Por Walter C. Medina.
Argentina despide a uno de los artistas más influyentes de su historiaNo eran todavía las 9.30 de la mañana cuando la radio que escucho a esas horas comunicó el fallecimiento del Indio Solari. Me llevó un tiempo asimilar que no se trataba de una fake news, sino que verdaderamente el Indio había muerto. Algo dentro mío murió también en ese mismo instante; como si el simple hecho de su partida implicara despedirme de una parte de mí, que –aún sin que lo percibiera- seguía viva y coleando cada vez que sonaba alguna canción de Los Redondos.
La muerte del Indio Solari silenció el ruido grosero y tendencioso que emergía de los medios a esas horas de la mañana. Los portales, las radios y las cadenas televisivas modificaron sus habituales agendas -contaminadas de “noticias de ayer”- para dedicar sus programaciones a lo que en las calles y en las plazas comenzaba a suceder. El sentimiento colectivo de pérdida se manifestaba en los cientos de miles de personas de todas las edades y condiciones sociales que espontáneamente iniciaban su peregrinaje hacia Plaza de Mayo para rendir homenaje a uno de los artistas populares más significativos de la historia cultural argentina del Siglo XX. El Indio había muerto. Y tras conocerse su deceso no quedaba más que homenajearlo como pocas veces se ha homenajeado en Argentina a otros grandes íconos populares de la historia.
Una marea humana llegada desde distintos puntos de la ciudad de Buenos Aires y de zonas cercanas abarrotó la Plaza de Mayo que en pocas horas se transformó en el punto de encuentro y en el escenario de la más sentida “Misa Ricotera”.
La totalidad de los canales televisivos comenzó a transmitir en directo desde ese punto de la capital, pero también desde el centro de Mar del Plata, La Plata y otras ciudades del país, en las que (sin previa convocatoria en redes) la gente se agolpó para dar testimonio, para expresar lo que el Indio representaba en sus vidas. “Fue y será el más grande. Mis viejos, yo y mis hijos crecimos escuchando a Los Redondos”. Mujeres, niños, abuelos y abuelas, gente de todos los estratos sociales confluyeron en una improvisada despedida que se extendió hasta la madrugada.
Banderas y remeras estampadas con la imagen del Indio, gente con lágrimas en los ojos mostrando a cámara su tatuaje del Indio o el logo de Los Redondos, canciones entonadas al unísono, himnos ricoteros invadiéndolo todo. Pero la muerte de este artista (inabarcable en su inmensidad) recién acaba de comenzar. Mientras escribía estas líneas en la noche del viernes, las noticias señalaban una disputa por el sitio en el que debía ser velado.
Había cruces de opiniones entre el oficialismo y la oposición por el uso o no del Salón de los Pasos Perdidos del Congreso Nacional, en donde han sido velados otros ilustres de la Cultura con mayúscula como Mercedes Sosa, Sandro o Leonardo Favio. También se hablaba del Estadio único de La Plata, del Presidente Perón (Cancha de Racing Club), el estadio de Huracán o el de Boca Juniors.
Pero a estas horas del sábado 6 ya se sabe que la despedida oficial del Indio será en el Polideportivo Gatica de la localidad bonaerense de Villa Domínico. Mientras escribo soy consciente de que este texto será demasiado viejo cuando sea publicado. Para entonces los lectores de este diario ya habrán leído que miles y miles de argentinos de diversas regiones del país peregrinaron hacia la ciudad de Villa Domínico para despedir a uno de los máximos exponentes de la cultura popular.
¿Pero cómo explicar en un medio de comunicación extranjero quién fue, quién es y quién seguirá siendo Carlos Alberto Solari, “El Indio”; y lo que su arrolladora creación artística representa para la historia reciente de la cultura argentina? La mejor definición la escuché de uno de los tantos miles que la noche del viernes 5 de junio estuvo entre la multitud. “No hay manera de compararlo con nadie porque es único e irrepetible. No se puede explicar”. Y esa imposibilidad de comparación con ningún otro artista es lo que anula cualquier aproximación a un intento de explicación de lo que El Indio representa. Porque hablar de su obra significa hablar de todo un universo de creación que no se limita solo al del rock; en todo caso fue el rock la vía expresiva a través de la cual más intensamente se expresó.
La poética de la realidad reflejada en la prosa de sus canciones ha sacudido los sentidos de tres generaciones, un legado de mensajes (algunos encriptados y otros a merced de quien se jactara de interpretarlos) que no se borrarán de la memoria colectiva. “Si no hay amor que no haya nada” Entre tantos otros motivos de respeto y admiración que ha despertado el Indio a lo largo de las décadas -desde aquella oscura de los ‘70s que dio a luz Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota-, uno de ellos es su espíritu vanguardista.

El Indio Solari siempre estuvo un paso por delante en originalidad, tanto en el aspecto estético como en el musical, imponiendo una lírica potente, rompedora de las formas.
No es este un artículo que pretenda hacer un recorrido cronológico por la vida artística del Indio Solari, ni mucho menos. Para ello debería remontarme a los inicios, contextualizar, retroceder en el tiempo hasta aquella La Plata universitaria en la que una cofradía de variados artistas e intelectuales provocaba los primeros aplausos en un bar de La Plata llamado Garage; habría que mencionar a los integrantes de aquel colectivo artístico y comunitario (inspirado en el proyecto M.I.A., Músicos Independientes Argentinos) que dieron en llamarse “Patricio Rey y Sus redonditos de Ricota”, en cuyas presentaciones cabían desde un payaso hasta un malabarista, extensos monólogos, improvisaciones teatrales, y un repartidor de buñuelos de ricota.
Habría que pormenorizar en aquel génesis que selló la independencia creativa como postulado y que el Indio supo sostener a lo largo de su carrera. Siempre de espaldas a las convenciones, Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota logró pasar de ser una banda que actuaba para cien personas a movilizar a cientos de miles allí donde anunciasen que fuesen a tocar; tan exponencial fue su crecimiento que no hubo sitio que albergara la demanda que provocaba cada una de sus actuaciones.
Y sin poses, sin aparecer en programas televisivos, sin más que el boca a boca de los fans que se multiplicaron a lo largo y a lo ancho del país. Mucho habría que decir acerca de lo que conforma la historia del Indio Solari, de Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota.
Cómo olvidar al adolescente de diecisiete años Walter Bulacio asesinado por la policía tras un concierto de Los Redondos en el Estadio Obras Sanitarias, un mazazo emocional para el Indio, la banda y sus seguidores; un triste suceso que cierto sector de la prensa usó malévolamente y que obligó al Indio a mostrar de qué madera estaba hecho. “No voy a televisar mis sentimientos”, dijo para no ser utilizado por el show televisivo y rehusarse a terminar posando junto a políticos oportunistas.

Esta crónica escasa es apenas una manera de despedirme yo también, o de compartir algo de lo que siento tras su fallecimiento. La historia recién comienza. El legado que nos deja no prescribe. Pasarán los años y su voz nos seguirá cantando que “violencia es mentir”, “que el lujo es vulgaridad”, “que el futuro llegó hace rato” o que “vivir sólo cuesta vida”; y la tribu de mi calle (posiblemente)seguirá escribiendo la historia en las paredes de tu barrio.
Leí por ahí que un ídolo será popular o no será. Y creo que esta también es una buena definición para responder al impacto emocional colectivo que esta muerte nos provoca. Toda esa marea humana volcada a la calle no tiene precedente en la historia argentina; y creo que es la muestra más auténtica, sin maquillajes, de un fenómeno socio-cultural que, como todo fenómeno, sólo puede ser vivido, no explicado.Insisto en que este artículo será viejo cuando llegue al lector.
A estas horas del sábado los medios de comunicación hablan de más de un millón de personas que se acercarán este domingo al Polideportivo de Villa Domínico en donde finalmente se llevará a cabo su velorio.
Será el último adiós de los ricoteros; y la entrada a la inmortalidad del Indio Solari. De ahora en adelante se escuchará el “olé, olé, olé, Indio, Indio” entre canción y canción de las bandas que deja y de las que vendrán, se grabará su rostro en nuevas pieles y se estampará en banderas nuevas.
Así como en cada estadio en donde juega Argentina nunca habrá de faltar el rostro de Maradona, así del mismo modo. Si hasta este viernes, aun estando entre nosotros, ya era una leyenda, su muerte no hará más que elevarlo al sitio preferencial en el que habitan los héroes de verdad. El sitio eterno, el del único héroe en este lio.