Eritrea y Etiopía: el regreso de la guerra al Cuerno de África.

Por Juan Carlos Alí Torres, Internacionales

La entrada de tropas eritreas en Tigray amenaza con convertir la nueva guerra interna de Etiopía en un conflicto internacional de consecuencias imprevisibles

El Cuerno de África vuelve a encontrarse al borde de una guerra de grandes dimensiones. La denuncia de la entrada de tropas de Eritrea en territorio etíope, concretamente en zonas de Tigray, eleva peligrosamente una crisis que hasta ahora podía interpretarse como una nueva guerra interna de Etiopía.

La presencia de fuerzas eritreas en localidades como Adigrat, en medio de los combates entre el Ejército federal etíope y las fuerzas vinculadas al Frente Popular de Liberación de Tigray (TPLF), abre un escenario mucho más peligroso: el enfrentamiento directo entre dos Estados que ya protagonizaron una guerra devastadora entre 1998 y 2000.

Aunque no exista todavía una declaración formal de guerra, la frontera entre Eritrea y Etiopía vuelve a convertirse en uno de los puntos más sensibles del continente africano.

Una frontera marcada por décadas de guerra

La historia explica buena parte de la gravedad de la situación actual, ya que Eritrea estuvo integrada durante décadas en Etiopía y, tras una larga lucha independentista, consiguió separarse después del referéndum de 1993. Pero la independencia no resolvió las disputas territoriales.

Entre 1998 y 2000, ambos países protagonizaron una guerra fronteriza que dejó decenas de miles de muertos y una profunda desconfianza entre Asmara y Adís Abeba.

El posterior acercamiento entre ambos gobiernos culminó en el acuerdo de paz de 2018, cuando el primer ministro etíope Abiy Ahmed y el presidente eritreo Isaias Afwerki decidieron normalizar sus relaciones.

Sin embargo, aquella reconciliación no consiguió eliminar las diferencias estratégicas. La guerra de Tigray de 2020-2022 volvió a colocar a Eritrea dentro del tablero militar etíope.

¿Qué ocurrió con el acuerdo de Pretoria de 2022?

El Acuerdo de Pretoria, firmado en noviembre de 2022 entre el Gobierno etíope y representantes del TPLF, puso oficialmente fin a la guerra de Tigray.

El acuerdo estableció el cese de las hostilidades, el desarme de las fuerzas del TPLF, el restablecimiento de la autoridad federal y mecanismos para facilitar la ayuda humanitaria y la reconstrucción, pero la paz fue frágil.

Uno de los principales problemas fue precisamente la cuestión eritrea. Eritrea no era parte del acuerdo y sus tropas permanecieron durante un tiempo en zonas de Tigray pese a las demandas de retirada.

A ello se sumaron las disputas políticas internas dentro de Tigray, los desacuerdos sobre los territorios disputados y la desconfianza entre el Gobierno de Abiy Ahmed y el TPLF.

En otras palabras, Pretoria detuvo una guerra, pero no resolvió todas las causas políticas y territoriales que la habían provocado, yahora esas heridas vuelven a abrirse.

Eritrea teme perder su seguridad estratégica

Para Asmara, el problema fundamental no es solamente Tigray. Etiopía es un país sin salida al mar desde la independencia de Eritrea y, durante los últimos años, Abiy Ahmed ha insistido en la necesidad estratégica de recuperar un acceso soberano o estable al mar Rojo.

Para Eritrea, cualquier proyecto etíope destinado a recuperar una salida marítima constituye una amenaza directa, de ahí que la presencia de tropas eritreas en Tigray pueda interpretarse como una estrategia preventiva: mantener una zona de seguridad entre Eritrea y las fuerzas etíopes y evitar que una eventual ofensiva federal llegue hasta la frontera eritrea.

Desde la perspectiva de Asmara, sería preferible combatir en territorio etíope antes que permitir que la guerra llegue a suelo eritreo, desde la perspectiva de Adís Abeba, la intervención eritrea puede ser interpretada justamente al contrario: como una agresión y una amenaza a la soberanía etíope.

Y así es como una guerra interna puede transformarse rápidamente en una guerra internacional.

¿Qué intereses tienen Egipto y Sudán?

Aquí aparece otra dimensión fundamental del conflicto, Egipto que mantiene desde hace años una fuerte disputa estratégica con Etiopía por la construcción y funcionamiento de la Gran Presa del Renacimiento Etíope (GERD) sobre el Nilo Azul.

Para El Cairo, cualquier fortalecimiento de Etiopía supone un problema estratégico porque Egipto depende del Nilo para prácticamente todas sus necesidades de agua, por eso Egipto observa con enorme preocupación cualquier incremento de la capacidad militar y regional de Etiopía.

Apoyar política o indirectamente a fuerzas que presionen a Adís Abeba permite a Egipto aumentar sus instrumentos de negociación frente al Gobierno etíope, pero existe una segunda cuestión: el mar Rojo.

Egipto controla el canal de Suez, una de las principales rutas comerciales del planeta. Cualquier transformación del equilibrio militar y naval en el mar Rojo afecta directamente a sus intereses económicos y estratégicos.

Por ello, El Cairo no contempla con tranquilidad una Etiopía cada vez más interesada en conseguir una salida marítima propia.

Sudán tiene intereses todavía más inmediatos, ya que el país comparte frontera con Etiopía y con Eritrea y, además, mantiene disputas territoriales con Etiopía, especialmente alrededor de la zona agrícola de Al-Fashaga.

A esto se suma la devastadora guerra civil sudanesa. La inestabilidad en Etiopía puede modificar el equilibrio militar en toda la frontera oriental de Sudán y afectar directamente a las rutas de armas, refugiados y suministros.

Sudán tampoco quiere que Etiopía adquiera una posición dominante en su frontera oriental, por tanto, Egipto y Sudán pueden coincidir en su oposición a determinados movimientos estratégicos de Adís Abeba, aunque sus intereses no sean idénticos y sus alianzas regionales sean mucho más complejas de lo que parece a primera vista.

En esta foto de archivo tomada el 9 de noviembre de 2018, el primer ministro de Etiopía, Abiy Ahmed Ali, da la bienvenida al presidente de Eritrea, Isaias Afwerki, a su llegada al aeropuerto de GondarAFP.

Un tablero donde aparecen otras potencias

El conflicto ya no puede analizarse exclusivamente como una disputa entre Addis Abeba, Asmara y Tigray. En el Cuerno de África convergen los intereses de Egipto, Sudán, Arabia Saudí, Turquía, Emiratos Árabes Unidos, Israel y otras potencias.

El mar Rojo se ha convertido en una de las zonas geopolíticas más importantes del planeta, por allí pasan grandes rutas comerciales internacionales y, al mismo tiempo, se encuentran algunos de los principales focos de tensión del mundo: Yemen, el conflicto entre Israel y Palestina, la guerra de Sudán y las rivalidades entre las potencias regionales.

Por eso una nueva guerra entre Etiopía y Eritrea tendría consecuencias que irían mucho más allá de sus fronteras.

El peligro de una guerra regional

La gran incógnita es hasta dónde llegará la intervención eritrea y cuál será la respuesta del Gobierno de Abiy Ahmed. Si las tropas eritreas permanecen en territorio etíope, Etiopía podría considerar que ya no está enfrentándose exclusivamente a una rebelión interna.

Y si las fuerzas etíopes cruzaran la frontera internacional en persecución de tropas eritreas o de sus aliados, el conflicto adquiriría inmediatamente una dimensión regional, dónde el riesgo más grave sería entonces la formación de bloques militares enfrentados.

Etiopía cuenta con importantes intereses y alianzas en la región. Eritrea mantiene también sus propias relaciones estratégicas. Egipto y Sudán tienen razones para contener el poder etíope. Y otras potencias, como Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí, Turquía e Israel, tienen intereses económicos, militares y estratégicos en el mar Rojo y el Cuerno de África. Una chispa podría terminar provocando un incendio regional.

La ONU ante una situación cada vez más peligrosa

La comunidad internacional tiene ahora un objetivo fundamental: impedir que la crisis se convierta en una guerra abierta entre Estados.

El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas tendrá que seguir con especial atención cualquier movimiento de tropas, nuevos enfrentamientos o acusaciones de apoyo extranjero a las partes.

La experiencia de Tigray demuestra que las guerras de esta región pueden producir enormes desplazamientos de población, crisis humanitarias y miles de víctimas en muy poco tiempo, el recuerdo de la guerra de 1998-2000 y la fragilidad del acuerdo de Pretoria deberían servir como advertencia.

Una paz que nunca terminó de consolidarse

La tragedia del Cuerno de África es que los acuerdos de paz han conseguido detener algunas guerras, pero no han eliminado las causas profundas de los enfrentamientos.

Pretoria puso fin a la guerra de Tigray, pero no resolvió definitivamente la relación entre Etiopía y Eritrea, las disputas territoriales, las rivalidades políticas internas de Tigray ni la cuestión estratégica del acceso etíope al mar Rojo.

Ahora esas cuestiones vuelven a aparecer simultáneamente, y cuando las tropas de dos países que ya libraron una guerra comienzan a concentrarse alrededor de una frontera tan explosiva, el mundo no debería esperar a que exista una declaración formal de guerra para reaccionar.

La historia del Cuerno de África demuestra que las guerras no siempre empiezan con una declaración. A veces comienzan cuando una frontera deja de ser una frontera y vuelve a convertirse en un frente de batalla.

Sitio protegido por Google reCAPTCHA. Ver políticas de privacidad y términos de servicio.

Desarrollo Web Efemosse