JARED KUSHNER Y LA GAZA QUE SOBRA.

Por Fernando Ortega de El Berguedá, Catalunya.

Urbanismo sin pueblo, poder sin voto y la rentabilidad como proyecto político.

En el Foro Económico Mundial de Davos, Jared Kushner —yerno de Donald Trump, inversor inmobiliario y actor político sin mandato— presentó una visión para Gaza. No habló de derechos, ni de población, ni de reparación. Habló de rascacielos, turismo y libre mercado. De reconstrucción, sin mencionar a quienes deberían habitarla, no fue una provocación ni un desliz retórico fue algo más serio, una propuesta de mundo.

Davos y el poder sin voto.

Jared Kushner no ha sido elegido por nadie, no representa a ningún electorado, no responde ante ninguna ciudadanía y no rinde cuentas ante ningún parlamento. Sin embargo, en Davos habló del futuro de Gaza con la naturalidad de quien describe una operación inmobiliaria más.

No es un detalle menor, es el punto de partida de todo lo que viene después, que un actor sin legitimidad democrática plantee públicamente el destino de un territorio devastado por la guerra y el hambre no es solo una anomalía política «es una señal de época».

El poder ya no necesita el respaldo de las urnas para decidir sobre la vida de otros, le basta con acceso, capital y cercanía a los centros de decisión. Davos no es un foro neutro ni un espacio de debate ciudadano, es el escaparate donde el poder sin voto se muestra a sí mismo como normalidad. Allí, decidir sobre el futuro de millones de personas sin haber sido autorizado para ello no genera escándalo, sino aplausos discretos y asentimientos técnicos.

Kushner como síntoma, no como excepción.

Sería un error reducir el problema a la figura de Kushner como individuo, no estamos ante un personaje extravagante ni ante un exceso personal. Kushner importa no solo por lo que dice, sino por lo que encarna «la convergencia perfecta entre capital financiero, poder político heredado y visión inmobiliaria del mundo».

No habla como ideólogo ni como diplomático, sino como gestor, no piensa en sociedades, sino en activos, no concibe pueblos, sino terrenos. Su discurso no necesita odio explícito ni desprecio verbal, le basta con algo más eficaz «la indiferencia estructural hacia quienes no encajan en el modelo».

En ese sentido, Kushner no es una anomalía del sistema, sino una de sus figuras más coherentes. Representa un tipo de poder que ya no busca legitimarse democráticamente, porque ha aprendido a prescindir de ella.

Una Gaza sin Gaza.

El plan presentado (explícito o implícito) comparte una característica fundamental «Gaza aparece sin su población», no hay referencias a los gazatíes como sujetos políticos, como comunidad viva, como pueblo con memoria, derechos y voluntad. Gaza es tratada como espacio disponible y se habla de rascacielos, de turismo, de inversión, de libre mercado. Se habla de futuro sin hablar de quienes deberían vivirlo.

Jared Kushner presenta un plan para la Gaza posguerra.

La ausencia no es casual, es el núcleo del planteamiento.

No estamos ante una propuesta de reconstrucción tras una catástrofe, si no que estamos ante una operación conceptual más profunda «la transformación de un territorio habitado en un lienzo vacío sobre el que proyectar intereses externos» Gaza no es presentada como una sociedad devastada que necesita vivir, sino como un problema urbanístico que debe resolverse.

Una Gaza sin Gaza, esa es la fórmula.

Expropiación integral con obsolescencia humana. Lo que se propone no encaja del todo en las categorías clásicas. No es colonización tradicional, porque no necesita explotar a la población local. Tampoco es ayuda humanitaria, porque no prioriza la supervivencia ni la dignidad. No es reconstrucción, porque no parte de la población existente. Es algo más moderno y más frío «una expropiación integral del territorio con obsolescencia humana incorporada».

En este modelo, la población gazatí no es enemiga, pero tampoco es necesaria, no es un obstáculo político que deba ser derrotado, sino un residuo social que no encaja en el proyecto.

La mano de obra, si hace falta, se importa. El capital no se adapta a las personas, las personas sobran. No hace falta hablar explícitamente de expulsión o exterminio, basta con diseñar un modelo en el que la vida de quienes están allí no tenga lugar.

El resultado histórico de ese tipo de lógica siempre es el mismo «desplazamiento, confinamiento o desaparición por desgaste».

La falsa pregunta.

Buena parte del debate público cae en una trampa semántica: “¿Qué hacer con Gaza?”. Esa pregunta parece razonable, pero es profundamente tramposa ya que presupone que Gaza es un objeto pasivo sobre el que otros deben decidir, la pregunta correcta es otra ¿quién tiene derecho a decidir sobre Gaza?Cuando esa pregunta se evita, todo lo demás queda contaminado.

La reconstrucción se convierte en sustitución, el desarrollo, en desposesión. La ayuda, en coartada. Decidir sobre Gaza sin Gaza no es un error de enfoque, sino que es la negación misma de su condición de sujeto político. No hay proyecto legítimo posible mientras la población afectada no sea el punto de partida y no el estorbo a gestionar.

Defender Gaza.

Llegados a este punto, la respuesta no es una consigna ni un gesto sentimental, es una conclusión lógica. Si Gaza es un pueblo, si su población existe y tiene derechos, entonces defender Gaza no es una opción ideológica más, es la única posición compatible con el derecho y con una mínima idea de humanidad.

Defender Gaza no significa idealizarla ni congelarla en el sufrimiento. No significa negar la necesidad de reconstrucción, ni cerrar los ojos a sus problemas internos. Significa algo mucho más básico y mucho más urgente «impedir que otros decidan su desaparición en nombre del progreso».

Defender Gaza es defender el derecho a existir, a decidir y a reconstruirse desde sí misma, no como un apéndice rentable de intereses ajenos.

El mundo que se está proponiendo.

Lo que se ha escuchado en Davos no es una provocación ni una fantasía distópica, es una propuesta de mundo. Un mundo donde la política ha sido sustituida por gestión, donde la democracia es un estorbo y donde la rentabilidad ocupa el lugar de la justicia.

En ese mundo, hay pueblos que no cuentan como sujetos de derecho, no se les odia ni se les demoniza, simplemente sobran. Gaza no estorba porque resista, estorba porque existe y lo verdaderamente inquietante es que esta lógica ya no se presenta como escándalo, sino como normalidad técnica.

Como si borrar a un pueblo pudiera ser un problema de urbanismo. Como si la humanidad fuera una variable prescindible en una hoja de cálculo. Frente a eso, la respuesta no puede quedarse en la queja ni en la indignación. Defender Gaza es, hoy, defender algo más amplio «la idea de que los pueblos no son residuos», y de que ningún rascacielos justifica la desaparición de quienes estaban allí antes.

Fernando Ortega
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