CUBA, SESENTA AÑOS DE CASTIGO.

Por Fernando Ortega de El Berguedá, Catalunya

La derrota moral del Imperio

Cuando humillar a un pueblo se convierte en política de EstadoDurante más de seis décadas, Estados Unidos ha sostenido contra Cuba un régimen de sanciones económicas cuya finalidad no ha sido nunca el diálogo ni la mejora de las condiciones de vida de su población, sino el castigo ejemplar.

Un castigo prolongado, consciente y sistemático, dirigido contra un país limitado en recursos, pero dotado de una capacidad de resistencia colectiva que desmiente el relato de la derrota. El bloqueo no ha conseguido doblegar al pueblo cubano, y ese fracaso dice más del Imperio que de la isla.Un castigo que no es un errorConviene decirlo sin rodeos: lo que Estados Unidos ejerce sobre

Cuba no es un embargo técnico ni una discrepancia comercial. Es una guerra económica prolongada, un cerco diseñado para impedir el acceso a créditos internacionales, perseguir transacciones financieras, disuadir a empresas de terceros países, limitar la compra de energía, alimentos, tecnología y medicamentos, y convertir la vida cotidiana en un ejercicio permanente de supervivencia.

Nada de esto es accidental. La arquitectura legal del bloqueo —perfeccionada durante décadas— persigue un objetivo explícito: generar escasez, frustración social y desgaste interno hasta forzar un cambio político. No se castiga un comportamiento concreto; se castiga una desobediencia histórica.

El pecado original de Cuba fue negarse a aceptar el orden dictado desde Washington y demostrar que un país del Sur global podía intentar caminar por su cuenta.

Ese desafío nunca fue perdonado.

El cinismo de los derechos humanosEl bloqueo se justifica, todavía hoy, en nombre de la democracia y los derechos humanos. El cinismo de ese discurso resulta difícil de igualar. Las sanciones no golpean primero a las «élites» ni a los decisores políticos: golpean a los niños, a los ancianos, a los enfermos, a las familias trabajadoras. Golpean el transporte, la electricidad, la alimentación, la salud, la vivienda.

Castigar a un pueblo entero para forzar una transición política es una forma de violencia estructural que ningún principio democrático puede justificar.

Quien relativiza este castigo porque no le gusta el gobierno cubano acepta, de hecho, una idea profundamente autoritaria: que las grandes potencias tienen derecho a hacer arrodillar a los pequeños mediante el hambre.

Sesenta años sin rendiciónUn pueblo que no fue doblegadoY, sin embargo, el resultado es incómodo para quienes diseñaron el castigo. Cuba no se rindió. No colapsó como Estado. No se convirtió en un territorio ingobernable. No fue absorbida dócilmente por el mercado global ni subordinó su política exterior.

Pese a la asfixia económica, el pueblo cubano sostuvo durante décadas sistemas universales de salud y educación, niveles de alfabetización y esperanza de vida comparables —y a veces superiores— a los de países vecinos que operaron sin bloqueo y en plena sintonía con Estados Unidos.

Lo hizo desde la escasez, desde la organización comunitaria, desde una cultura política y social basada en la resistencia cotidiana, no en la abundancia. Esto no convierte a Cuba en un paraíso. Sería deshonesto afirmarlo. La situación actual es dura.

Hay escasez, apagones, dificultades reales y un malestar social evidente. Pero esa realidad no puede analizarse sin una pregunta incómoda: ¿qué otros países similares, del Caribe o de Centroamérica, habrían resistido un castigo semejante durante más de sesenta años sin colapsar?

Comparar sin trampas.

La comparación es reveladora cuando se hace con honestidad. Haití, sin bloqueo y con décadas de “ayuda internacional”, es hoy un Estado prácticamente fallido. Honduras y El Salvador, aliados estratégicos de Washington durante décadas, padecieron niveles extremos de violencia, desigualdad y migración masiva.

Chile, presentado durante años como modelo de éxito, estalló socialmente tras décadas de crecimiento que mercantilizaron derechos básicos.¿Están estos países mejor que Cuba en términos de consumo? En algunos casos, sí. ¿Están mejor en cohesión social, acceso universal a servicios básicos o protección frente a la exclusión extrema? La respuesta ya no es tan clara.

La libertad de mercado no garantizó dignidad para las mayorías. La obediencia geopolítica no trajo sociedades más justas ni más estables. Cuba, con todas sus limitaciones y errores, no siguió ese camino.

Y el precio que ha pagado por ello ha sido extraordinario.Los errores y el contextoReconocer el carácter inhumano del bloqueo no implica absolver al gobierno cubano de todos sus errores. Ha habido decisiones equivocadas, rigideces, deficiencias y fallos graves.

Pero muchos de esos errores no pueden evaluarse como si Cuba hubiera operado en condiciones normales de soberanía económica.Un país obligado a sobrevivir bajo sanciones permanentes tiende a centralizar, a priorizar el control, a tomar decisiones defensivas.

El bloqueo no explica todo, pero impone un techo estructural que multiplica cualquier fallo interno. Nunca sabremos hasta dónde podría haber llegado Cuba con las manos desatadas. Ese experimento fue saboteado desde el primer día. Lo que sí sabemos es que, incluso atada, nunca se arrodilló.

La última vuelta de tuerca.

En los últimos años, –y en la actualidad– lejos de aliviarse, el cerco se ha intensificado. Las sanciones se han extendido de facto al ámbito energético: persecución de petroleros, amenazas a navieras y aseguradoras, bloqueo financiero de pagos vinculados a combustibles.

No se trata ya solo de limitar el crecimiento económico, sino de dificultar el suministro de energía básica a la población.Los apagones prolongados, el colapso del transporte y el deterioro de servicios esenciales no pueden entenderse sin este bloqueo naval y financiero encubierto.

Impedir la entrada de petróleo es impedir hospitales operativos, alimentos refrigerados, agua bombeada, vida cotidiana. Este endurecimiento no responde a una coyuntura excepcional. Responde a una lógica clara: cuando el castigo no doblega, se aprieta más.

La derrota moral del Imperio.

Aquí reside el núcleo de la denuncia. El fracaso no es económico; es moral. La mayor potencia militar y económica del planeta no ha conseguido doblegar a una isla pequeña –en comparación– y limitada. Ha conseguido empobrecerla, sí.

Ha conseguido hacer su vida más difícil, sin duda. Pero no ha conseguido quebrar su soberanía ni borrar el ejemplo incómodo de que la obediencia no es el único destino posible.

Ese fracaso explica la persistencia del castigo. No se trata ya de eficacia política, sino de orgullo. Cuba sigue siendo una herida abierta en el imaginario imperial, un recordatorio de Bahía de Cochinos, de la crisis de los misiles, de décadas de desafío diplomático.

Nombrar lo que es El bloqueo contra Cuba es una forma de violencia estructural prolongada e ilegal, condenada año tras año por la inmensa mayoría de la comunidad internacional. No hay justificación ética posible para estrangular económicamente a un pueblo durante generaciones.

Levantar el bloqueo no significa idealizar ningún sistema ni silenciar críticas internas. Significa trazar una línea básica que no debería cruzarse nunca: ningún desacuerdo ideológico legitima someter a un país entero a una asfixia planificada.

Hasta que ese cerco no se rompa, toda lección sobre democracia, derechos humanos u “orden internacional basado en reglas” pronunciada desde la voz del Imperio seguirá sonando a hipocresía.

Y nuestra responsabilidad, desde cualquier rincón del mundo, es no acostumbrarnos a esta injusticia ni permitir que la conviertan en paisaje.

Foto portada : (Imagen de Prensa Latina)

Sitio protegido por Google reCAPTCHA. Ver políticas de privacidad y términos de servicio.

Desarrollo Web Efemosse