Por Francisco López.
Vivienda, empleo digno, sanidad y educación: las prioridades que pueden decidir el balotaje del 25 de octubre. Lula necesita recuperar a los abstencionistas, convencer a las clases medias y frenar el avance de la extrema derecha de Flávio Bolsonaro.
La segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil, prevista para el próximo 25 de octubre de 2026, se presenta como una de las batallas políticas más trascendentales para el futuro del país y el equilibrio democrático de América Latina. Luiz Inácio Lula da Silva, actual presidente y referente histórico de la izquierda brasileña, se enfrenta a un desafío de enormes dimensiones: derrotar al senador Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, que ha conseguido colocarse en una posición de fuerza tras la primera vuelta del 4 de octubre.
Los resultados han encendido todas las alarmas en el campo progresista. Flávio Bolsonaro obtuvo el 47,03 % de los votos, frente al 45,16 % de Lula. La ventaja del candidato de la derecha demuestra que el bolsonarismo conserva una importante capacidad de movilización y que una parte significativa de la sociedad brasileña está dispuesta a respaldar una alternativa radicalmente distinta al actual Gobierno.
Sin embargo, el resultado no significa que Lula tenga la batalla perdida. La segunda vuelta abre una nueva oportunidad para reconstruir mayorías, recuperar la confianza de quienes se alejaron de las urnas y demostrar que la política puede ofrecer respuestas concretas a los problemas cotidianos de la población.
La pregunta fundamental es si Lula será capaz de convertir esa oportunidad en una victoria. Para conseguirlo, no basta con advertir sobre los peligros de la extrema derecha. Necesita presentar un proyecto social convincente, escuchar a quienes están descontentos y demostrar que gobernar significa mejorar las condiciones de vida de la mayoría.
La abstención: una oportunidad que Lula no puede desperdiciar
Uno de los grandes desafíos de esta segunda vuelta es movilizar a los millones de brasileños que no participaron en la primera votación. Más de 30 millones de ciudadanos se abstuvieron, un dato que obliga a las fuerzas progresistas a preguntarse por qué una parte tan importante del electorado decidió quedarse en casa.
No todos los abstencionistas piensan igual. Entre ellos hay personas desencantadas con la política, ciudadanos que consideran insuficientes las medidas sociales del Gobierno, trabajadores que no perciben mejoras en su economía familiar y votantes que sienten que las instituciones no responden a sus necesidades.
También existe una contradicción que la campaña de Lula debe comprender. Algunos electores situados a la izquierda consideran que su Gobierno ha girado demasiado hacia el centro, ha moderado sus propuestas y no ha impulsado transformaciones suficientemente profundas. Otros, especialmente entre determinados sectores de las clases medias, interpretan sus políticas como excesivamente intervencionistas o demasiado próximas a la izquierda.
Esta doble desconfianza explica parte de la dificultad electoral. Lula debe convencer a quienes reclaman más justicia social sin alimentar el temor de quienes desean estabilidad económica, seguridad jurídica y oportunidades para emprender.
La solución no pasa por abandonar los principios progresistas ni por limitarse a repetir consignas ideológicas. Pasa por construir una propuesta de país capaz de reunir a sectores sociales diferentes alrededor de objetivos compartidos.
Porque hay cuestiones que preocupan tanto a una familia trabajadora de la periferia de São Paulo como a una familia de clase media de Belo Horizonte: poder pagar una vivienda, conseguir un empleo digno, acceder a una sanidad pública de calidad y garantizar una buena educación para sus hijos.
Ahí puede estar la clave de la remontada, vvienda, empleo, sanidad y educación: hablar de la vida real.
Si Lula quiere ganar, necesita situar en el centro de su campaña los problemas que condicionan la vida de millones de brasileños.
La vivienda debe convertirse en una de las prioridades. En un país marcado por profundas desigualdades sociales, la falta de hogares adecuados y el crecimiento de los asentamientos precarios constituyen un problema económico, social y humano. No basta con anunciar programas: es necesario ampliar la construcción de viviendas asequibles, facilitar el acceso a alquileres razonables, mejorar los barrios populares y garantizar infraestructuras básicas, transporte, agua potable y saneamiento.

La política de vivienda debe ser también una política de empleo. La construcción, la rehabilitación urbana y la mejora de los barrios pueden generar puestos de trabajo, dinamizar pequeñas empresas y mejorar las condiciones de vida de millones de personas.
El segundo gran eje debe ser el empleo de calidad. Brasil necesita trabajos estables, salarios suficientes para vivir con dignidad y oportunidades para los jóvenes. La creación de empleo no puede medirse únicamente por el número de personas ocupadas: importa también cuánto cobran, qué derechos tienen y si sus ingresos les permiten llegar a fin de mes.
En tercer lugar, la sanidad pública y la educación deben ocupar un lugar central. La población necesita servicios sanitarios accesibles, profesionales suficientes, hospitales bien equipados y atención primaria eficaz. En educación, el país debe reforzar la enseñanza pública, combatir el abandono escolar, ampliar la formación profesional y abrir oportunidades para que los jóvenes de familias humildes puedan acceder a la universidad.
Estas propuestas no son patrimonio exclusivo de la izquierda. Son necesidades compartidas por amplias mayorías sociales. Precisamente por eso pueden constituir un punto de encuentro entre trabajadores, clases medias, jóvenes, jubilados y pequeños empresarios.
Lula necesita recorrer Brasil y hablar directamente con esa ciudadanía. Escuchar en las fábricas, los mercados, las universidades, los barrios periféricos y las pequeñas localidades. No limitarse a los grandes actos electorales, sino demostrar que comprende las preocupaciones reales de la gente.
La segunda vuelta no se ganará solamente en los mítines ni en las redes sociales. Se ganará, sobre todo, convenciendo a quienes hoy dudan de que votar pueda cambiar sus vidas.
La clase media y las pequeñas empresas también cuentan.
Una estrategia progresista eficaz no puede ignorar a la clase media ni presentar a los pequeños empresarios como adversarios sociales.
Las pequeñas y medianas empresas son fundamentales para la economía brasileña porque generan empleo, sostienen la actividad de las ciudades y mantienen una parte esencial del tejido productivo. Muchos de sus propietarios afrontan dificultades para acceder al crédito, soportan costes elevados y carecen de los recursos financieros de las grandes corporaciones.
Lula debería comprometerse a facilitar la financiación de las pymes, simplificar los trámites administrativos, mejorar los incentivos a la contratación y estudiar una fiscalidad más favorable para las empresas pequeñas que inviertan, creen empleo estable y mejoren los salarios.
Pero esa política debe ir acompañada de una reforma tributaria justa, que evite que el peso de la financiación del Estado recaiga desproporcionadamente sobre los trabajadores y los sectores de ingresos medios y bajos.
Las grandes multinacionales y los grupos económicos con mayor capacidad contributiva deben asumir una parte adecuada de la financiación de los servicios públicos, mediante reglas claras, eficaces y equitativas que combatan la evasión y la elusión fiscal y reduzcan los privilegios injustificados.
No se trata de enfrentar a empresarios y trabajadores. Se trata de construir una economía en la que las empresas puedan prosperar, los empleados reciban salarios dignos y el Estado disponga de recursos suficientes para financiar la sanidad, la educación, la vivienda y las infraestructuras.
Ese equilibrio es esencial para que Lula pueda recuperar la confianza de quienes consideran que la política económica no ha respondido suficientemente a sus expectativas.
Minas Gerais y el interior: recuperar el contacto con el país.
La campaña presidencial también necesita una estrategia territorial más ambiciosa. Minas Gerais, uno de los estados más poblados de Brasil y tradicionalmente considerado un indicador importante de las tendencias electorales nacionales, debe ocupar un lugar prioritario.
Pero la tarea no puede limitarse a un estado. Lula necesita recuperar presencia en el interior, en las ciudades medianas y pequeñas y en territorios donde el bolsonarismo ha conseguido consolidar su apoyo.
El retroceso registrado en numerosos estados obliga al Partido de los Trabajadores a revisar sus estrategias, reconocer errores y comprender que una parte del electorado ya no se siente suficientemente representada por sus mensajes.
La respuesta no debe consistir en responsabilizar a los votantes por sus decisiones. La democracia exige comprender sus razones, atender sus preocupaciones y ofrecer alternativas creíbles.
Lula conserva una larga trayectoria política, una experiencia de Gobierno considerable y una identidad asociada a la lucha contra la pobreza y la ampliación de los derechos sociales. Sin embargo, esa trayectoria no garantiza automáticamente una victoria. La memoria de los avances del pasado necesita acompañarse de compromisos concretos para el presente.
El desafío consiste en demostrar que el próximo mandato, si resulta elegido, puede ofrecer nuevas oportunidades a quienes sienten que el crecimiento económico y las políticas públicas no han llegado suficientemente a sus hogares.
Flávio Bolsonaro y los riesgos de un regreso del bolsonarismo al poder.
Frente a Lula se encuentra Flávio Bolsonaro, heredero político de un movimiento que ha marcado profundamente la política brasileña durante los últimos años.
Su resultado en la primera vuelta confirma que el bolsonarismo conserva una base electoral sólida y que la derecha ha conseguido convertir el descontento social en una alternativa presidencial competitiva.
Sin embargo, el debate sobre su eventual llegada al poder no puede reducirse a una disputa entre dos familias políticas. Lo que está en juego también es el modelo institucional, social y económico que Brasil quiere construir.
Uno de los principales motivos de preocupación es la relación del bolsonarismo con las instituciones judiciales y los mecanismos de control democrático. Durante el mandato de Jair Bolsonaro se produjeron fuertes enfrentamientos con el Supremo Tribunal Federal y con otras instituciones, en un clima de polarización que culminó en los ataques del 8 de enero de 2023 contra las sedes de los tres poderes en Brasilia.
Aquellos acontecimientos dejaron una advertencia que no debería olvidarse: ninguna diferencia política justifica el asalto a las instituciones ni la utilización de la violencia para cuestionar los resultados de unas elecciones.
La preocupación aumenta ante las declaraciones atribuidas a Flávio Bolsonaro sobre su intención de revertir las consecuencias judiciales que afectan a su padre. Cualquier iniciativa de esa naturaleza debe examinarse a la luz de la Constitución, la independencia de los tribunales y el principio de igualdad ante la ley.
La democracia no puede depender de que los dirigentes políticos acepten la justicia únicamente cuando sus decisiones les favorecen. Los tribunales deben actuar con independencia, respetando las garantías procesales, y ningún gobernante debe situarse por encima de la ley.
También existe el riesgo de una mayor polarización social. Una presidencia basada en la confrontación permanente puede dificultar la construcción de acuerdos, debilitar la confianza en las instituciones y convertir cada diferencia política en una batalla entre enemigos irreconciliables.
Los partidarios de Flávio Bolsonaro defienden, por su parte, que un cambio de Gobierno permitiría recuperar la confianza de los mercados, impulsar reformas estructurales y reducir la polarización. Esas promesas deben ser juzgadas por sus propuestas concretas, sus consecuencias sociales y sus garantías democráticas.
La cuestión fundamental es si el país puede resolver sus problemas económicos sin sacrificar derechos, debilitar los controles institucionales o convertir la confrontación política en una forma permanente de Gobierno.
América Latina también mira hacia Brasil
La elección brasileña tendrá repercusiones que irán más allá de sus fronteras.
Brasil es una de las principales economías de América Latina y desempeña un papel decisivo en la integración regional, el comercio, la política climática y las relaciones internacionales del continente.
Una victoria de Flávio Bolsonaro podría acercar a Brasil a gobiernos de orientación conservadora, como el de Javier Milei en Argentina, y abrir una nueva etapa de tensiones con los ejecutivos progresistas de la región. También podría modificar las prioridades del Mercosur y dificultar acuerdos sobre integración económica, cooperación industrial y políticas ambientales.
Por el contrario, una victoria de Lula permitiría mantener una orientación más favorable a la cooperación regional y a la defensa de los espacios multilaterales.
No obstante, la integración latinoamericana necesita resultados concretos y no puede depender exclusivamente de la afinidad ideológica entre presidentes. Para consolidarse, debe ofrecer ventajas comerciales, empleo, inversiones, infraestructuras y oportunidades para las sociedades de los países participantes.
La política exterior brasileña también estará condicionada por la competencia entre las grandes potencias y por el ascenso de movimientos conservadores a escala internacional. En ese contexto, preservar la autonomía estratégica de Brasil será una cuestión fundamental, independientemente de quién ocupe la presidencia.
Lula necesita una propuesta social, no solamente una advertencia democrática
La principal debilidad de una campaña que se limite a denunciar a Bolsonaro es que puede no ser suficiente para movilizar a quienes están preocupados, ante todo, por su economía familiar.
Advertir sobre los riesgos institucionales del bolsonarismo es necesario, pero no sustituye a un programa de Gobierno que responda a las necesidades de la población.
Los brasileños que tienen dificultades para pagar el alquiler necesitan soluciones habitacionales. Los trabajadores con salarios insuficientes necesitan mejores ingresos. Los jóvenes que no encuentran oportunidades requieren formación y empleo. Las familias que dependen de la sanidad pública necesitan servicios eficaces. Y las pequeñas empresas necesitan condiciones que les permitan crecer y contratar.
Lula debe explicar qué hará, cómo lo financiará y qué resultados espera conseguir. Necesita presentar compromisos verificables, establecer prioridades y demostrar que las políticas sociales pueden combinarse con responsabilidad fiscal, inversión productiva y creación de empleo.
También debe reconocer que una parte de la ciudadanía está descontenta y que no todos los problemas pueden atribuirse a la oposición, a los medios de comunicación o a la desinformación. Recuperar la confianza exige escuchar las críticas, corregir errores y ofrecer respuestas.
Su experiencia política puede ser una ventaja si se traduce en capacidad para dialogar con sectores diferentes. Pero esa experiencia también implica una responsabilidad: demostrar que la política progresista todavía puede transformar la vida de las mayorías.
El 25 de octubre se decide mucho más que una presidencia
La segunda vuelta brasileña será una prueba para Lula, para el Partido de los Trabajadores y para toda la izquierda latinoamericana.
El resultado de la primera vuelta demuestra que no existe ninguna victoria garantizada por la historia, por el prestigio de un dirigente ni por la defensa abstracta de unos principios. Las mayorías se construyen con propuestas, confianza y resultados.
Lula necesita recuperar a los abstencionistas, ampliar su respaldo entre los votantes moderados, escuchar a los sectores populares y reconstruir puentes con una clase media preocupada por su futuro. Debe hacerlo sin renunciar a la justicia social, pero también sin ignorar las dificultades económicas que afrontan millones de familias y pequeños empresarios.
La respuesta debe ser un proyecto que combine crecimiento económico, empleo digno, salarios suficientes, vivienda asequible, educación pública, sanidad de calidad y una distribución más justa de las oportunidades.
Frente a ello, la candidatura de Flávio Bolsonaro obliga a debatir qué consecuencias tendría un nuevo ciclo de confrontación institucional y de radicalización política en la mayor democracia de América Latina.
Lula debe demostrar que la esperanza puede convertirse en bienestar, que la justicia social puede mejorar la vida cotidiana y que la democracia sirve para resolver los problemas reales de la gente.
El futuro de Brasil no puede decidirse únicamente desde el miedo a la extrema derecha, pero tampoco puede ignorar los riesgos que entraña debilitar las instituciones democráticas. La mejor defensa de la democracia es una sociedad que tenga motivos para confiar en ella.
Vivienda, empleo, sanidad, educación y oportunidades para todos: esa debería ser la columna vertebral de una campaña capaz de recuperar la ilusión de quienes se alejaron de las urnas.
El 25 de octubre, los brasileños tendrán la palabra. Y Lula tiene ante sí una oportunidad decisiva para demostrar que su proyecto sigue siendo capaz de ofrecer un horizonte de dignidad y progreso.
Lula, la esperanza para el bienestar del pueblo de Brasil: una esperanza que solo podrá consolidarse si se transforma en derechos, oportunidades y mejores condiciones de vida para la mayoría.