Por Juan Carlos Alí Torres. INTERNACIONALES
Washington endurece la presión sobre Kiev, cuestiona la continuidad política de su presidente y, al mismo tiempo, busca acuerdos energéticos con Moscú. Dos movimientos que apuntan a un cambio de prioridades en la Casa Blanca y que abren un interrogante fundamental: ¿está Estados Unidos preparando el terreno para una paz negociada o está dejando a Ucrania en una posición cada vez más vulnerable frente a Rusia?
La política exterior de Donald Trump vuelve a colocar a Ucrania en el centro de una disputa que va mucho más allá del campo de batalla. El presidente estadounidense ha cuestionado abiertamente la continuidad de Volodímir Zelenski, ha reprochado a Kiev que no acepte una salida negociada en los términos que Washington considera posibles y, paralelamente, ha anunciado acuerdos para facilitar el suministro de combustible ruso a los mercados internacionales.
Ambos movimientos deben analizarse por separado, pero también en conjunto. Por un lado, Trump aumenta la presión política sobre el Gobierno ucraniano. Por otro, abre una vía de entendimiento con Vladímir Putin en un ámbito estratégico como el energético. El resultado es una señal inequívoca de que la Administración estadounidense está dispuesta a revisar sus prioridades en la guerra y a anteponer sus propios intereses económicos y diplomáticos a determinadas exigencias de Kiev.
La pregunta es si esta estrategia puede contribuir a terminar con una guerra devastadora o si, por el contrario, corre el riesgo de favorecer los objetivos del Kremlin.
1. Ucrania y Zelenski: Trump cuestiona la legitimidad política y la estrategia de Kiev
Las declaraciones de Donald Trump del 10 de octubre de 2026 introducen un nuevo elemento de tensión en las relaciones entre Washington y Kiev. El presidente estadounidense afirmó que había llegado el momento de que Ucrania tuviera un nuevo presidente, poniendo directamente en cuestión la continuidad de Volodímir Zelenski.
Trump sostiene que el dirigente ucraniano ha tenido diversas oportunidades para alcanzar un acuerdo con Rusia y detener las hostilidades, pero que ha optado por no aprovecharlas. Con este argumento, la Casa Blanca desplaza parte de la responsabilidad política por la prolongación del conflicto hacia el Gobierno de Kiev.
No se trata de una crítica menor. Estados Unidos ha sido uno de los principales apoyos militares, financieros y diplomáticos de Ucrania desde el comienzo de la invasión rusa a gran escala en febrero de 2022. Por eso, que su presidente cuestione públicamente al dirigente de un país que continúa en guerra supone un cambio significativo en el tono de la relación bilateral.
Sin embargo, la exigencia de elecciones debe analizarse teniendo en cuenta la situación institucional ucraniana. La ley marcial, vigente durante la guerra, impide celebrar elecciones nacionales en las condiciones ordinarias previstas por la legislación del país. La Constitución ucraniana establece, además, que el presidente continúa ejerciendo sus funciones hasta que asume el cargo su sucesor.
Por tanto, la cuestión electoral no puede reducirse únicamente a la voluntad de Trump de sustituir a Zelenski. También exige considerar las garantías de seguridad, las condiciones para que millones de ciudadanos desplazados puedan votar, la participación de la población que vive bajo ocupación rusa y la posibilidad de celebrar unos comicios libres y competitivos.
La exigencia de elecciones puede presentarse como una defensa de la legitimidad democrática, pero también puede convertirse en un instrumento de presión política sobre un Gobierno que necesita mantener el respaldo de sus aliados. La diferencia dependerá de las condiciones en las que se pretenda celebrar esos comicios y de si la iniciativa forma parte de una salida negociada o de una estrategia para debilitar la posición de Kiev.
Los ataques ucranianos contra la infraestructura petrolera rusa
Otro de los puntos de fricción es la estrategia militar de Ucrania contra refinerías e instalaciones energéticas rusas.
Kiev considera estos ataques una forma de reducir los ingresos que Moscú obtiene de los hidrocarburos y de dificultar el abastecimiento de sus fuerzas armadas. Desde la perspectiva ucraniana, la infraestructura petrolera constituye un componente importante de la capacidad económica y militar del adversario.
Trump, en cambio, critica las consecuencias de estas operaciones sobre los mercados energéticos. Su argumento es que los ataques contribuyen a agravar las tensiones en el suministro y pueden presionar al alza los precios de los combustibles, perjudicando a los consumidores y a las empresas estadounidenses.
Esta discrepancia revela una diferencia de prioridades. Para Ucrania, el objetivo inmediato es debilitar la capacidad rusa de continuar la guerra y mejorar su posición negociadora. Para Trump, el coste económico del conflicto y sus consecuencias sobre el mercado energético estadounidense adquieren una importancia central.
No significa necesariamente que Washington haya abandonado todos sus compromisos con Ucrania, pero sí que la Casa Blanca está dispuesta a cuestionar las decisiones militares de Kiev cuando considera que perjudican sus propios intereses.
¿Está perdiendo Ucrania el respaldo estadounidense?
La respuesta requiere distinguir entre una ruptura completa y una reducción de la disposición de Estados Unidos a respaldar la estrategia ucraniana.
Una retirada total supondría abandonar de manera generalizada la asistencia militar, financiera y diplomática. Un cambio de estrategia, en cambio, podría consistir en condicionar esa ayuda a la aceptación de negociaciones, limitar determinados suministros o presionar a Kiev para que acepte concesiones territoriales o políticas.
Este segundo escenario es compatible con las declaraciones de Trump y con su voluntad de alcanzar un acuerdo con Moscú. El objetivo estadounidense podría ser utilizar su influencia sobre Ucrania para acelerar las negociaciones, reduciendo la capacidad de Kiev para prolongar la guerra si Washington considera que no existe una perspectiva razonable de victoria militar.
Pero esa presión tiene un riesgo evidente: si Rusia interpreta que el apoyo estadounidense se debilita mientras Ucrania pierde margen de maniobra, el Kremlin podría endurecer sus exigencias en lugar de moderarlas.
En definitiva, la cuestión no es solamente cuánto apoyo recibe Ucrania, sino qué condiciones políticas impone Washington a cambio de mantenerlo.

2. Trump y Putin: el acercamiento energético y la búsqueda de un nuevo equilibrio
Mientras aumenta la presión sobre Zelenski, Trump ha anunciado un entendimiento con Vladímir Putin para facilitar el suministro de combustible diésel ruso a los mercados estadounidense e internacional.
Según las cifras difundidas en la información aportada, el acuerdo contemplaría un suministro inicial superior a las 300.000 toneladas, otras 500.000 toneladas durante noviembre y un millón de toneladas adicionales posteriormente. También se mencionan posibles volúmenes suplementarios, condicionados a la recuperación de la capacidad de refinado rusa.
Estas cantidades, así como las condiciones concretas del acuerdo y la eventual autorización para importar combustible de origen ruso, requieren confirmación documental independiente. No deben darse por verificadas únicamente a partir de los anuncios atribuidos a la Casa Blanca.
Si se materializara en los términos descritos, el entendimiento representaría un movimiento de importancia económica y política. El combustible es un insumo fundamental para el transporte, la agricultura, la industria y la logística. Un aumento de la oferta podría aliviar determinadas presiones sobre los precios, aunque su impacto real dependería del volumen efectivamente suministrado, de las condiciones comerciales y de la evolución general del mercado.
Para Trump, el cálculo sería relativamente claro: garantizar el abastecimiento, contener los costes energéticos y reducir las consecuencias económicas de una guerra que se prolonga desde hace más de cuatro años.
La proximidad de las elecciones legislativas de medio mandato del 3 de noviembre de 2026 añade un componente de política interna. El precio de la gasolina y de otros combustibles afecta directamente a la percepción económica de los ciudadanos estadounidenses. Una Administración que consiga reducir esa presión podría obtener un beneficio político, aunque el resultado dependerá de numerosos factores y no exclusivamente del suministro ruso.
Putin recupera margen diplomático y económico
Para Rusia, la perspectiva de ampliar sus ventas energéticas constituye una oportunidad para recuperar ingresos y reforzar sus relaciones con Washington.
Las sanciones occidentales han buscado limitar la capacidad rusa de financiar la guerra y dificultar el acceso de Moscú a mercados, tecnologías y recursos financieros. Una flexibilización de las restricciones sobre el combustible podría reducir parte de esa presión, dependiendo de su alcance y duración.
Aquí aparece una contradicción que merece especial atención. Mientras Washington cuestiona la estrategia militar de Ucrania y le exige avanzar hacia un acuerdo, abre al mismo tiempo una vía para facilitar el acceso de los hidrocarburos rusos a determinados mercados.
Desde el punto de vista de Trump, no necesariamente existe contradicción: su planteamiento consiste en negociar con Moscú cuando considera que hacerlo beneficia a Estados Unidos, incluso si eso obliga a revisar decisiones adoptadas durante la etapa anterior.
Desde la perspectiva ucraniana, sin embargo, la operación puede interpretarse como una concesión a Rusia en plena guerra. Zelenski ha advertido, según las declaraciones recogidas en la información facilitada, de que los ingresos adicionales derivados de las exportaciones energéticas podrían contribuir a sostener el esfuerzo militar ruso.
Ese argumento tiene una base económica que debe tomarse en serio: los ingresos por exportaciones de hidrocarburos constituyen una fuente relevante de recursos para el Estado ruso. Pero el efecto concreto de un eventual acuerdo dependerá de las condiciones de la licencia, de los mecanismos de control y de la magnitud real de las operaciones.
La conclusión política es que Putin podría obtener simultáneamente dos ventajas: una oportunidad para ampliar sus ingresos y una relación más pragmática con un presidente estadounidense dispuesto a negociar directamente con el Kremlin.
Eso no significa que ambos países hayan establecido una alianza estratégica ni que sus intereses coincidan en todos los asuntos. Significa, más bien, que Trump parece dispuesto a separar la rivalidad geopolítica de determinados acuerdos económicos cuando considera que estos favorecen sus objetivos.

3. ¿Un abandono de Ucrania o una estrategia para acelerar la paz?
Esta es la cuestión central. Las actuaciones descritas permiten plantear tres interpretaciones, que no son necesariamente excluyentes.
Primera: Estados Unidos está reduciendo su compromiso con la estrategia de Kiev.
Trump no parece dispuesto a respaldar indefinidamente una guerra sin una perspectiva clara de finalización. Sus críticas a Zelenski y su insistencia en que Ucrania acepte un acuerdo indican que Washington podría estar trasladando parte del coste político de la negociación al Gobierno ucraniano.
Si esa presión se tradujera en una reducción sustancial de la asistencia militar, Ucrania tendría más dificultades para sostener sus operaciones y defender sus posiciones. En ese escenario, el equilibrio negociador podría desplazarse en favor de Rusia.
Segunda: Trump busca una negociación directa con Putin para terminar la guerra.
El presidente estadounidense ha defendido reiteradamente la necesidad de poner fin al conflicto mediante un acuerdo. La cooperación económica en materia energética, si se confirma, podría formar parte de una política más amplia destinada a generar incentivos para la negociación y a reducir los costes económicos de la confrontación.
El problema es que un acuerdo comercial no garantiza por sí mismo un acuerdo de paz. Moscú podría beneficiarse de la flexibilización de determinadas restricciones sin aceptar las condiciones necesarias para un alto el fuego duradero.
Para que esta estrategia funcione, Washington tendría que combinar los incentivos económicos con compromisos verificables, garantías de seguridad y mecanismos capaces de evitar que cualquiera de las partes utilice la tregua para preparar una nueva ofensiva.
Tercera: Estados Unidos pretende redefinir el orden de prioridades internacionales.
Trump podría estar buscando una política exterior menos condicionada por la defensa prolongada de Ucrania y más centrada en los intereses económicos y estratégicos estadounidenses.
Esto no implica necesariamente aceptar todas las demandas rusas. Puede significar que Washington desea reducir su exposición financiera y militar al conflicto europeo, estabilizar los mercados energéticos y concentrar recursos políticos y económicos en otras prioridades.
Sin embargo, esa redefinición tendría consecuencias para Europa. Si Estados Unidos disminuye su compromiso, los países europeos tendrían que decidir si aumentan su apoyo a Kiev, impulsan una negociación propia o aceptan un acuerdo condicionado por la correlación de fuerzas sobre el terreno.
La cuestión europea es especialmente delicada: una paz que termine con los combates sería deseable, pero un acuerdo percibido como una imposición que no ofrece garantías de seguridad a Ucrania podría dejar abierta la puerta a nuevas confrontaciones.
4. La paz no puede medirse únicamente por el silencio de las armas
Después de años de destrucción, víctimas, desplazamientos y enormes costes económicos, poner fin a la guerra es una necesidad urgente. Pero conviene distinguir entre detener los combates y construir una paz estable.
Un acuerdo puede ser rápido y, al mismo tiempo, frágil. Puede congelar las líneas del frente sin resolver las disputas territoriales, dejar a millones de personas en una situación incierta o no establecer mecanismos suficientes para impedir una nueva escalada.
Por eso, una negociación seria debería abordar, como mínimo, cuatro cuestiones:
- El alto el fuego verificable, con mecanismos de supervisión y procedimientos para investigar posibles violaciones.
- Las garantías de seguridad para Ucrania, que reduzcan el riesgo de una nueva invasión y permitan al país definir su futuro político.
- Las cuestiones territoriales y humanitarias, incluidos los desplazados, los prisioneros y las personas afectadas por la ocupación.
- El régimen de sanciones y las relaciones económicas, estableciendo qué restricciones podrían revisarse y bajo qué condiciones verificables.
La participación de Ucrania en las decisiones que afectan a su territorio y a su seguridad resulta fundamental. Una paz acordada exclusivamente entre Washington y Moscú, sin una participación efectiva de Kiev, podría ser difícil de sostener política y jurídicamente.
Al mismo tiempo, tampoco sería realista ignorar el peso de Rusia ni la necesidad de negociar con Moscú si se pretende poner fin a las hostilidades. La diplomacia exige hablar con el adversario, incluso cuando existe una profunda desconfianza.
El desafío consiste en evitar que la negociación se convierta simplemente en la imposición de las condiciones del actor militarmente más fuerte.

5. Europa ante un posible cambio de rumbo de Washington
Las declaraciones de Trump también plantean una pregunta para los gobiernos europeos: ¿qué sucederá si Estados Unidos decide reducir su respaldo a Ucrania antes de que exista un acuerdo aceptable para todas las partes?
Europa tendría que afrontar una disyuntiva compleja. Incrementar la ayuda militar y financiera a Kiev supondría asumir mayores costes económicos y políticos. Aceptar una reducción de las exigencias a Moscú podría facilitar un acuerdo inmediato, pero también generaría controversias sobre las garantías de seguridad y las consecuencias futuras para el continente.
Una tercera opción sería impulsar una negociación coordinada con Estados Unidos, Ucrania y Rusia, con objetivos concretos y mecanismos de cumplimiento.
Para ello, los países europeos necesitarían actuar con mayor cohesión. Si cada capital persigue objetivos distintos, su capacidad para influir en el resultado disminuirá y el proceso quedará más condicionado por las decisiones de Washington y Moscú.
La seguridad europea no puede depender exclusivamente de que un presidente estadounidense mantenga o modifique su política de un año para otro. La guerra ha demostrado la importancia de contar con una estrategia diplomática propia, sin renunciar a la cooperación transatlántica.
Conclusión: Trump presiona a Zelenski y abre una puerta a Putin, pero todavía no sabemos qué paz pretende construir
Las actuaciones atribuidas a Donald Trump apuntan a una modificación significativa de las prioridades estadounidenses: mayor presión sobre Zelenski, más disposición a negociar con Putin y una defensa explícita de los intereses económicos de Estados Unidos, incluso cuando entran en tensión con los objetivos inmediatos de Ucrania.
Si se confirman los acuerdos energéticos descritos, Moscú podría obtener nuevos ingresos mientras Washington trata de contener los costes del combustible y crea incentivos para un acercamiento diplomático. Paralelamente, las críticas al presidente ucraniano pueden servir para forzar un cambio de estrategia en Kiev y acelerar su disposición a negociar.
Pero hay una diferencia fundamental entre utilizar la presión para abrir una negociación y utilizarla para obligar a una de las partes a aceptar condiciones que no garanticen su seguridad futura.
La paz no debería medirse por la capacidad de Trump para conseguir que Zelenski ceda, ni por la disposición de Putin a vender más combustible, sino por la posibilidad de poner fin a la guerra sin dejar preparado el escenario para una nueva.
Estados Unidos tiene derecho a revisar su política exterior y a defender sus intereses nacionales. Rusia tiene intereses que deben ser considerados en cualquier negociación realista. Ucrania, por su parte, no puede ser tratada como un simple objeto de intercambio entre las grandes potencias.
El acercamiento entre Trump y Putin puede abrir una oportunidad diplomática, pero también puede alterar el equilibrio de fuerzas en favor del Kremlin. Todo dependerá de si los acuerdos económicos se acompañan de avances concretos hacia un alto el fuego, de garantías de seguridad y de compromisos verificables.
Por ahora, la señal más clara no es que la paz esté asegurada ni que Estados Unidos haya abandonado definitivamente a Ucrania. Es que Trump está dispuesto a cambiar las condiciones de su apoyo y a explorar una relación más pragmática con Moscú.
La incógnita decisiva es si esa estrategia desembocará en una paz negociada y duradera o en un acuerdo que detenga temporalmente los combates, debilite a Ucrania y permita a Rusia consolidar sus posiciones.
Porque terminar una guerra es imprescindible. Pero conseguir que no vuelva a empezar es la verdadera prueba de cualquier proceso de paz.