PURGA Y MORDAZA: ¿LA NUEVA IDENTIDAD DE PODEM CATALUNYA?

Por Fernando Ortega de El Berguedá, Catalunya

Retrato político de una dirección que ha cambiado el tono —y algo más—En política, los cambios más profundos no siempre se anuncian con grandes decisiones.

A veces llegan en forma de tono, de distancia, de silencios nuevos. Un día descubres que las puertas ya no están abiertas, que la palabra pesa más, que la discrepancia incomoda.

Y cuando eso ocurre, no hace falta una ruptura formal para que algo haya cambiado de verdad.En PODEM Catalunya, a apenas unos meses de la elección de su nueva dirección, empiezan a percibirse señales que invitan a una lectura más atenta.

No tanto por lo que se dice, sino por cómo se ejerce el poder.

Unos meses después de su elección, la nueva dirección empieza a dibujar un perfil propio. No por la acumulación de decisiones relevantes —escasas y todavía poco visibles— sino por el estilo de liderazgo que se va consolidando. En política orgánica, el tono no es un detalle: es una señal. Y la señal que hoy se emite es clara. Dónde se prometía una coalicion horizontal desde el entendimiento, hoy hay hostigamiento y desconfianza. Donde antes había proximidad, ahora hay distancia. Donde había interlocución, ahora hay silencio. Donde la militancia era tratada como sujeto político, hoy parece gestionarse como un problema a contener.

No se trata de nostalgia ni de idealizar etapas anteriores. Las direcciones cambian, y es legítimo que impriman su carácter. Pero cuando el cambio de estilo deriva en un cambio de cultura política, conviene detenerse a observar. Porque lo que está en juego no es la simpatía personal, sino el modelo de organización que se está construyendo.

Del liderazgo cercano a la autoridad distante.

La anterior coordinación autonómica se caracterizaba por un estilo abierto, accesible y deliberativo. No exento de errores, pero reconocible en su voluntad de mantener canales vivos con la militancia y los órganos. La nueva dirección, en cambio, se presenta de forma más hermética, elevada a figura de autoridad y poco dada a la explicación pública de sus decisiones —o de sus silencios.

Este desplazamiento no es anecdótico. Supone un tránsito desde una lógica política basada en la construcción de consensos hacia una lógica de mando, donde la autoridad se ejerce más de lo que se argumenta. En partidos de tradición vertical, este modelo pasa desapercibido. En una organización que nació precisamente para impugnarlo, no.

Disciplina sin relato.

En apenas medio año se han producido una serie de movimientos que, analizados en conjunto, dibujan un patrón inquietante. Cuatro figuras relevantes han sido desplazadas o políticamente neutralizadas: tres pertenecientes a órganos de dirección autonómica y una a la portavocía de la militancia de Barcelona.

A ello se suma que, solo en la última semana, seis secretarías han presentado su dimisión como consecuencia del desgaste acumulado, la falta de respeto en el plano personal y, especialmente, el incumplimiento reiterado de los acuerdos políticos que hicieron posible la coalición ganadora de las elecciones.

Los hechos indican, de forma cada vez más evidente, que nunca existió una voluntad real de construir equipo ni de respetar el equilibrio acordado. Lo que se presentó como un proyecto compartido ha derivado en una maniobra de acumulación de poder, basada en la exclusión progresiva de quienes no se someten a una lógica vertical.

Hoy, quienes contribuyeron decisivamente a que la coordinadora general alcanzara su posición han sido reducidos a meros instrumentos prescindibles. Utilizados y desechados. No como compañeras y compañeros de un proyecto político, sino como recursos coyunturales al servicio del control orgánico.

Los casos son distintos, pero el efecto acumulado es el mismo: un mensaje implícito de advertencia.

A ello se suman indicios —difíciles de acreditar de forma concluyente, pero ampliamente comentados en el ámbito interno— de que los recursos económicos podrían estar utilizándose como herramienta de persuasión o disciplinamiento. No es necesario afirmar intencionalidades para constatar el resultado político: se ha instalado la percepción de que disentir tiene costes, y que esos costes no siempre son solo simbólicos.

La disciplina, cuando no se acompaña de relato ni de pedagogía, deja de ser una herramienta organizativa para convertirse en un mecanismo de control. Y el control sin explicación genera obediencia aparente, pero erosiona la legitimidad.

Silencios, mordazas y ruido aplacado.

Otro rasgo característico de esta etapa es el cierre progresivo de los espacios de interacción militante. Chats restringidos, debates cortados de raíz, silencios prolongados ante conflictos evidentes y una voluntad clara de “apagar el ruido” sin procesarlo políticamente.

El conflicto, sin embargo, no desaparece por decreto. Solo se desplaza. Y cuando una dirección confunde cohesión con silencio, suele terminar gestionando mal ambos.

La militancia no deja de pensar porque no pueda expresarse en los canales oficiales; simplemente deja de sentirse parte del proyecto.

Cuando los contrapesos se politizan.

Especialmente preocupantes resultan los movimientos recientes en el Comité de Garantías. Dimisiones poco explicadas, cambios que generan desconcierto y una sensación creciente de politización de un órgano que debería actuar como contrapeso neutral.

La comparación que empieza a circular —con el Consejo General del Poder Judicial— no es exagerada por su literalidad, sino por su significado: cuando los órganos de garantía dejan de percibirse como independientes, la confianza en el conjunto de la organización se resiente. Sin garantías creíbles, la democracia interna se vacía.

Militancia desconectada, proyecto opaco.

Todo lo anterior desemboca en una consecuencia central: una desconexión cada vez más evidente con la militancia. No como hecho puntual, sino como dinámica. A las puertas de 2027, el discurso municipalista se reduce a consignas grandilocuentes —“vamos a arrasar”— sin que exista un proceso colectivo reconocible ni una implicación real de las bases en su construcción.

Un proyecto que se anuncia como inevitable, pero no se comparte ni se discute, no es un proyecto político: es una proclamación. Y las proclamaciones, sin cuerpo social que las sostenga, suelen quedarse en eso.

Ninguno de estos elementos sería, por sí solo, determinante. Pero su coincidencia en un periodo tan breve dibuja un patrón reconocible: concentración de la toma de decisiones, reducción de los espacios informales de deliberación y uso creciente de la autoridad —formal o económica— como mecanismo de orden interno.

No es un fenómeno exclusivo de PODEM ni de Catalunya.

Aparece con frecuencia en organizaciones que, ante la incertidumbre externa, optan por blindarse internamente. El problema es que ese blindaje suele pagarse con desconexión, desconfianza y pérdida de músculo militante.

Una identidad en construcción… o en contradicción.

Nada de lo descrito es irreversible. Pero todo apunta a una identidad política que se está configurando con rapidez: purga en la gestión del disenso, mordaza en la expresión militante y autoridad ejercida desde arriba como respuesta casi automática al conflicto.

El problema no es solo organizativo. Es político. Porque cuando una dirección se eleva demasiado pronto a figura de autoridad, corre el riesgo de olvidar una lección básica de la política democrática: sin base, no hay poder duradero; solo hay mando. Y el mando, en organizaciones que aspiran a transformar la sociedad, suele ser el inicio del desgaste.

PODEM Catalunya aún está a tiempo de decidir qué tipo de organización quiere ser. Pero el reloj corre más deprisa de lo que parece. Y las señales, hoy, ya no pasan desapercibidas.

La cuestión no es si esta dirección acierta o se equivoca en cada movimiento concreto. La cuestión es qué tipo de organización se está construyendo y a qué precio. Porque los partidos no se definen solo por sus documentos o discursos, sino por la experiencia cotidiana que ofrecen a quienes los sostienen. Cuando esa experiencia se vuelve distante, opaca o disciplinaria, algo esencial se resiente.

Tal vez aún sea pronto para hablar de consecuencias. Pero no lo es para observar, describir y pensar en voz alta. A veces, poner nombre a los cambios es el primer paso para decidir si se aceptan… o se discuten.

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