PATRICE LUMUMBA. La voz que no pudieron disolver.

Fernando Ortega, el Berguedá, Cataluña.

Patrice Lumumba, primer ministro del Congo independiente, fue asesinado por desafiar al poder colonial y a las potencias occidentales que siguieron explotando su país.

Su cuerpo fue disuelto en ácido, pero su palabra sobrevivió.El Congo no nace: sangra. A finales del siglo XIX, el rey Leopoldo II de Bélgica lo convierte en su propiedad privada, no en colonia, sino en botín.

Su reino personal en el corazón de África. Allí, en nombre del progreso, funda un infierno. Para arrancar el caucho y el marfil que engordan la riqueza europea, su ejército corta manos, arranca hijos, mutila cuerpos. Cada bala disparada debe justificarse con una mano amputada. La codicia se disfraza de civilización.

En apenas dos décadas, más de diez millones de congoleños son asesinados, torturados o reducidos a esclavos. El Congo se convierte en la metáfora de un continente convertido en mina, campo de pruebas y tumba.Décadas después, de esa herida nace Patrice Émery Lumumba.

Hijo del pueblo, aprendiz de todo, lector voraz, autodidacta en la dignidad. Trabaja como cartero, escribe poemas, estudia por su cuenta la historia y la política. Su inteligencia inquieta despierta sospechas en los colonos belgas, que lo encarcelan por “sedición”.

Pero Lumumba no se quiebra: comprende que la libertad no se pide, se conquista. En 1958 funda el Movimiento Nacional Congoleño (MNC), el único partido que reclama la independencia del país sin divisiones étnicas ni servidumbres extranjeras.

Cree en una África unida, soberana, dueña de su destino.El 30 de junio de 1960, en la ceremonia de independencia del Congo, el rey Balduino elogia la “obra civilizadora” de Bélgica. Habla de generosidad y de progreso. Lumumba rompe el guion. Se levanta, toma la palabra y cambia la historia. “No fue una dádiva lo que obtuvimos —dice—, sino una lucha conquistada con lágrimas, fuego y sangre.”

Denuncia las humillaciones, los golpes, los insultos que durante ochenta años sufrió su pueblo. Los diplomáticos blancos enmudecen. Los suyos, por primera vez, se sienten enteros.Su discurso resuena más allá de las fronteras: el África colonizada ha aprendido a hablar por sí misma.

Pero las potencias que aplaudieron la independencia formal no toleran la independencia real. El Congo es demasiado valioso para dejarlo libre. Sus minas esconden uranio, cobre, coltán, oro, diamantes.

De su subsuelo sale el uranio con el que Estados Unidos fabricó las bombas de Hiroshima y Nagasaki. En los despachos de Bruselas, Londres y Washington, Lumumba ya es un problema.A las pocas semanas, el caos se desata. Bélgica incita la secesión de Katanga, su provincia más rica, y envía tropas “para proteger a los europeos”. La ONU mira hacia otro lado.

Lumumba pide ayuda, pero solo recibe silencio. Entonces recurre a la Unión Soviética. En plena Guerra Fría, ese gesto basta para condenarlo. La CIA lo marca como “comunista peligroso”, y el MI6 británico lo incluye en su lista de enemigos a eliminar.

Dentro del propio Congo, la élite política —educada en los privilegios coloniales— se vuelve contra él. Joseph-Désiré Mobutu, su antiguo aliado, organiza un golpe de Estado con respaldo de Occidente. Lumumba es arrestado, torturado y entregado a sus enemigos en Katanga.

El 17 de enero de 1961, lo ejecutan. Su cuerpo es disuelto en ácido sulfúrico por un oficial belga. No dejan rastro. Quieren borrar su nombre, su rostro, su ejemplo.Pero la memoria no se disuelve.Lumumba se convierte en símbolo.

En la voz de un continente entero que despierta. En el rostro de todos los pueblos que se niegan a aceptar su destino impuesto. Su asesinato no apaga su verdad; la multiplica. En las universidades, en los barrios, en las minas, su nombre se pronuncia con respeto.

En 2022, Bélgica devolvió a su familia el único resto que quedaba de él: un diente. Un gesto tardío que no borra un siglo de horror, pero que recuerda a Europa su propia vergüenza.Hoy, más de sesenta años después, el Congo sigue siendo el corazón mineral del mundo. Su coltán alimenta los teléfonos, ordenadores y coches eléctricos del Norte global.

En las minas, miles de niños trabajan por un dólar al día. Las multinacionales que se enriquecen con ello hablan de sostenibilidad y progreso. La historia se repite, con traje nuevo.Patrice Lumumba lo vio venir.

Denunció que el colonialismo no acabaría con las banderas, sino con la soberanía robada, con la economía subordinada, con los gobiernos títeres. Dijo que el verdadero enemigo no era el hombre blanco, sino la injusticia blanca. Tenía razón.Su voz, la que quisieron disolver, sigue resonando cada vez que un país se levanta contra el saqueo, cada vez que un pueblo pobre se atreve a decir no.

Lumumba no es una figura del pasado; es una advertencia. Su asesinato no fue solo el crimen de un hombre, sino la confesión de un sistema que no soporta la dignidad.Porque la historia del Congo no es una historia africana.

Es la historia del mundo tal como es: dividido entre quienes saquean y quienes resisten.Y mientras ese equilibrio no cambie, Lumumba seguirá vivo, recordándonos que la independencia no se agradece. Se conquista. Se defiende.

FOTO PORTADA: Patrice Lumumba en Bruselas, 26 de enero de 1960

Fernando Ortega
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