SIRIA. El espejo roto del mundo

Poe Fernando Ortega de Berguedá, Cataluña , Redacción

La guerra siria no solo desangró un país: desnuda la hipocresía de una comunidad internacional que aplaudió sanciones, financió fanatismos y confundió revolución con devastación.

El comienzo del espejismo

Cuando Siria empezó a arder, muchos creyeron que el fuego traería libertad. En 2011, mientras el eco de las primaveras árabes recorría África y Oriente Medio, jóvenes y mayores se levantaron reclamando dignidad, trabajo, derechos y futuro.

En Daraa, en Homs, en Damasco, surgió la esperanza de un cambio. Pero pronto, aquel humo de esperanza se mezcló con el humo de las armas.Lo que nació como clamor popular fue secuestrado por intereses lejanos a la justicia o la democracia. Siria se convirtió en tablero de una guerra global donde cada potencia jugó sus cartas y los sirios fueron convertidos en fichas.

La lucha dejó de ser por libertad y pasó a ser por control, territorio y recursos. Detrás de cada bandera, otra bandera; detrás de cada discurso, otro interés.

La revolución que nunca fue

Ninguna guerra moderna se libra sin relato. Siria se convirtió en un ejemplo perfecto: desde los primeros días, los grandes medios occidentales construyeron un relato binario: pueblo versus tirano. Pero pronto la narrativa se quebró. Las milicias “moderadas” financiadas internacionalmente terminaron siendo extensiones del yihadismo más brutal. Los “libertadores” grababan ejecuciones, las “zonas liberadas” imponían velos y castigos. La bandera de la democracia ondeaba sobre ruinas y cadáveres.

Mientras tanto, Estados Unidos, Europa, Turquía, Arabia Saudí, Irán y Rusia intervenían directa o indirectamente, defendiendo cada uno su cuota de influencia. Los sirios dejaron de ser protagonistas de su historia: fueron instrumentos, daños colaterales, pretextos para sancionar, bombardear o negociar. Lo que nació como primavera terminó siendo un invierno sin fin.

La hipocresía global y el activismo de salón

Desde la comodidad de cafés europeos y universidades del norte global, muchos aplaudieron el castigo a Siria. Las sanciones eran “necesarias para presionar al régimen”, decían. Lo que no dijeron es que privaban de medicamentos a hospitales, de combustible a escuelas, de pan a familias. El precio no lo pagaban los poderosos: lo pagaban niños, ancianos y familias desplazadas.

Cientos de miles de sirios huyeron buscando refugio. A muchos se les negaron visados y asilo político; otros quedaron atrapados en campos de refugiados sin futuro. La libertad que clamaban para Siria se convirtió, para estos desplazados, en un laberinto de desesperanza y dolor.

Ser activista desde el sofá es fácil cuando el sufrimiento está a miles de kilómetros. En nombre de la moral, se impuso un castigo colectivo que convirtió a todo un pueblo en rehén de su geografía. Los que cuestionaron esa narrativa fueron tildados de cómplices, propagandistas, enemigos. La compasión se convirtió en espectáculo; la moralidad, en autojustificación.

El castigo colectivo y la pérdida de dignidad

Después de más de una década, Siria quedó arrasada. Las sanciones la asfixiaron más que las bombas. Millones sobrevivieron bajo ruinas o bajo el control de milicias extremistas; millones huyeron para no volver jamás.

Lo más grave fue la pérdida de dignidad: las grandes potencias permitieron que el país fuera saqueado —petróleo, trigo, vestigios arqueológicos— mientras se repartían contratos y zonas de influencia bajo el nombre de “reconstrucción”. El sufrimiento sirio se volvió negocio.

La compasión, un eslogan.

La indiferencia, política de Estado.Y hoy, el gobierno que esos mismos actores apoyaron y financiaron subyuga aún más a la población que la que existía bajo Bashar al-Ásad. La ilusión de libertad se transformó en cadenas más pesadas.

Siria como advertencia universal.

Siria no es solo un país; es un espejo. Refleja lo que ocurre cuando el poder decide quién merece vivir y quién puede ser sacrificado. Cuando la opinión pública occidental confunde empatía con espectáculo y compromiso con un tuit. Cuando se celebra moralidad desde la distancia, mientras los que sufren pagan el precio.La historia siria debería avergonzarnos.

Porque lo que se destruyó allí no fue solo un país, sino la idea misma de humanidad compartida. Siria nos recuerda que la dignidad no se exporta con drones ni sanciones, que la justicia no se impone con bloqueos, y que la paz no se construye sobre el hambre de otros.

Quienes aplaudieron sanciones y financiaron milicias extremistas hoy tienen una responsabilidad moral: reconocer que su activismo cómodo ayudó a consolidar un régimen más opresivo que el anterior.

Que la historia no olvida a quienes se pusieron de lado y que el futuro no los perdona.Siria no es una tragedia lejana. Es un espejo roto en el que todos —ciudadanos, gobiernos, instituciones— debemos mirarnos, para no repetir el mismo error.

Porque la libertad no se impone desde fuera; se defiende desde dentro. Y la humanidad no se construye con aplausos vacíos, sino con responsabilidad compartida.

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