LA GUERRA PERMANENTE Y EL SILENCIO EUROPEO.

Por Fernando Ortega , el Berguedá, Catalunya

Estados Unidos, la lógica imperial y la responsabilidad que Europa sigue eludiendo.

Durante décadas, Europa ha preferido pensar las guerras como algo que ocurre lejos, en otros mapas, con otras víctimas y otras responsabilidades. Conflictos incómodos, sí, pero ajenos. Sin embargo, esa distancia empieza a desvanecerse cuando el principal aliado estratégico del continente normaliza el lenguaje del imperio y trata la soberanía como una variable negociable.

La guerra permanente ya no es solo un problema externo: es un sistema del que Europa forma parte, y su silencio empieza a tener consecuencias.

La pregunta ya no es qué hace Estados Unidos, sino hasta cuándo Europa seguirá mirando hacia otro lado.La lógica imperial no desaparece, se transforma

La historia no se repite, pero rima.

El Imperio romano no se expandía por capricho ni por sed de gloria individual. Lo hacía porque su estructura económica, militar y política lo exigía. La expansión no era una opción, era una condición de supervivencia. Cuando dejó de conquistar, empezó a descomponerse.

Dos mil años después, la lógica es distinta en la forma, pero sorprendentemente similar en el fondo. Estados Unidos no anexiona territorios como Roma, no levanta estandartes ni proclama nuevas provincias.

Su poder se ejerce mediante bases militares, alianzas asimétricas, sanciones económicas, tutelas políticas y guerras delegadas. No necesita ocupar formalmente para controlar. Pero controla.

Entender esto es clave para evitar el error más común: personalizar el problema. No se trata de un presidente concreto, ni de un estilo político determinado. Se trata de una estructura de poder hegemónica que necesita tensión constante para legitimarse, reproducirse y sostener su posición global.

La guerra como sistema, no como excepción.

Desde la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos ha participado directa o indirectamente en decenas de conflictos armados. Algunos se iniciaron bajo una administración, otros se heredaron, otros se transformaron. Pero hay un patrón que se mantiene: la guerra nunca desaparece del todo, solo cambia de escenario.

Esta continuidad no puede explicarse únicamente por decisiones personales o errores puntuales. Responde a un entramado donde confluyen intereses estratégicos, complejos industriales-militares, control de recursos, posicionamiento geopolítico y construcción de enemigos funcionales.

La guerra deja de ser un acontecimiento extraordinario para convertirse en un estado casi permanente, administrado con mayor o menor intensidad. Aquí es donde Europa comete su primer gran error: aceptar ese estado de cosas como inevitable, como si fuera una anomalía ajena y no un sistema del que forma parte activa.

Cuando el aliado habla como un imperio: el caso Groenlandia.

Hay momentos en los que una estructura se delata a sí misma. Cuando un presidente de Estados Unidos plantea abiertamente la posibilidad de “comprar” Groenlandia, no estamos ante una excentricidad retórica ni un mal chiste diplomático.

Estamos ante la expresión desnuda de una lógica: el territorio como objeto, la soberanía como transacción.Groenlandia no es un espacio abstracto. Es territorio europeo, vinculado al Reino de Dinamarca, con población, derechos y un estatus jurídico claro.

El mero hecho de que su apropiación pueda plantearse públicamente sin una reacción política contundente revela algo inquietante: ciertos límites han dejado de existir.

Europa respondió con incomodidad, ironía y silencio, no con firmeza, no con una línea roja clara. Y ese silencio no fue neutral, fue una forma de consentimiento pasivo.

Venezuela: no una excepción, sino un precedenteEs en este contexto donde Venezuela debe ser leída con frialdad. No como un caso aislado ni como un debate ideológico cerrado, sino como un precedente. Sanciones asfixiantes, amenazas explícitas, intentos de tutela política y cuestionamiento sistemático de la soberanía forman parte de un mismo patrón.

El problema no es Venezuela en sí.

El problema es que se normalice la idea de que una potencia externa puede decidir qué gobiernos son legítimos, qué economías deben ser estranguladas y qué pueblos pueden ser castigados en nombre de un orden superior.

Cuando esto ocurre sin una reacción clara y coherente por parte de Europa, el mensaje es inequívoco: hay soberanías de primera y de segunda.

Europa: dependencia, seguidismo y renuncia.

Aquí se concentra la responsabilidad central. Europa no es una víctima pasiva de la guerra permanente; es un actor que ha renunciado a pensarse como sujeto político autónomo.

Ha delegado su seguridad, su política exterior y, en gran medida, su capacidad de decisión estratégica. La pertenencia a la OTAN, lejos de ser solo una alianza defensiva, se ha convertido en un marco que condiciona las respuestas, limita el disenso y convierte el seguidismo en norma. Cuando Estados Unidos decide, Europa acompaña. Cuando duda, Europa espera. Cuando amenaza, Europa calla.

Este comportamiento no es gratuito.

Erosiona la credibilidad del proyecto europeo, debilita su voz internacional y lo expone a dinámicas que no controla. El poema de Niemöller y la pedagogía del silencio“Primero vinieron por unos, y no dije nada…” El poema de Martin Niemöller no es una pieza literaria del pasado; es una advertencia permanente.

No habla solo de persecuciones explícitas, sino del precio de la indiferencia, de la comodidad de mirar hacia otro lado mientras el problema parece lejano.

Europa ha internalizado esa lógica. Mientras la guerra ocurre lejos, mientras las amenazas se dirigen a otros, mientras el coste político no es inmediato, el silencio parece una opción razonable. Pero el silencio también educa. Normaliza, desplaza los límites de lo aceptable, cuando el lenguaje del imperio se tolera en un aliado, deja de ser una anomalía para convertirse en precedente.

Decir basta no es un gesto, es una obligación.

Este comportamiento es intolerable, no por una cuestión moral abstracta, sino por una razón política elemental: la ausencia de límites siempre acaba volviéndose contra quienes los toleran.

Europa no necesita una retórica grandilocuente ni una ruptura abrupta, pero sí necesita algo que hasta ahora ha evitado: asumir responsabilidad.

Desarrollar una política exterior propia, marcar líneas rojas claras, rechazar la guerra como mecanismo estructural y abandonar el automatismo del alineamiento acrítico. Decir basta no es un acto de rebeldía, es un ejercicio de madurez política. Y hacerlo tarde suele tener un coste mucho mayor que hacerlo a tiempo.

Porque la guerra permanente no se detiene sola , y el silencio europeo, lejos de proteger, prepara el terreno para que mañana ya no sea una advertencia, sino una realidad.

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