Po Juan Carlis Alí Torres.
«La guerra de Yemen vuelve a demostrar que en Oriente Medio ningún conflicto permanece encerrado dentro de sus fronteras. Lo que comenzó como una guerra civil se transformó hace años en una confrontación regional y, progresivamente, en un problema de alcance mundial. El mar Rojo, Bab el-Mandeb, el petróleo saudí, las rutas comerciales hacia Europa y Asia y el equilibrio entre Arabia Saudita, Irán y Estados Unidos forman hoy parte de un mismo tablero».
El escenario descrito en los últimos acontecimientos apunta a un cambio profundo en el equilibrio militar. Las fuerzas de Ansarulá —los hutíes, que mantienen su principal centro de poder en Saná— habrían consolidado avances importantes en distintos puntos de Yemen, mientras la presión sobre las fuerzas respaldadas por Arabia Saudita aumenta y la infraestructura energética saudí vuelve a quedar expuesta.
Si estos avances territoriales se consolidan, estaríamos ante algo más que una sucesión de operaciones militares: estaríamos ante un cambio en las reglas estratégicas de la guerra.
TAIZ: LA GUERRA SE MUEVE HACIA LAS ALTURAS ESTRATÉGICAS
En el suroeste de Yemen, la provincia de Taiz vuelve a ocupar un lugar central, según el escenario planteado, las fuerzas de Saná habrían avanzado en varias direcciones y tomado posiciones en zonas como Najd al-Qasim y Al-Misraj, además de localidades y áreas montañosas entre las que se mencionan Al-Darba, Wadi Shabak, Al-Barja, Jandain y el macizo de Naba.Especial importancia adquiere el avance en Jabal Habashi, al oeste de Taiz.
La importancia de estas operaciones no reside únicamente en el territorio conquistado, sino qué las alturas de Taiz permiten influir sobre las comunicaciones y sobre los corredores que conectan el interior y la costa occidental de Yemen.
En una guerra de este tipo, controlar una montaña puede ser más importante que controlar una ciudad. Las carreteras, las líneas de suministro y los movimientos de las fuerzas adversarias quedan condicionados por el dominio de las posiciones elevadas, por eso, un desplazamiento sistemático de las fuerzas apoyadas por Arabia Saudita puede tener consecuencias superiores a las que aparenta el mapa.
AL JAWF: PRESIÓN SOBRE LA FRONTERA SAUDÍ.
Más al norte, Al Jawf representa otro punto crítico.La provincia limita con Arabia Saudita y constituye uno de los corredores estratégicos entre el norte de Yemen y las zonas próximas a la frontera saudí.
Las fuerzas de Saná habrían lanzado una contraofensiva contra posiciones anteriormente ocupadas por formaciones respaldadas por Riad al este de Al-Labanat. También se señala el abandono de Al-Kanais, utilizado como centro de respuesta y concentración de fuerzas, si esta dinámica se mantiene, la cuestión deja de ser simplemente cuánto territorio puede recuperar cada bando.La verdadera pregunta es si las fuerzas apoyadas por Arabia Saudita conservan capacidad logística suficiente para mantener un frente amplio.
La experiencia de la guerra de Yemen demuestra que la superioridad aérea no garantiza automáticamente la victoria terrestre. Arabia Saudita posee una fuerza aérea y una capacidad militar convencional considerablemente superiores a las de los hutíes. Sin embargo, después de años de operaciones, el conflicto ha demostrado que destruir objetivos desde el aire no equivale necesariamente a controlar el territorio.
LOS MISILES Y LOS DRONES CAMBIAN LA ECUACIÓN.
La respuesta de Ansarulá tampoco se limita al campo de batalla yemení, los ataques con misiles y drones contra territorio saudí han convertido la profundidad estratégica del reino en un problema militar. Abha, Khamis Mushait y otras zonas próximas a la frontera han sido escenario de ataques durante el conflicto. En Jizán también se han registrado episodios de lanzamiento de proyectiles y daños materiales, según las informaciones citadas en el escenario planteado.
El portavoz de la coalición, el general de brigada Turki al-Maliki, ha informado en diferentes ocasiones de ataques mediante misiles balísticos y drones.
La paradoja es evidente: Arabia Saudita puede disponer de una superioridad tecnológica enorme y, al mismo tiempo, verse obligada a gastar cantidades gigantescas para defender infraestructuras frente a sistemas relativamente baratos. Ese es uno de los grandes cambios de la guerra moderna.
Un dron relativamente económico puede obligar a activar sistemas de defensa aérea, cerrar instalaciones, interrumpir operaciones y generar incertidumbre en los mercados. La relación entre el coste del ataque y el coste de la defensa puede terminar favoreciendo al atacante.
EL VERDADERO BLANCO: EL PETRÓLEO.
Pero el elemento más sensible de esta guerra no se encuentra necesariamente en el campo de batalla.Está debajo de la economía saudí.Los ataques contra instalaciones relacionadas con el oleoducto Este-Oeste constituyen una señal estratégica de enorme importancia. La interrupción del bombeo puso nuevamente sobre la mesa una cuestión que Arabia Saudita lleva años intentando resolver: cómo garantizar que sus exportaciones energéticas no dependan exclusivamente de los grandes cuellos de botella marítimos de Oriente Medio.
El oleoducto Este-Oeste conecta los yacimientos de la provincia Oriental con el puerto de Yanbu, sobre el mar Rojo, y permite transportar petróleo hacia una salida que evita el estrecho de Ormuz.La lógica estratégica parece evidente.
Si Ormuz queda bloqueado o amenazado, Arabia Saudita necesita una vía alternativa.Pero la guerra de Yemen plantea una segunda pregunta:¿Qué ocurre si también pueden ser atacadas las rutas alternativas?. Ahí aparece una de las grandes paradojas de la geopolítica energética, ya que durante años se ha pensado que la construcción de oleoductos, terminales y corredores alternativos permitiría reducir la vulnerabilidad del Golfo. Pero una infraestructura energética que atraviesa una región sometida a conflictos permanentes también puede convertirse en un objetivo militar. No existe una ruta completamente segura cuando la guerra alcanza una dimensión regional.

BAB EL-MANDEB: EL ESTRECHO QUE PUEDE CAMBIAR EL MAPA.
El punto más delicado es Bab el-Mandeb.Este estrecho conecta el golfo de Adén con el mar Rojo y constituye una de las grandes arterias del comercio mundial. Por allí pasan mercancías, combustibles y barcos que utilizan posteriormente la ruta del canal de Suez.En el escenario que planteas, la captura de la ciudad portuaria de Moca —Mokha— y posteriormente de la isla de Perim, también conocida como Mayyun, supondría un salto cualitativo.Perim ocupa una posición estratégica dentro del propio estrecho y divide sus pasos navegables.Por eso, un control efectivo de posiciones en torno a Bab el-Mandeb no tendría únicamente consecuencias para Yemen.Tendría consecuencias para Egipto, Arabia Saudita, Israel, Europa, Asia y para todas las economías dependientes del transporte marítimo entre el océano Índico y el Mediterráneo.El precedente del cierre o desvío de rutas comerciales por el conflicto en el mar Rojo ya ha demostrado que un problema localizado puede aumentar los costes de transporte a miles de kilómetros de distancia.La guerra deja entonces de ser una cuestión exclusivamente militar.Se convierte en inflación, seguros marítimos más caros, rutas más largas, mayor consumo de combustible y presión sobre las cadenas de suministro.

LA CAPTURA DE ARMAMENTO: CUANDO EL ENEMIGO SE CONVIERTE EN PROVEEDOR.
Otro elemento importante es la captura de material militar durante las retiradas de fuerzas gubernamentales respaldadas por Arabia Saudita. Entre el equipamiento mencionado aparecen vehículos blindados Oshkosh M-ATV, artillería y grandes cantidades de munición de origen estadounidense.La imagen es políticamente incómoda para Washington.
Estados Unidos puede suministrar armas, inteligencia, tecnología y apoyo a un aliado regional, pero cuando el frente terrestre se descompone, parte de ese armamento puede terminar en manos del adversario. La guerra de Yemen ha mostrado repetidamente los límites de una estrategia basada exclusivamente en la superioridad tecnológica.
El material militar puede cambiar de manos, las fronteras pueden cambiar, las alianzas pueden cambiar y las armas suministradas para garantizar la seguridad de un Estado pueden terminar reforzando precisamente a quienes ese Estado considera una amenaza.
MÁS DE 120 ATAQUES Y LA RESPUESTA SAUDÍ.
La escalada también se refleja en el volumen de ataques.Los hutíes han denunciado más de 120 ataques saudíes en el marco de esta nueva fase de enfrentamientos y han anunciado operaciones de respuesta con misiles y drones contra instalaciones militares, entre ellas una base en la región de Sharurah.
La lógica de la guerra parece entrar nuevamente en un círculo: Arabia Saudita bombardea posiciones hutíes.Los hutíes responden atacando territorio o infraestructura saudí.Riad refuerza sus defensas.
Los hutíes buscan nuevos objetivos y cada ciclo aumenta el coste económico para todos, la pregunta ya no es quién puede lanzar más ataques, sino quién puede soportar durante más tiempo el coste de la guerra.
¿QUÉ PASA SI ESTADOS UNIDOS REDUCE SU PRESENCIA MILITAR?
Aquí aparece el elemento decisivo para Arabia Saudita.Durante décadas, la seguridad del Golfo estuvo vinculada a la presencia militar estadounidense. Washington garantizaba una parte fundamental del equilibrio regional mediante bases, inteligencia, sistemas de defensa aérea, logística y capacidad de disuasión, pero Arabia Saudita sabe que la política estadounidense puede cambiar.
Washington tiene otras prioridades, China es un competidor estratégico global, Europa reclama mayor responsabilidad en su propia defensa y Oriente Medio ha demostrado ser un escenario extremadamente costoso.
Si Estados Unidos reduce de manera significativa su implicación militar, Riad tendrá que afrontar una realidad incómoda:su riqueza petrolera ya no garantiza por sí sola su seguridad y esa situación puede obligar a Arabia Saudita a acelerar su transformación militar y diplomática.
¿HASTA DÓNDE ESTÁ DISPUESTA A LLEGAR ARABIA SAUDITA?
Esta es probablemente la pregunta más importante. Riad dispone de recursos económicos enormes, pero una guerra prolongada también puede convertirse en una amenaza para el propio modelo económico que intenta proteger. Arabia Saudita necesita estabilidad para desarrollar su gigantesco programa de transformación económica, atraer inversiones, impulsar el turismo, desarrollar nuevas ciudades, diversificar sus ingresos y reducir progresivamente su dependencia del petróleo.
Una guerra regional permanente amenaza precisamente esos objetivos, por eso, Arabia Saudita tiene varias cartas, una puede aumentar su inversión en defensa aérea y antimisiles, puede profundizar su cooperación militar con otros socios internacionales, puede acelerar la protección de sus infraestructuras energéticas, puede utilizar su peso financiero y diplomático para construir nuevas alianzas, pero también puede hacer algo mucho más importante: negociar.
La diplomacia con Irán, los contactos indirectos con los hutíes y la búsqueda de un acuerdo político en Yemen pueden terminar siendo más baratos para Riad que una guerra indefinida.
Y aquí aparece la contradicción central, Arabia Saudita puede ganar batallas y perder económicamente la guerra, puede destruir instalaciones hutíes y, al mismo tiempo, aumentar la vulnerabilidad de sus propias instalaciones, puede comprar más sistemas de defensa y descubrir que cada nuevo sistema incrementa el coste de proteger una infraestructura que necesita funcionar las 24 horas, puede pedir a Estados Unidos que mantenga su presencia militar, pero no puede controlar indefinidamente las prioridades estratégicas de Washington.
EL PETRÓLEO COMO ESCUDO Y COMO VULNERABILIDAD.
Durante décadas, el petróleo fue la principal fuente de poder saudí y hoy también puede convertirse en su principal vulnerabilidad.La economía mundial necesita el petróleo saudí, pero precisamente por eso sus instalaciones son objetivos estratégicos.
El reino está intentando diversificar su economía porque comprende esta contradicción. Sin embargo, mientras la transición no esté consolidada, el petróleo seguirá financiando buena parte de su capacidad económica y estratégica, por eso, cualquier amenaza contra los oleoductos, terminales, refinerías o puertos saudíes tiene una dimensión mucho mayor que el daño físico inmediato.
El objetivo puede ser provocar incertidumbre.Y en los mercados energéticos, la incertidumbre también tiene precio.
UNA GUERRA QUE YA NO RESPETA FRONTERAS.
Yemen vuelve a demostrar una regla fundamental de los conflictos contemporáneos: las fronteras políticas no coinciden necesariamente con los espacios reales de la guerra. Un misil lanzado desde Yemen puede alterar el tráfico marítimo en el mar Rojo.
Un ataque contra una instalación petrolera saudí puede afectar a los mercados internacionales, una amenaza contra Bab el-Mandeb puede tener consecuencias en el canal de Suez, una crisis entre Arabia Saudita e Irán puede repercutir en Washington, Bruselas, Pekín, Moscú y Nueva Delhi.La guerra se vuelve global aunque los ejércitos permanezcan regionalizados.
LA GUERRA QUE ARABIA SAUDITA NO PUEDE GANAR SOLO CON DINERO.
La verdadera batalla de Arabia Saudita no es únicamente contra los hutíes, sino contra el tiempo. Riad necesita seguridad para transformar su economía, petróleo para financiar esa transformación, rutas seguras para exportar el petróleo y necesita estabilidad regional para atraer capital internacional.
Pero mientras Yemen siga siendo un frente abierto, cada una de esas necesidades puede convertirse en un punto de presión.
Si Estados Unidos disminuye su presencia militar, Arabia Saudita tendrá que elegir entre profundizar su propia militarización, buscar nuevos garantes externos o apostar con mayor decisión por una solución política, y probablemente termine haciendo las tres cosas simultáneamente.
Sin embargo, hay un límite que ni siquiera una de las monarquías más ricas del mundo puede ignorar: una guerra permanente termina erosionando aquello que se pretende defender. Los hutíes han demostrado que no necesitan derrotar militarmente a Arabia Saudita para infligirle un coste estratégico, basta con mantener abiertas suficientes vulnerabilidades para obligar a Riad a gastar cada vez más en seguridad y cada vez menos en desarrollo.
La gran incógnita, por tanto, no es solamente hasta dónde llegará Arabia Saudita para salvar su economía, sino hasta dónde estará dispuesta a llegar para evitar que su economía tenga que financiar indefinidamente una guerra que no puede resolver por la vía militar.
Y ahí está la paradoja de Yemen: cuanto más se intenta resolver el conflicto exclusivamente mediante la fuerza, más se amplía el espacio económico, energético y geopolítico de la guerra.
El nuevo tablero de Oriente Medio ya no se decide únicamente con aviones, misiles o ejércitos. Se decide también con oleoductos, estrechos, puertos, mercados, rutas comerciales y diplomacia, la guerra de Yemen no está cambiando solamente las fronteras del conflicto, está cambiando las reglas del juego.