Brasil ante el abismo: la segunda vuelta decidirá mucho más que una presidencia

Por Juan Carlos Alí Torres , Internacionales

La primera vuelta de las elecciones presidenciales brasileñas ha dejado un resultado que pocos esperaban y que obliga a mirar con enorme atención hacia el 25 de octubre. Flávio Bolsonaro se impuso a Luiz Inácio Lula da Silva por un margen estrechísimo: 47,03% frente a 45,16%. Una diferencia de menos de dos puntos porcentuales que, en un país de las dimensiones de Brasil, representa alrededor de 2,4 millones de votos.

Pero quizá el dato más importante de esta primera vuelta no esté en la diferencia entre los dos candidatos que disputarán la presidencia, sino en los millones de brasileños que decidieron no votar.

Más de 33 millones de electores se abstuvieron, un 21,08% del padrón. A ello hay que sumar los votos nulos y blancos. Es decir, una parte gigantesca del electorado brasileño no ha tomado todavía una decisión efectiva sobre quién debe gobernar el país, y ahí se encuentra la verdadera batalla de estas tres semanas.

El voto de los que no votaron

La segunda vuelta ya no será una elección entre diez candidatos. Será una confrontación entre dos proyectos políticos y, sobre todo, una disputa por convencer a quienes votaron por otras opciones o directamente se quedaron en casa.

Los candidatos eliminados en la primera vuelta obtuvieron, en conjunto, una cantidad de votos que puede resultar decisiva. Pero no existe una transferencia automática de esos sufragios.

Los votantes no son propiedad de los partidos, una parte buscará votar estratégicamente para impedir la victoria del candidato que considera más peligroso; otra parte puede inclinarse por el programa que considere más cercano; algunos optarán por el voto en blanco o nulo y otros volverán a abstenerse.

Por eso, tanto Lula como Flávio Bolsonaro tendrán que hacer algo más que movilizar a sus bases tradicionales: deberán construir una mayoría social capaz de incorporar a sectores que no necesariamente comparten su visión política.

¿Hacia dónde irán los votos de las otras fuerzas?

Esta será probablemente la gran incógnita de la segunda vuelta. Los votos de las candidaturas que quedaron fuera de la carrera presidencial pueden dividirse en varias direcciones. Una parte podría terminar respaldando a Lula por considerar que la prioridad es impedir una victoria de la ultraderecha. Otra podría considerar que Flávio Bolsonaro representa una alternativa de cambio frente al desgaste del gobierno y del Partido de los Trabajadores.

También existe un tercer escenario: que una parte importante de esos electores decida no escoger entre ninguno de los dos.

La cuestión es que la segunda vuelta no se gana necesariamente conquistando al adversario. Se gana, muchas veces, consiguiendo que una parte del electorado adversario considere que votar por ti es la opción menos mala o la única capaz de evitar un resultado que considera peor. En ese sentido, el concepto de voto útil puede adquirir una importancia extraordinaria.

Lula enfrenta un problema que va más allá de Lula

La edad del expresidente, sus años en primera línea política y el desgaste natural de un liderazgo histórico forman parte del debate, pero reducir la situación de la izquierda brasileña exclusivamente a la edad de Lula sería un error.

El verdadero problema es la dificultad para construir una nueva generación de dirigentes capaces de conectar con sectores jóvenes, con trabajadores precarizados, con quienes viven en las periferias y con millones de ciudadanos que han dejado de sentirse representados por la política tradicional.

Lula conserva una enorme capacidad de movilización y una trayectoria histórica difícil de igualar. Pero precisamente por eso su candidatura también pone de manifiesto una pregunta inevitable: ¿qué sucederá con la izquierda brasileña después de Lula?

Una izquierda que dependa permanentemente de sus dirigentes históricos corre el riesgo de convertir la memoria de sus conquistas en sustituto de un proyecto para el futuro.

Bolsonaro y la política del conflicto permanente

La candidatura de Flávio Bolsonaro representa la continuidad política de una corriente que Jair Bolsonaro convirtió en una de las fuerzas más importantes de la derecha brasileña.

Su eventual llegada a la Presidencia supondría un cambio significativo en la orientación política de Brasil y podría tener consecuencias más allá de sus fronteras.

Su posición frente al BRICS, sus vínculos políticos con el trumpismo y su promesa de revisar cuestiones relacionadas con la situación judicial de su padre anticipan una política exterior y doméstica más confrontativa.

Brasil no es un país cualquiera, es la principal economía de América Latina, uno de los grandes productores de alimentos y materias primas del planeta y un actor fundamental dentro del BRICS. Su orientación política tiene consecuencias sobre Sudamérica, sobre las relaciones con China, Rusia y Estados Unidos y sobre el equilibrio geopolítico de toda la región.

Por eso, esta elección no debería analizarse únicamente como una disputa entre Lula y Bolsonaro, es también una disputa sobre qué lugar quiere ocupar Brasil en el mundo.

El fantasma de la injerencia extranjera

Lula ha denunciado en diferentes momentos la existencia de presiones e intereses extranjeros alrededor de la política brasileña. Y sería ingenuo pensar que las grandes potencias permanecen indiferentes ante una elección en un país de la importancia estratégica de Brasil.

Estados Unidos, China, Rusia y otras potencias tienen intereses económicos, políticos, energéticos y geopolíticos en América Latina, pero una cosa es reconocer la existencia de esos intereses y otra afirmar que una potencia extranjera controla de manera absoluta el resultado electoral.

Brasil posee instituciones, partidos, movimientos sociales, medios de comunicación, iglesias, organizaciones empresariales y una sociedad civil suficientemente compleja como para que la explicación de su comportamiento electoral no pueda reducirse a una conspiración externa.

La pregunta más incómoda para la izquierda quizá sea otra: ¿por qué millones de ciudadanos están dispuestos a votar por la derecha o prefieren quedarse en casa? Ahí está el verdadero desafío.

Una izquierda que necesita volver a convencer

Durante décadas, buena parte de la izquierda latinoamericana consiguió movilizar a millones de personas alrededor de la promesa de una sociedad más justa. Hoy esa capacidad de movilización parece mucho más limitada.

La inseguridad, la inflación, el empleo precario, la vivienda, la corrupción, el deterioro de los servicios públicos y la frustración con la política tradicional pesan tanto o más que las grandes discusiones ideológicas.

La derecha ha aprendido a convertir esos problemas cotidianos en mensajes políticos simples, mientras tanto, sectores de la izquierda corren el riesgo de hablar un lenguaje demasiado distante de la vida cotidiana de millones de trabajadores.

No basta con recordar las conquistas del pasado. Hay que explicar qué se hará mañanao basta con advertir sobre el peligro de la ultraderecha. Hay que ofrecer una alternativa capaz de despertar esperanza, no basta con defender la democracia. Hay que demostrar que la democracia también puede mejorar las condiciones materiales de quienes sienten que el sistema no les ofrece ningún futuro.

Los 33 millones pueden decidir la elección

La cifra más poderosa de esta elección no es el 47,03% de Flávio Bolsonaro ni el 45,16% de Lula, son los más de 33 millones de brasileños que no votaron, en una segunda vuelta tan ajustada, una movilización relativamente pequeña de ese enorme universo podría modificar completamente el resultado.

Por eso, la campaña de Lula tendrá que dirigirse no solamente a sus convencidos, sino también a quienes están desencantados, cansados o políticamente alejados.

Y Flávio Bolsonaro intentará exactamente lo mismo. La segunda vuelta será, en definitiva, una batalla por la participación.

El voto útil puede ser decisivo

Si los sectores progresistas consideran que una eventual presidencia de Flávio Bolsonaro representa una amenaza para sus conquistas sociales, la cuestión del voto útil inevitablemente aparecerá en el debate.

Pero el voto útil no puede construirse únicamente desde el miedo, necesita una razón positiva para existir.

El elector que no simpatiza con Lula debe encontrar un motivo para acudir a las urnas. Y ese motivo puede ser la defensa de determinadas políticas sociales, de los derechos democráticos, de la soberanía nacional, de los servicios públicos o de una determinada orientación internacional.

Del otro lado ocurrirá algo similar: Flávio Bolsonaro intentará presentar la elección como una oportunidad para castigar al establishment político y profundizar el giro hacia la derecha, la batalla será, por tanto, emocional y política.

Una elección que puede marcar una época

Brasil se encuentra ante una encrucijada y no se trata simplemente de decidir quién ocupará el Palacio de Planalto durante los próximos años. Se trata de definir qué modelo político tendrá la mayor economía de América Latina, qué relación mantendrá con las grandes potencias y qué lugar ocuparán las políticas sociales, la integración latinoamericana y el BRICS en su estrategia internacional.

Pero también existe una cuestión más profunda, ya que la primera vuelta ha demostrado que ninguna fuerza política puede dar por garantizado el apoyo de la sociedad.

La izquierda no puede vivir exclusivamente de su pasado. La derecha no puede asumir que el descontento social le pertenece para siempre.

Y los millones que se abstuvieron tienen ahora una responsabilidad enorme, porque su decisión —votar, abstenerse, votar en blanco o cambiar de posición— puede terminar inclinando la balanza. El 25 de octubre Brasil no elegirá solamente entre Lula y Flávio Bolsonaro, elegirá entre dos formas de interpretar su futuro.

El resultado dependerá de quién consiga convencer a los ciudadanos que hoy están fuera de las trincheras partidarias. Los votos de las fuerzas derrotadas serán importantes, pero quizá lo sean todavía más aquellos ciudadanos que no votaron en la primera vuelta.

Ahí está la paradoja de esta elección: mientras los partidos discuten quién tiene la mejor candidatura, millones de brasileños pueden decidir simplemente si vale la pena participar.

Y esa es precisamente la batalla que la izquierda no puede permitirse perder, porque una democracia no se salva únicamente derrotando a la ultraderecha en las urnas. También se salva recuperando la confianza de quienes dejaron de creer que la política puede cambiar sus vidas.

Brasil tiene tres semanas para descubrir si esos millones de ciudadanos permanecen al margen o regresan a las urnas y de esa decisión puede depender no solamente quién será el próximo presidente de Brasil, sino también el rumbo político de América Latina.

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