Por Walter C. Medina
Antídoto contra la amnesia institucionalPese al abnegado esfuerzo del gobierno de Javier Milei por relativizar lo sucedido entre 1976 y 1983, Argentina no olvida a sus 30 mil desaparecidos.
El aniversario número 50 del Golpe de Estado que dio inicio a la dictadura más sangrienta de la historia del país, nos encuentra inmersos en un presente que nos obliga –hoy más que nunca- a apuntalar las banderas de la Memoria, la Verdad y la Justicia, ya que uno de los objetivos de la “batalla cultural” que ha emprendido el cruzado libertario anti-derechos que ocupa el sillón de Rivadavia, es precisamente negar el pasado, minimizar los abusos, justificar las detenciones forzosas, las torturas, las vejaciones, el robo de identidad y las desapariciones; delitos cometidos por la Junta Militar que ya fueron juzgados de lesa humanidad, y -como tales- no prescriben.
La derecha payasesca, cruel, canalla y peligrosa que hoy gobierna la Argentina (y que ha sido elegida a través del voto popular), la que goza de robarle derechos a los más vulnerables, la que se envalentona enviando a sus fuerzas armadas a disparar gases contra abuelos y abuelas que reclaman por una jubilación digna, la que le quita los medicamentos a los discapacitados y le niega el alimento a miles de niños que dependen de los comedores sociales, la que ha provocado la quiebra de cientos de pequeñas y medianas empresas a lo largo y a lo ancho del país, la que ha arrastrado a la miseria a millones de familias, la que ha puesto en marcha una reforma laboral que condena al trabajador a la esclavitud, la que ha perpetrado la entrega de recursos naturales más descarada e imperdonable de nuestra historia, la que se excita y se arrodilla frente a Donald Trump, la que por mero chupaculismo (típico de cipayo) ha hecho que Irán nos tenga en la mira, la que viaja por el mundo a celebrar mítines de la ultra-derecha con el dinero de los contribuyentes, la que estafa con criptomonedas, la que tiene una caja paralela mediante la que recibe enormes coimas en dólares, etc, etc, no dista –en antivalores- de aquella otra que, de facto y a fuerza de metralla, gobernó el país desde aquel fatídico 24 de marzo de 1976 hasta diciembre del 83; es neoliberalismo sin fusiles.
Para los filósofos, recordar es un proceso complejo que trasciende el simple almacenamiento de datos. Se define principalmente como la actualización del conocimiento pasado (reminiscencia), la construcción activa de imágenes mentales (representacionalismo) o el acto de «volver a pasar por el corazón» (re-cordis), sirviendo tanto para conocer la verdad como para guiar la acción ética.
Es precisamente esa reminiscencia filosófica la que se oscurece en boca de quienes hoy ostentan el poder en la Argentina, porque son ellos los herederos y continuadores de aquel perverso plan económico que Rodolfo Walsh -en su “Carta Abierta a las Juntas” de 1977- denominó de “Miseria Planificada”. Se oscurece el conocimiento del pasado cuando se valida la voz de una vice-presidenta para la cual los genocidas son héroes, presos políticos; cuando desde el oficialismo se agita la concesión de una reducción de penas a quienes violaron, torturaron y desaparecieron personas.
Néstor Kirchner fue el único presidente de la democracia que pidió perdón en nombre del Estado por las atrocidades cometidas por la dictadura. Y lo hizo el 24 de marzo de 2004 en la ESMA (Ex Escuela de Mecánica de la Armada, que sirvió como centro clandestino de detención y tortura). Javier Milei y la casta de corruptos y cobardes que ocupan sus ministerios abogan por el olvido, por pasar página, por retroceder a las épocas en las que la muerte siempre encontraba justificante.
“Algo habrán hecho” era la sentencia que emergía de las bocas de los desinformados cuando desaparecía un obrero de una fábrica, o una estudiante, un docente, un abogado o un periodista. En la era de la relativización de todas las cosas, en esta pesadilla distópica en la cual estamos inmersos, es preciso elevar la voz, multiplicarla, hacerla estallar en un grito.
El ¡Nunca Más! de este 2026 tiene que hacer eco, tiene que escucharse de Ushuaia a la Quiaca y traspasar fronteras para inspirar a los países que sufrieron el espanto del totalitarismo y aún no se han atrevido a sentar en el banquillo a los responsables de sus propias represiones, persecuciones, torturas y muertes.
Urge hoy más que nunca defender la memoria de quienes -desde el poder- pretenden pisotearla. Lo que el oficialismo niega o se esfuerza por ocultar, el arte lo eleva. Cientos de libros, canciones y películas mantienen fresca la verdad de los años en los que el Estado sembró el terror en la Argentina.
Volver a leer la Carta Abierta a la Junta Militar, escrita por Rodolfo Walsh, es más que necesario para reflexionar sobre el pasado, pero también sobre el presente. Como lo es validar siempre la lucha de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo, como también lo es volver a escuchar las canciones que recuerdan lo que sucedió en nuestro país en aquellos años.
No sólo porque resulta un antídoto natural contra la forzada amnesia institucional, sino porque además nos sirve como alerta para poder reconocer en el ahora los signos que antecedieron al advenimiento del totalitarismo. La canción de León Gieco “La Memoria” –símbolo de la lucha por la justicia- es un claro e irrefutable ejemplo de que la historia, sin memoria, puede volver a repetirse.