CUANDO EL PASTOR MUESTRA LOS COLMILLOS. EEUU

Por Fernando Ortega de El Berguedá, Catalunya

La amenaza de aranceles de Trump por Groenlandia revela hasta qué punto la seguridad occidental se ha convertido en un instrumento de dominación.

La amenaza de Donald Trump de imponer aranceles a varios países europeos si no aceptan la “compra” de Groenlandia por parte de Estados Unidos no es una excentricidad más del presidente.

Es una advertencia seria sobre el estado real de las relaciones internacionales y sobre quién ejerce, de verdad, el poder dentro del bloque occidental.

Un resumen necesario de los hechos.

Estados Unidos ha anunciado su intención de aplicar aranceles del 10% —con una posible subida al 25%— a ocho países europeos aliados si estos continúan oponiéndose a la adquisición de Groenlandia por parte de Washington.

La medida afecta, entre otros, a Dinamarca, Francia, Alemania y Reino Unido, todos ellos miembros de la OTAN.Trump justifica esta presión afirmando que el control de Groenlandia es clave para la seguridad global, ante la supuesta amenaza que representan Rusia y China en el Ártico. Según su argumentación, solo Estados Unidos puede garantizar la estabilidad de la zona y la eficacia de sus sistemas de defensa.Mientras tanto, en Groenlandia y en ciudades danesas se han producido protestas ciudadanas recordando algo elemental: que el territorio no es una mercancía y que su futuro corresponde decidirlo a quienes lo habitan.

Lo que realmente está ocurriendo.

Más allá del ruido mediático, el episodio encierra una lógica preocupante pero coherente, no estamos ante un conflicto entre aliados, sino ante una relación de subordinación que se hace visible cuando los intereses estratégicos del poder dominante entran en juego.

Durante décadas, Europa ha aceptado un relato cómodo:la OTAN como escudo protector, Estados Unidos como garante último de la seguridad y Rusia y China como amenazas externas permanentes. Un esquema simple, eficaz y tranquilizador.

Pero la amenaza de aranceles introduce una grieta incómoda en ese relato:¿qué tipo de alianza es aquella en la que uno de sus miembros puede castigar económicamente a los demás por no ceder soberanía? el problema no es Rusia ni ChinaEs fácil señalar a Putin.

Es sencillo invocar a China como peligro lejano.

Son enemigos útiles, casi necesarios, para justificar presupuestos militares, alineamientos automáticos y renuncias políticas, sin embargo, los hechos son obstinados: ninguno de esos actores ha amenazado con sancionar a Europa por negarse a vender un territorio.

Ninguno ha exigido obediencia económica a cambio de protección.

La presión llega desde dentro del bloque, desde quien se presenta como aliado y protector, seguridad convertida en negocioLa lógica que subyace es clara:la seguridad ya no es un bien común, es un servicio condicionado.

Protección a cambio de obediencia.

Defensa a cambio de sumisión económica.Cuando la seguridad se privatiza políticamente, deja de ser seguridad y pasa a ser control. Europa se enfrenta aquí a una disyuntiva fundamental: seguir actuando como un mercado tutelado o empezar a comportarse como un sujeto político con dignidad propia. Europa no puede seguir reaccionando solo con comunicados diplomáticos y reuniones de emergencia, si quiere ser algo más que un espacio económico tutelado, necesita responder políticamente a este tipo de chantajes: defendiendo el derecho de los pueblos a decidir, rechazando la coerción económica entre aliados y marcando límites claros incluso a quien se presenta como garante de la seguridad.

Y si esa reacción no llega desde las instituciones, deberá llegar desde la ciudadanía. Porque cuando las decisiones estratégicas se toman al margen de los pueblos, son los pueblos quienes acaban pagando las consecuencias. Ayer fue Venezuela, hoy es Groenlandia, mañana será otro territorio, otro país, otra excusa en nombre de la estabilidad o la defensa.

La historia demuestra que los abusos rara vez empiezan de golpe.

Se normalizan poco a poco, envueltos en discursos de protección, seguridad y responsabilidad, hasta que un día ya no queda margen para reaccionar.

El refrán que lo explica todo.

Hay un refrán popular que ilumina este momento con crudeza: «Las ovejas viven toda la vida temiendo al lobo, pero al final quien las mata es el pastor», durante años se ha educado a la ciudadanía europea en el miedo al enemigo externo, mientras tanto, las decisiones que erosionan la soberanía, vacían la democracia y convierten la política en una transacción se toman desde dentro, en nombre de la protección.

El problema no es el lobo que amenaza desde lejos.

El problema es el pastor cuando deja de cuidar y empieza a exigir obediencia absoluta. Groenlandia no es el fondo del asunto, es el espejo, que refleja hasta qué punto el orden internacional actual tolera que la fuerza económica sustituya al derecho, incluso entre aliados.

Y también una pregunta que Europa ya no puede seguir esquivando: ¿seguirá aceptando que la seguridad sea el pretexto para la dominación?

Fernando Ortega

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