Por Fernando Ortega de El Berguedá, Catalunya
La tregua que nadie se atreve a llamar por su nombre, Trump retrocede, europa protesta y el orden internacional sigue sin resolverse.
La aparente marcha atrás de Estados Unidos en su postura sobre Groenlandia ha sido presentada como una rectificación, una victoria de la diplomacia o una señal de estabilidad recuperada. Pero bajo esa lectura tranquilizadora se esconde algo más inquietante, el conflicto no se ha cerrado, solo se ha aplazado.
Y cuando los problemas estructurales se esconden bajo gestos tácticos, lo que emerge no es la paz, sino un conflicto latente cuya reaparición es tan probable como impredecible.
La marcha atrás de Trump o rectificación táctica, no cambio de lógica.
La reacción inicial de Donald Trump respecto a Groenlandia (marcada por un tono de presión impropio entre aliados) provocó una oleada de críticas internas y externas, posteriormente, la Casa Blanca suavizó el discurso. No hubo amenazas explícitas, ni insistencia pública, ni escalada diplomática.
Para muchos, ahí terminó la historia, sin embargo, reducir lo ocurrido a una simple rectificación es engañoso. No hubo una renuncia al enfoque de fondo, sino un ajuste táctico.
La lógica que subyace al movimiento inicial (la concepción de los aliados como piezas presionables dentro de un tablero de intereses estadounidenses) no fue cuestionada ni desmentida. Simplemente dejó de enunciarse con crudeza.
Dentro del propio campo trumpista, esta marcha atrás fue leída de forma ambivalente. Un sector la asumió como pragmatismo, se tensan los límites, se mide la reacción y si el coste político aumenta, se repliega el discurso.
Otro sector, en cambio, reaccionó con malestar abierto, interpretándolo como una cesión innecesaria, una señal de debilidad y una traición al estilo confrontativo que define al trumpismo más duro. Ese desgaste interno es relevante, no porque debilite decisivamente a Trump, sino porque muestra que incluso dentro de su propio campo la corrección no se vive como una victoria, sino como una renuncia forzada.
La oposición estadounidense crítica sin sorpresa.
En el campo demócrata y en los sectores abiertamente anti-Trump, el episodio no produjo un cambio sustancial de lectura, lejos de interpretar la marcha atrás como una enmienda real, fue presentada como una confirmación de lo que ya se denunciaba «una política exterior basada en la coerción, el desprecio por la soberanía de terceros y la improvisación estratégica».
Para esta oposición, Groenlandia no es una anomalía, sino un síntoma. Trump no habría cometido un error puntual, sino que habría llevado al extremo una lógica que daña la credibilidad internacional de Estados Unidos.
La rectificación, en este marco, no repara el daño solo evita su agravamiento inmediato y este punto es importante porque introduce un consenso negativo transversal, tanto aliados incómodos como adversarios políticos coinciden en que el problema no es el episodio concreto, sino la forma de ejercer el poder.
Europa habla, Europa se contiene.
La reacción europea fue rápida en el plano declarativo. Líderes como Emmanuel Macron apelaron a la soberanía, al respeto entre aliados y al derecho internacional. El mensaje fue claro «Europa no acepta presiones ni negociaciones basadas en la fuerza». Pero esa firmeza retórica contrastó con la práctica.
Tras las primeras declaraciones, no hubo ruptura, ni sanciones, ni escalada política, el conflicto fue rebajado, encuadrado como un exceso verbal o una provocación interna estadounidense.
La prioridad fue clara: preservar la relación estratégica con Washington.Aquí emerge la contradicción central, Europa vende un relato de autonomía, principios y soberanía, pero actúa desde una posición de dependencia estructural ya sea militar, estratégica y geopolítica. No es una contradicción accidental, sino sostenida.
Y ahí es donde el término hipocresía deja de ser un insulto moral para convertirse en una categoría política. Europa no miente porque quiera, sino porque no puede decir la verdad sin asumir costes que no está dispuesta a pagar.
Atlantismo responsable vs crítica antiimperialista.
Este episodio ha vuelto a activar una fractura conocida en el debate europeo, para el sector pro-OTAN y abiertamente atlantista, la contención europea es una muestra de responsabilidad y Trump habría tensado la cuerda, el sistema habría absorbido el golpe y la alianza seguiría funcionando.
Evitar el choque es, desde esta óptica, una virtud: estabilidad frente a provocación, el problema de esta lectura es que normaliza la asimetría. Acepta que Estados Unidos puede presionar, tensar y amenazar, mientras Europa debe gestionar, contener y comprender.
La dependencia se presenta como madurez política.
En el extremo opuesto, la izquierda antiimperialista y los sectores euroescépticos leen el episodio como una prueba más de subordinación. Trump no sería una anomalía, sino una versión descarnada de una lógica imperial constante. Europa protestaría para la galería, sin capacidad real de actuar.
Este diagnóstico acierta al señalar la estructura de dependencia, pero a menudo se queda sin traducción política viable, refugiándose en una denuncia que no explica cómo romper el bloqueo.
Pacifismo, soberanía y el problema real.
Este conflicto exige una posición incómoda, pero necesaria: se puede ser pacifista sin ser ingenuo, y defensor de la soberanía sin abrazar el militarismo, el problema no es la defensa, sino la normalización del abuso de poder. No es la estabilidad lo que está en juego, sino el precio que se paga por mantenerla cuando se basa en la negación de la realidad.
Trump encarna una forma de matonismo que explicita lo que antes se disimulaba. Europa, en cambio, intenta seguir vendiendo un relato que ya no se sostiene y ninguna de las dos actitudes contribuye a una solución duradera.
El conflicto latente.
Y aquí está el núcleo del asunto»esto no está cerrado». No ha habido acuerdo, ni redefinición de reglas, ni reconocimiento explícito de límites, solo una rebaja del tono. Eso no resuelve un conflicto; lo congela. Y los conflictos congelados no desaparecen sino que regresan cuando cambian las condiciones. La calma actual no es estabilidad, es tregua. Una tregua frágil, dependiente del contexto político interno estadounidense, de los equilibrios internacionales y de futuras crisis que alteren prioridades.
Cuando el problema reaparezca (porque reaparecerá) no lo hará de forma previsible ni ordenada. Esa es la verdadera amenaza de los conflictos latentes, no su intensidad inmediata, sino su capacidad de estallar cuando nadie controla el marco.
Reflexión final.
Trump ha retrocedido en el discurso, pero no en la lógica. Europa ha protestado, pero no ha actuado. Entre el matonismo explícito y la cobardía disfrazada de diplomacia, el orden internacional sigue sin resolverse, llamar a esto estabilidad es engañarse, llamarlo victoria diplomática es falsear la realidad.
Lo ocurrido con Groenlandia no es un episodio cerrado, sino una advertencia y las advertencias ignoradas no desaparecen se acumulan, hasta que vuelven de forma impredecible.
