BOLIVIA NO ELIGIÓ NEOLIBERALISMO.

Por Fernando Ortega de El Berguedá, Catalunya

Bolivia perdió una herramienta política que convertía conflicto en gobierno.

Cuando el pueblo sigue ahí, pero la izquierda deja de estarloBolivia no giró a la derecha por convicción ideológica. No abrazó el neoliberalismo como proyecto colectivo ni repudió la memoria de sus conquistas sociales.

Lo que ocurrió fue algo más inquietante y, a la vez, más común: el pueblo siguió ahí, organizado y capaz de plantar cara al poder, pero dejó de reconocerse en quienes decían representarlo.

La derecha no ganó una hegemonía; el Movimiento al Socialismo (MAS) perdió su función histórica de mediación entre conflicto social y gobierno.

Un error de lectura: confundir derrota electoral con derrota socialLa tentación inmediata tras la derrota del MAS es leer el resultado como un viraje ideológico del país. Pero esa lectura se cae al primer contraste con la realidad material. Los sindicatos siguen siendo fuertes, la Central Obrera Boliviana mantiene capacidad de paralizar el país, los movimientos campesinos e indígenas continúan organizados y dispuestos a resistir políticas de ajuste.

Eso no es un país que haya abrazado el neoliberalismo; es un país que conserva una musculatura social incompatible con un giro conservador profundo.La derecha gobierna, sí, pero lo hace sin hegemonía social. Carece de un bloque histórico propio, de una base movilizada, de legitimidad más allá de las urnas. Su poder es formal; el del pueblo, material. Esta asimetría es clave para entender lo ocurrido.

El conflicto reciente: cuando la calle marca el límiteLa derrota electoral del MAS no abrió un periodo de pasividad social. Al contrario. El nuevo gobierno conservador intentó aplicar un paquete de medidas de ajuste —especialmente en materia de subsidios a los combustibles— que tocaban directamente el corazón material de la vida popular. La respuesta fue inmediata.

Sindicatos, movimientos campesinos e indígenas activaron los mecanismos clásicos de presión en Bolivia: huelgas, marchas y bloqueos. No como gesto simbólico, sino como ejercicio real de poder. El país volvió a mostrar que, más allá de quién gobierne, existe una masa social organizada capaz de imponer costes políticos elevados.

El resultado no fue una victoria total ni una derrota aplastante. El gobierno retrocedió parcialmente, negoció, modificó decretos y aprendió rápido una lección básica: no puede gobernar ignorando a la calle.

La movilización, por su parte, confirmó su capacidad de frenar, pero también sus límites para transformar ese pulso en dirección política estable.Este episodio es clave para entender todo lo que sigue. Sin él, la derrota del MAS podría leerse como un giro ideológico. Con él, queda claro que el pueblo no abandonó el conflicto social; abandonó a quienes dejaron de representarlo.

El MAS y la ruptura de la mediaciónDurante años, el MAS cumplió una función decisiva: traducir el conflicto social en política pública. No eliminó el conflicto —nunca lo hizo—, pero lo canalizó. Permitió que sindicatos y movimientos se vieran reflejados, no siempre satisfechos, pero sí reconocidos.

Con el tiempo, esa mediación se degradó. El partido se cerró sobre sí mismo, se burocratizó, confundió lealtad con obediencia y unidad con silenciamiento. Las disputas internas dejaron de resolverse políticamente y pasaron a gestionarse como problemas de orden. El resultado fue un divorcio progresivo entre dirección y base.

Cuando una fuerza política de izquierda deja de ser puente y se convierte en tapón, el pueblo no se vuelve conservador: se retira. Castiga. Se abstiene o vota sin ilusión. No para elegir un nuevo proyecto, sino para sancionar uno agotado.

El voto como castigo, no como adhesión.

La victoria del bloque conservador en Bolivia debe leerse como un voto negativo. No expresa entusiasmo, sino hartazgo. Es el síntoma de una retirada de confianza, no de una conversión ideológica.

Por eso la paradoja se resuelve fácilmente: la derecha gana elecciones mientras pierde la calle. Y la calle no es un espacio simbólico; en Bolivia es una estructura real de poder: bloqueos, paros, movilización sostenida. Ese carácter no surge de la nada. Tiene un nombre propio: Evo Morales.

Fue él quien convirtió la calle en sujeto político, quien imprimió un contenido revolucionario y popular a la movilización social y la articuló con un proyecto de gobierno. Ese socialismo —arraigado, plebeyo, conflictivo— sigue vivo hoy, pese a los intentos de desactivarlo o vaciarlo.

Por eso el nuevo gobierno se enfrenta a un límite claro: puede administrar el Estado, pero no disciplinar a una sociedad que aprendió a organizarse y a resistir..

Pueblo organizado no es pueblo representado.

Otro error habitual es asumir que un pueblo movilizado dispone automáticamente de representación política propia. No es así. La capacidad de resistir no implica capacidad de gobernar. El conflicto social es intermitente; el Estado es permanente.

Cuando la herramienta política que articulaba esa relación se rompe, aparece un vacío. Los movimientos defienden líneas rojas, pero no construyen mayorías nacionales. Cada sector protege su trinchera. Sin una mediación común, la fuerza social se fragmenta y pierde traducción institucional.

Ese vacío siempre lo ocupa alguien. No porque lo merezca, sino porque el sistema no tolera el vacío.

Bolivia como espejo: una advertencia globalLo ocurrido en Bolivia no es una excepción latinoamericana. Es un patrón que se repite allí donde fuerzas de izquierda prolongan su permanencia en el poder sin renovar prácticas, sin abrir canales reales de participación y sin aceptar el conflicto interno como parte de la democracia.

Cuando la izquierda gobierna de espaldas al pueblo, el pueblo no desaparece. Se queda. Observa. Espera. Y cuando castiga, lo hace sin ofrecer cheques en blanco a nadie.

España: cuando el pueblo deja de verseEn España, además, esta desconexión no se produce solo entre partidos y sociedad, sino también dentro de las propias organizaciones políticas. Cuando la militancia deja de contar, cuando los espacios internos se vacían de deliberación real y se convierten en meros canales de ratificación, el efecto es el mismo que a escala social: silencio, desmovilización y retirada.

Los partidos que olvidan a su militancia acaban hablando solos. Mantienen cargos, siglas y presencia institucional, pero pierden algo más decisivo: gente dispuesta a escuchar, defender y sostener un proyecto. Sin militancia viva, no hay capilaridad social posible.

Este fenómeno explica por qué muchas fuerzas de izquierda siguen existiendo formalmente mientras se vacían políticamente. No es solo que el pueblo se aleje; es que antes se ha roto el vínculo interno que hacía posible llegar a él.Cataluña: identidad sin mediación social.

España no es Bolivia, pero comparte una dinámica inquietantemente similar. Amplios sectores populares siguen existiendo, siguen sufriendo y siguen organizándose parcialmente. Lo que se erosiona no es la conciencia social, sino la identificación política.

Cuando la izquierda institucional se encierra en la gestión, prioriza equilibrios internos, cargos y tácticas parlamentarias, y sustituye el vínculo vivo con la sociedad por una conversación endogámica entre élites militantes, el resultado no es un giro conservador automático. Es un desapego silencioso.

El pueblo no se vuelve de derechas; deja de sentirse convocado.Durante años, la política se estructuró alrededor del eje identitario, relegando el conflicto social a un segundo plano. Esa centralidad identitaria fragmentó a la izquierda y debilitó su capacidad para articular una agenda material que conecte con la vida cotidiana de la mayoría.

Cuando la política deja de ser una relación viva con el pueblo y se convierte en un sistema de mediaciones cerradas, el resultado es la desafección. El pueblo sigue ahí, pero ya no se reconoce en quienes hablan en su nombre.

Gobernar sin pueblo: el principio del finLa lección boliviana es incómoda, pero clara. Ningún proyecto de izquierda puede sostenerse si pierde su función de mediación. Gobernar no es solo administrar; es escuchar, traducir, asumir conflicto y corregir.

Cuando se gobierna de espaldas al pueblo, el castigo no siempre llega como una victoria aplastante de la derecha. A veces llega como algo peor: la retirada silenciosa de quienes antes empujaban.

Bolivia no eligió neoliberalismo. Eligió castigar una mala praxis política. Eligió retirar su confianza a una dirección que dejó de reflejarlo. El pueblo sigue ahí, respirando socialismo en su capacidad de organización y resistencia. Lo que falta no es conciencia, sino una herramienta política capaz de volver a convertir conflicto en gobierno.

Porque cuando esa herramienta se rompe, la derecha no gana: simplemente ocupa.

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