Por Fernando Ortega de El Berguedá, Catalunya
«Trump gobierna el mundo mientras América se descompone:. Podría ser el primer balance del segundo mandato de Donald Trump, más poder hacia fuera, más grietas dentro y un orden internacional cada vez más frágil.
Un año después de su regreso a la Casa Blanca, Donald Trump ya no necesita sorprender. Su segundo mandato no se define por el escándalo, sino por la normalización de una forma de ejercer el poder que tensiona el equilibrio internacional mientras deja sin resolver los problemas más graves dentro de Estados Unidos.
El ruido ha bajado pero lass consecuencias, no.
El segundo mandato de Donald Trump no ha comenzado como una repetición exacta del primero. El personaje es el mismo, pero el contexto ha cambiado y él también lo sabe. Hay menos impulsividad, menos improvisación, menos necesidad de explicar. Trump gobierna hoy con la experiencia de quien ya conoce los límites del sistema y, sobre todo, sus márgenes de maniobra, el resultado no es un liderazgo más moderado, sino uno más eficaz en la imposición de prioridades.
Conviene recordarlo sin gastar demasiada tinta: Trump no es una anomalía caída del cielo, es un producto de una crisis política, económica y social profunda. Pero en este segundo mandato no actúa solo como síntoma, sino como acelerador, no inventa la deriva, la empuja. Y ese matiz es clave para entender qué ha cambiado en este primer año.Un presidente menos histriónico, más consciente de su poder
Quien esperara un Trump domesticado se ha equivocado.
Lo que ha desaparecido en parte es la teatralidad constante, sustituida por una lógica más directa de mando, Trump ya no necesita ocupar titulares cada día, le basta con marcar el terreno.
El conflicto no se anuncia, se administra.
Este cambio no lo hace menos peligroso desde una perspectiva crítica; al contrario, el Trump del segundo mandato ha aprendido que el caos permanente desgasta incluso a quienes lo utilizan.
Hoy alterna el golpe de efecto con largos silencios cargados de amenaza, no es menos personalista, pero sí más funcional. La política exterior es donde mejor se aprecia esta mutación, un mundo más inseguro, no por desorden, sino por imposición
En el plano internacional, el primer año del segundo mandato ha dejado una constante «la ruptura deliberada de equilibrios que ya eran frágiles». Trump no cree en el multilateralismo como espacio de negociación, sino como instrumento útil solo cuando refuerza la posición estadounidense.Cuando no lo hace, se ignora, se vacía o se usa como decorado.
Europa ha comprobado, una vez más, que la alianza atlántica no es una comunidad de intereses compartidos, sino una relación asimétrica, las exigencias en materia de defensa, comercio y alineamiento político han sido claras: o se acepta el marco impuesto desde Washington o se asumen costes.
No hay término medio.
La retórica de socios ha sido sustituida por la lógica de clientes. Esto no es aislacionismo, es imperialismo defensivo, Estados Unidos no se repliega; se atrinchera y golpea desde posiciones más duras, Trump no busca estabilidad global, sino margen de maniobra para su país y para determinados sectores de su capital.
El orden internacional no se cuida se instrumentaliza; Seguridad, fuerza y economía siempre el mismo lenguaje.
El segundo mandato ha reforzado una tendencia ya visible «la conversión de la seguridad en lenguaje político total». Seguridad nacional, seguridad energética, seguridad económica. Todo se justifica en esos términos.
El resultado es una política exterior más agresiva, pero también una política económica crecientemente proteccionista y orientada a bloques. Trump no ha revertido la globalización; la ha reconfigurado.
Menos reglas compartidas, más acuerdos bilaterales desiguales. Menos cadenas largas, más control estatal selectivo. El Estado interviene, sí, pero no para redistribuir, sino para garantizar rentabilidad y disciplina social.
Desde fuera, esta estrategia puede parecer una demostración de fuerza, desde dentro, empieza a mostrar sus límites. El país real «empleo frágil, inflación persistente» mientras la Casa Blanca proyecta firmeza hacia el exterior, la situación interna dista mucho de ser estable.
El empleo no ha experimentado la mejora prometida, allí donde crece, lo hace en condiciones precarias, con salarios que no compensan el aumento del coste de la vida y la inflación, lejos de estar controlada, sigue erosionando el poder adquisitivo de amplias capas de la población.
El discurso oficial insiste en indicadores macroeconómicos, pero el malestar cotidiano no desaparece con cifras agregadas ya que para millones de hogares, el problema no es la falta de trabajo, sino la imposibilidad de vivir dignamente del que tienen. Esta contradicción no se resuelve con proteccionismo ni con retórica patriótica, Trump no ha alterado esta dinámica, la ha administrado.
Trump ha priorizado sectores estratégicos, ha protegido intereses empresariales clave, pero no ha cambiado la lógica de fondo: crecimiento sin redistribución, estabilidad para arriba, incertidumbre para abajo.
Drogas, abandono y control «la herida que no se quiere mirar» hay, además, una crisis interna que apenas ocupa espacio en el relato presidencial y que, sin embargo, atraviesa el país como una fractura profunda «la de las drogas y la descomposición social asociada».
No se trata de un fenómeno nuevo, pero sí cada vez más visible y más letal.
El enfoque del segundo mandato no ha sido el del cuidado ni el de la reconstrucción comunitaria, sino el del orden, con más policía, más cárcel, más retórica de mano dura. Las causas estructurales (desindustrialización, precariedad, soledad social) permanecen intactas, se gestiona el síntoma, no la enfermedad.
Esta elección no es accidental.
Las políticas de cuidado cuestan recursos y tiempo político, el control, en cambio, ofrece resultados inmediatos en términos de autoridad y mensaje, Trump ha optado por lo segundo, reforzando una deriva que convierte problemas sociales en problemas de seguridad, a esta lógica se suma la política migratoria, convertida en uno de los pilares más visibles del segundo mandato.
Las deportaciones se han intensificado, no solo como medida administrativa, sino como mensaje político. El diferente (migrante, racializado, pobre) vuelve a ser presentado como amenaza, como problema a gestionar, no como sujeto de derechos.
No es una política nueva, pero sí más descarnada: menos disimulo legal, más espectacularización del castigo. Desde una perspectiva material, el racismo no actúa aquí como prejuicio individual, sino como herramienta de gobierno. Divide a la clase trabajadora, desplaza la responsabilidad del deterioro social hacia abajo y refuerza un relato de orden frente al caos.
Mientras los conflictos estructurales permanecen intactos, se señala al más vulnerable como culpable convenientey el resultado no es cohesión ni seguridad, sino una sociedad más fragmentada y más dócil ante el poder.
Prioridades claras, conflictos aplazados.
La fotografía del primer año es coherente «un gobierno que invierte capital político en el exterior mientras pospone, cronifica o silencia conflictos internos», no porque no existan, sino porque no encajan en el relato de fortaleza nacional.
Esta estrategia tiene un límite.
Un país puede proyectar poder durante un tiempo mientras se vacía por dentro, pero la factura llega y la historia reciente ofrece suficientes ejemplos. Trump parece confiar en que esa factura no se cobre durante su mandato, o en que pueda ser gestionada con más control y menos derechos.
Democracia tensionada, no abolida.
No estamos ante la suspensión formal de la democracia, pero sí ante su desgaste continuo. Normas estiradas, contrapesos debilitados, una concepción del poder ejecutivo cada vez más expansiva. Nada de esto comienza con Trump, pero con él se acelera y se legitima y el peligro no está en un golpe abrupto, sino en la normalización. En aceptar que ciertas prácticas “son necesarias” dadas las circunstancias. En asumir que el conflicto social se gestiona mejor con autoridad que con política.
¿Hacia dónde deriva este mundo?
El primer año del segundo mandato de Trump no anuncia una nueva era brillante ni un colapso inmediato. Anuncia algo más incómodo: la consolidación de un mundo más duro, menos cooperativo y más desigual, donde la fuerza sustituye a la negociación y el deterioro interno se oculta tras gestos de poder externo.
Estados Unidos no está más fuerte por mirar hacia fuera mientras se resquebraja por dentro. Está aplazando un ajuste que será más costoso cuanto más se retrase. Trump no crea este escenario, pero lo encarna con eficacia. Y eso, precisamente, es lo que debería preocupar, no por lo que dice, sino por lo que ya no necesita justificar.
