Milei, el visitante incómodo y apestado en soledad política, un presidente que exporta recortes para Feijóo y Abascal.

Por Francisco López.

Javier Milei pretende vender en España el éxito de su modelo económico, pero su visita vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿qué tiene que ofrecer a la ciudadanía un presidente cuyas políticas de ajuste han generado una profunda conflictividad social en Argentina?

Hay dirigentes que viajan al extranjero para construir alianzas, presentar resultados y abrir oportunidades para sus países. Otros parecen conformarse con una fotografía, un aplauso de sus aliados ideológicos y un discurso de insultos contra quienes no comparten sus ideas. Javier Milei se ha convertido en una figura que invita a preguntarse si detrás de su estridente retórica existe un proyecto de futuro o, sencillamente, una operación permanente de propaganda política.

Su presencia en España, rodeada de polémica por sus ataques al Gobierno, a la izquierda y a periodistas, proyecta la imagen de un dirigente que confunde la diplomacia con la confrontación y la provocación con el liderazgo. La mala educación no constituye una política económica, los insultos no crean empleo y la agresividad verbal no mejora los salarios de una sociedad golpeada por la inflación y la pérdida de poder adquisitivo.

Milei llegó a la política prometiendo dinamitar los privilegios de la llamada casta. Sin embargo, dos años después de asumir la presidencia, la pregunta que millones de argentinos siguen haciéndose es elemental: ¿quién paga realmente el precio de su revolución económica?

Una visita que busca fotografías, no soluciones

En España, Milei encuentra interlocutores entre determinados sectores de la derecha y la ultraderecha, pero eso no equivale a representar una mayoría social ni a contar con el respaldo de las instituciones españolas. La cercanía ideológica con Isabel Díaz Ayuso puede ofrecerle una plataforma de visibilidad, pero una fotografía o un encuentro protocolario no sustituyen una agenda de trabajo ni constituyen, por sí mismos, un reconocimiento de los resultados de su gestión.

La imagen de un presidente que necesita convertir cada aparición pública en un combate político termina generando una contradicción: cuanto más intenta presentarse como un líder mundial, más depende de la provocación para mantener su protagonismo.

Milei puede recorrer escenarios, recibir ridículas distinciones de organizaciones afines y pronunciar discursos contra el socialismo. Lo que no puede hacer es presentar esos actos como prueba de que sus políticas han mejorado la vida de los argentinos.

Y ahí reside el verdadero problema de su visita: la distancia entre la propaganda internacional de su modelo y las consecuencias sociales que deben afrontar quienes viven en Argentina.

El ajuste tiene nombres y apellidos

La economía no se mide únicamente con gráficos, superávits fiscales o declaraciones triunfalistas. También se mide en la mesa familiar, en la factura de la electricidad, en el precio de los medicamentos, en el alquiler y en la capacidad de una persona jubilada para llegar a fin de mes.

El Gobierno de Milei ha convertido el ajuste del gasto público en una de las principales señas de identidad de su programa. La reducción de subsidios, la contracción de determinadas partidas presupuestarias y la pérdida de capacidad adquisitiva de amplios sectores sociales han situado el coste de la reorganización económica en el centro del conflicto político argentino.

Las pequeñas y medianas empresas, que sostienen buena parte del empleo, dinde cerraron mas de 30.000, afrontan las consecuencias de una economía en la que la caída del consumo interno puede convertirse en una amenaza directa para su supervivencia. Cuando las familias compran menos, los comercios venden menos; cuando las ventas se desploman, las empresas reducen plantillas o cierran; y cuando el empleo desaparece, la pobreza se reproduce.

En ese contexto, las denuncias sobre decenas de miles de empresas cerradas, la fragilidad de los salarios, el deterioro de las jubilaciones y las dificultades de las personas con discapacidad describen una realidad que merece respuestas, no descalificaciones, pero la discusión de fondo no desaparece por una discrepancia estadística: el éxito de cualquier programa económico debe evaluarse también por sus efectos sobre la población y sibre los índices de pobreza real de un 64% y no las barbaridades que el dice inducido por su propias mentiras.

¿De qué sirve exhibir equilibrio fiscal si una parte de la sociedad no puede pagar los servicios básicos? ¿Qué sentido tiene proclamar una modernización económica si las familias pierden capacidad de consumo y los jubilados deben elegir entre comprar medicamentos o pagar las facturas?

Un país no es una empresa privada ni una hoja de cálculo. Es una sociedad integrada por trabajadores, estudiantes, jubilados, pequeños empresarios y familias que necesitan servicios públicos, oportunidades y protección frente a las crisis.

El Estado tiene la obligación de administrar responsablemente sus recursos, pero la responsabilidad fiscal no puede convertirse en una coartada para ignorar el sufrimiento social.

En la calle. Llenar la heladera, una promesa de campaña que no forma parte de la vida cotidiana de muchos familias. | NA

La motosierra no distingue entre privilegios y necesidades

Milei construyó su identidad política con una motosierra y una promesa: terminar con los privilegios de la casta política. Sin embargo, combatir privilegios exige investigar la corrupción, garantizar la transparencia y aplicar las mismas reglas a todos, no limitarse a recortar partidas presupuestarias destinadas a servicios públicos.

Si se reducen los recursos de la educación, los hospitales, las infraestructuras o la asistencia social, las consecuencias recaen sobre ciudadanos que no tienen capacidad para sustituir esos servicios con dinero privado.

Una familia acomodada puede pagar una escuela privada, contratar una cobertura sanitaria o afrontar una subida de las tarifas. Una familia trabajadora que apenas llega a fin de mes no dispone de esa alternativa.

Por eso, el debate sobre el modelo de Milei no es solamente económico. Es también una discusión sobre qué clase de sociedad se quiere construir: una en la que el acceso a los derechos dependa cada vez más de la capacidad de pago o una en la que el crecimiento económico permita mejorar las condiciones de vida del conjunto de la población.

La educación desfinanciada, las infraestructuras deterioradas, los salarios insuficientes y las pensiones incapaces de cubrir las necesidades básicas no son simples variables contables. Son problemas que condicionan el futuro de un país.

Y cuando un Gobierno exige sacrificios a la mayoría mientras promete oportunidades que todavía no llegan a todos, tiene que explicar con claridad quién se beneficia de ese sacrificio y cuándo comenzarán a percibirse sus resultados.

El ajuste fiscal acumulado por el gobierno de Javier Milei en Argentina alcanza una magnitud histórica de entre US$ 38.000 millones y US$ 67.000 millones (o cerca de 6,5 a más de 10 puntos del Producto Interno Bruto, según mediciones de consultoras y organismos como IARAF).

Los principales recortes por sectores (en términos reales) estan en las transferencias corrientes y de capital a las provincias (en España sería comunidades autónomas), que registraron caídas de hasta el 86,6% en transferencias corrientes y de más del 93% en giros de capital y obra pública depemdiente de estas provincias.

En obra pública e inversión real: La inversión en bienes de uso y proyectos de infraestructura se redujo entre un 73,5% y un 83,6%.

Los subsidios económicos (energía y transporte): Cayeron cerca de un 59% a 83,9%, dependiendo del período y el segmento subsidiado, en las empresas públicas y fondos fiduciarios, el recorte acumulado fue del 62,1%. En universidades nacionales, el presupuesto para educación superior sufrió una reducción real cercana al 39,7%, con fuertes bajas en infraestructura y programas de apoyo docente.

Las jubilaciones y gasto previsional fue una parte central del ajuste inicial a través de la licuación de haberes y la modificación en la movilidad, con fuerte peso en el recorte total del gasto primario empobreciendo a jubilados y a los cerca de 100.000 discapacitados, dejándolos en situacion de calle

El impacto social y productivo de estas políticas segun informes de consultoras y centros de estudio señalan una fuerte contracción en el consumo interno, la actividad de la industria y la construcción, y niveles de pobreza e indigencia que fluctuaron por encima del 40%-52% en etapas iniciales del programa antes de mostrar moderaciones posteriores.

La otra cara del modelo de Javier Milei, tras reivindicar sacrificios fue más sierra que motosierra: aumenta la pobreza y generaron el recorte de $ 20.000 millones en el acceso a medicamentos e insumos, y $ 5.000 millones en el programa de prevención, detección temprana y tratamiento de cancer o enfermedades terminales

Desde que asumió Javier Milei en diciembre de 2023 hasta julio de 2026, 32.290 empresas (unidades empleadoras con al menos un trabajador registrado) dejaron de operar en la Argentina, según datos oficiales de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo (SRT) analizados por centros de estudio como Fundar y CEPA.

La tasa de desempleo en Argentina durante la gestión de Javier Milei subió y afecta a más de 1,7 millones de personas (alrededor del 7,9% de la población activa según datos de mediciones recientes como las de Agencia Paco Urondo y el INDEC)

El porcentaje de devaluación o pérdida del poder adquisitivo de las jubilaciones durante el gobierno de Javier Milei , esta en un promedio según las consultoras privadas y centros de investigación (como CEPA y el centro MATE) en el poder de compra de la jubilación mínima con una pérdida de entre el 19% y el 23% en comparación con el último tramo de 2023, desde la llegada de Milei, esta pérdida según la medición oficial sitúan el retroceso del bono en un 9,5% real (pagas intermedias de navidad o verano en España)desde que llego al gibieno Milei en noviembre de 2023

Medidas que tanto Feijóo, pidiendo en campaña SACRIFICIO para cuando gobierne el Partido Popular o VOX diciendo que la MOTOSIERRA dd Milei no es nada para lo que piensan hacer ellos, si llegan al gobierno de España.

En esa línea, enfatizó en que Argentina va a un rumbo estructural primario financiero dependiente de la demanda externa, con una demanda interna “planchada” y que esto genera que los lideres mundiales le den la espalda ante un modelo económico fracasado, que no beneficia al pueblo sino solamentea sus amigos.

La contradicción de la lucha contra la casta

Otro de los grandes interrogantes del mileísmo es su promesa de erradicar los privilegios de la política.

La credibilidad de esa bandera depende de que las instituciones investiguen cualquier denuncia de corrupción, tráfico de influencias o irregularidad en la adjudicación de contratos, independientemente de quién resulte afectado.

Las controversias relacionadas con personas próximas al poder, los cuestionamientos sobre contrataciones públicas y las investigaciones que puedan afectar al entorno presidencial deben resolverse mediante pruebas, transparencia y procedimientos judiciales. No corresponde convertir una acusación en una condena anticipada, pero tampoco es aceptable utilizar el discurso anticasta como escudo frente a las preguntas incómodas.

La lucha contra la corrupción no puede depender de la identidad ideológica del investigado. Si el Gobierno exige ejemplaridad a sus adversarios, debe aceptar exactamente el mismo estándar para sus aliados y colaboradores.

La ciudadanía argentina tiene derecho a conocer quién decide, quién contrata, quién cobra y qué controles existen sobre el dinero público. La transparencia no es una concesión de ningún presidente: es una obligación democrática.

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, y el presidente de la República Argentina, Javier Milei, durante su encuentro en las instalaciones del Canal de Isabel IIEuropa Press 2026

¿Un aliado de Trump o una Argentina subordinada?

Milei ha buscado una relación privilegiada con Donald Trump y ha convertido su alineamiento con Washington en una pieza central de su estrategia internacional.

Pero una alianza política no es necesariamente una relación entre iguales. La cuestión fundamental es qué obtiene Argentina de esa proximidad y qué compromisos asume a cambio.

Si la cooperación internacional facilita inversiones productivas, empleo, transferencia tecnológica y mejores condiciones de financiación, puede resultar beneficiosa. Si, por el contrario, se traduce en una mayor vulnerabilidad financiera, en concesiones que comprometan recursos estratégicos o en la transferencia de beneficios al exterior sin una contrapartida suficiente para la población, el balance debe ser cuestionado.

Argentina posee recursos de enorme importancia geopolítica: los hidrocarburos de Vaca Muerta, el litio, los minerales metalíferos, las tierras cultivables y una extensa red de infraestructuras logísticas e hídricas. La explotación de esos recursos puede contribuir al desarrollo nacional, pero también exige reglas claras, controles ambientales, una distribución justa de los beneficios y garantías de que las comunidades y el Estado no queden relegados.

Las privatizaciones y las concesiones sobre activos estratégicos deben analizarse caso por caso. No toda inversión extranjera implica saqueo, del mismo modo que no toda privatización garantiza eficiencia. Lo decisivo es conocer las condiciones de los contratos, la fiscalización pública, los ingresos que recibe el Estado y los beneficios concretos para el país.

La soberanía económica no significa cerrar las puertas al mundo. Significa negociar sin renunciar a la capacidad de decidir sobre los propios recursos.

Milei puede presentar su relación con Trump como una victoria diplomática. Pero la verdadera medida de esa relación será lo que ocurra con los empleos, los ingresos, las inversiones y el bienestar de la población argentina.

El espectáculo de la provocación

La política internacional requiere algo más que afinidad ideológica. Exige capacidad de diálogo, respeto institucional y habilidad para construir acuerdos incluso con quienes piensan de manera diferente.

Insultar a gobiernos, despreciar a periodistas y convertir las discrepancias en una batalla personal puede proporcionar titulares y alimentar a los seguidores más convencidos. Sin embargo, también reduce el espacio para el entendimiento y transforma cada viaje oficial en una prolongación de la disputa partidista interna.

Un presidente no representa únicamente a quienes le votaron. Representa a todo su país, incluidos quienes rechazan sus políticas.

Por eso, la imagen pública de un mandatario debería evaluarse por sus gestos, sus expresiones faciales o las descalificaciones de sus adversarios y también juzgarse por su capacidad para gobernar, negociar, respetar las instituciones y ofrecer respuestas a los problemas reales de la sociedad.

La crítica política tiene que ser contundente sin recurrir a diagnósticos sobre la salud física o psicológica de una persona. Lo importante no es especular sobre el estado personal de Milei, sino examinar sus decisiones, sus resultados y las consecuencias de su modelo, que hoy provocando un personaje apestado que nadie lo quiere cerca , porqué no suma.

El poder no convierte los insultos en argumentos ni la arrogancia en competencia.

España no necesita importar la motosierra.

España atraviesa sus propios problemas de vivienda, precariedad laboral, desigualdad y acceso a los servicios públicos. Precisamente por eso, el debate sobre las políticas de Milei resulta relevante para la sociedad española.

Los defensores de un Estado social tienen motivos para cuestionar un programa que concede prioridad al ajuste y a la reducción de determinadas funciones públicas sin que sus beneficios lleguen de manera inmediata y equitativa al conjunto de la ciudadanía.

La pregunta que debe hacerse España no es si Milei resulta simpático o antipático, ni si sus discursos entusiasman a determinados sectores políticos. La pregunta es si el modelo que representa ofrece soluciones aplicables a los problemas españoles o si, por el contrario, corre el riesgo de profundizar las desigualdades.

Cuando alguien propone recortar el gasto público, conviene preguntar qué partidas pretende reducir. Cuando defiende privatizaciones, hay que conocer las condiciones y los beneficiarios. Cuando promete crecimiento, debe explicar cómo se traducirá en mejores salarios, empleos estables y servicios accesibles.

No hay que confundir la reducción del déficit con la desaparición de los problemas sociales. Tampoco se puede presentar cualquier crítica al ajuste como una defensa de los privilegios. Es perfectamente posible exigir cuentas públicas sostenibles y, al mismo tiempo, reclamar que nadie quede abandonado.

España necesita discutir sus problemas con rigor, no reproducir consignas importadas ni convertir a ningún dirigente extranjero en un modelo incuestionable.

Un jubilado reclama por el poder adquisitivo de su jubilación en una protesta callejera; el miércoles habrá una nueva marchaVictor R. Caivano – AP

El poder pasa; las consecuencias permanecen

Milei puede seguir viajando, buscando escenarios favorables y exhibiendo su cercanía con dirigentes que comparten su visión del mundo, aunque ya no lo quieran cerca. Puede convertir cada intervención en un enfrentamiento y presentar cada crítica como una conspiración de sus adversarios.

Pero el tiempo político no se detiene ante la propaganda, ya que los gobiernos terminan siendo juzgados por sus resultados, por los empleos creados o destruidos, por el poder adquisitivo de los salarios, por el acceso a la educación y la sanidad, por la situación de los jubilados y por las oportunidades que encuentran las nuevas generaciones.

Ningún presidente tiene garantizado un lugar permanente en la historia. Tampoco Milei. Su relevancia futura dependerá de lo que deje detrás de sí y de si las mejoras económicas que promete se convierten en bienestar duradero o quedan reducidas a estadísticas celebradas desde los despachos.

La historia ofrece numerosos ejemplos de dirigentes que confundieron la popularidad momentánea con la permanencia política. Pero no hace falta recurrir a comparaciones extremas ni anticipar el fracaso personal de nadie para señalar las contradicciones de un Gobierno. Basta con exigir resultados, transparencia y responsabilidad democrática.

La verdadera soledad de un dirigente no se mide por el número de fotografías que consigue durante un viaje, sino por la distancia que se abre entre sus promesas y la vida cotidiana de la gente.

Y esa es la cuestión que Javier Milei debería responder, tanto en Buenos Aires como en Madrid: ¿de qué sirve proclamar una revolución económica si una parte de la sociedad siente que cada día tiene menos capacidad para vivir con dignidad?

Un presidente no está para exigir sacrificios eternos mientras promete un futuro que nunca termina de llegar. Está para gobernar, rendir cuentas y mejorar las condiciones de vida de sus ciudadanos.

Porque un país no se gobierna como una empresa destinada exclusivamente a cuadrar balances, ni una familia puede alimentarse de discursos sobre el mercado, la libertad o la grandeza nacional.

La economía debe estar al servicio de las personas, no las personas al servicio de una doctrina económica. Y cuando un Gobierno olvida esa diferencia, la propaganda puede llenar auditorios, pero no llena la nevera, no paga la factura de la luz y no devuelve a los jubilados la tranquilidad que han perdido.

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