Por Adriana F. Gómez.
Lo perfecto es enemigo de lo bueno. Y a estas alturas, la izquierda española no puede permitirse el lujo de equivocarse buscando la candidatura perfecta. Tiene que encontrar la candidatura capaz de ganar.
Lo digo como lo siento: si existe hoy una posibilidad real de construir una candidatura capaz de aglutinar a todo el espacio situado a la izquierda de Pedro Sánchez, esa posibilidad pasa por Gabriel Rufián.
Y si Rufián finalmente decide no dar el paso, la segunda opción —y prácticamente la única alternativa con posibilidades de desempeñar ese papel— sería Ada Colau, dos personas que cuentan con la aprobación popular y que no despiertan odios internos en Sumar, Podemos o Izquierda Unida¿ Aceptaría Sumar a Irene Montero? ¿ Aceptaría Podemos a Monica o a Maillo?.
Con todos mis respetos, comparar ambas opciones es, desde mi punto de vista, como comparar a Winston Churchill con Mariano Rajoy, no porque Rufián sea perfecto. Precisamente porque no lo es.
La política no necesita candidatos perfectos. Necesita dirigentes capaces de interpretar un momento histórico, ampliar mayorías, movilizar abstencionistas y convencer incluso a ciudadanos que no votan habitualmente a su espacio político.
Y Rufián tiene algo que hoy escasea extraordinariamente en la izquierda española: capacidad de comunicación, personalidad política, reconocimiento público y capacidad para hablar a sectores que no se sienten representados por las estructuras tradicionales de los partidos.
Puede gustar más o menos. Puede generar adhesiones y rechazos. Pero nadie puede negar que tiene una identidad política perfectamente reconocible y eso, en unas elecciones que pueden decidir el futuro del país durante años, vale muchísimo.
El choque de trenes de las primarias.
El problema es que mientras el calendario electoral corre, la izquierda continúa discutiendo sobre sí misma, Sumar busca articular un Frente Amplio y Podemos plantea unas primarias abiertas para elegir su candidatura.
Sobre el papel, unas primarias democráticas pueden parecer una magnífica idea, pero la pregunta no es si las primarias son democráticas, sino si tienen sentido estratégico en este momento concreto.
Podemos ha planteado celebrar sus primarias los días 14 y 15 de octubre, con Irene Montero como principal aspirante, mientras que el plazo para comunicar formalmente las coaliciones electorales termina el 16 de octubre. ¿De verdad alguien piensa que una unidad electoral puede construirse así?, primero debería existir un acuerdo entre las fuerzas que quieran formar parte del Frente Amplio.
Es decir: la izquierda podría estar decidiendo quién lidera una eventual candidatura común prácticamente al mismo tiempo que se agota el plazo legal para registrar esa coalición.
Eso no es una estrategia de unidad, es correr detrás del calendario y existe otro problema, Podemos no estaría eligiendo mediante esas primarias al candidato de una coalición ya negociada y acordada entre todas las fuerzas. Estaría eligiendo primero su propia candidatura y después intentando utilizar ese resultado como elemento de negociación con las demás organizaciones, ya fuera de plazo para la inscripción que termina el 16 de Octubre, ¿Nos tratan de boludos? ¿ Así quieren movilizar a la uzquierda con verdades a medias?
Es exactamente al revés de lo que debería hacerse, no elegir primero a la candidata de una organización y después intentamos convencer a los demás de que ese candidato debe ser el candidato de todos. Eso no es unidad, eso es negociación con el cronómetro puesto a cero.
Primero hay que construir el proyecto común, después hay que decidir quién es la mejor persona para representarlo, porque si se hace al revés, las primarias dejan de ser una herramienta de unidad para convertirse en un mecanismo de competición interna, y la izquierda española ya ha tenido bastante competición interna.

El problema del sistema Desborda
Hay además una cuestión política que no puede ignorarse, Podemos utiliza desde hace años el sistema conocido como Desborda, una variante del método Borda para sus procesos internos.
Aunque no existe un pronunciamiento judicial que permita calificarlo como fraude electoral, el mismo sí ha recibido críticas internas durante años por su capacidad para favorecer a las mayorías organizadas y a las candidaturas vinculadas a la dirección, reduciendo las posibilidades de representación de las minorías.
Eso debería ser suficiente para hacerse una pregunta: ¿Tiene sentido utilizar un sistema interno diseñado para ordenar una organización partidaria para elegir al liderazgo de una candidatura que pretende representar a todo el espacio progresista situado a la izquierda del PSOE?
Yo creo que no, si hablamos de un Frente Amplio, la elección de su liderazgo tendría que ser consecuencia de un acuerdo político mucho más amplio, transparente y plural, no de la capacidad de una organización concreta para movilizar a sus afiliados o inscritos en una votación interna.
Porque una cosa es elegir al secretario general de Podemos y otra completamente diferente elegir al candidato que pretenda representar a millones de españoles progresistas que no militan en Podemos, ni en Sumar, ni en Izquierda Unida, ni en ningún otro partido.
Rufián podría romper el techo electoral
Ahí aparece Gabriel Rufián, ¿Por qué él? porque puede jugar en terrenos electorales donde otros dirigentes tienen enormes dificultades y hablarle al votante de izquierdas desencantado. Puede disputar voto al PSOE y atraer a abstencionistas. Puede hablar con sectores republicanos, progresistas, catalanistas y federalistas y, sobre todo, puede hacerlo sin que una parte del electorado lo perciba como otro dirigente de Madrid intentando construir una operación política desde arriba.
Rufián viene de Cataluña y eso, paradójicamente, puede convertirse en una ventaja, ya que una candidatura encabezada por él podría simbolizar algo que la izquierda española lleva años sin conseguir: que la pluralidad territorial deje de ser un problema y se convierta en una fortaleza.
Además, hay algo que no deberíamos olvidar, Julio Anguita entendió perfectamente que la política no consistía solamente en hablarle a los convencidos, sino en construir una mayoría social. La izquierda necesita precisamente eso, no otra guerra entre siglas y batalla por quién ocupa el primer puesto de una lista.
Necesita una candidatura capaz de decirle al país: aquí estamos, somos diferentes, pero hemos aprendido que separados podemos perder y juntos podemos gobernar.
¡Dejad decidir a los territorios!
Por eso considero que existe una salida mucho más inteligente que imponer desde Madrid una arquitectura electoral cerrada, hay que devolver protagonismo a los territorios y no anularlos (como se ha hecho por la secretaria de círculos de PODEMOS que controla Pau Vivas, actual sectetario ).
Que Podemos, Sumar y el resto de fuerzas que quieran participar en el Frente Amplio acuerden un marco político común, pero permitan que cada territorio construya la mejor fórmula electoral posible.
En unas comunidades habrá que concurrir juntos, en otras será necesario pactar con fuerzas nacionalistas o regionalistas de implantación territorial, en otras puede ser más inteligente facilitar el voto útil al PSOE para impedir una victoria de la derecha.
No existe una fórmula electoral válida para toda España, no es lo mismo Castilla-La Mancha que Cataluña. No es lo mismo Canarias que La Rioja. No es lo mismo Aragón que Madrid. No es lo mismo Euskadi que Castilla y León.
El centralismo electoral puede ser tan perjudicial como el centralismo político.
En Castilla-La Mancha, Castilla y León o La Rioja puede ser necesario analizar la posibilidad de favorecer el voto útil al PSOE para impedir que la derecha obtenga representación decisiva.
En Extremadura, Aragón, Cantabria, Murcia, Canarias o Baleares pueden existir, en cambio, posibilidades concretas para construir candidaturas territoriales de un Frente Amplio capaces de obtener representación.
Y en otros lugares habrá que alcanzar acuerdos con fuerzas nacionalistas, regionalistas o progresistas con una implantación que ninguna candidatura estatal puede sustituir. Esto no significa renunciar al proyecto común, significa entender que la unidad no es uniformidad.
Y hay que mirar al Senado
Hay además una batalla que la izquierda no puede cometer el error de ignorar: el Senado. La Cámara Alta puede convertirse en uno de los grandes campos de batalla de la próxima legislatura.
El PP y Vox están en condiciones de disputar el control institucional y, con él, una parte decisiva de las futuras renovaciones de órganos constitucionales, por eso PSOE y las fuerzas progresistas deberían estudiar seriamente un acuerdo electoral para el Senado.
No tiene sentido que partidos progresistas compitan entre ellos por unos pocos votos mientras la derecha concentra su representación y obtiene una ventaja institucional decisiva.
En el Senado, la unidad no debería ser una cuestión ideológica. Debería ser una cuestión matemática , si es necesario presentar candidaturas comunes para impedir que la derecha controle la Cámara Alta, habrá que hacerlo.
Porque después de las elecciones vendrán las renovaciones pendientes del Tribunal Constitucional y del Consejo General del Poder Judicial, y lo que está en juego no es solamente quién gobierna, también está en juego quién tendrá capacidad para renovar las instituciones que deben garantizar el equilibrio democrático durante los próximos años.

Sánchez y la jugada de la vivienda
Y aquí aparece Pedro Sánchez. Voltaire dejó una frase que ha sobrevivido durante siglos: «Lo perfecto es enemigo de lo bueno», la formulación que conocemos probablemente no sea exactamente la original, pero la idea permanece.
En política, esperar la solución perfecta puede convertirse en una forma sofisticada de no hacer nada, eso es precisamente lo que ocurrió con los decretos de vivienda, podían ser insuficientes, podían ser mejorables y no resolver de raíz el problema habitacional, pero eran medidas concretas.
Y entre una medida imperfecta que protege hoy a una familia vulnerable y una ley perfecta que nunca llega, hay una diferencia enorme, la política no consiste en prometer que algún día construiremos el mundo perfecto, consiste en conseguir que mañana sea un poco mejor que hoy.
Por eso la decisión de Sánchez de convocar elecciones puede interpretarse también desde esa lógica. El Gobierno estaba atrapado en una aritmética parlamentaria cada vez más complicada y los decretos de vivienda habían naufragado, Junts había dejado de esconder su posición política y la posibilidad de una moción de censura se convertía en un escenario cada vez menos remoto y Sánchez tenía dos alternativas, esperar o arriesgarse. Ha elegido arriesgarse.
Sánchez quiere convertir el 29-N en un plebiscito sobre la vivienda
Y aquí está probablemente la clave de toda la operación, Sánchez puede intentar convertir las elecciones del 29 de noviembre en un plebiscito sobre la vivienda.
La pregunta sería sencilla: ¿Quién quiere que el Estado intervenga para proteger a los inquilinos, limitar los abusos y ampliar la vivienda pública? ¿Y quién quiere que el mercado siga funcionando fundamentalmente bajo las reglas actuales?
La derecha tendrá que explicar qué hará con los alquileres, mientras el PSOE tendrá que defender lo que ha hecho y reconocer lo que no ha podido hacer y la izquierda situada a su izquierda tendrá que responder a una pregunta todavía más difícil: ¿Quiere influir realmente en las políticas de vivienda o prefiere mantener su identidad intacta aunque eso facilite que gobierne la derecha? Porque ese es el verdadero dilema.
Sánchez no necesita que todo salga perfecto
Pedro Sánchez es un político extraordinariamente resistente, ha sobrevivido a una pandemia, guerras, una catástrofe volcánica, incendios devastadores, crisis internas, rupturas políticas, investigaciones sobre personas de su entorno y enfrentamientos con algunos de los principales actores políticos internacionales.
Y sigue sonriendo, le llaman perro, pues quizá haya que reconocerlo: este perro es mucho perro. La cuestión es si esa resistencia será suficiente para remontar la distancia que hoy muestran las encuestas.
Quince puntos, si tomamos como referencia determinadas medias demoscópicas, sería una barbaridad en cualquier escenario normal, pero las elecciones españolas tienen una particularidad: no siempre gana quien encabeza las encuestas meses antes.
Gana quien consigue movilizar a sus votantes, quien consigue que los abstencionistas vuelvan, quien consigue que el miedo al adversario transforme la intención de voto, gana, sobre todo, quien consigue construir una mayoría parlamentaria después de cerrar las urnas.
¿Por eso Rufián?
Por eso vuelvo al principio, si la izquierda quiere ganar, tiene que dejar de buscar la candidatura perfecta, tiene que buscar la candidatura posible, la candidatura capaz de romper techos y de hablarle a quien está cansado. La candidatura capaz de sacar votos del PSOE sin destruir al PSOE, de impedir que esos votos terminen en la derecha.
La candidatura capaz de decirle a una parte del electorado de centroizquierda que existe otra opción y , sobre todo, la candidatura capaz de convertir la diversidad de la izquierda en una fuerza electoral, para mí, esa persona es Gabriel Rufián.
Si Rufián no se atreve, entonces Ada Colau y si no alguna persona nacida de estas protestas ciudadanas, pero no veo muchas más opciones y esto no va de simpatías personales va de supervivencia política y seamos sinceros hoy la candidatura de Irene Montero en una foto como candidata a presidenta del gobierno divide mas que aglutina hasta en la propia militancia de Podemos.
La ultraderecha ya está llamando a la puerta de La Moncloa y, ya ha demostrado que puede coordinar sus intereses cuando está en juego el poder.
La izquierda no puede permitirse seguir peleando por quién tiene la razón mientras otros se preparan para gobernar. Los egos tienen que quedar fuera. Podemos tiene que entender que no puede decidir por sí solo quién debe liderar un espacio que pretende ser mucho más grande que Podemos.
Sumar tiene que entender que tampoco puede construir una unidad exclusivamente desde sus estructuras y el PSOE tiene que comprender que necesitará aliados progresistas.
Y los territorios tienen que recuperar la libertad para decidir cómo ganar sus propios escaños, porque la unidad no consiste en que todos obedezcan a Madrid. La unidad consiste en que todos acepten que el objetivo es ganar.

¡Lo perfecto es enemigo de lo bueno!
Quizá esa sea finalmente la gran lección, Voltaire tenía razón, lo perfecto es enemigo de lo bueno, y una candidatura perfecta probablemente no exista, un programa perfecto tampoco, una coalición perfecta, mucho menos, pero existe algo que sí podemos construir: una candidatura suficientemente buena para ganar.
Y hoy, si me preguntan cuál es mi apuesta, no tengo demasiadas dudas, Gabriel Rufián. Rufián como rostro. Los territorios con libertad, con un Frente Amplio con capacidad de sumar.
Un acuerdo progresista para el Senado y una izquierda dispuesta a entender que ganar las elecciones no significa renunciar a los principios, significa conseguir los votos necesarios para poder aplicarlos.
Porque el 29 de noviembre no se votará quién tiene el discurso más puro, se votará quién tiene capacidad para gobernar y si la izquierda quiere evitar que la derecha y la ultraderecha entren juntas en La Moncloa, es hora de dejar los experimentos con gaseosa.
Es hora de elegir la mejor candidatura posible es hora de movilizar a los zurdos y votar pero sobre todo, es hora de entender que la esperanza también necesita una papeleta.
Rufián, si estás leyendo esto, da el paso, España necesita una candidatura que vuelva a hablar de futuro y no divida sino que aglutine, que devuelva esperanza, que no tenga miedo a ganar, porque esta vez no se trata de conseguir la izquierda perfecta, se trata de conseguir la izquierda que pueda ganar, y después, gobernar, Zurdos, a las urnas, que nadie se quede en casa, votemos util si no hay acuerdo.