Por Fernando Ortega de El Berguedá, Cataluña
“No es que Estados Unidos ‘no quiera resolver el problema de la droga’.
Es que resolverlo significaría admitir que los pilares de su política de seguridad han fracasado.”Cómo Estados Unidos externaliza sus fracasos internos mientras la crisis de opioides sigue matando en casaEstados Unidos no libra una guerra contra las drogas.
Nunca lo ha hecho.Lo que ha librado durante más de medio siglo es una guerra contra las consecuencias visibles de sus propias políticas, mientras protege cuidadosamente las causas que las producen.
Desde que Richard Nixon declarara en 1971 la llamada war on drugs, Washington ha invertido cientos de miles de millones de dólares, ha expandido aparatos policiales y militares, ha exportado su enfoque punitivo a medio continente y ha señalado, una y otra vez, a enemigos externos.
El resultado es incuestionable: más consumo, más muertes, más violencia y una crisis de salud pública que hoy se cobra decenas de miles de vidas al año solo por sobredosis, si esta guerra se midiera por resultados, habría terminado hace décadas.
Si continúa, no es por eficacia, sino por utilidad política.Una crisis interna convertida en teatro geopolíticoLa epidemia de opioides en Estados Unidos no nació con el fentanilo. Sus raíces se hunden en los años noventa, cuando la prescripción masiva de analgésicos (impulsada por una industria farmacéutica sin frenos reales y por reguladores complacientes) sembró una adicción estructural, cuando esas prescripciones se restringieron, la demanda no desapareció: mutó.
Y el mercado ilegal ocupó el espacio dejado por el legal.
El fentanilo es, en ese sentido, un síntoma extremo, no la causa original, un opioide barato, potentísimo y fácil de transportar que responde a una demanda interna masiva, las sobredosis ocurren en suelo estadounidense. Las redes de distribución operan dentro de Estados Unidos.
El colapso social que alimenta la adicción (precariedad, abandono sanitario, comunidades rotas) es doméstico, y sin embargo, el relato oficial insiste en mirar hacia afuera.
La frontera, los carteles, los gobiernos extranjeros, la externalización del enemigo cumple una función clara: desplazar la responsabilidad política y evitar una reforma profunda de las políticas internas que han fracasado. México, Colombia y Venezuela: culpables útiles; México se ha convertido en el escenario principal de esta proyección.
Desde Washington se presenta al país como origen del fentanilo que mata en Estados Unidos, ignorando un dato incómodo: la producción de drogas sintéticas responde a un mercado estadounidense previo y consolidado.
Los precursores químicos circulan por redes globales, y buena parte del negocio existe porque hay una demanda asegurada al otro lado de la frontera, la violencia que sufre México no es un efecto colateral menor: es el precio de haber sido convertido en campo de batalla de una guerra ajena, librada para consumo político interno estadounidense.
Colombia conoce bien este guion. Décadas de “guerra contra las drogas”, fumigaciones masivas, miles de muertos y recursos ingentes invertidos bajo planes como el Plan Colombia no han erradicado la producción de cocaína.
La administración de Gustavo Petro ha sido clara al señalar la incoherencia de arrastrar al país a una narrativa sobre el fentanilo que no responde a su realidad sanitaria ni productiva.
Venezuela, por su parte, representa el caso más evidente de manipulación discursiva. Las acusaciones de narcotráfico (personificadas en la figura de Nicolás Maduro) han servido para justificar sanciones, amenazas y operaciones políticas, pese a que no existe evidencia sólida de una producción o tráfico significativo de fentanilo desde territorio venezolano.
No obstante, Washington, insiste en asociar al gobierno venezolano con el, y si no, con la cocaína, cualquier excusa es buena para no mirar al núcleo de la crisis de opioides sintéticos en Estados Unidos.
El patrón se repite: países distintos, realidades distintas, un mismo uso político, convertir gobiernos extranjeros en chivos expiatorios permite mantener intacto el relato de fuerza mientras se evita afrontar el fracaso interno.
La guerra que no salva vidasMientras se señalan culpables externos, los indicadores clave dentro de Estados Unidos siguen siendo devastadores:La demanda de opioides sintéticos no disminuye de forma sostenida.
Las muertes por sobredosis se mantienen en niveles históricamente altos, el acceso a tratamiento sigue siendo desigual y, en muchos casos, prohibitivamente caro; Aun así, el grueso del gasto continúa orientado hacia fronteras, agencias policiales, cooperación militar y presión diplomática. Cada dólar destinado a reforzar ese aparato es un dólar que no llega a programas de prevención, reducción de daños, atención sanitaria integral o reinserción social.
No es una cuestión técnica. Es una elección política.
La guerra contra las drogas ha priorizado durante décadas el castigo y la espectacularidad sobre la salud pública, ha producido titulares, enemigos visibles y gestos de autoridad, pero no ha salvado vidas en proporción a los recursos invertidos.
Cuando el problema no interesa resolverse.
Resolver de verdad la crisis de opioides implicaría decisiones incómodas: reconocer el papel de la industria farmacéutica, reformar el sistema de salud, despenalizar enfoques, invertir masivamente en tratamiento, aceptar que la adicción es un problema social y sanitario, no moral ni militar.
Nada de eso genera rédito político inmediato, nada de eso permite señalar enemigos externos, nada de eso justifica presupuestos inflados en nombre de la seguridad.Externalizar la guerra, en cambio, sí.
Por eso la “guerra contra las drogas” persiste como farsa sangrienta, no porque no se sepa qué hacer, sino porque hacerlo alteraría equilibrios económicos, narrativas de poder y prioridades presupuestarias profundamente arraigadas.
El coste real de la hipocresía.
El resultado es doblemente devastador, dentro de Estados Unidos, decenas de miles de muertos cada año, familias rotas y comunidades abandonadas; Fuera, países convertidos en campos de batalla, con violencia estructural, inestabilidad y estigmatización permanente.
No es un daño colateral, es parte del mecanismo.Un país que no logra proteger a sus propios ciudadanos de una crisis sanitaria interna acusa al mundo de sus fracasos, y mientras lo hace, la guerra que dice librar sigue sin tener como objetivo principal salvar vidas.
Reformular lo que nunca se quiso ganar.
La pregunta ya no es si la guerra contra las drogas ha fracasado, eso es un hecho, la pregunta es por qué se insiste en una estrategia que no funciona, la respuesta es incómoda: porque esta guerra nunca fue diseñada para ganarse, sino para gestionarse políticamente.
Hasta que Estados Unidos no afronte la crisis de opioides como lo que es (un problema interno de salud pública, desigualdad y modelo económico) seguirá buscando enemigos fuera, gastando recursos en escenarios equivocados y acumulando muertos dentro.
No es una guerra contra las drogas lo que se libra, es una guerra contra los síntomas, mientras se protege el sistema que los produce y en esa guerra, las víctimas siguen siendo siempre las mismas.

Foto portada: El Fentanilo donde miles de personas en Estados Unidos han muerto por sobredosis, esta droga ha llevado de calle a todas las demás drogas y opioides, guerra