Cuba, seis décadas bajo embargo y el cerco estadounidense.

Por Adriana F. Gomez. Latinoamérica

Más de seis décadas después de que Estados Unidos comenzara a imponer las primeras sanciones económicas contra la Revolución cubana, el conflicto entre Washington y La Habana continúa siendo uno de los enfrentamientos más prolongados de la política internacional contemporánea.

El embargo (denominado bloqueo por el Gobierno cubano) no es una política estática. Ha cambiado de intensidad según las distintas administraciones estadounidenses y se ha convertido, con el paso de los años, en un entramado de restricciones comerciales, financieras y de inversión que afecta no solamente a las relaciones directas entre ambos países, sino también a empresas y bancos de terceros países.

Pero la situación cubana puede explicarse por las sanciones estadounidenses. La economía de la isla arrastra problemas estructurales, baja productividad, dificultades para generar divisas, dependencia energética y decisiones económicas internas de resistencia al bloqueo que han limitado su capacidad de respuesta. La combinación de ambos factores ayuda a comprender la gravedad de la crisis actual.

De la ruptura revolucionaria al embargo.

La relación entre Cuba y Estados Unidos comenzó a deteriorarse rápidamente después del triunfo de la Revolución de 1959.

La nacionalización de empresas y propiedades estadounidenses, la reforma agraria y el acercamiento de Fidel Castro a la Unión Soviética provocaron una escalada de medidas económicas por parte de Washington.

En 1960 Estados Unidos comenzó a reducir drásticamente las importaciones de azúcar cubano y posteriormente amplió las restricciones comerciales. En febrero de 1962, el presidente John F. Kennedy proclamó formalmente un embargo comercial prácticamente total contra Cuba.

La Guerra Fría convirtió rápidamente el conflicto bilateral en una confrontación geopolítica. La fallida invasión de Bahía de Cochinos de 1961 y, un año después, la crisis de los misiles consolidaron a Cuba como uno de los principales escenarios de la rivalidad entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

Tras la desaparición de la URSS en 1991, Cuba perdió a su principal socio comercial, energético y financiero. El denominado «Período Especial» provocó una profunda crisis económica y social. En lugar de desaparecer, las restricciones estadounidenses se fueron institucionalizando.

Jóvenes cubanos caminan junto a un cartel alusivo al bloqueo estadounidense contra la nación caribeña durante una actividad contra el bloqueo de Estados Unidos contra la nación cubana, convocada por la Unión de Jóvenes Comunistas de Cuba (UJC) coincidiendo con las jornadas mundiales de solidaridad con la Isla, en la occidental provincia Matanzas, Cuba. 27 de junio de 2021.Foto: Jorge Luis Baños/IPS

Helms-Burton: el embargo se convierte en una política de largo plazo.

Uno de los momentos decisivos llegó en 1996 con la aprobación de la Ley Helms-Burton. La legislación endureció el régimen de sanciones y estableció mecanismos que podían afectar incluso a empresas extranjeras que realizaran determinadas operaciones relacionadas con propiedades nacionalizadas después de la Revolución.

La extraterritorialidad de algunas de estas medidas generó durante años fuertes críticas de numerosos gobiernos europeos y latinoamericanos. Desde entonces, el conflicto dejó de ser exclusivamente una cuestión comercial entre Washington y La Habana para convertirse también en un problema para empresas internacionales que mantienen relaciones económicas con Cuba.

Obama: una breve etapa de deshielo.

El cambio más importante de las últimas décadas se produjo durante la presidencia de Barack Obama. En diciembre de 2014 Washington y La Habana anunciaron el restablecimiento de relaciones diplomáticas. En 2015 se reabrieron las respectivas embajadas y posteriormente se ampliaron los viajes, determinados intercambios comerciales y las relaciones económicas.

Obama defendió una estrategia diferente: en lugar de intentar provocar cambios políticos mediante el aislamiento económico, apostó por el contacto diplomático y la apertura.

Sin embargo, el embargo no desapareció. Su eliminación completa requiere la intervención del Congreso estadounidense.

Trump y el regreso de las sanciones.

La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca supuso un giro, ya qué su administración revirtió parte de la política de apertura de Obama y reforzó las restricciones. Se limitaron determinadas categorías de viajes, se endurecieron las condiciones para hacer negocios con entidades cubanas y se ampliaron las sanciones.

Posteriormente, Estados Unidos volvió a incorporar a Cuba a su lista de Estados patrocinadores del terrorismo, una decisión con importantes consecuencias financieras.

La Administración Biden mantuvo buena parte de la estructura de sanciones, aunque introdujo algunas modificaciones y medidas puntuales de flexibilización.

El segundo mandato de Trump ha vuelto a colocar a Cuba dentro de una política estadounidense caracterizada por una mayor presión económica y diplomática. El problema energético: cuando la crisis llega al enchufeUno de los síntomas más visibles de la situación actual es la crisis energética.

La generación eléctrica cubana depende en buena medida de centrales termoeléctricas antiguas y de la disponibilidad de combustible. La falta de divisas, las dificultades para adquirir petróleo y las restricciones financieras complican la capacidad de importar y mantener los suministros necesarios.

El resultado han sido apagones prolongados que afectan a hogares, comercios, hospitales, transporte y actividad productiva.

La posición cubana sostiene que las sanciones estadounidenses dificultan la adquisición de combustible y generan un efecto disuasorio sobre empresas y bancos extranjeros, mientras que Washington, por su parte, sostiene que el embargo no impide a Cuba realizar determinadas operaciones humanitarias y comerciales y atribuye una parte importante de la crisis a la gestión económica del Gobierno cubano.

Ambas cuestiones deben ser diferenciadas: que las sanciones tengan efectos económicos significa que la mayoría de los problemas de la economía cubana sean consecuencia directa de ellas.

Bancos, dólares y miedo a las sanciones

El componente financiero es probablemente uno de los aspectos menos visibles y, al mismo tiempo, más importantes. Una empresa europea, latinoamericana o asiática que quiera comerciar con Cuba puede enfrentarse a dificultades para realizar pagos, obtener financiación o utilizar determinadas instituciones financieras internacionales.

El riesgo de sanciones estadounidenses puede llevar a bancos extranjeros a evitar operaciones relacionadas con la isla aunque formalmente puedan existir vías legales para realizarlas.Para una economía con escasez crónica de divisas, ese obstáculo tiene consecuencias significativas.

El problema se vuelve todavía más complejo cuando Cuba aparece en la lista estadounidense de Estados patrocinadores del terrorismo, porque esa clasificación incrementa el nivel de riesgo que las instituciones financieras atribuyen a las operaciones relacionadas con la isla.

Medicamentos y alimentos: el coste social.

La crisis económica se refleja directamente en la vida cotidiana, y aunque Cuba dispone de un sistema sanitario universal y durante décadas desarrolló una importante industria farmacéutica propia. Sin embargo, la escasez de materias primas, medicamentos, equipamiento hospitalario, combustible y divisas ha provocado dificultades crecientes.

En alimentación ocurre algo parecido. La combinación de baja producción interna, dificultades para importar, inflación, falta de combustible y escasez de divisas ha reducido la capacidad de abastecimiento.

Las sanciones estadounidenses constituyen un obstáculo para el crecimiento de la isla , especialmente por sus efectos financieros y logísticos, que originan problemas internos relacionados con la producción agropecuaria, la productividad, la estructura económica y la capacidad de generar divisas.

Naciones Unidas: un rechazo internacional sostenido.

Uno de los elementos constantes del conflicto es el aislamiento diplomático de la política de embargo. La Asamblea General de Naciones Unidas ha aprobado durante décadas resoluciones reclamando el fin del embargo estadounidense contra Cuba.

La votación anual se ha convertido en un indicador político de la posición mayoritaria de la comunidad internacional, y para la Habana, ese respaldo demuestra que el bloqueo constituye una política unilateral rechazada por la mayoría de los Estados.

Estados Unidos, en cambio, defiende su derecho a establecer unilateralmente su política exterior y sus sanciones y sostiene que estas forman parte de su estrategia para presionar al Gobierno cubano en materia de derechos humanos, libertades políticas y democracia.

Washington habla de seguridad nacional.

La Administración estadounidense no presenta su política exclusivamente como una cuestión económica.Washington sostiene que el Gobierno cubano mantiene relaciones estratégicas con países considerados adversarios de Estados Unidos y ha expresado preocupación por la cooperación de Cuba con Rusia y China, así como por cuestiones relacionadas con inteligencia y seguridad.

Desde la perspectiva estadounidense, la presión económica forma parte de una estrategia destinada a limitar los recursos del Estado cubano y promover cambios políticos.

La Habana interpreta esa política de manera completamente diferente y la considera una forma de presión destinada a provocar el colapso económico y político del país. El conflicto, por tanto, tiene una dimensión económica, pero también una dimensión geopolítica.

La otra cara: Cuba y sus problemas estructurales originados por el bloqueo

Reducir toda la crisis cubana al embargo también sería insuficiente. La economía cubana arrastra desde hace décadas problemas de productividad, escasa inversión, dependencia energética, dificultades para generar divisas y un sector estatal con importantes ineficiencias.

La desaparición de la Unión Soviética demostró la vulnerabilidad de ese modelo frente a la pérdida de un socio económico principal. Las reformas posteriores han sido parciales y, en determinados momentos, contradictorias. La unificación monetaria y cambiaria, la inflación, las dificultades de las empresas estatales y la limitada capacidad de producción interna han contribuido igualmente al deterioro económico.

Además, la pandemia de COVID-19 golpeó duramente a una economía dependiente del turismo y de los ingresos externos. Por eso, explicar la situación actual exige mirar simultáneamente hacia Washington y hacia La Habana.

Una crisis que también está provocando una salida migratoria.

La consecuencia social más visible es el aumento de la emigración donde miles de cubanos han abandonado la isla durante los últimos años buscando oportunidades económicas y condiciones de vida diferentes.

Estados Unidos continúa siendo el principal destino, aunque la emigración cubana se ha extendido también hacia España y otros países de América Latina y Europa. La crisis migratoria demuestra que el problema ya no pertenece exclusivamente al terreno de la política exterior. Tiene una dimensión social y familiar que afecta a generaciones enteras.

FILE – In this Nov. 7, 2006 file photo, a car drives past a billboard that reads in Spanish; «70 percent of Cubans have been born under the Embargo,» in Havana, Cuba. The United States economic embargo on Communist-run Cuba turned 50 on Feb. 7, 2012. Cuba updates its estimate of how much the embargo has cost it using a complicated – and some say flawed – calculus that takes into account years of interest, the end of the gold standard and other factors. (AP Photo/Javier Galeano, File)

El bloqueo como factor y explicación única

Después de más de sesenta años, resulta menos difícil sostener que el embargo estadounidense sea irrelevante para la economía cubana. Las restricciones comerciales y financieras tienen consecuencias reales, especialmente cuando afectan al acceso a financiación, combustible, tecnología, inversión y determinadas operaciones internacionales.

Pero resulta suficiente atribuir al embargo a cada dificultad de la economía cubana. Cuba tiene responsabilidades dentro de situación de embargo total, propias de la difícil gestión en su economía y en la adopción de reformas capaces de aumentar la producción, atraer inversión, mejorar la productividad y generar divisas.

La cuestión central, por tanto, debería plantearse como una elección entre «todo es culpa del bloqueo» o «todo es culpa del Gobierno cubano». La realidad es considerablemente más compleja.

Con Cuba seis décadas después, ¿hasta dónde ha funcionado la política de presión?

Más de seis décadas de embargo plantean una pregunta que trasciende la confrontación ideológica: ¿qué resultados concretos ha producido esta estrategia?

Estados Unidos sostiene que las sanciones buscan presionar al Gobierno cubano para conseguir reformas democráticas y mayores garantías de derechos humanos. Cuba sostiene que el objetivo real es provocar su asfixia económica.

Lo que sí puede observarse es que, después de más de sesenta años, el sistema político cubano continúa existiendo mientras la población soporta una grave crisis económica y social.

Eso no demuestra por sí solo que el embargo sea la única causa de la crisis ni que las políticas económicas cubanas sean irrelevantes. Pero sí permite plantear una cuestión legítima sobre la eficacia de una política que lleva generaciones vigente.

En medio de la disputa entre Washington y La Habana existe una tercera realidad: la de los ciudadanos cubanos.Son ellos quienes sufren los apagones, la escasez, la inflación, las dificultades para acceder a determinados medicamentos y la pérdida de oportunidades. Y también son ellos quienes, en muchos casos, terminan tomando la decisión de emigrar.

La historia demuestra que el embargo ha sobrevivido a presidentes estadounidenses, gobiernos cubanos, cambios geopolíticos y al final de la Guerra Fría.

La pregunta que queda abierta en 2026 es si mantener una política concebida en el contexto de la Guerra Fría contribuye realmente a resolver los problemas de Cuba o si, después de más de seis décadas, ha llegado el momento de buscar una estrategia diferente que combine presión política, derechos humanos, apertura económica y diálogo, sin convertir a la población civil en el principal coste de una disputa entre Estados.

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