Nuevo relato de la izquierda se convierte en la pesadilla del PP Y VOX en el Congreso.

Por Adriana F.Gomez , Redacción Uruguay

Hay momentos en la política en los que el ruido lo ocupa todo y parece que solo quien grita más alto consigue atención. En ese contexto lo que ocurre con una parte de la Izquierda frente al PP y Vox adquiere un valor especial, casi pedagógico. No hay aspavientos, no hubo insultos ni teatralidad excesiva.

Hubo algo que incomoda profundamente a la derecha contemporánea, claridad, ironía contenida y una argumentación que dejó sin escapatoria a quienes viven del grito permanente. Esa es la respuesta elegante, la que no necesita elevar la voz porque se sostiene sobre el vacío del adversario. Desde una perspectiva de izquierdas, este episodio no puede analizarse como una simple intervención de un diputado con buena capacidad retórica.

Es algo más profundo. Es la demostración de que el marco político dominante de la derecha, basado en la crispación constante, puede ser desmontado sin entrar en su juego. Y eso es precisamente lo que más les molesta.

Porque cuando no hay gritos, cuando no hay insultos, ya no pueden refugiarse en el victimismo ni en la caricatura del adversario agresivo. Rufian arrincona a PP y Vox porque los obliga a enfrentarse a sus propias contradicciones y caen en una humillación severa, Les habla desde un lugar incómodo, el de la coherencia discursiva.

Mientras la derecha se mueve entre la indignación permanente y el eslogan vacío, Rufian articula una intervención que conecta hechos, discurso y contexto político. Y lo hace con un tono que desarma, porque no concede el espectáculo que el adversario necesita para sobrevivir.

La derecha actual, especialmente en su versión más radicalizada, necesita conflicto explícito.Necesita gritos para convertir cualquier debate en un enfrentamiento emocional. PP y VOX, cada uno a su manera, se han acostumbrado a ese terreno de la crispación continua y cuando alguien se niega a jugar ahí, quedan expuestos.

No saben responder a una crítica que no pueden descalificar como exagerada o insultante. Ese es el rincón al que Rufian los empuja, no con fuerza, sino con precisión. Desde la izquierda, este tipo de intervenciones son importantes porque rompen un prejuicio muy instalado, la idea de que sólo la confrontación agresiva genera impacto político.

Lo que ocurre día tras otro en el Congreso demuestra lo contrario. La elegancia entendida no como moderación tibia sino como control del marco, es una herramienta mucho más eficaz. Las contestaciones o exposiciones no está en el tono, está en el contenido.

Y el contenido, cuando es sólido, pesa más que cualquier grito, en ese momento la ultraderecha en blanco y negro con brillantina pasada de fecha reaccionan con incomodidad visible. Intentan desviar el foco, recurren a lugares comunes o directamente optan por el silencio incómodo.

No porque no tengan opinión, sino porque cualquier respuesta los hunde más en la contradicción señalada. Ese silencio en política también comunica. Comunica falta de argumentos, falta de proyecto y dependencia absoluta del ruido como única estrategia.

Rufián en cambio construye su intervención desde una lógica distinta. No apela a la provocación gratuita, sino a la memoria política y a la coherencia. Recuerda posiciones pasadas, confronta discursos con hechos y obliga a la derecha a explicar por qué dice hoy lo contrario de lo que decía ayer.

Ese es una de las armas más potentes contra quienes viven del presentismo emocional y de la amnesia selectiva. Desde una perspectiva de izquierdas, este momento también sirve para desmontar otro mito. El de la supuesta superioridad moral de la derecha en el tono institucional.

El líder de VOX, Santiago Abascal (i) y el presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo (d), durante el desfile del 12 de octubre ‘Día de la Fiesta Nacional’, en la plaza de Cánovas del Castillo, a 12 de octubre de 2023, en Madrid (España).

Durante años, se ha acusado a figuras como Rufian de crispación, mientras se blanqueaban discursos mucho más agresivos procedentes de la derecha. Lo que vemos ahora en el Congreso demuestra que el problema nunca fue el tono, sino el contenido. Cuando el contenido es incómodo, cualquier forma de expresar lo molesta.

La contestación elegante no busca el aplauso inmediato ni el clip viral vacío. Busca algo más duradero, dejar al adversario del Partido Popular de Feijóo o de la ultraderecha de VOX con un Abascal en mentira sistemática sin marco de respuesta. Partido Popular y VOX se sienten cómodos cuando pueden reducir el debate a una pelea de bandos.

Se sienten incómodos cuando alguien les habla de hechos, de coherencia y de responsabilidades políticas. Ahí es donde quedan arrinconados no por falta de ideas, sino por imposibilidad de crear relatos e inconsistencias y falta de respuestas coherentes. Este episodio también conecta con un cansancio social cada vez más evidente.

Una parte creciente de la ciudadanía está harta de la política convertida en un espectáculo de gritos. Quiere claridad, quiere argumentos y quiere saber qué propone cada cual más allá del rechazo al otro. Cuando Rufian interviene sin elevar el tono, se conecta con ese hartazgo.

No porque se presente como neutral, sino porque demuestra que se puede ser contundente sin caer en la bronca. Desde la izquierda, este tipo de gestos deberían servir para reflexionar sobre cómo se disputa el espacio político. No se trata de renunciar a la firmeza ni a la confrontación ideológica, sino de elegir bien el terreno.

La derecha domina el terreno del ruido porque lo ha convertido en su hábitat natural. Sacarla de ahí es una forma de debilitarla. Y eso es exactamente lo que ocurre en este caso.

El Partido Popular y VOX quedan retratados no como víctimas de un ataque, sino como actores sin discursos alternativos. Su reacción no es indignación convincente sino desconcierto que se nota en los gestos, en las respuestas sin criterios y pérdidas y en la necesidad posterior de reinterpretar su intervención en medios hegemónicos controlados por fondos y capitales extranjeros de derecha , pero el ridículo está ya expuesto y tanto el PP como el VOX tienen que abandonar su trinchera cómoda del relato organizado , les obligamos a discutir donde no saben y que sean ellos los que vengan al encuentro, demostrando que sus exposiciones no son creíbles cuando les sacan de su territorio comunicacional.

Cuando una intervención de Rufian necesita ser explicado por la derecha después es que ha sido efectivo. Este momento también revela algo importante sobre el papel de la ironía en política. No la ironía burlona ni el sarcasmo fácil, sino la ironía como herramienta de desactivación.

Rufian utiliza ese recurso con cuidado, sin exceso, y consigue que el adversario quede en evidencia sin necesidad de elevar la tensión. Desde una perspectiva de izquierdas, este uso de la ironía es especialmente potente porque evita alimentar el clima de confrontación que la derecha necesita.

La elegancia de las exposiciones en el congreso no está en la forma educada, sino en la imposibilidad de respuesta.

Partido Popular y VOX pueden gritar, indignarse, pero no pueden desmontar el argumento sin exponerse aún más. Ese es el verdadero arrinconamiento político, cuando cualquier salida empeora la situación. Y eso no se logra con insultos, se logra con precisión.Esta primera parte del guión es un ejemplo de cómo se puede disputar el sentido del debate político desde la izquierda sin caer en la trampa del ruido.

Lo que viene a continuaciones a analizar porque este tipo de intervenciones resultan tan peligrosas para la derecha, como encajan en el contexto político actual, y que enseñanzas dejan para el futuro inmediato.

¿Por qué tiene un impacto tan profundo?, por que es necesario situarlo dentro del momento político actual, donde la estrategia de la ultraderecha no atraviesa una etapa de fortaleza discursiva y se apoya cada vez más en la polarización emocional porque ahí pueden esconder la ausencia de un proyecto claro y coherente.

Cuando Rufian interviene sin gritos ni insultos, les retira ese refugio, la bronca desaparece y solo quedan las ideas, o más bien la falta de ellas. Desde una perspectiva de izquierdas, este desplazamiento del terreno de juego es fundamental.

La derecha se ha acostumbrado a ganar presencia no por la solidez de sus propuestas, sino por la intensidad de su discurso. Cuanto más se grita, menos se analiza el contenido. Este mecanismo ha funcionado durante años, alimentado por tertulias, redes sociales y un ecosistema mediático que premia el conflicto.

El gesto de Rufian rompe esa dinámica porque obliga a escuchar, eso es precisamente lo que la derecha intenta evitar y reaccionan mal cuando no pueden reducir el adversario a una caricatura. Necesitan presentar a la izquierda como radical, agresiva o irresponsable.

El arrinconamiento no es físico ni retórico, es conceptual. Rufian utiliza una técnica que incomoda especialmente a la derecha, la coherencia temporal. Les recuerda lo que dijeron antes, lo que votaron, lo que descendieron cuando gobernaban o cuando estaban en la oposición.

Esta mirada a largo plazo es letal para discursos construidos sobre el oportunismo. Hoy Partido Popular y VOX viven del presente inmediato del titular del día, del impacto rápido, cuando se les exige continuidad y coherencia, se quedan sin respuestas claras.

Desde la izquierda, este tipo de intervención tiene un valor estratégico enorme. No sólo desmonta al adversario en ese momento concreto, sino que deja una huella en el debate público. Se instala la idea de que la derecha no solo grita, sino que además se contradice y eso erosiona la credibilidad a medio plazo.

La reacción posterior confirma esta incomodidad donde en lugar de responder al argumento central, desvían la atención hacia cuestiones secundarias.

Hablan de formas de intenciones ocultas de supuestas provocaciones. Todo menos entrar al fondo del asunto y desde una perspectiva de izquierdas, este comportamiento es revelador. Cuando el adversario evita el núcleo del debate, es porque ahí se siente débil.

Cada vez más personas desconfían de la política entendida como espectáculo permanente. Hay un cansancio acumulado frente a la agresividad constante venga de donde venga. En ese contexto, una intervención firme pero serena destaca precisamente porque rompe la monotonía del grito que busca el aplauso fácil, sino al contrario expone una contradicción evidente.

La derecha ante una desnudez discursiva ejercen una sobreactuación, elevan el tono, dramatizan, exageran. Pero esa sobreactuación ya no tiene el mismo efecto de antes, la ciudadanía empieza a percibir como un síntoma de debilidad, no de fuerza.

Desde la izquierda, comprender este cambio de percepción es clave para no seguir jugando a un juego que beneficia al adversario. Este episodio también pone de relieve la diferencia entre confrontar y provocar.

La confrontación ideológica es necesaria en democracia. La provocación vacía no. Rufian confronta pero no provoca y desestabiliza emocionalmente al PP y VOX evidenciando una incoherencia política sacándolos de su espacio de confort donde se sienten cómodos en la provocación e incómodos en la confrontación.

Desde una mirada de izquierda la intervención tiene que ser estridente para ser efectiva. Al contrario, cuanto más contenido más difícil de neutralizar. El adversario puede responder a un insulto con otro insulto.

No puede responder con facilidad a un argumento bien construido sin exponerse. Ese es el tipo de arrinconamiento que se produce en este caso. La figura de Rufian, además, juega un papel simbólico en este contexto.

Durante años ha sido utilizado por la derecha como ejemplo de todo lo que dicen rechazar. Cuando ese mismo actor adopta un tono sereno y preciso, se les descoloca el relato previo y ya no encaja en la etiqueta que se le había asignado.

Y cuando una etiqueta deja de funcionar, quienes la usaban se quedan sin marco interpretativo, reaccionando entonces con una mezcla de desprecio y nerviosismo minimizando el impacto del momento, restando importancia, convirtiéndolo en una anécdota.

Pero esa minimización es también una forma de reconocimiento implícito. Si no hubiera dolido, no haría falta explicarlo ni relativizar. Desde una perspectiva de izquierdas, este tipo de reacciones son una señal clara de que el golpe ha sido certero.

Las contestaciones son especialmente relevantes en un momento en el que la derecha ha hecho del ruido su principal arma. La segunda parte del análisis deja claro que el arrinconamiento de la derecha y ultraderecha no es fruto de una frase ingeniosa aislada, sino de una estrategia discursiva consciente que entiende el contexto, que elige el tono adecuado y que explota las debilidades reales del adversario en lugar de atacar caricaturas.

Desde la izquierda, este enfoque no debería verse como una excepción brillante, sino como una línea a explorar y consolidar. A partir de aquí el análisis debe profundizar en las consecuencias políticas de este tipo de intervenciones. Cómo afectan al relato dominante que impacto tienen en la percepción pública y qué riesgo implica también para la izquierda si se malinterpretan.

Lo que ocurre con la intervención de Rufian en el congreso es que los adversarios políticos quedan atrapados en una paradoja. Si responden con gritos, refuerzan la imagen de partidos descontrolados e incapaces de argumentar.

Si no responden, parecen asumir el golpe. Esa ausencia de salida es el verdadero arrinconamiento. No hay réplica que no empeore la situación.

Desde la izquierda, este tipo de paradojas son especialmente valiosas porque desnudan al adversario sin necesidad de exageración. La reacción de los aparatos mediáticos afines a la derecha confirma esta lectura. Se esfuerzan en reinterpretar el episodio, en restar la importancia o en convertirlo en una cuestión anecdótica, cambiando su ataque por defensa y dándonos unos espacios para llevar iniciativas y que los demás se tengan que encargar de contestarnos sin argumentos claros y dubitativos, formando la inconsistencia de partidos que carecen de proyecto de país y soluciones necesarias , al margen de la bronca, los bulos y el griterío del inútil sin cultura.

Desde una perspectiva de izquierdas, este momento también obliga a revisar el propio papel de la oposición. Durante años, se ha asumido que la única forma de combatir el avance de la derecha era adoptar parte de su estilo, elevar el tono y entrar en la confrontación permanente. Lo ocurrido demuestra que esa asunción no es necesariamente cierta.

Hay otras formas de disputar el poder simbólico y a veces son más eficaces precisamente porque el adversario no sabe cómo enfrentarlas, también revela una debilidad estructural de PP y vox, su dependencia del antagonismo y la necesidad de necesitar un enemigo exagerado para justificar su discurso.

Cuando ese enemigo no se comporta como esperan, se quedan sin narrativa. Rufian no les ofrece la imagen del adversario descontrolado que tanto les conviene. Les ofrece la imagen de alguien que expone sus contradicciones con calma, paradójicamente más desestabilizadora que cualquier grito. Desde la izquierda hay que subrayar que esta estrategia no consiste en suavizar el discurso ni en renunciar a la confrontación ideológica. Consiste en elegir bien el terreno.

La derecha es fuerte en el terreno emocional porque lo ha cultivado durante años. Sacarla de ahí y obligarla a jugar en el terreno de la coherencia y los hechos es una forma de debilitarla. El arrinconamiento se produce cuando el adversario no puede cambiar de campo sin perder.

Este episodio también tiene un efecto pedagógico. Muestra que la política no es solo una cuestión de volumen, sino de contenido. Para una parte de la ciudadanía ver al Partido Popular sin respuestas claras refuerza la percepción de que su discurso es más reactivo que propositivo.

En la ciudadanía en general y la izquierda esta percepción es clave para disputar mayorías sociales a medio plazo. No se trata de convencer a los ya convencidos, sino de sembrar dudas en quienes aún no han decidido.

La figura de Rufian en este sentido funciona como catalizador de un debate más amplio sobre estilos políticos al igual que en su momento momento al principio de Podemos lo represento un Pablo Iglesias amable persuasivo e ilusionante.

No se trata de idealizar, ni de convertirlo en modelo único, sino de reconocer que su intervención rompe con una dinámica que parecía inamovible. La derecha había logrado imponer la idea de que el parlamento era un rin y ahora la izquierda tiene el camino para reinventar jugada y crear relato , ahora depende de qué lado de la historia se creen esos cimiento para construir nuevas ilusiones y esperanzas.

El ruido moviliza, pero también encierra y una estrategia basada exclusivamente en el ruido acaba chocando con sus propias paredes. Este momento también deja una lección sobre el uso del tiempo en política sin intervenciones largas ni discursos grandilocuentes. Le basta con señalar una contradicción clave y dejar que el silencio posterior haga el resto del trabajo.

Ese manejo del tiempo de las pausas y de los silencios es parte de la elegancia a la hora de combatir a la derecha y ultraderecha en la incomodidad que se les manifiesta también en el lenguaje corporal, en las miradas y en los gestos de impaciencia.

Todo eso forma parte de la comunicación política en España y en el mundo aunque no siempre se analice desde una mirada de izquierdas, esta economía en los recursos dualecticos es especialmente interesante en un contexto saturado de palabras vacías.

La derecha ha sobrevivido durante años alimentándose de la política como espectáculo. La izquierda no debería caer en la tentación de competir en ese mismo terreno, aunque sea desde un registro más sofisticado. Desde la izquierda su mayor compromiso tiene que ser en su elegancia y su capacidad para abrir grieta y dejar al descubierto la inoperancia del Partido Popular de Feijoo y de un VOX de Abascal cada vez más decidido a destruir la Patria, desde un falso patriotismo al servicio del imperialismo de Trump.

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