Redacción de Internacionales, Juan Carlos Ali Torres.
«La ofensiva militar de los hutíes —Ansarallah— en Yemen ha abierto un nuevo frente de enorme importancia estratégica en Oriente Medio. El avance de sus fuerzas sobre la costa occidental yemení, la toma de posiciones alrededor de Moca (Mocha) y la llegada a la estratégica isla de Perim, en el estrecho de Bab el-Mandeb, colocan bajo una presión inédita una de las principales rutas marítimas que conectan el océano Índico con el mar Rojo y el canal de Suez».
El movimiento no debe interpretarse únicamente como una nueva batalla dentro de la prolongada guerra civil yemení. Si se consolida, puede convertirse en un problema de seguridad energética y comercial de dimensión mundial.La importancia de Bab el-Mandeb es enorme: por ese paso marítimo circula una parte sustancial del comercio entre Asia, Europa y Oriente Medio.
Su eventual interrupción o militarización obligaría a numerosos buques a modificar sus rutas, aumentando distancias, tiempos de navegación, seguros y costes de transporte.
Pero existe un elemento todavía más delicado: el avance hutí se produce en un momento de máxima tensión regional, marcado por la confrontación entre Estados Unidos e Irán y por la importancia estratégica de los estrechos de Ormuz y Bab el-Mandeb.
Moca y Perim: el valor estratégico de la costa del mar Rojo.
La toma de Moca constituye un movimiento de gran relevancia. El puerto, situado en la costa occidental de Yemen, se encuentra próximo a Bab el-Mandeb y permite proyectar presión sobre las comunicaciones marítimas que atraviesan la entrada meridional del mar Rojo.
A esto se suma el avance sobre Dhubab y otras posiciones próximas al estrecho y, especialmente, la disputa por Perim —también conocida como Mayyun—, una isla situada en el propio Bab el-Mandeb.
Perim tiene un valor militar excepcional por su posición geográfica. El territorio insular se encuentra en medio del estrecho y permite vigilar y potencialmente condicionar el tránsito marítimo.
La cuestión fundamental, por tanto, no es solamente quién controla una isla o un puerto, sino quién posee capacidad para convertir la geografía en una herramienta de presión económica.
Los hutíes han demostrado durante los últimos años que disponen de misiles y drones capaces de amenazar buques y objetivos situados a considerable distancia. La combinación entre presencia territorial y capacidad misilística cambia sustancialmente el escenario.
Del mar Rojo al petróleo saudí.
Arabia Saudita se encuentra entre los principales afectados, Riad dispone de una infraestructura petrolera gigantesca y durante años ha construido mecanismos destinados a reducir su dependencia de una única salida marítima. Entre ellos destaca el oleoducto Este-Oeste, que permite transportar crudo desde la zona productora del golfo Pérsico hasta instalaciones del mar Rojo.
Esta infraestructura adquiere ahora una importancia extraordinaria, ya que si el tráfico por el golfo Pérsico y el estrecho de Ormuz se encuentra sometido a una elevada tensión y, simultáneamente, Bab el-Mandeb queda bajo amenaza hutí, las alternativas saudíes para colocar petróleo en los mercados internacionales se reducen.
Los ataques contra infraestructura petrolera saudí que se atribuyen a los hutíes añaden una segunda dimensión al problema: ya no se trata exclusivamente de proteger barcos, sino también de proteger la infraestructura terrestre que permite exportar el crudo.
Una interrupción prolongada tendría consecuencias directas sobre la capacidad de Arabia Saudita para mantener sus niveles habituales de producción y exportación, y cuando se trata de un productor de semejante magnitud, cualquier reducción significativa de su oferta tiene repercusiones internacionales.

Dos estrechos, una misma crisis.
El escenario adquiere una dimensión mucho mayor si se observa el mapa completo.Por un lado está Ormuz, entre Irán y Omán, por donde transita una parte esencial de las exportaciones energéticas del golfo Pérsico. Por otro está Bab el-Mandeb, entre Yemen, Yibuti y Eritrea, que constituye la puerta marítima meridional del mar Rojo. El resultado es una especie de pinza geográfica.
El petróleo producido en el golfo Pérsico puede encontrar dificultades para salir hacia los mercados asiáticos y occidentales si Ormuz queda amenazado. Al mismo tiempo, las mercancías y determinados cargamentos energéticos que utilizan el mar Rojo para alcanzar Europa pueden verse obligados a buscar rutas alternativas si Bab el-Mandeb deja de ser seguro.
Esto explica por qué la ofensiva hutí tiene una importancia que supera ampliamente las fronteras de Yemen. No es necesario que los hutíes establezcan un bloqueo absoluto del estrecho para provocar un efecto económico. Basta con que consigan elevar suficientemente el riesgo para que las compañías navieras modifiquen sus decisiones. En el comercio marítimo, el riesgo también tiene un precio.
El precedente de los ataques al tráfico marítimo.
Los hutíes ya habían demostrado que podían convertir el mar Rojo en una zona de riesgo para la navegación internacional. Durante los últimos años, sus ataques contra buques llevaron a numerosas compañías a evitar el corredor del mar Rojo y a desviar sus barcos alrededor del cabo de Buena Esperanza.
Ese desvío supone miles de kilómetros adicionales, para Europa, la consecuencia es particularmente importante porque el canal de Suez constituye una de las principales conexiones marítimas entre Asia y el continente europeo.
Si un barco que viaja desde Asia hacia Europa debe rodear África, aumentan:- el consumo de combustible;- los días de navegación;- los costes de tripulación;- los seguros;- los costes logísticos;- y, finalmente, el precio de los productos transportados.
Una crisis prolongada en Bab el-Mandeb podría, por tanto, trasladarse desde el campo de batalla hasta los supermercados europeos y las industrias que dependen de componentes importados.
El petróleo vuelve a convertirse en un arma geopolítica.
El mercado energético reacciona antes incluso de que exista una escasez física, ya qué los operadores incorporan al precio el llamado riesgo geopolítico. Si existe la posibilidad de que una cantidad importante de petróleo deje de llegar a los mercados, el precio puede subir inmediatamente.
La cotización del Brent por encima de los 100 dólares por barril —y los niveles superiores señalados en las informaciones aportadas— refleja precisamente ese temor a una interrupción significativa de la oferta. Sin embargo, hay que distinguir entre una subida provocada por expectativas y una crisis estructural de suministro.
El verdadero problema aparecería si la interrupción de las rutas se prolongara durante semanas o meses y afectara simultáneamente a la producción, al transporte y a las principales infraestructuras de exportación.Entonces el impacto podría transformarse en inflación energética global.
Estados Unidos ante un dilema estratégico
Para Washington, la situación es particularmente incómoda, ya qué Estados Unidos mantiene una presencia militar significativa en Oriente Medio y durante años ha intentado garantizar la libertad de navegación en las principales rutas marítimas de la región. Pero los acontecimientos en Yemen plantean una pregunta mucho más difícil: ¿hasta dónde está dispuesto Estados Unidos a intervenir militarmente para defender a Arabia Saudita y garantizar el tránsito del petróleo?.
Una intervención directa contra las posiciones hutíes podría detener o ralentizar su ofensiva, pero también tendría el riesgo de ampliar el conflicto. Los hutíes mantienen una estrecha relación estratégica con Irán. Una escalada contra Ansarallah podría ser interpretada en Teherán como una extensión de la confrontación regional.
Washington tendría entonces que afrontar un dilema clásico:proteger las rutas marítimas sin provocar una guerra regional todavía mayor. La solicitud saudí de apoyo militar estadounidense refleja precisamente la gravedad con la que Riad contempla el escenario.
Arabia Saudita necesita impedir que los hutíes transformen la costa occidental de Yemen en una plataforma permanente para atacar sus instalaciones y condicionar sus exportaciones. Estados Unidos, por su parte, debe decidir qué nivel de recursos está dispuesto a comprometer mientras mantiene otros intereses estratégicos en la región y fuera de ella.
Europa es uno de los grandes perjudicados
Europa puede convertirse en uno de los principales damnificados indirectos, ya qué el continente no controla ninguno de los dos grandes cuellos de botella de la región, y depende de rutas marítimas internacionales y, en última instancia, de que las mercancías puedan circular con costes previsibles.
Una crisis prolongada en Bab el-Mandeb afectaría especialmente al comercio entre Europa y Asia.El primer impacto sería logístico. El segundo podría ser energético.
Y el tercero, inflacionario, Europa podría enfrentarse a mayores costes de transporte precisamente cuando sus economías intentan reducir la inflación y sostener el crecimiento. El encarecimiento del petróleo también podría repercutir en el transporte por carretera, la aviación, la industria química, la agricultura y prácticamente cualquier actividad económica dependiente de combustibles.
Por eso Bab el-Mandeb no es un problema exclusivamente militar, sino también un problema económico europeo.
El gran riesgo: que se cierre la cadena de suministro.
El escenario más peligroso sería una combinación de crisis.Ormuz amenazado + Bab el-Mandeb bajo presión + infraestructura petrolera saudí atacada + rutas marítimas desviadas. Cada uno de estos elementos por separado puede ser gestionable.Juntos podrían producir un shock energético de enormes dimensiones.
El mundo actual depende de una red logística extremadamente eficiente, pero también extremadamente sensible a las interrupciones. Una ruta marítima bloqueada no solamente retrasa barcos: altera inventarios, contratos, precios, seguros y decisiones de inversión.
Las empresas pueden soportar algunos días de retraso, lo que resulta mucho más difícil es absorber meses de incertidumbre. Arabia Saudita también enfrenta una amenaza económica, para Riad, la cuestión no se limita a la seguridad nacional ya qué el modelo económico saudí impulsado por el príncipe heredero Mohammed bin Salman depende de enormes inversiones, estabilidad financiera y capacidad para sostener proyectos de transformación económica.
Una caída prolongada de las exportaciones petroleras reduciría ingresos y limitaría el margen de maniobra del Gobierno.Además, una guerra prolongada en Yemen elevaría los costes militares y podría afectar la confianza de los inversores.
El petróleo continúa siendo la principal fuente de poder económico y geopolítico saudí. Precisamente por eso las instalaciones petroleras constituyen uno de los objetivos más sensibles del conflicto.
Irán gana capacidad de presión sin enfrentarse directamente.
Desde la perspectiva iraní, el avance hutí tiene una importancia estratégica considerable.Teherán puede incrementar la presión sobre Estados Unidos, Arabia Saudita y sus aliados mediante un actor regional sin necesidad de asumir necesariamente el coste de una confrontación directa en cada escenario.
Los hutíes tienen su propia agenda y no pueden ser reducidos simplemente a una extensión automática de Irán, pero su alineamiento estratégico con Teherán resulta evidente.
La posibilidad de ejercer presión simultáneamente sobre dos corredores marítimos —Ormuz y Bab el-Mandeb— incrementa el peso geopolítico del eje iraní, y esto es especialmente relevante porque ambos estrechos conectan regiones productoras de energía con los grandes mercados consumidores del planeta.

La pregunta que queda abierta.
La cuestión central ya no es únicamente si los hutíes pueden avanzar territorialmente. La verdadera pregunta es si pueden convertir ese avance territorial en una capacidad sostenida de coerción marítima y energética. Si la respuesta fuera afirmativa, el conflicto de Yemen entraría en una nueva fase.
El control o la amenaza sobre Bab el-Mandeb permitiría a Ansarallah utilizar la geografía como instrumento de negociación. Arabia Saudita tendría que defender simultáneamente sus fronteras, sus instalaciones petroleras y sus rutas de exportación.
Estados Unidos debería decidir entre una mayor implicación militar o aceptar un aumento de los riesgos para la navegación internacional, mientras que Europa tendría que afrontar las consecuencias de una crisis que no ha provocado, pero cuyos costes terminarían llegando a sus economías.
Un conflicto local con consecuencias globales.
La ofensiva hutí demuestra una vez más que en Oriente Medio la geografía puede convertirse en un arma, dónde Yemen ocupa una posición aparentemente periférica, pero controla uno de los accesos marítimos más importantes del planeta. Desde sus costas puede condicionarse el tránsito entre el océano Índico, el mar Rojo y el Mediterráneo.
Por eso la batalla por Moca, Dhubab, Perim y Bab el-Mandeb tiene una lectura mucho más profunda que la de una simple ofensiva militar.
Estamos ante una lucha por el control de los cuellos de botella de la economía mundial, dónde si la tensión continúa creciendo, el petróleo será solamente la primera variable afectada. Después llegarán los seguros marítimos, los fletes, las cadenas de suministro, la inflación y el crecimiento económico.
Para Estados Unidos, el dilema será cómo contener a los hutíes sin convertir Yemen en el detonante de una guerra regional mayor.
Para Arabia Saudita, la prioridad será proteger la principal fuente de su poder económico, mientras que para Europa, el desafío será evitar que una nueva crisis energética y logística vuelva a golpear a unas economías todavía vulnerables a las perturbaciones externas, y para el resto del mundo, la advertencia es clara: cuando dos de las principales rutas energéticas del planeta quedan atrapadas en una misma confrontación geopolítica, el problema deja de ser regional. Se convierte en un problema global.
Foto portada: Activistas hutíes junto a un cartel con misiles, en una marcha antisaudita en Saná, el 31 de julio, en medio del bloqueo naval que el grupo declaró contra Arabia Saudita en Bab el Mandeb (REUTERS/Khaled Abdullah/Archivo)