Por Fernando Ortega, el Berguedá, Catalunya
La política migratoria europea y la normalización de miles de muertes evitables.
Desde que en 2007 comenzaron los recuentos independientes, decenas de miles de personas han muerto intentando llegar a Europa. Decenas de miles. No es una cifra cerrada: es un mínimo. Es lo que se ha podido contar. Todo lo demás quedó bajo la arena o en el fondo del mar.Europa no ve cadáveres. Ve números.
Ve “flujos irregulares”, “presión migratoria”, “crisis de seguridad”. Ese lenguaje técnico, aparentemente neutro, cumple una función muy concreta: ocultar una matanza sostenida en el tiempo. No se trata de una tragedia puntual ni de una suma de accidentes.
Se trata de un sistema político que ha convertido la muerte en frontera y la frontera en política pública.Las cifras como paisaje de muerte.
Desde 2007, decenas de miles de personas han muerto en rutas migratorias hacia Europa, no hay una cifra exacta porque no hay voluntad política de conocerla, solo existen estimaciones de organizaciones sociales que rastrean naufragios, desapariciones, llamadas que se cortan en mitad del mar, embarcaciones que nunca llegan y nunca se buscan.Cada año, miles de personas mueren sin nombre, sin rostro, sin duelo.
No aparecen en los discursos oficiales ni en los balances institucionales. No generan dimisiones ni cambios de rumbo. Mueren dentro de un sistema que ha aprendido a convivir con su propia violencia.
La muerte se ha normalizado.
Se presenta como consecuencia inevitable, como efecto secundario, como daño colateral y cuando la muerte se normaliza, deja de ser una alarma y pasa a ser parte del funcionamiento ordinario del poder. Estas cifras no son el problema, el problema es que ya no provocan escándalo.
El viaje que no se cuenta.
Antes del mar está el desierto, antes del naufragio está la tortura, antes de la patera está el secuestro. Personas que salen de Sudán, Eritrea, Mali, Nigeria o Somalia atraviesan miles de kilómetros sin agua, sin comida, sin protección.

Cruzan el Sahel en camiones donde se muere de sed.
Caen agotadas en el desierto, son abandonadas, nadie las cuenta. Luego vienen los llamados “campamentos”, en Libia, Marruecos, en Mauritania, no son centros de acogida, son espacios de encierro, violencia y extorsión.
Lugares donde se viola sistemáticamente, donde se golpea, donde se vende a personas como mercancía, donde se exige dinero a las familias bajo amenaza de muerte.Todo esto ocurre con conocimiento y financiación europea y con acuerdos firmados. Con partidas presupuestarias, o comunicados oficiales.
No es un exceso o un error, es el filtro previo a la frontera. Europa ha decidido que la violencia ocurra antes, lejos, fuera de plano, para no verla, para no nombrarla. Para poder decir que no pasa aquí.
La decisión imposible.
Nadie atraviesa ese infierno por ambición. Nadie se sube a una embarcación precaria porque quiera “vivir mejor”. La pregunta no es por qué vienen, la pregunta es qué les queda.
Guerras interminables.
Estados desmantelados, economías destruidas por décadas de expolio, territorios arrasados por una crisis climática provocada mayoritariamente por quienes hoy levantan muros.
Migrar no es un proyecto vital , es una huida, es aceptar una probabilidad altísima de morir porque quedarse garantiza algo peor: hambre, persecución, reclutamiento forzado, violencia estructural.
Cuando alguien se juega la vida de esa forma, no está buscando un futuro brillante, está buscando no desaparecer.
Europa y sus cómplices.
La Unión Europea conoce esta realidad con precisión y aun así, la sostiene , fnancia a la guardia costera libia para interceptar embarcaciones y devolver personas a centros de detención. Paga a Marruecos para actuar como muro. Firma acuerdos con Mauritania y Níger para cerrar rutas. Externaliza la frontera para externalizar también la responsabilidad.
Europa no mata con sus propias manos, paga para que otros hagan el trabajo sucio, así puede presentarse como defensora de los derechos humanos mientras sostiene un sistema que los anula sistemáticamente. Así puede condenar la violencia mientras la financia. Así puede hablar de valores mientras convierte la muerte en política migratoria.
No es hipocresía ingenua.
Es cinismo estructural, el relato que mata dos vecesA esta violencia material se suma otra: la del discurso.
La ultraderecha habla de invasión.
De “hombres en edad militar”. Del “gran reemplazo”. Y ese relato no se queda en los márgenes: se filtra en el lenguaje institucional, en las leyes, en las prácticas policiales.
Se oculta que muchas de estas personas huyen de guerras alimentadas por intereses occidentales. Se borra el contexto histórico. Se fabrica un enemigo interno. El resultado es devastador: deshumanización social que legitima la muerte.
Cuando una persona deja de ser vista como persona, su muerte deja de importar, cuando una sociedad acepta ese relato, acepta también las fosas comunes en el mar. El punto más incómodo.
Europa los rechaza, pero los necesita.
Los criminaliza discursivamente, pero los explota económicamente. En la agricultura, recogiendo alimentos que otros no quieren recoger. En los cuidados, sosteniendo sistemas públicos colapsados. En la construcción, en la hostelería, en la logística. El sistema funciona mejor cuando son vulnerables.
Cuando no tienen papeles.
Cuando no pueden reclamar derechos. Cuando el miedo los mantiene dóciles, por eso no se abren vías legales suficientes, por eso no se regulariza masivamente, por eso se mantiene la ambigüedad jurídica. No es incompetencia, es funcionalidad pura.
Conclusión.
Miles mueren para que Europa siga llamándose civilizada. Para que no tenga que mirarse de frente. Para que pueda seguir beneficiándose de un sistema que necesita mano de obra barata y silenciosa, pero no personas con derechos.
La frontera no es una línea en el mapa.Es una fosa común sostenida con dinero público.Y mientras no se rompa este consenso, no hay neutralidad posible. Solo complicidad, Feliz 2026
