CHE GUEVARA en ONU Cuando USA Gritó «¡Terrorista Comunista!» 5 Minutos Que Hicieron Historia.
El frío de Manhattan en diciembre tiene una forma especial de meterse en los huesos. Ese 11 de diciembre de 1964, a las 13:47, el cielo estaba gris y bajo, como si también cargara tensión. Afuera, el edificio de las Naciones Unidas se alzaba como una lanza de cristal y acero contra el río: un monumento moderno a la esperanza de paz. Pero adentro, en el gran salón de la Asamblea General, no se respiraba esperanza. Se respiraba Guerra Fría.
Era una de esas tardes en las que el mundo parecía un tablero de ajedrez gigante, y cada palabra podía convertirse en un movimiento irreversible. Dos años antes, la crisis de los misiles en Cuba había dejado al planeta al borde del abismo nuclear. Las heridas seguían abiertas. La desconfianza era total. Y ahí estaban, sentadas frente a frente, 193 delegaciones nacionales midiendo silencios, pesando miradas, escuchando no solo lo que se decía, sino lo que se insinuaba entre líneas.
En las gradas del público, periodistas de todos los continentes tenían las cámaras listas. No iban a cubrir un discurso diplomático rutinario; iban a presenciar un choque. Lo sabían. Cuando un hombre como Ernesto “Che” Guevara hablaba, las palabras dejaban de ser palabras y se convertían en hechos.
El Che subió al podio central con una calma que no era calma: era control. Tenía 36 años, pero su presencia llenaba el salón como si tuviera cien. Llevaba su uniforme verde oliva, impecablemente planchado para la ocasión. La barba, recortada con precisión. La boina con la estrella, perfecta sobre el cabello. Y lo que verdaderamente impactaba no era la estética militar: era su mirada, intensa, desafiante, cargada de una convicción que parecía capaz de mover montañas.
Caminó hacia el micrófono con la seguridad de alguien que había escuchado disparos muy cerca, que había visto hombres caer, que había vivido la victoria y la persecución. Cada paso resonó en el silencio del salón como si marcara el ritmo de una historia que todavía estaba escribiéndose.
Desde la delegación del bloque socialista —la Unión Soviética, China, Checoslovaquia, Polonia— lo miraban con expectativa, como quien observa a un símbolo vivo. Los países recién descolonizados de África y Asia —Argelia, Ghana, Egipto, Indonesia— veían en él una posibilidad: la idea de que un pueblo pequeño podía plantarse ante un poder gigante y sobrevivir. Pero en la delegación estadounidense la hostilidad era casi visible: rostros tensos, informes de inteligencia apretados entre manos, un gesto contenido que parecía decir “este hombre no debería estar aquí”.
Porque el Che no era solo un ministro cubano. Era la cara de una revolución que había desafiado al imperio más poderoso del mundo, y no solo había resistido: había cambiado el guion. Y eso, en el teatro de la Guerra Fría, era una provocación permanente.
Se detuvo frente al micrófono, miró lentamente alrededor del salón y comenzó.
Su voz, amplificada por el sistema de sonido, llegó clara y potente a cada rincón. Tenía el acento inconfundible de Argentina, pero también la cadencia de alguien que aprendió a convertir cada frase en una herramienta.—Señor presidente, distinguidos delegados de las naciones del mundo… vengo aquí en nombre del pueblo de Cuba, una pequeña nación que ha tenido el valor de defender su derecho a la independencia y la soberanía contra el imperio más poderoso que ha conocido la historia de la humanidad.
Los traductores simultáneos trabajaban febrilmente para transformar su español en inglés, francés, ruso, árabe, chino. Pero incluso quienes no entendían una sola palabra sentían la tensión y la pasión. Había algo en ese tono —orgullo contenido, indignación exacta— que atravesaba cualquier idioma.
El Che fue directo al corazón del tema: recordó que hacía apenas unos años Cuba era una semicolonia; que el azúcar, la tierra, las industrias estaban en manos de corporaciones extranjeras; que el pueblo vivía en la miseria mientras otros se enriquecían con sus recursos.
En la delegación estadounidense, algunas caras se endurecieron. Cada frase era una acusación con nombre y apellido.—El pueblo cubano dijo: “Basta”. Se levantó, recuperó su dignidad. Expulsamos a los explotadores. Redistribuimos la tierra entre quienes la trabajaban. Nacionalizamos industrias que durante décadas habían sangrado nuestra economía.
Hizo una pausa breve, como si estuviera poniendo una piedra sobre otra, construyendo una pared con paciencia. Tras la pausa el Che Guevara pronunció una de sus frases más contundentes ante la Asamblea General de la ONU, denunciando el imperialismo estadounidense y los fusilamientos en Cuba con la famosa sentencia: «Hemos fusilado, fusilamos y seguiremos fusilando mientras sea necesario».
Continuó denunciando los vuelos de aviones U2 sobre Cuba y las agresiones en la base de Guantánamo, reafirmando que Cuba no aceptaría inspecciones unilaterales de sus armas.«Ni un tantico así».
El Che afirmó, tras la pausa, la célebre frase: «No se puede confiar en el imperialismo, pero ni un tantico así, nada» el discurso cerró con la proclamación de «Patria o Muerte», marcando un momento de alta tensión en la Asamblea General de la ONU, que consolidó la postura de confrontación entre Cuba y Estados Unidos durante la Guerra Fría, consolidando la posición de Cuba en el campo socialista y su desafío a EE.UU. este discurso es recordado como un hito de la Revolución Cubana, donde el Che justificó la lucha armada y el antiimperialismo, marcando la postura de Cuba ante la ONU.
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