Por Adriana F. Gómez. Columna de opinión | Una militante de Podemos ante el fracaso de la unidad de la izquierda
La pelea por los puestos de salida en Madrid retrata el fracaso de una izquierda que parece haber olvidado para qué nació. Mientras millones de personas sufren por la vivienda, los salarios, las pensiones y los servicios públicos, sus dirigentes se enzarzan en una guerra de egos, cuotas de poder y supervivencia política. ¡Es una vergüenza!
Lo escribo con rabia, con indignación y con la tristeza de quien ha militado en Podemos creyendo que era posible construir una herramienta política al servicio de la mayoría social. No hablo desde la derecha, ni desde el PSOE, ni desde quienes siempre quisieron destruir a la izquierda transformadora. Hablo desde dentro, desde la frustración de una militante que se niega a aceptar que los partidos y sus dirigentes estén por encima de la gente a la que dicen representar.
¡Basta ya de tomarnos el pelo! ¡Basta de pedir unidad a la militancia mientras los dirigentes se reparten los sillones!
MADRID NO PUEDE SER EL BOTÍN DE UNOS POCOS
Las negociaciones para construir un frente amplio de izquierdas de cara al 29 de noviembre están dejando una imagen lamentable. La disputa por los puestos de salida en Madrid, con Irene Montero, Podemos y la dirección de Izquierda Unida encabezada por Antonio Maíllo en el centro de las tensiones, amenaza con convertir una oportunidad histórica en otro episodio de autodestrucción.
Madrid parece haberse convertido en el tablero donde se juega la supervivencia de determinadas cúpulas políticas. Pero España no termina en Madrid. Hay trabajadores, pensionistas, jóvenes, mujeres, familias desahuciadas y personas dependientes en todas las comunidades autónomas. También hay militantes que llevan años trabajando sin cobrar protagonismo, organizaciones sociales que sostienen las luchas en la calle y territorios donde conseguir representación exige un esfuerzo enorme.
¿Qué mensaje se envía a Castilla-La Mancha, Castilla y León, Asturias y otros territorios donde la izquierda transformadora puede quedarse con dos candidaturas divididas o sin posibilidades reales de obtener representación? ¿Qué explicación se da a Andalucía, Galicia o Euskadi cuando la fragmentación puede multiplicar candidaturas y dispersar el voto?
No se puede exigir generosidad a las bases mientras las cúpulas convierten los puestos elegibles en líneas rojas.
Y conviene decirlo con claridad: si los dirigentes comparten buena parte del programa político, ¿por qué resulta tan difícil compartir una candidatura? Si están de acuerdo en defender la sanidad pública, la educación, las pensiones, el empleo digno y el derecho a la vivienda, ¿qué justifica semejante espectáculo? La ciudadanía no necesita otra guerra de comunicados. Necesita una izquierda capaz de ponerse de acuerdo.

IRENE MONTERO Y PODEMOS: LA RESPONSABILIDAD DE QUIENES TAMBIÉN DEBEN CEDER
Irene Montero tiene una responsabilidad política evidente en esta negociación. Su trayectoria, su peso electoral y su capacidad de movilización no la eximen de una obligación fundamental: contribuir a una candidatura que no se limite a garantizar la continuidad de los dirigentes actuales.
Podemos nació para romper con las prácticas de la vieja política, no para reproducirlas bajo nuevas siglas. Nació para abrir las instituciones a la ciudadanía, para combatir los privilegios y para demostrar que se podía hacer política de otra manera. Por eso duele tanto contemplar esta situación.
Si la prioridad termina siendo asegurar determinadas posiciones en Madrid, aunque el precio sea debilitar candidaturas en el resto del país, la pregunta es inevitable: ¿para qué sirvió todo lo que defendimos?
No se trata de negar el derecho de Irene Montero a presentarse ni de cuestionar a una persona por querer continuar en política. Se trata de exigirle, como a cualquier dirigente, que demuestre que el proyecto colectivo está por encima de su futuro personal.
Ningún liderazgo puede considerarse imprescindible. Ningún puesto debe estar garantizado por encima de la unidad. Y ninguna militancia tiene la obligación de aplaudir decisiones que considera equivocadas.
Podemos no pertenece a una familia, a una dirección ni a una figura mediática. Pertenece a quienes lo construyeron, a quienes lo sostuvieron y a quienes todavía creen que la política puede servir para cambiar la vida de la gente.
PABLO IGLESIAS: LOS ODIOS PERSONALES NO PUEDEN DIRIGIR LA POLÍTICA
Tampoco se puede analizar la crisis de la izquierda sin hablar de Pablo Iglesias y de la influencia que continúa ejerciendo en el espacio político que ayudó a fundar. Su papel histórico en el nacimiento de Podemos es indiscutible. Pero precisamente por eso cabe exigirle más responsabilidad, no menos.
La izquierda no puede quedar atrapada en las rivalidades personales, las heridas del pasado, las desconfianzas acumuladas y las luchas por el control de las organizaciones. Tampoco puede permitirse que los conflictos entre antiguos aliados condicionen las posibilidades de construir una alternativa electoral.
Irene Montero debe responder por sus propias decisiones políticas. No necesita que nadie la presente como una mera prolongación de Pablo Iglesias: tiene voz, trayectoria y responsabilidad propias. Pero tampoco puede utilizarse el enfrentamiento con otros sectores para justificar una fragmentación que perjudique al conjunto.
Los liderazgos que alguna vez ilusionaron a millones de personas tienen que entender que su etapa puede cambiar y que ninguna organización puede vivir eternamente de sus fundadores.
La política no es una propiedad privada ni una guerra interminable entre antiguos compañeros. Es una responsabilidad pública.

MAÍLLO E IZQUIERDA UNIDA: LA UNIDAD NO SE PREDICA, SE PRACTICA
Antonio Maíllo y la dirección de Izquierda Unida tampoco pueden situarse al margen de esta responsabilidad.
Quien reclama unidad debe estar dispuesto a practicarla. Quien denuncia el sectarismo ajeno debe revisar también sus propias líneas rojas. Y quien pretende reconstruir una izquierda amplia debe demostrar que puede negociar sin convertir cada puesto de salida en una batalla de poder., Izquierda Unida tiene una historia de lucha social, sindical y municipal que merece respeto. Precisamente por ello, sus dirigentes deben estar a la altura de esa tradición.
No basta con hablar de generosidad cuando se pide a los demás que cedan. No basta con proclamar la necesidad de un frente común mientras cada organización protege sus cuotas, sus estructuras y sus equilibrios internos.
Si la negociación termina subordinando el proyecto colectivo a la distribución de puestos, la responsabilidad será compartida por todas las direcciones que lo hayan permitido.
La militancia no trabaja para mantener estructuras burocráticas. Las estructuras deben existir para servir a un proyecto político, no al revés.
MÓNICA GARCÍA, MÁS MADRID Y LAS HERIDAS QUE NUNCA SE CIERRAN
Más Madrid y Mónica García también tienen que asumir su parte de responsabilidad en la construcción de una alternativa común.
Las diferencias políticas son legítimas. Las identidades territoriales y organizativas también. Nadie exige que todos los partidos renuncien a su historia ni que desaparezcan las discrepancias. Lo que se exige es que esas diferencias no se conviertan en excusas permanentes para impedir un acuerdo.
La izquierda lleva demasiado tiempo consumida por sus propias fracturas: disputas entre antiguos compañeros, acusaciones cruzadas, recelos, vetos y guerras por la hegemonía, mientras tanto, la derecha y la ultraderecha aprovechan cada división.
No se puede construir una alternativa estatal si cada organización calcula primero cuánto poder conservará y después cuánto poder podrá conquistar el proyecto colectivo.
La pregunta que deben responder todos estos dirigentes es muy sencilla: ¿están dispuestos a sacrificar una parte de su comodidad política para aumentar las posibilidades de que la izquierda consiga representación y transforme las políticas públicas?, si la respuesta es no, no están a la altura del momento histórico.

EL PRECIO DE LA FRAGMENTACIÓN LO PAGAN LOS TRABAJADORES
Esta no es una disputa inofensiva entre dirigentes. Tiene consecuencias políticas y sociales.
Cuando candidaturas próximas ideológicamente compiten entre sí, pueden dividir el voto, perder oportunidades de representación y dejar escaños al alcance de fuerzas políticas contrarias a sus propuestas. El efecto concreto depende de cada circunscripción, del sistema electoral, de los votos obtenidos y de la distribución territorial del apoyo. Pero el riesgo es real y exige responsabilidad.
En provincias donde se eligen pocos diputados, cada voto cuenta de manera especialmente importante. Presentar varias listas próximas puede reducir las posibilidades de que ese espacio político obtenga representación. En otras circunscripciones, las alianzas territoriales pueden ser determinantes.
Por eso es tan irresponsable negociar como si solo existiera Madrid, mientras algunos discuten sus puestos, la gente discute cómo pagar el alquiler. Mientras las direcciones se enredan en sus rivalidades, miles de jóvenes no pueden emanciparse. Mientras los partidos protegen sus cuotas, hay familias que esperan una intervención quirúrgica, trabajadores que encadenan contratos precarios y pensionistas que ayudan económicamente a sus hijos.
¿Dónde está la urgencia política de quienes prometieron cambiar este país? ¿Dónde están las prioridades de la clase trabajadora? ¿Dónde queda la lucha por una vivienda asequible, por una educación pública de calidad, por una sanidad que no deje a nadie atrás, por pensiones dignas y por salarios que permitan vivir?
No se puede pedir el sacrificio a quienes menos tienen mientras los dirigentes son incapaces de renunciar a una posición en una lista electoral.
¡QUE SE VAYAN YA! Irene Montero, Pablo Iglesias, Maíllo, Mónica García y los dirigentes de una izquierda, incapaz de unirse, que están traicionando a la clase trabajadora y la memoria de Maricarmen.
Adriana F. Gómez
UNA IZQUIERDA SIN TERRITORIO NI GENEROSIDAD NO PUEDE SER UN FRENTE AMPLIO
La alternativa no consiste en imponer una marca estatal sobre todas las organizaciones ni en obligar a las izquierdas territoriales a renunciar a su identidad.
En Andalucía, Adelante Andalucía tiene su propio espacio político. En Galicia, el BNG cuenta con una trayectoria y una implantación específicas. En Euskadi, EH Bildu es una fuerza con identidad y dinámica propias. Compromís tiene su realidad en el País Valencià. En Cataluña, las fuerzas de izquierda cuentan con sus propios equilibrios. Canarias y Baleares también necesitan acuerdos que respeten sus particularidades.
Esos espacios no se construyen desde Madrid ni pueden tratarse como piezas subordinadas a las necesidades de una dirección estatal.
Un frente amplio verdaderamente inclusivo debería reconocer la pluralidad territorial, respetar la autonomía de las organizaciones y acordar mecanismos democráticos para elegir candidaturas. Allí donde existan izquierdas confederales con capacidad de representación, debe buscarse la cooperación y no la absorción. Donde no existan, las fuerzas estatales deberían hacer todo lo posible por evitar la dispersión.
Pero si las cúpulas convierten la negociación en un reparto de puestos y las listas terminan siendo electoralmente inviables, muchos votantes tendrán que tomar decisiones difíciles.
En determinadas circunscripciones, el voto útil al PSOE puede convertirse en una opción para quienes prioricen frenar a PP y Vox y consideren que las candidaturas situadas a su izquierda no tienen posibilidades reales de obtener representación, no es una decisión que deba imponerse desde arriba. Es una consecuencia que los dirigentes de la izquierda transformadora deberían evitar mediante acuerdos responsables.
Y sería una paradoja dolorosa que quienes nacieron denunciando el bipartidismo terminaran empujando a parte de su propio electorado hacia el voto útil socialista por su incapacidad para organizar una alternativa viable.
¿Y LOS EMPLEADOS, LAS ESTRUCTURAS Y LOS SUELDOS DE LOS PARTIDOS?
También hay que abrir un debate incómodo sobre las estructuras de los partidos, sus gastos, sus cargos y su rendición de cuentas.
No es justo afirmar sin pruebas que una persona se presenta exclusivamente para conservar un sueldo o que cada puesto responde a un interés particular. Pero sí es legítimo exigir transparencia sobre las estructuras, los recursos públicos, los equipos contratados y los criterios con los que se toman las decisiones.
Los partidos no pueden convertirse en organizaciones cuyo principal objetivo sea garantizar la continuidad de sus propias estructuras. Los cargos públicos no son puestos vitalicios. La representación política no es un empleo garantizado. Y la militancia no existe para mantener a una dirección de manera indefinida.
Si las organizaciones quieren recuperar la confianza ciudadana, deben explicar sus decisiones, renovar sus liderazgos y demostrar que están dispuestas a asumir consecuencias cuando fracasan. La política necesita profesionales competentes, equipos que trabajen y organizaciones sólidas. Lo que no necesita es una cultura de permanencia a cualquier precio.

QUE SE VAYAN LOS QUE YA NO SABEN CONSTRUIR
Lo digo con toda la contundencia que merece este momento: quienes no sean capaces de construir una candidatura amplia, democrática y viable deberían apartarse de las responsabilidades de dirección.
No se trata de expulsar a nadie de la vida pública por pensar diferente. Se trata de recordar que los liderazgos son temporales y que el derecho a representar a la ciudadanía no puede convertirse en un privilegio permanente.
Si Irene Montero, Pablo Iglesias, Antonio Maíllo, Mónica García o cualquier otro dirigente se convierte en un obstáculo para una solución colectiva, debe aceptar las críticas, reconsiderar sus posiciones y, si fuera necesario, dar un paso atrás.
Nadie está por encima del proyecto. Nadie tiene un derecho adquirido a encabezar una lista. Nadie puede exigir fidelidad incondicional mientras pide sacrificios que no está dispuesto a asumir.
Y si las direcciones actuales son incapaces de resolver sus diferencias, que permitan a la militancia decidir, que abran procesos democráticos reales y que den paso a nuevas generaciones capaces de reconstruir la confianza.
La izquierda necesita menos personalismo y más democracia interna. Menos culto a los dirigentes y más organización social. Menos guerras entre partidos y más alianzas con sindicatos, asociaciones vecinales, colectivos feministas, plataformas por la vivienda y movimientos ciudadanos.
HABLO COMO MILITANTE DE PODEMOS: NO NOS REPRESENTAN SI HAN OLVIDADO PARA QUÉ NACIMOS
Esta es la parte que más me duele.
Soy militante de Podemos. Por eso mi crítica no nace del desprecio hacia la izquierda, sino de la decepción de ver cómo un proyecto que despertó tantas esperanzas corre el riesgo de quedar atrapado en sus propias contradicciones.
No acepto que se utilice la historia de Podemos como una excusa para justificar cualquier decisión. No acepto que se confunda la lealtad con el silencio. No acepto que se nos pida cerrar filas cuando lo que hace falta es rendir cuentas.
La militancia no es una hinchada. No estamos aquí para aplaudir a dirigentes como si fueran equipos de fútbol. Estamos para defender derechos, construir organización popular y cambiar las condiciones materiales de quienes viven de su trabajo.
Y cuando los dirigentes se equivocan, tenemos la obligación de decirlo.
¡Que se vayan de la dirección quienes ya no son capaces de unir! ¡Que dejen paso a quienes quieran construir y no administrar sus propias guerras!
La clase trabajadora no puede seguir pagando el precio de sus enfrentamientos. Las asociaciones civiles no merecen que se conviertan años de lucha en un espectáculo de reproches. La gente que necesita una vivienda, una pensión digna o un empleo estable no puede esperar a que los dirigentes resuelvan sus problemas personales.
EL 29-N DEBE SER TAMBIÉN UN EXAMEN PARA LAS DIRECCIONES
Las elecciones del 29 de noviembre no deberían convertirse en un referéndum sobre la continuidad de determinadas figuras políticas. Deberían servir para decidir qué país queremos construir y qué políticas deben ponerse en marcha.
Pero los dirigentes tienen que comprender que la confianza se gana y también se pierde.
Si el proceso termina en una fragmentación evitable, si se sacrifican oportunidades territoriales para proteger posiciones en Madrid y si se ignoran las voces de la militancia, tendrán que responder políticamente por ello.
La ciudadanía no está obligada a votar una candidatura por nostalgia, por disciplina partidaria o por miedo a decepcionar a quienes una vez la representaron.
El voto es libre. La confianza no se hereda. Y la unidad no se decreta: se demuestra.
Ojalá quienes todavía pueden rectificar lo hagan antes de que sea demasiado tarde. Ojalá entiendan que el adversario no está sentado en la mesa de negociación, sino en las políticas que precarizan la vida, encarecen la vivienda y debilitan los servicios públicos.
Pero si vuelven a anteponer sus sillones al proyecto colectivo, tendrán que asumir el coste de sus decisiones.
CONCLUSIÓN: ¡BASTA DE TRAICIONAR LAS ESPERANZAS DE LA GENTE!
Me niego a aceptar que la izquierda transformadora esté condenada a repetir siempre la misma historia. Me niego a creer que no haya personas honestas, capaces y generosas dispuestas a construir algo diferente. Pero también me niego a justificar indefinidamente a quienes han tenido oportunidades para unir y no han sabido aprovecharlas.
Irene Montero, Pablo Iglesias, Antonio Maíllo, Mónica García y el conjunto de las direcciones implicadas deben entender que la política no consiste en conservar un puesto, proteger una marca o ganar una batalla interna.
Consiste en mejorar la vida de la gente, si no pueden hacerlo, que den un paso atrás. Si no pueden ponerse de acuerdo, que permitan que otras personas lo intenten. Y si han perdido la capacidad de escuchar a quienes les llevaron hasta donde están, que no pretendan seguir hablando en nombre de toda la izquierda.
¡La clase trabajadora no necesita dirigentes eternos! ¡Necesita representantes que estén a la altura de sus luchas!
La vivienda, la sanidad, la educación, las pensiones, el empleo y los salarios dignos no pueden seguir subordinados a las guerras internas de los partidos.
No hemos militado para contemplar cómo se destruyen entre ellos. No hemos luchado para que una oportunidad histórica termine convertida en una disputa por los puestos de salida. Y no vamos a guardar silencio para proteger a quienes se han olvidado de la razón por la que llegaron a la política.
¡Que se vayan de las direcciones quienes ya no saben construir! ¡Que se abran las puertas a una izquierda nueva, plural, territorial, democrática y verdaderamente comprometida con la mayoría social!
Porque, si la izquierda deja de escuchar a la gente trabajadora para escucharse únicamente a sí misma, deja de ser una herramienta de transformación y se convierte en parte del problema.
Y entonces, por mucho que invoque sus siglas, su historia o sus viejas victorias, tendrá que explicar por qué ha abandonado a quienes nunca dejaron de luchar.
¡La izquierda no pertenece a sus dirigentes. La izquierda pertenece a la gente que lucha! Les exigimos un acuerdo y que miren por el pueblo , sino fuera así vallanse todos y todas ¡dejen paso!.