Por Juan Carlos Alí Torres
Moscú, Kiev y Washington buscan retomar las negociaciones en la primera quincena de noviembre. Las disputas territoriales, las garantías de seguridad y el papel de Europa serán los principales obstáculos para alcanzar un acuerdo que ponga fin a la guerra.
La diplomacia vuelve a abrirse paso en la guerra de Ucrania. Rusia, Ucrania y Estados Unidos preparan una nueva ronda de conversaciones directas en Abu Dabi, Emiratos Árabes Unidos, prevista para la primera quincena de noviembre de 2026. El anuncio, atribuido al Kremlin y a su portavoz, Dmitri Peskov, apunta a una reactivación de los contactos entre las tres partes después de meses de dificultades para acercar posiciones.
La iniciativa representa una oportunidad para recuperar el diálogo político y explorar medidas concretas de desescalada. Sin embargo, sería prematuro interpretar este movimiento como la antesala de un acuerdo de paz inminente. Las diferencias entre Moscú y Kiev continúan siendo profundas, especialmente en lo relativo al territorio, la soberanía ucraniana y las garantías de seguridad que deberían regir cualquier arreglo de posguerra.
El principal desafío de esta nueva etapa será transformar el contacto diplomático en compromisos verificables que permitan reducir la violencia sin imponer una solución unilateral a ninguna de las partes.
Abu Dabi, escenario de una nueva apuesta diplomática
Según la información difundida sobre los preparativos, la reunión se desarrollaría en un formato estrictamente trilateral entre Rusia, Ucrania y Estados Unidos. La iniciativa busca sentar las bases de un marco de seguridad a largo plazo y abordar cuestiones que podrían facilitar una reducción progresiva de las hostilidades.
Moscú ha rechazado la posibilidad de limitar el proceso a una tregua temporal de corta duración y sostiene que cualquier solución debe contemplar las causas políticas y estratégicas del conflicto. Esta posición anticipa negociaciones difíciles, ya que Kiev considera prioritario preservar su independencia, su capacidad defensiva y su integridad territorial.
La reanudación de los contactos habría recibido un impulso de las gestiones del enviado estadounidense Steve Witkoff, quien, según la información facilitada, mantuvo encuentros con Vladímir Putin en Moscú y con Volodímir Zelenski en Oslo.
Washington intenta desempeñar un papel central en la búsqueda de una salida negociada. No obstante, la capacidad de Estados Unidos para acercar a las partes dependerá de que sus propuestas sean aceptables tanto para el Kremlin como para el Gobierno ucraniano y de que se traduzcan en garantías que puedan cumplirse en la práctica.
Las fechas y las expectativas de Kiev
El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, ha expresado su disposición a participar en las conversaciones y ha defendido la necesidad de fijar una fecha definitiva sin nuevas demoras.
De acuerdo con las declaraciones recogidas en la información disponible, Kiev espera que la reunión de los equipos técnicos pueda celebrarse entre el 6 y el 10 de noviembre, después de las elecciones de mitad de mandato estadounidenses previstas para el 4 de noviembre. Ucrania advierte de que las tensiones en Oriente Medio no deberían convertirse en un motivo para aplazar indefinidamente las negociaciones.
La posición ucraniana refleja una combinación de urgencia diplomática y cautela estratégica. Kiev necesita reducir los costes humanos, económicos y materiales de una guerra prolongada, pero teme que un acuerdo precipitado termine consolidando por la fuerza los cambios territoriales producidos durante el conflicto.
Por ello, Zelenski sostiene que la apertura al diálogo no significa aceptar las condiciones de Moscú ni renunciar a los intereses fundamentales de Ucrania.
Las líneas rojas: territorio, soberanía y seguridad
La cuestión territorial continúa siendo el principal obstáculo para alcanzar un acuerdo definitivo.
Rusia mantiene exigencias relacionadas con los territorios cuya incorporación reclama, mientras que Ucrania defiende su soberanía y rechaza que el resultado de la guerra determine unilateralmente sus fronteras futuras. Esta divergencia constituye uno de los puntos más complejos de cualquier negociación.
Kiev pretende que las cuestiones territoriales más delicadas se aborden en una fase posterior, mediante un encuentro directo entre Zelenski y Putin. Desde su perspectiva, los equipos técnicos pueden preparar avances en asuntos concretos, pero difícilmente resolverán por sí solos una disputa que afecta a la soberanía nacional y al futuro político del país.
Otra línea roja ucraniana es el mantenimiento de unas Fuerzas Armadas capaces de garantizar la defensa nacional. Zelenski ha rechazado la neutralidad impuesta y las restricciones militares que puedan dejar a Ucrania expuesta a nuevas agresiones.
El Gobierno ucraniano reclama, además, garantías de seguridad recíprocas, claras y efectivas. La cuestión central no consiste únicamente en alcanzar un documento diplomático, sino en establecer mecanismos que disuadan de una nueva escalada y definan qué ocurriría si alguna de las partes incumpliera los compromisos asumidos.
Para Rusia, por su parte, las condiciones de seguridad y el futuro marco estratégico europeo forman parte de sus demandas. La distancia entre ambas posiciones demuestra que el problema va mucho más allá de acordar una fecha para detener los combates.
Energía, navegación y prisioneros: los primeros objetivos posibles
Ante la dificultad de resolver inmediatamente los desacuerdos políticos, las conversaciones podrían concentrarse inicialmente en medidas concretas de desescalada.
Entre las prioridades señaladas por Ucrania figuran la seguridad de las rutas marítimas, la protección de las infraestructuras energéticas ante la llegada del invierno y la continuidad de los intercambios de prisioneros de guerra.
Estos asuntos tienen una importancia inmediata para la población civil. Los ataques contra instalaciones energéticas pueden dejar a millones de personas expuestas al frío, provocar interrupciones en los servicios esenciales y agravar las necesidades humanitarias. La protección de estas infraestructuras, por tanto, podría constituir un primer terreno de entendimiento incluso sin un acuerdo político general.
También resulta fundamental mantener los canales humanitarios y facilitar el regreso de los prisioneros a sus hogares. Los intercambios, cuando se concretan, pueden aliviar el sufrimiento de las familias y demostrar que la negociación es capaz de producir resultados tangibles.
La información facilitada sitúa el 23 de octubre un intercambio de 270 prisioneros por cada bando y un alto el fuego localizado en Oleski para evacuar civiles. Estos episodios deben entenderse como medidas de alcance limitado: su eventual continuidad podría contribuir a generar confianza, pero no garantiza por sí misma una desescalada general ni el fin de las hostilidades.
Europa, ausente de una mesa que también determinará su futuro
Uno de los principales desacuerdos afecta a la participación europea.
Zelenski defiende que la Unión Europea debe intervenir en el proceso, tanto por su papel en la financiación de la reconstrucción de Ucrania como por su posible contribución a las garantías de seguridad a largo plazo. La posición de Kiev responde a una realidad política y económica: cualquier acuerdo duradero tendrá consecuencias directas sobre la seguridad del continente, sus presupuestos y sus relaciones con Rusia.
El Kremlin, según la información difundida, no quiere que los representantes europeos formen parte de la mesa trilateral. Esta diferencia plantea una cuestión de fondo: si las decisiones se limitan a Moscú, Kiev y Washington, ¿hasta qué punto podrán aplicarse sin la participación de los países europeos que tendrían que asumir parte de sus costes y responsabilidades?
Estados Unidos puede ejercer una influencia decisiva sobre el proceso, pero Europa dispone de instrumentos económicos, diplomáticos y de seguridad que serán relevantes para la reconstrucción y la estabilidad posterior a la guerra.
Excluirla de las conversaciones iniciales no significa necesariamente que vaya a quedar al margen de cualquier acuerdo futuro. Sin embargo, una paz sostenible difícilmente podrá ignorar los intereses de los países europeos directamente afectados por el nuevo equilibrio de seguridad.
Trump busca una salida, pero el acuerdo dependerá de las concesiones
La administración de Donald Trump pretende impulsar una salida negociada y recuperar la iniciativa diplomática estadounidense. La apertura de una mesa trilateral sería un paso relevante para comprobar si las partes están dispuestas a abandonar la lógica de la confrontación permanente y explorar compromisos.
Pero la mediación no puede medirse únicamente por la celebración de reuniones. Su eficacia dependerá de la capacidad de Washington para presentar propuestas que no se limiten a detener temporalmente los combates, sino que establezcan condiciones verificables, mecanismos de cumplimiento y garantías suficientes para evitar una nueva guerra.
El riesgo es que las presiones para conseguir resultados rápidos terminen favoreciendo un acuerdo frágil, construido sobre ambigüedades o sobre la aceptación forzada de hechos consumados en el campo de batalla.
Una tregua puede salvar vidas y abrir espacios para la negociación. Una paz duradera, en cambio, exige resolver —o establecer mecanismos creíbles para gestionar— las cuestiones territoriales, militares y políticas que originaron y prolongaron el enfrentamiento.
Conclusión: negociar es necesario, pero la paz no puede ser una imposición.
La posible reunión de Abu Dabi constituye una oportunidad diplomática que merece atención. Después de meses de enfrentamiento, que Rusia, Ucrania y Estados Unidos vuelvan a sentarse en una misma mesa puede abrir una vía para reducir la violencia, proteger a la población civil y explorar una salida política.
Sin embargo, el éxito no debería medirse por los anuncios, las fotografías o la rapidez con la que se firme un documento. La verdadera prueba será comprobar si las partes aceptan compromisos concretos y verificables, si respetan los acuerdos humanitarios y si ofrecen garantías que impidan que la guerra vuelva a estallar.
Ucrania no quiere que la paz se traduzca en una renuncia impuesta a su soberanía. Rusia exige que sus demandas de seguridad y territoriales sean tenidas en cuenta. Estados Unidos busca demostrar que su mediación puede producir resultados, mientras Europa reclama un lugar en las decisiones que afectarán a su propia seguridad.
Estas posiciones no son fácilmente conciliables. Precisamente por eso, la diplomacia necesita algo más que declaraciones de buena voluntad: necesita realismo, voluntad de compromiso y respeto por las consecuencias humanas de cada decisión.
La paz no consiste simplemente en silenciar las armas, sino en impedir que vuelvan a dispararse. Un acuerdo que deje intactas las causas de la confrontación podría ofrecer una pausa, pero no necesariamente una solución. Abu Dabi puede convertirse en un punto de inflexión si las partes están dispuestas a negociar de buena fe; de lo contrario, la cumbre corre el riesgo de convertirse en otro episodio de una guerra que continúa cobrándose vidas mientras la política busca, todavía, una salida.
La pregunta decisiva no es si habrá una reunión, sino si Moscú, Kiev y Washington están preparados para asumir los costes políticos de una paz que sea viable, duradera y respetuosa con la seguridad de las poblaciones afectadas.