Por Fernando Ortega de El Berguedá, Catalunya
El dilema estratégico de la izquierda ante el “proyecto Rufián”La propuesta de coordinación electoral reabre un viejo debate: ¿es la fragmentación el problema central o lo es la ausencia de un relato común capaz de hacer deseable la unidad?
“Disputar el presente para ganar el futuro”
Gabriel Rufián ha lanzado una propuesta de unidad de la izquierda con un enfoque eminentemente práctico: coordinar candidaturas provincia por provincia para evitar que la fragmentación penalice en el reparto de escaños. La idea ha generado adhesiones parciales, recelos profundos y críticas técnicas.
Pero más allá de simpatías o resistencias, la cuestión de fondo no es táctica sino estructural: ¿puede construirse unidad sin hegemonía política previa ni programa común sólido?
Racionalidad electoral frente a dispersión.
La propuesta parte de un diagnóstico sencillo: la izquierda compite dividida mientras la derecha se beneficia de esa dispersión. Bajo el sistema electoral español, la fragmentación penaliza, especialmente en circunscripciones pequeñas. El planteamiento es pragmático: si en cada provincia se presentara únicamente la fuerza con más opciones reales, se maximizaría la representación parlamentaria del bloque progresista.
En apariencia, es una lógica difícil de refutar. Sin embargo, su sencillez es también su límite. Porque la propuesta se centra en el mecanismo electoral sin haber resuelto previamente el conflicto político que genera la fragmentación.
La dispersión no es solo una anomalía técnica; es la expresión visible de desacuerdos estratégicos, identitarios y organizativos.
Además, el proyecto incorpora un elemento que introduce fricción adicional: la reivindicación del derecho de autodeterminación como principio irrenunciable. Aunque teóricamente compatible con una coordinación estatal, en términos de percepción electoral amplía la distancia con sectores de izquierda que mantienen una concepción más unitaria del Estado. No se trata de un juicio moral, sino de una constatación sociopolítica: los marcos identitarios son persistentes y no se modifican por decreto.
La iniciativa, por tanto, se mueve en una tensión no resuelta: pretende optimizar escaños sin haber generado previamente una convergencia política suficiente que haga natural esa optimización.
El punto ciego de la unidadLa cuestión nacional no es un detalle añadido al proyecto de Gabriel Rufián; es parte constitutiva de su identidad política. Él no es simplemente un diputado de izquierdas que propone coordinación electoral: es portavoz de Esquerra Republicana de Catalunya y figura del independentismo catalán.
Y eso cambia el marco.Porque el debate sobre la unidad de la izquierda en el Estado español no se produce en un vacío territorial. Se produce en un sistema plurinacional tensionado, donde fuerzas como EH Bildu, BNG o la propia ERC operan desde proyectos nacionales diferenciados.
Aquí aparece la primera fricción estructural: Para parte de la izquierda estatal, la cuestión nacional es secundaria frente a la agenda social.
Para las izquierdas nacionalistas, la cuestión nacional es inseparable del proyecto social.No es solo una diferencia programática; es una diferencia de sujeto político.Cuando se habla de “unidad de la izquierda”, la pregunta implícita es:¿unidad de qué izquierda? ¿De un bloque estatal homogéneo? ¿O de un mosaico plurinacional con prioridades distintas?.
Rufián intenta resolver esa tensión afirmando que la autodeterminación no es incompatible con la cooperación estatal. Conceptualmente es defendible. Estratégicamente, es complejo. Porque fuera de las llamadas autonomías históricas, el electorado progresista no siempre percibe esa distinción como neutral.
Y aquí aparece el riesgo político:La coordinación electoral puede ser vista, en determinados territorios, como una ampliación del independentismo al conjunto del Estado, aunque no lo sea en términos formales.
Hegemonía, liderazgo y construcción previaComparar ayuda a dimensionar el problema.
En Uruguay, el Frente Amplio no fue una suma electoral coyuntural sino el resultado de décadas de acumulación política, cultura de coalición y reglas internas estables. La unidad fue consecuencia de una identidad compartida que precedía a la estrategia electoral.
En Francia, La France Insoumise operó bajo una lógica distinta: liderazgo fuerte y marco ideológico dominante. Allí la unidad se articuló alrededor de un polo hegemónico claro. No fue equilibrio horizontal, sino centralidad política capaz de ordenar el espacio.
En España, el primer ciclo de Podemos logró algo similar en su fase inicial: no sumó siglas, absorbió espacio. Construyó un relato que reconfiguró el campo político. Solo después vinieron las confluencias.
El proyecto actual carece de esos elementos estructurales. No hay hegemonía clara. No existe una organización común consolidada. Tampoco un liderazgo aceptado transversalmente. Y, sobre todo, no hay un relato compartido que anteceda a la coordinación.
Por eso la comparación revela algo incómodo: la unidad exitosa no suele surgir de la necesidad aritmética, sino de la fuerza política previa.“Programa, programa, programa”Aquí la figura de Julio Anguita reaparece con una vigencia incómoda. Su insistencia no era retórica ni nostálgica. Era una arquitectura estratégica: primero contenido político claro; después acuerdo; finalmente representación institucional.
Anguita entendía que la unidad no podía sostenerse en el miedo a la derecha ni en la urgencia táctica. Debía asentarse en un proyecto transformador concreto, verificable y compartido. Si no había coincidencia programática real, la alianza sería frágil.
Ese enfoque tenía fortalezas evidentes: coherencia, identidad política sólida y capacidad de generar militancia convencida. Pero también tenía límites: en contextos de alta fragmentación podía derivar en aislamiento si el programa no lograba ampliarse socialmente.
La cuestión hoy no es repetir consignas, sino extraer la lógica subyacente. La unidad basada en cálculos electorales puede ser eficiente a corto plazo, pero difícilmente genera adhesión profunda. La unidad basada en programa exige trabajo previo y cesiones ideológicas, pero produce mayor estabilidad.
La tensión entre ambos enfoques define el dilema actual.¿Existe una fórmula viable?Si se acepta que ni la mera coordinación electoral ni el maximalismo programático aislado resuelven el problema, entonces la salida debe combinar realismo organizativo y claridad política.
Una posible arquitectura de viabilidad podría apoyarse en cuatro pilares:
1.-Programa mínimo material y limitado.
No un compendio ideológico completo, sino un núcleo reducido centrado en vivienda, servicios públicos, fiscalidad progresiva y derechos laborales. Un acuerdo verificable que impacte directamente en la vida cotidiana. Las cuestiones territoriales o estratégicas más divisivas quedarían explícitamente fuera del núcleo común.
2.-Reglas objetivas para candidaturas.
Encuestas independientes, primarias conjuntas o criterios pactados antes del conflicto. Sin método transparente, la selección del “más preparado” se convierte en disputa permanente.
3.- Garantías de supervivencia organizativa.
Ninguna fuerza aceptará retirarse si eso implica su desaparición futura. Deben existir mecanismos de representación interna, visibilidad pública y reciprocidad territorial.
4.-Unidad como consecuencia narrativa.
La coordinación no puede presentarse como un mal menor frente a la derecha. Debe ser la expresión de un proyecto concreto que la ciudadanía perciba como útil y urgente.
Sin estos elementos, cualquier acuerdo corre el riesgo de convertirse en ingeniería de despacho, vulnerable al primer desacuerdo.
La pregunta pendiente.
El debate sobre el “proyecto Rufián” no es una disputa personal ni un episodio coyuntural. Es el síntoma de un problema más profundo: la izquierda española ha perdido el relato hegemónico que, en otros momentos, permitió ordenar diferencias y convertir la diversidad en fuerza.
La fragmentación es visible, pero puede no ser la causa primaria. Podría ser el efecto de una ausencia: la falta de un proyecto compartido capaz de generar deseo de convergencia. Sin ese impulso previo, la unidad se percibe como cálculo; con él, se convierte en consecuencia.
Tal vez la cuestión no sea si la izquierda debe unirse, sino bajo qué condiciones esa unión dejaría de parecer forzada y empezaría a resultar inevitable.Y esa es una pregunta que trasciende nombres propios, tácticas electorales o nostalgias estratégicas. Es una pregunta sobre conflicto social, sobre hegemonía política y sobre la capacidad de convertir demandas materiales en proyecto común.
El debate queda abierto. Porque antes de diseñar la fórmula de la unidad, quizás sea necesario responder a algo más incómodo: ¿existe hoy un eje material lo suficientemente potente como para situarse por encima de las diferencias y hacer que la unidad no sea una consigna, sino una consecuencia?
