Trump, los mercados y la amenaza militar: cuando la fuerza sustituye a la confianza.

Por Francisco López, Redacción Argentina.

Las palabras atribuidas a Donald Trump «Tenemos muchos tipos de intervención. Esa es una. La intervención definitiva son nuestras Fuerzas Armadas. Y si tenemos que usarlas, lo haremos», no pueden analizarse únicamente desde el terreno de la política exterior. En un contexto de volatilidad financiera, tensiones comerciales y creciente incertidumbre sobre la economía estadounidense, el recurso permanente a la amenaza militar adquiere una dimensión mucho más amplia.

La pregunta es inevitable: ¿qué ocurre cuando una superpotencia parece necesitar demostrar su fuerza militar para compensar la pérdida de confianza en su fortaleza económica y financiera?.

Durante décadas, Estados Unidos construyó una posición privilegiada en el sistema mundial sobre varios pilares: el tamaño de su economía, el dominio tecnológico, el dólar como moneda de referencia y el enorme poder de sus Fuerzas Armadas. Pero esos pilares no son independientes.

La confianza en los bonos del Tesoro estadounidense, por ejemplo, depende fundamentalmente de la percepción de que Estados Unidos es capaz de gestionar su deuda y preservar la estabilidad de su economía. Cuando la incertidumbre aumenta, la contradicción aparece con fuerza.

Del poder financiero al lenguaje de la coerción

La credibilidad de los bonos estadounidenses no puede sostenerse mediante amenazas. Un inversor compra deuda de Estados Unidos porque considera que será devuelta y porque confía en la estabilidad de sus instituciones, su economía y su moneda.

Pero si la confianza comienza a deteriorarse mientras desde la Casa Blanca se multiplica un discurso de intervención, sanciones, amenazas y demostraciones militares, se transmite al mundo una imagen peligrosa: la de un país que pretende responder a la pérdida de confianza con una exhibición de poder.

Los misiles pueden destruir objetivos. Los portaaviones pueden controlar rutas marítimas. Los drones pueden proyectar fuerza a miles de kilómetros.Pero ninguno de ellos paga los intereses de la deuda pública.

Ningún bombardero reduce por sí mismo el déficit. Ningún portaaviones garantiza que los mercados mantengan su confianza. Ningún soldado puede sustituir indefinidamente la credibilidad económica.Y ahí se encuentra una de las grandes contradicciones del momento: confundir poder militar con solvencia financiera.

Una frase puede mover los mercados.

La economía global vive conectada a los discursos de Washington. Una declaración presidencial sobre una posible intervención militar puede provocar movimientos inmediatos en las bolsas, aumentar la demanda de activos considerados seguros y elevar el precio del petróleo.

El mercado petrolero es especialmente sensible. La posibilidad de un conflicto que afecte a una región estratégica, una ruta marítima o un país productor puede generar inmediatamente expectativas de interrupción del suministro.

El resultado suele ser conocido: sube el petróleo, aumenta la incertidumbre y los mercados reaccionan negativamente y el problema es que esta volatilidad también tiene consecuencias internas para Estados Unidos.

Tenemos muchos tipos de intervención. Esa es una. La intervención definitiva son nuestras Fuerzas Armadas. Y si tenemos que usarlas, lo haremos.

Un petróleo más alimenta la inflación. La inflación puede obligar a mantener tipos de interés elevados. Los intereses más altos encarecen el crédito y aumentan el coste de financiación de una deuda pública gigantesca.

Es decir, la retórica de fuerza puede terminar alimentando precisamente algunos de los problemas económicos que dice combatir.

¿Una estrategia para las elecciones de medio término?

Las elecciones legislativas de medio término son una prueba política fundamental para cualquier presidente estadounidense. Perder el control del Congreso puede limitar la capacidad del Ejecutivo y convertir los dos últimos años de mandato en una batalla permanente.

Cuando una administración comienza a perder apoyo, aparece una tentación clásica: buscar un enemigo, construir una amenaza y movilizar políticamente a la sociedad a través del miedo.

La política exterior agresiva puede convertirse entonces en un instrumento de consumo interno. La figura del presidente fuerte, dispuesto a utilizar las Fuerzas Armadas, puede producir titulares y reforzar a sectores del electorado que valoran la demostración de autoridad.Pero existe una diferencia entre una estrategia electoral y una política de Estado.

La primera busca resultados inmediatos y la segunda debería calcular las consecuencias durante años. Si cada caída en las encuestas se responde con una nueva amenaza internacional, el riesgo es enorme: la política exterior termina subordinada a las necesidades electorales.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. (REUTERS)

Estados Unidos y sus propias contradicciones económicas.

Estados Unidos sigue siendo la mayor economía del mundo y conserva una capacidad financiera, tecnológica y militar extraordinaria. Hablar de un hundimiento inmediato sería una simplificación.

Pero eso no significa ignorar sus problemas estructurales.La enorme deuda pública, los déficits, las desigualdades sociales, la precariedad de sectores importantes de la población, el coste de la vivienda, la sanidad y la creciente polarización política constituyen problemas reales.

A esto se añade una cuestión fundamental: la erosión de la confianza institucional, ante una economía no se debilita únicamente cuando caen sus indicadores. También se debilita cuando sus ciudadanos dejan de confiar en que el sistema pueda ofrecerles estabilidad y futuro.Y es ahí donde la política necesita encontrar respuestas.

El inmigrante como chivo expiatorio.

Mientras la economía presenta problemas complejos, la inmigración vuelve a ocupar un lugar central en el discurso político. Las operaciones y persecuciones del ICE se presentan como una demostración de control y autoridad.

Pero resulta mucho más fácil responsabilizar al inmigrante que explicar las causas profundas de los problemas económicos.Es más sencillo realizar redadas que afrontar el poder de las grandes corporaciones.

Es más sencillo perseguir a trabajadores migrantes que reformar un sistema fiscal desigual y es más sencillo construir un enemigo interno que reconocer los errores de una política económica. La inmigración se convierte así en una herramienta política. No se discute solamente quién entra en el país, sino que se utiliza al inmigrante como explicación de problemas mucho más profundos.

Y la contradicción vuelve a aparecer: sectores fundamentales de la economía estadounidense dependen precisamente del trabajo de millones de inmigrantes, propiciando algo real, y es que persecución puede generar titulares, pero no resuelve los problemas estructurales.

El peligro de gobernar mediante el miedo

La combinación de amenazas militares en el exterior y persecución política de la inmigración en el interior constituye una estrategia conocida: gobernar mediante la construcción permanente del miedo.Miedo al enemigo exterior, miedo al inmigrante.Miedo a la inseguridad, miedo a la guerra, miedo al colapso económico.

El objetivo político es sencillo: presentar al poder como el único capaz de proteger a la población.Pero una democracia fuerte no debería necesitar enemigos permanentes para justificar sus políticas.

Para terminar este artículo sería interesante plantearnos una reflexión final, Donald Trump puede utilizar la fuerza militar como instrumento de presión y puede recurrir a una retórica cada vez más agresiva para intentar recuperar apoyo político. Pero existe un límite que ningún ejército puede resolver: la confianza económica no se conquista con misiles.

Los bonos estadounidenses no valen porque Estados Unidos tenga portaaviones, el dólar no domina únicamente porque tenga bases militares, su poder depende, sobre todo, de que el mundo continúe creyendo en la estabilidad del sistema estadounidense.

Cuando un gobierno responde a la pérdida de confianza con amenazas, guerras comerciales, intervenciones militares y persecuciones internas, puede obtener beneficios políticos inmediatos, pero también puede acelerar la desconfianza que pretendía combatir.

El petróleo puede subir, las bolsas pueden caer, la inflación puede regresar y los ciudadanos pueden descubrir que el verdadero problema nunca fue el enemigo que les señalaron.Tal vez la mayor debilidad de una potencia no aparezca cuando pierde una guerra, sino cuando necesita recurrir cada vez más al miedo para demostrar que sigue siendo fuerte.

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