El fracaso del G20 y el pincel de Milei

Por Jorge Norberto Elbaum, sociólogo, periodista, investigador y profesor universitario argentino. Fue el primer presidente del Llamamiento Argentino Judío, embajador de la Cancillería argentina ante la International Holocaust Remembrance Alliance y dirigió la Escuela de Defensa Nacional (EDENA).

La reunión de ministros de finanzas y presidentes de bancos centrales del G20, realizada la última semana en Asheville, Carolina del Norte, expuso la impotencia de la Casa Blanca para encolumnar a sus socios atlantistas y volvió a poner en evidencia su incapacidad para intimidar a la República Popular China. El cónclave fue planificado como una puesta en escena del mando estadounidense sobre la economía global.

El evento, coordinado por Scot Bessent, exhibió un Occidente fragmentado que aún ostenta su señorío mediático, digital y bélico, sin que dichos bagajes puedan ser reconvertidos en obediencia global. Como otras tantas veces, el lenguaje de la “coordinación internacional” de Washington operó como un barniz diplomático para imponer el disciplinamiento. Para el Secretario de Tesoro no se trataba de una convocatoria para deliberar. Era una cita para obedecer.

El resultado del encuentro, en ese marco, no fue económico, sino geopolítico. El dato sustancial fue que la reunión terminó sin un comunicado conjunto porque China rechazó una redacción que condenaba a los países con “superávits externos excesivos y persistentes”.

Ese eufemismo se refería a la capacidad exportadora de Beijing, cuyos representantes se encargaron de recordar que Estados Unidos tuvo durante el siglo XX —hasta la década de los 70— ese mismo superávit sin que sus actuales funcionarios se avengan a recordarlo. Ante el veto de China, Estados Unidos publicó una declaración unilateral de la presidencia.

Esa escena condensa el giro de época: el Departamento de Estado, dirigido por Narco Rubio, todavía ordena, pero ya no persuade. Presiona, pero no conduce.La presencia del ministro de Finanzas ruso, Antón Siluánov, además, puso en evidencia las contradicciones de la OTAN.

En Asheville, Moscú volvió a sentarse en la mesa donde se discuten dimensiones de la economía global, mientras la indignación europea se hacía explícita. El aislamiento de Vladimir Putin no pudo convertirse en la foto del encuentro. Por su parte, el veto de Beijing volvió a poner en evidencia las contradicciones de Estados Unidos, que insiste en predicar la libertad económica mientras aplica repetidas regulaciones tanto a nivel doméstico como en su política exterior.

Hacia adentro, regula, invierte y empodera a los megamillonarios con cortesías tributarias e inversiones del propio Estado federal. Los casos de Internet, el GPS, la microelectrónica y ahora la Inteligencia Artificial (IA) alcanzaron su madurez con la planificación estatal, el financiamiento público, la participación de los laboratorios nacionales, el involucramiento de las agencias militares y los subsidios encubiertos.

El ecosistema corporativo estadounidense se consolidó y se mantiene gracias a un entramado de subsidios estatales indirectos, contratos militares y exenciones fiscales masivas.

En la actualidad, el AI Action Plan, creado por Donald Trump, no inaugura una política pública científico-tecnológica: actualiza una matriz histórica. Invierte el dinero de la recaudación tributaria en programas públicos de desarrollo y en corporaciones privadas vinculadas con la innovación.

Jorge Norberto Elbaum

En términos económicos, ha auxiliado a las grandes empresas y ha socializado los riesgos de sus pérdidas entre los contribuyentes. El viejo mecanismo Hood Robin que ahora se ve reforzado: hasta el segundo mandato de Trump, los incentivos federales se limitaban a subsidios, contratos, préstamos a tasas preferenciales o rescates financieros a bancos y compañías de seguros (como los viabilizados durante la crisis iniciada en 2009). Desde 2024, el magnate naranja le sumó la participación accionaria del Estado en empresas privadas, bajo el argumento de la seguridad nacional y la competencia con China. Hacia afuera, exhorta a la apertura a terceros países para que las corporaciones estadounidenses se expandan.

Esta dinámica confirma una tesis central de la economía política crítica: la innovación tecnológica estadounidense nunca descansó en el propagandizado laissez-faire, sino en una combinación de financiamiento público, planificación industrial y captura privada de los beneficios. La hipocresía se presenta así de forma estentórea.

Estados Unidos invoca el libre mercado cuando pretende subyugar al Sur Global o frenar a Beijing, pero despliega licencias de exportación, aranceles y sanciones cuando su supremacía aparece amenazada. Tal como Mariana Mazzucato documentó para el caso del iPhone, el Estado nunca es neutral.

En el caso de la IA, esa matriz vuelve a hacerse manifiesta: Bessent invoca el libre mercado cuando busca legitimar la expansión de sus corporaciones, pero les otorga sustento a sus corporaciones cuando necesita preservar su primacía. Lo obsceno no es que Estados Unidos intervenga; lo sórdido y despreciable es que pretenda prohibir a los demás hacer lo propio.

Para América Latina y el Caribe, la escenificación de Asheville supone una nueva admonición injerencista. Washington se repliega cada vez más sobre lo que califica como su patio trasero, ante la creciente multipolaridad reinante. El caso argentino es ilustrativo.

La desregulación comercial celebrada por el gobierno de Javier Milei deja al país más expuesto a los mismos desequilibrios que Estados Unidos denuncia cuando afectan sus intereses. La participación de Luis Caputo en la reunión del G20 prologó la ampulosa discursividad oportunista de Javier Milei, referida a las Malvinas, que confirmó que no era el topo que venía a destruir el Estado, sino el insectívoro que llegaba para entregarle la soberanía a Estados Unidos.

En ese marco, el Atlántico Sur y la cuestión de las Malvinas se transforman en una transacción ajena a la soberanía nacional, a través de la cual Trump castiga a Londres por no participar en la guerra contra la República Islámica, extorsiona a su premier Andy Burnham para que aumente el presupuesto militar e intenta debilitar a los laboristas en el poder.

Esta disputa externa expone también el oportunismo grotesco de Milei: la causa inalienable de las Malvinas deja de ser pensada desde una perspectiva soberana y pasa a ser una moneda de cambio de una nueva tutela imperial. Frente a esta realidad, la tarea consiste en sumarse a los actores globales que proponen el multilateralismo y el respeto a las soberanías.

La tarea emancipatoria del Sur Global es construir poder propio: integración regional, soberanía tecnológica, mecanismos financieros autónomos y una política exterior que no disfrace la obediencia con el nombre de pragmatismo. Asheville no fue apenas una reunión fallida. Fue una postal del agotamiento de un orden que durante décadas convirtió sus intereses particulares en reglas universales.

Occidente llamó “multilateralismo” a su mando; “libre mercado” a su proteccionismo selectivo; y “seguridad internacional” a sus guerras preventivas, sanciones y bloqueos. Ese vocabulario empieza a gastarse porque la realidad ya no lo sostiene. Milei esta colgado de un pincel global al que se le está agotando su pintura. De ahí su intento de emular a Leopoldo Fortunato Galtieri.

Enlace: https://www.pagina12.com.ar/2026/09/05/el-fracaso-del-g20-y-el-pincel-de-milei/

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