra provocó una profunda desestabilización política y social, el crecimiento de organizaciones insurgentes y una expansión de la influencia iraní sobre distintos sectores de la política y la seguridad iraquí.

Las tropas estadounidenses abandonaron formalmente Irak en diciembre de 2011, durante la Administración de Barack Obama. Sin embargo, la retirada no significó el final de la relación militar entre ambos países.

En 2014, la aparición y rápida expansión del Estado Islámico (Daesh) cambió nuevamente el escenario. La organización llegó a controlar amplias zonas de Irak y Siria, incluida Mosul, la segunda ciudad iraquí.

Estados Unidos regresó militarmente al país al frente de una coalición internacional para combatir al Estado Islámico. La campaña contó además con fuerzas iraquíes, milicias locales y los Peshmerga kurdos.

La derrota territorial del Estado Islámico redujo considerablemente la presencia militar occidental, aunque Estados Unidos mantuvo contingentes destinados oficialmente a asesoramiento, entrenamiento y operaciones contra células yihadistas.

El acuerdo para poner fin a la misión

El siguiente capítulo comenzó a cerrarse en 2024, cuando Washington y Bagdad acordaron una retirada progresiva de la misión de la coalición internacional contra el Estado Islámico.

El objetivo declarado era transferir gradualmente la responsabilidad de la seguridad a las instituciones iraquíes y poner fin a la misión de la coalición.

La fecha del 30 de septiembre de 2026 aparece así como uno de los principales hitos de ese proceso.

Pero la retirada estadounidense coincide con otro problema mucho más complejo: la existencia de numerosas organizaciones armadas dentro de Irak que no responden plenamente a la cadena de mando estatal.

El verdadero desafío: las milicias

Irak posee una estructura de seguridad particularmente compleja. Junto a las Fuerzas Armadas, existen las Fuerzas de Movilización Popular (PMF), creadas en 2014 para combatir al Estado Islámico y posteriormente integradas formalmente en el aparato de seguridad estatal.

Dentro de ese entramado conviven organizaciones con diferentes vínculos políticos e ideológicos. Algunas de las milicias más poderosas mantienen relaciones estrechas con Irán y forman parte del denominado eje de resistencia regional.

El Gobierno de Bagdad pretende avanzar hacia una situación en la que todas las armas estratégicas queden bajo control del Estado.

La cuestión es especialmente delicada en el caso de misiles, drones y otros sistemas capaces de alcanzar objetivos a larga distancia.

Varias de las principales organizaciones armadas vinculadas a Irán han rechazado entregar sus arsenales o han condicionado cualquier eventual desarme.

Ahí se encuentra uno de los principales obstáculos para el proyecto del Gobierno iraquí.

Menos tropas estadounidenses, más responsabilidad para Bagdad

La retirada estadounidense también implica reducir algunas de las capacidades militares que Washington proporciona al país, especialmente en materia de inteligencia, entrenamiento, apoyo logístico y defensa aérea.

Bagdad sostiene que está intentando compensar esa situación mediante la adquisición de nuevos sistemas de defensa y armamento.

Entre los países con los que Irak mantiene relaciones militares y comerciales figuran Corea del Sur, Turquía y Estados Unidos.

La cuestión no es únicamente tecnológica.

Irak se encuentra en una posición geográfica extremadamente sensible: limita con Irán, Turquía y Siria, mientras que mantiene una relación estratégica con Estados Unidos.

Turquía, además, realiza operaciones militares contra posiciones del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) en territorio iraquí, especialmente en las zonas montañosas del norte.

Por otro lado, la rivalidad entre Washington y Teherán convierte a Irak en un escenario particularmente delicado. El país ha sufrido en distintos momentos ataques y enfrentamientos relacionados con las tensiones entre ambos bloques.

Un Irak entre Washington y Teherán

Durante las últimas dos décadas, Irak ha intentado construir un equilibrio difícil.

Estados Unidos continúa siendo un importante socio militar y económico, mientras que Irán posee una enorme influencia política, económica, religiosa y de seguridad.

La retirada estadounidense no significa necesariamente una ruptura de relaciones entre Washington y Bagdad. Tampoco implica automáticamente que Irak pase a estar bajo control iraní.

Pero sí modifica el equilibrio existente.

El Gobierno iraquí tendrá que demostrar que puede mantener relaciones con ambos países sin permitir que su territorio se convierta nuevamente en un campo de confrontación entre potencias.

Y, sobre todo, tendrá que afrontar una cuestión fundamental: quién tiene la última palabra sobre las armas que existen dentro del Estado iraquí.

El desenlace: una prueba para la soberanía iraquí

El 30 de septiembre de 2026 puede convertirse, por tanto, en algo más que una fecha militar.

Será el cierre de una etapa iniciada con la invasión estadounidense de 2003 y prolongada posteriormente con la guerra contra el Estado Islámico.

Pero la salida de las últimas tropas estadounidenses no resolverá por sí misma los problemas de seguridad de Irak.

El verdadero desenlace dependerá de lo que ocurra después.

Si Bagdad consigue consolidar unas Fuerzas Armadas capaces de proteger sus fronteras, controlar su espacio aéreo y mantener bajo autoridad estatal las armas estratégicas, la retirada podrá interpretarse como un paso hacia una mayor autonomía militar.

Si, por el contrario, las milicias mantienen arsenales independientes y las potencias regionales continúan utilizando el territorio iraquí para sus propias disputas, el país seguirá atrapado entre diferentes centros de poder.

Irak afronta así el final de una presencia militar extranjera que comenzó con una invasión y terminó transformándose en una misión contra el terrorismo. La cuestión ahora ya no es solamente cuántos soldados estadounidenses quedan en Irak, sino quién controla realmente la fuerza dentro del Estado iraquí.

Ese será el verdadero examen de soberanía que comienza con la retirada.

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