Por Francisco López
La historia de América Latina parece atravesada por una pregunta que sigue sin resolverse: ¿quién gobierna realmente la riqueza de la Patria Grande y en beneficio de quién?
Primero fueron los imperios español y portugués, que durante siglos organizaron un sistema colonial basado en la extracción de recursos y la subordinación política. Después llegaron las independencias. Pero, para millones de latinoamericanos, la ruptura con las metrópolis europeas no significó necesariamente una transformación profunda de las estructuras económicas y sociales.
San Martín y Bolívar los padres revolucionarios de rstas independencias no pudieron unificar América Latina, porque las oligarquías criollas locales defendieron sus propios intereses regionales y económicos. Las élites temían perder poder ante un Estado central fuerte y prefirieron fragmentar el territorio en repúblicas débiles.
Las causas del fracaso unionista tuvieron su base en los intereses locales de los terratenientes y comerciantes que querían controlar sus propias provincias sin mandar dinero ni tropas a un poder central.
El miedo a la revolución social de estas élites ante el temor de que la lucha por la igualdad total terminara con sus privilegios de clase. Aunque no todo termino con la independencia de España y estas traiciones entre propios si no que Gran Bretaña y potencias de Europa apoyaron la división para comerciar con repúblicas separadas y débiles ( adi continúan en el dia de hoy con nuevos imperios de viejas potencias )
La falta de apoyo financiero de los gobiernos locales que negaron dinero y recursos a los ejércitos libertadores en sus etapas finales fue todo un sintoma .
Y lo mas cruel el destino de los padres de la revolución por la independencia, donde San Martín se marchó a Europa en el año 1824 abandonado, tras no recibir ayuda y ver su proyecto frustrado en la entrevista de Guayaquil y un Bolívar que murió solo y enfermo en 1830, luego de declarar que había «marcado en el mar» al intentar unir el continente.
Las nuevas repúblicas quedaron, en gran medida, bajo el control de las oligarquías criollas. Cambiaron las banderas, cambiaron las administraciones y se proclamaron nuevas constituciones, pero una parte importante del poder económico continuó concentrada en minorías propietarias de tierras, empresas y recursos.
La independencia política no siempre fue acompañada de una verdadera independencia económica.
Las independencias incompletas podríamos decir, cuando las élites criollas ocuparon el lugar dejado por las antiguas autoridades coloniales, mientras grandes sectores de la población indígena, campesina, afrodescendiente y trabajadora continuaron excluidos.
Durante décadas, América Latina fue incorporada a la economía mundial principalmente como exportadora de materias primas. Café, azúcar, cobre, plata, petróleo, carne, gas y otros recursos alimentaron el crecimiento de potencias extranjeras mientras la desigualdad se consolidaba dentro de las propias naciones latinoamericanas.
El viejo colonialismo cambió de forma para no no necesitar ejércitos de ocupación. Bastaban la dependencia financiera, el endeudamiento, la presión diplomática y el control extranjero sobre sectores estratégicos.
El ciclo progresista y la recuperación de la soberanía.
En las primeras décadas del siglo XXI, numerosos gobiernos progresistas latinoamericanos intentaron alterar ese modelo.
Con diferencias importantes entre países, surgieron políticas de recuperación del papel del Estado, ampliación de derechos sociales, reducción de la pobreza, fortalecimiento de sistemas públicos e integración regional.
Figuras como Néstor Kirchner en Argentina, Evo Morales en Bolivia, José «Pepe» Mujica en Uruguay, Rafael Correa en Ecuador, Hugo Chávez en Venezuela, Michelle Bachelet en Chile y Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil, actual presidente brasileño, representaron —desde proyectos y realidades nacionales diferentes— una etapa de recuperación de la soberanía y de fortalecimiento de la idea de una América Latina más integrada.
También volvió a instalarse una idea que durante años había sido marginada: los recursos naturales no podían ser considerados simplemente mercancías a disposición del mercado internacional.

El petróleo, el gas, el litio, los minerales, el agua y la tierra comenzaron a ser entendidos, al menos desde determinados proyectos políticos, como instrumentos de soberanía nacional y herramientas para impulsar políticas públicas y reducir las profundas desigualdades históricas de la región.La integración latinoamericana volvió a ocupar un lugar central. Organismos regionales y mecanismos de cooperación buscaron reducir la dependencia histórica de Washington y de otras potencias.
En la actualidad, Claudia Sheinbaum en México y Lula da Silva en Brasil, entre otros liderazgos progresistas de la región, representan la continuidad de una parte de aquellos debates y defienden la necesidad de preservar los principios de soberanía, integración y cooperación regional que dieron forma a la idea de la Patria Grande.
Aquella etapa tuvo contradicciones, errores y límites. Pero también produjo una discusión fundamental: si América Latina debía aceptar su papel histórico como proveedora de materias primas o construir un proyecto propio de desarrollo.
El regreso de las élites con un nuevo disfraz
Hoy, según una mirada crítica, asistimos a una nueva ofensiva de los sectores históricamente privilegiados, y no siempre se presentan como oligarquías. Ahora hablan de «libertad», de «modernización», de «mercado» y de «reducción del Estado».
Se presentan como liberales o libertarios, aunque detrás de ese discurso aparecen, para sus críticos, viejas estructuras de poder económico.
Figuras como Javier Milei en Argentina, Daniel Noboa en Ecuador, Keiko Fujimori en Perú, Nayib Bukele en El Salvador, Nasry Asfura en Honduras, José Antonio Kast en Chile, junto con otros referentes de la nueva derecha latinoamericana, representan proyectos políticos diferentes entre sí, pero forman parte de una tendencia regional que merece ser analizada.
La simplificación que los define a todos como idénticos no ayuda a comprender la realidad. Sin embargo, sí existe una coincidencia en buena parte de estos movimientos: la ofensiva contra determinadas conquistas sociales, el debilitamiento o cuestionamiento de políticas públicas y una mayor apertura de sectores estratégicos al capital privado.
En algunos casos, además, el discurso libertario convive con políticas de fuerte concentración del poder y con posiciones autoritarias. Ahí aparece una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo.¿Puede llamarse libertad a un modelo que reduce la capacidad de decisión de los pueblos sobre sus propios recursos?
La nueva conquista de los recursos estratégicos.
América Latina vuelve a ser una región decisiva para la economía mundial y la transición energética ha aumentado la importancia del litio, el cobre y otros minerales críticos.
Las reservas de petróleo y gas continúan teniendo una enorme relevancia geopolítica y el agua dulce se convierte progresivamente en un recurso estratégico, sin olvidar las tierras raras, el oro, la plata y otros minerales atraen inversiones y disputas internacionales, e invasiones comerciales y terrestres
La región posee una parte fundamental de los recursos necesarios para el futuro económico del planeta. Y precisamente por eso se intensifica la disputa. Grandes corporaciones, fondos de inversión y potencias internacionales observan América Latina como un territorio de oportunidades.
La cuestión central es si esas inversiones estarán subordinadas a proyectos nacionales de desarrollo o si reproducirán una nueva forma de extractivismo.Porque no es lo mismo explotar litio para financiar educación, ciencia, infraestructura e industrialización que limitarse a extraerlo y exportarlo mientras el valor agregado se genera fuera.
No es lo mismo utilizar el petróleo para fortalecer la economía nacional que convertirlo en una simple fuente de beneficios para accionistas internacionales. No es lo mismo atraer inversiones que entregar la capacidad de decisión sobre sectores estratégicos.
Estados Unidos continúa siendo un actor central en América Latina, su influencia política, económica y militar forma parte de la historia contemporánea de la región. Las intervenciones directas e indirectas, el apoyo a determinadas élites y gobiernos y la defensa de intereses estratégicos han marcado profundamente el continente.
Hoy la disputa es más compleja, China ha incrementado su presencia económica. Europa busca garantizar suministros estratégicos. Estados Unidos intenta conservar su influencia histórica. Las grandes corporaciones y fondos de inversión compiten por recursos que serán esenciales en las próximas décadas.
En ese escenario, América Latina corre el riesgo de convertirse nuevamente en un tablero donde otros deciden. Los nuevos discursos de libertad económica pueden convertirse, paradójicamente, en mecanismos de dependencia económica. Porque un Estado debilitado no siempre significa un ciudadano más libre. En muchas ocasiones significa empresas más poderosas y sociedades con menor capacidad de controlar decisiones fundamentales.

Cuando la educación se convierte en negocio, cuando la salud queda sometida exclusivamente al poder adquisitivo, cuando los recursos naturales son privatizados y cuando las decisiones económicas se trasladan a centros financieros internacionales, la libertad puede transformarse en un privilegio.
Libertad para los mercados, inseguridad para los pueblos.
Uno de los grandes debates latinoamericanos consiste en determinar qué significa realmente la palabra libertad. Para los defensores del ultraliberalismo, la libertad suele identificarse con menos impuestos, menos regulaciones y un Estado más pequeño. Pero existe otra interpretación, no puede haber verdadera libertad sin derechos sociales.
Una persona sin acceso a la salud difícilmente es libre. Una familia sin vivienda digna no disfruta plenamente de la libertad. Un trabajador sin protección laboral depende completamente de quien controla el capital.La libertad económica sin igualdad de oportunidades puede terminar consolidando una sociedad donde unos pocos tienen todas las posibilidades y la mayoría únicamente tiene la libertad de sobrevivir.
Ese es el peligro de una América Latina gobernada exclusivamente desde la lógica de los mercados. La región podría regresar a un modelo conocido de recursos abundantes, beneficios extraordinarios para minorías y potencias económicas, pero pobreza y precariedad para una parte importante de la población.

El verdadero desafío de la Patria Grande
El futuro latinoamericano no depende únicamente de quién gane las próximas elecciones, depende de si los pueblos de la región consiguen construir una estrategia común.
La soberanía del siglo XXI debe incluir la soberanía sobre los recursos naturales, pero también sobre la tecnología, los datos, la energía, la alimentación y el sistema financiero. América Latina necesita industrializar sus recursos, desarrollar ciencia propia, fortalecer la educación pública y establecer mecanismos de integración capaces de negociar con las grandes potencias desde una posición de mayor fuerza.
El litio no puede ser únicamente una riqueza del subsuelo, debe convertirse en conocimiento, industria y empleo. El agua no puede ser tratada exclusivamente como una mercancía. El petróleo y el gas deben ser administrados pensando en las necesidades nacionales y en la transición energética.
La gran pregunta sigue siendo la misma que atravesó las luchas independentistas: ¿independientes de quién y para beneficio de quién?
Algo tiene que quedar claro, y es que la historia latinoamericana demuestra que el colonialismo no desaparece necesariamente cuando se retira una bandera extranjera. Puede regresar con nuevos discursos, nuevas instituciones y nuevos representantes.
Antes fueron las coronas europeas, después, las oligarquías criollas. Hoy, sus críticos advierten que una parte de esas élites intenta regresar con el lenguaje de la libertad económica, del libertarismo o del liberalismo radical.
El riesgo no está en la palabra «libertad», el riesgo está en utilizarla para ocultar una nueva subordinación. Porque no existe soberanía cuando los recursos estratégicos pertenecen a otros, no existe independencia cuando las decisiones económicas fundamentales se toman fuera del país y no existe verdadera libertad cuando los derechos sociales son sustituidos por privilegios.La batalla de América Latina en el siglo XXI no será solamente electoral o ideológica.
Será una batalla por el control de su riqueza y por el derecho de sus pueblos a decidir su propio futuro. La Patria Grande no solo posee litio, petróleo, gas, oro, plata, agua dulce y tierras estratégicas. Posee también millones de ciudadanos capaces de construir un futuro diferente. La cuestión es si esa riqueza servirá para liberar a América Latina de la dependencia o si, una vez más, será utilizada para enriquecer a unos pocos. La verdadera independencia todavía está por conquistarse.
